Al final, empezó la polémica sobre el plebiscito contra la megaminería
Los compañeros William Yohai y Carlos Boga han escrito artículos que comparto sobre el tema. Es muy importante también el que Boga hable por “Militantes Guevaristas”.
No creo necesario repetir los argumentos de estos compañeros. Otros plantean también opiniones contrarias. Para todo esto ya habrá tiempo.
Por ahora solo quiero hablar de un elemento que aparece mencionado una y otra vez en esta polémica y en otras parecidas: el antecedente de las derrotas plebiscitarias, y en particular los plebiscitos contra la ley de caducidad
Dice William, resumiendo uno de los argumentos del Movimiento 26 de Marzo en contra del camino plebiscitario:
“...se argumenta que el Frente Amplio habría elaborado una verdadera estrategia de plebiscitos fallidos para, en realidad, consolidar procesos políticos contra los intereses populares. Se dice que después que algo (ley de caducidad, por ejemplo) ha sido plebiscitado y el “pueblo laudó” … no hay más que hacer”.
Palabra más palabra menos, he escuchado esa idea muchas veces,incluso está en otras notas publicadas en Posta.
Este argumento sostiene: El plebiscito es una trampa porque probablemente se pierda, entonces se da un paso atrás al quedar “consolidado” eso que se quiere cuestionar.
Y se pone una y otra vez el caso de los dos plebiscitos contra la ley de caducidad.
La idea de descartar una medida de lucha para evitar la “trampa” es insostenible, porque diciendo solamente eso se supone que hay que embarcarse en una lucha solamente si esta no ofrece riesgos. En todo caso tendría sentido si se argumentase comparando los riesgos de un camino frente a los riesgos de otro.
Que probablemente perdamos -y que sea lo más probable- es una constante en todas las luchas que emprendemos hoy por hoy, todas.
Hay una notable frase de Víctor Serge.
“Siendo por definición la clase de los vencidos, es a partir de las derrotas que el proletariado aprende a luchar”
Pero no es de generalidades de este tipo que quiero hablar, sino de la aplicación concreta a este caso presente de la experiencia vivida en los dos plebiscitos contra la ley de impunidad. Habiendo militado en ambos de principio a fin y como tarea principal, puedo hablar.
Sostengo que el retroceso y la desmovilización se dieron a partir del resultado adverso en el plebiscito de 1989 (voto verde) PERO NO en el de 2009 (voto rosado)
VOTO VERDE, VOTO ROSADO
Como es sabido sobre la ley de caducidad hubo dos plebiscitos con resultados negativos.
Ambos fueron derrotas, pero la palabra “derrota” significó en estos casos dos cosas muy diferentes.
El verde: La campaña por referéndum revocatorio de diciembre 1996 - abril 1989 fue tal vez la batalla política más grande de nuestra clase trabajadora luego de la huelga general de 1973. Se juntaron más de 600 mil firmas, esa etapa se culminó en diciembre 1988, o sea en dos años. Luego hubo que ratificar las firmas cuestionadas, luego vino la etapa de las urnas, abarcando otros cuatro meses.
El SÍ perdió frente al NO por 43% a 57.
Aunque la iniciativa fue lanzada en forma independiente e inmediata desde el movimiento social, el Frente Amplio adhirió casi enseguida y tomó las riendas políticas de la campaña junto con el Movimiento Nacional de Rocha y otros sectores menores.
La investigación periodística terminó demostrando tiempo después que en este caso sí hubo un pacto de sectores de la cúpula del Frente (Líber Seregni y Hugo Batalla en primer lugar) que acordaron “dejarla por esa” si se perdía.
Sin embargo nadie en la izquierda objetó en ese momento, al menos en voz alta, esta medida.
Después, retrospectivamente, apareció el planteo “los derechos humanos no se plebiscitan”, como si la derrota hubiese sido producto de la elección equivocada del camino.
Ya hablé de ese argumento en otro momento. Obviamente habrá que volver sobre eso porque el argumento se sigue esgrimiendo. Lo único que quiero señalar ahora es que en ese momento esa objeción no se planteó.
Los sectores más combativos de la izquierda, ni quedaron al margen ni fueron a rastra, por el contrario. No solamente se sumaron desde el principio sino que fueron (fuimos) impulsores y parte activa, con línea propia y autonomía, dentro de un enorme movimiento social que fue creciendo.
La derrota sufrida fue muy profunda. Lacalle, andando el tiempo, señalaría que durante su gobierno nadie presentó una sola denuncia nueva contra los militares violadores de los derechos humanos. El bajón duró casi veinte años.
Pero no fue un error. Peor hubiese sido no hacer nada. De esa derrota se salió.
El rosado: La nueva campaña por una reforma constitucional para hacer caer la ley de caducidad se tanteó muy tímidamente hacia el 2006, en el 2007 se elaboró el proyecto de reforma y se armó la Comisión Nacional, el lanzamiento se hizo en setiembre.
