Boris Kagarlitsky
01 de mayo 2014 - LINKS - Revista Internacional de Renovación Socialista -
(Quiero llamar la atención sobre este artículo. Seguimos recibiendo las notas de Boris Kagarlitsky con un retraso que, aunque es menor, sigue de atrás acontecimientos que se disparan cada vez más rápidamente, y ambas cosas van unidas porque es la importancia de los acontecimientos lo que motiva el interés de los editores de revistas el recoger puntos de vista alternativos a los que de otra manera no prestarían tanta atención. Ese cierto retraso, en notas que son análisis conceptuales que se atreven a adelantarse a los acontecimientos y no solamente a hacer la autopsia de los hechos muertos, siempre genera una disonancia. Pero allí está la riqueza. No hay comida sin sangre (ni para los veganos), y la ciencia se nutre de los errores, no hay investigación útil sin profecía y no hay profecía sin riesgo. Este artículo también motivó como otros anteriores una viva polémica con opiniones muy diversas. Pero todo eso excede a mi modesta capacidad de traductor amateur. FM *)
Los burócratas rusos se han sorprendido honestamente ante la reacción de los funcionarios occidentales. No esperaban tanta ira ni condena unánime. Los políticos europeos están fuera de sí. La gran prensa está relatando a sus lectores historias terribles sobre la agresión rusa contra Ucrania. La televisión muestra entrevistas con los ministros de Kiev y diputados que entre lágrimas imploran Europa salvar a su país del oso enfurecido.
De hecho la reputación de la Rusia de Putin en Occidente no es nada maravillosa, incluso es peor que la de la Unión Soviética de Brezhnev. Pero lo que estamos presenciando está mucho más allá de los límites de lo habitual. No había nada parecido ya sea durante la Guerra Fría o el conflicto de Chechenia o el enfrentamiento entre Rusia y Georgia. Ni hablar de cuando Yeltsin bombardeó el parlamento ruso; entonces el Occidente liberal aplaudió.
En Moscú la gente esperaba las críticas occidentales después de la anexión de Crimea. Pero eso fue hace más de un mes y las autoridades del Kremlin no han hecho nada nuevo desde entonces. Varias veces al día repiten como un mantra palabras de que respetan la integridad territorial de Ucrania; que ellos no van a anexar a nadie más; que han propuesto a Occidente elaborar un plan conjunto frente a la crisis... pero las críticas no han cesado. Mientras tanto, las más absurdas declaraciones son emitidas por los actuales gobernantes de Kiev, superando todo. Apenas cuando se firmó el acuerdo de Ginebra el 17 de abril entre Ucrania, Rusia y Occidente se halló una cierta distensión. Los funcionarios europeos descubrieron allí que en Ucrania era "necesario hacer frente a grupos que no responden ni a Kiev ni a Moscú" y reconocieron que "no había pruebas concluyentes" de la interferencia de Moscú. Pero se emitían advertencias de que si las autoridades rusas no se portaban bien, tal vez pronto esa prueba apareciese.
Los argumentos del Kremlin en la actual disputa no funcionaron y no pueden funcionar, por la sencilla razón de que los políticos occidentales hoy no están para nada interesados ??en lo que la Rusia oficial está pensando o haciendo. Saben perfectamente que no hay invasión rusa, y eso es precisamente el principal problema internacional que tienen. Admitir tal cosa significa admitir que el gobierno de Kiev está yendo a la guerra contra su propio pueblo. Hablar de la República Popular de Donetsk como un fenómeno político independiente les es imposible, ya que esto requeriría plantear la cuestión de las razones de la protesta popular, y una lista de sus demandas. Hablar de agentes del Kremlin y la omnipresencia de tropas rusas - que son imposibles de descubrir, pero que han ocupado casi la mitad de Ucrania sin disparar un solo tiro o incluso aparecer en territorio ucraniano - está jugando el mismo papel en la propaganda contra la república de Donetsk como el que jugaron en la propaganda anti-bolchevique de 1917 las historias de espías alemanes y de dinero del Estado Mayor alemán.
El punto en esto no es tanto desacreditar a los opositores de las actuales autoridades ucranianas presentándolos como traidores a la patria, sino disimular la esencia de clase del movimiento que ha surgido, su base social. Un miedo semi inconsciente se ha apoderado de la opinión pública liberal, de intelectuales y políticos de la burguesía decente y casi progresista, y los está obligando a creer los delirios más locos, repetir cualquier basura de manifiesto, siempre y cuando la lucha de clases no esté mencionada ni se la piense seriamente. Es decir, no la lucha de clases como se describe en los tratados o representada en el mejor cine de vanguardia, sino como ocurre en la vida real, y como se convierte en un hecho de la política práctica.
Las nuevas autoridades de Kiev están dirigiendo las mismas acusaciones a las fuerzas anti-Maidan en el sudeste, y usando las mismas teorías conspirativas que la propaganda de Yanukovich empleó hace unos meses contra Maidan. Pero todo esto se está repitiendo en una escala diez o cien veces mayor que antes, y está asumiendo formas realmente grotescas.
Los paralelismos entre el Maidan y el anti-Maidan son en parte genuinos. El dinero extranjero, por supuesto, ha sido un elemento en cada caso, al igual que la influencia extranjera. El dinero extranjero que fluyó a Maidan era norteamericano y de Europa Occidental, mientras que en el caso del anti-Maidan ha sido Rusia (o, más probablemente, el dinero ruso ha estado involucrado en ambos casos). Occidente empero no sólo puso mucho más dinero, sino que lo invirtió más inteligente y eficazmente. Pero así como la victoria de Maidan en febrero no fue ni