Llevó un poco menos de dos años juntar las firmas, hasta junio de 2009, aunque en este caso se necesitaron “tan solo”, 250 mil por tratarse de una reforma constitucional.
En este segundo caso de ninguna manera se puede sostener que esta campaña haya sido una “maniobra” del Frente Amplio.
Todas las maniobras de la cúpula frentista y de las mayorías en sus organismos de dirección o detrás de ellos fueron en contra de la iniciativa, que era apoyada por algunos sectores minoritarios del Frente (PCU, PVP, NE, Claveles, etc.) y por otras organizaciones.
El PIT-CNT encabezó la campaña (que en realidad no se inició formalmente hasta que se pudiese contar con eso). No impulsó esa medida por seguir directivas del Frente, todo lo contrario. Uno de sus esfuerzos principales era contenerla y evitar que ésta entrase en una confrontación abierta con la política del Frente, cosa que en realidad era inevitable. Eso provocaba problemas y tensiones permanentes.
Toda la campaña estuvo bombardeada por Tabaré Vázquez hablando por sus hombres de paja, Rodolfo Nin Novoa y Jorge Brovetto (hablando muy torpemente, por lo tanto), que fueron cuestionados en distintas instancias, incluso instancias internas del FA.
En diciembre de 2008 el Congreso del FA venciendo la resistencia cupular decidió apoyar la convocatoria al plebiscito. Los “vazquistas” sin embargo se hicieron los sordos y siguieron “interpretando” que esa resolución no era obligatoria. Un Plenario Nacional posterior, y luego la Comisión de Organización, ratificaron la obligatoriedad de la decisión adoptada.
Es evidente que este cambio forzado de rumbo en las decisiones formales (en los hechos la cúpula frentista siguió olímpicamente su sabotaje hasta el presente, de mil formas) fue ocurriendo por la presión sostenida de las bases.
Y esa presión de las bases, a su vez, es el resultado del largo proceso de recuperación moral de la militancia desde la derrota sufrida en 1989.
El terreno de esa recuperación fue la propia campaña 2007-2009. En ella los militantes perdieron de a poco sus ataduras, se animaron a desafiar las directivas de arriba, y fueron ganando confianza.
El viraje luego del Congreso del FA fue notorio. Incluso en los sectores más de derecha del FA la militancia se puso a trabajar y a plantear abiertamente su objeción a la línea de sus direcciones.
Todo esto que he dicho puede ser demostrado por una larga lista de ejemplos concretos, testimonios, notas de prensa que dieron cuenta de estos hechos, etc.
La movilización social fue en este caso de mucha menor entidad que en voto verde. La campaña fue mucho más burocrática y lenta.
Y en este caso fue la izquierda extra-frentista combativa la última en incorporarse, o incluso, en algún caso, no incorporarse
Con la excepción del “Movimiento de Vecinos del Cerro” y los grupos juveniles que terminaron formando el “Frente por Verdad y Justicia”, la izquierda combativa estuvo ausente. Y estos sectores tenían grandes problemas con la estructura de la Comisión. Obviamente, porque la base social de movilización era muy débil y se peleaba en cancha ajena. De esta forma su presencia era intermitente en las estructuras de conducción de la campaña, pero no en la militancia que sostenía la campaña en sí misma, que nunca abandonaron.
En el tramo final de la campaña ese panorama cambió drásticamente, la militancia combativa de volcó de lleno (con alguna lamentable excepción), y el ambiente social también era diferente. En estas condiciones se intensificó fuertemente la movilización, el movimiento vecinal se extendió a varios barrios y se multiplicó.
Pero ya era tarde para recuperar el tiempo perdido.
La táctica gradualista y no confrontativa del ala “izquierda del FA” obtuvo buenos resultados en el corto plazo, porque permitió ir ganando espacios y multiplicar la campaña, y con eso se consiguió juntar las firmas. Pero fue nefasta en el mediano plazo, porque al tolerar la indisciplina de los dirigentes, les dejaron las manos libres para que hiciesen fracasar el objetivo en las urnas.
El largo plazo todavía está corriendo.
COMPARACIÓN DE RESULTADOS
Curiosa paradoja, la segunda derrota restañó la herida de la primera.
La derrota del voto verde fue profundamente desmovilizadora. Con el voto rosado no ocurrió tal cosa. La movilización, aunque decayó al principio, no paró. Y su nivel se recuperó totalmente en unos pocos meses. (El acto del 27 de junio, por ejemplo).
Hoy tenemos a siete militantes procesados por “asonada”. ¿Por qué ocurre este hecho?
Obviamente, si el resultado del plebiscito hubiese enterrado el tema, como se dice, no hubiese sido necesario para quienes sostienen la impunidad recurrir a medidas como esa. El propio bajón hubiese actuado por sí solo y con más efectividad.
¿Cómo se explica esta diferencia entre la derrota del verde y la derrota del rosado?
En primer lugar por la distinta dimensión de la derrota en cada caso. En el voto verde el NO le sacó 14 puntos de ventaja al SÍ. En el rosado no hubo papeleta por el NO; así se pretendió disimular lo evidente: que la voluntad de anular la ley es ampliamente mayoritaria frente a la voluntad explícita de sostenerla, y que solo sumando peras con boniatos (la indiferencia, la desinformación, o las posiciones indecisas) termina el SÍ arañando la meta pero sin llegar, con un 48% de todos los votos emitidos. La consigna que se toma lo dice claramente: “Un millón 200 mil votos por SÍ, ni uno solo por NO”
La teoría de que el plebiscito fue impulsado por el FA a propósito en forma calculada para llegar a una derrota en las urnas que “consolidase” la impunidad carece de seriedad. Supone en los maquiavelos frentistas una genialidad para el cálculo prácticamente mágica, además de una extraordinaria sangre fría para la timba electoral: sabían que no se llegaría al 50% + 1 porque no podíamos superar el 47.98%
Es como decir que el golero puede dejar el arco en banda en un penal porque sabe que el tiro pegaría en el palo.
Porque efectivamente el voto rosado dio en el palo. La traición de la cúpula frentista produce indignación, y no llegar al objetivo, amargura. Pero no una desmoralización profunda como en el caso del voto verde.
Es curioso (por decir lo menos) que algunos militantes de izquierda que no participaron en la movilización del voto rosado o lo hicieron muy de afuera y a último momento, nos echen en cara a los que sí lo hicimos el 2% que faltó y se olviden de la significación del 48% que se logró, arrancando de atrás, con la cancha embarrada y el juez en contra.
La otra diferencia es que el gobierno que debía mantener la impunidad luego del voto verde fue el gobierno de Lacalle. Con el voto rosado fue el gobierno de Mujica. La fuerte demanda de anular la ley a pesar de ese resultado formalmente insuficiente en las urnas empezó a hacerse sentir, ya que el 90% del voto rosado había votado por el FA y el 90% del voto del FA votó rosado.
El Frente y Mujica debieron encarar la anulación por vía parlamentaria a pesar del cuento de que “el pueblo laudó”. Pero para mantener la impunidad debieron recurrir a otras maniobras, haciendo fracasar la anulación parlamentaria primero con la maniobra Semproni, y después con una ley tan desprolija que fue tirada abajo por la SCJ.
La invalidación de la ley interpretativa por la SCJ no recurrió a la teoría del que “el pueblo laudó” ni reinstaló la ley de caducidad, se apoyó en los puntos más débiles que había dejado abiertos la desprolijidad del gobierno. Hoy, para la consolidación de la impunidad se recurre al vencimiento de los plazos de prescripción, un aspecto que reaparece al caer la ley interpretativa, pero que es independiente a la ley de caducidad.
En esta situación, el gobierno frentista optó por lavarse las manos y usar a la SCJ como chivo, como si fuese la única defensora de la impunidad, tratando de deslindar su propia responsabilidad en el tema. Pero de esta manera, involuntariamente, habilitó una movilización combativa contra la SCJ.
La “asonada” del 15 de febrero hubiera sido imposible en un contexto de desmoralización y de aceptación resignada de que “el pueblo laudó”. Por el contrario, es testimonio la continuidad de la lucha que no acepta que el tema esté laudado.
En todo lo ocurrido, ni en el alegato del fiscal, ni en las opiniones políticas, ni en los medios de comunicación, NADIE argumentó que los siete procesados o el conjunto de los militantes movilizados “atentasen” contra la “voluntad del pueblo”. La defensa de la impunidad pasa hoy por mecanismos diferentes.
A algún sector de nuestra izquierda combativa le pasa lo del meteorólogo chambón
Anunció un día de sol y se le vino encima una espantosa tormenta. A partir de allí cada vez que ve una nube dice: “Cuidado, se viene una tormenta. ¡Que nadie salga de su casa!”
¡Calma, “que no panda el cúnico”!
Los plebiscitos del voto verde y rosado nos enseñaron lo que no se aprende en ningún libro: a sobrevivir a las derrotas
En definitiva:
1. Los plebiscitos contra la impunidad, como método de trabajo político hacia la gente, han sido muy positivos.
2. Ha sido muy negativo en cambio suponer que fuesen suficientes, por sí solos, para forzar la mano del poder. Es en esa trampa en la que no se debe caer.
3. Los resultados adversos en un plebiscito no son irreversibles, ni en lo jurídico ni en lo político.
Quiero agregar a esto los recuerdos personales sobre ambas campañas porque hay cosas importantes a mencionar. Para no alargar más esta nota, lo haré en otra.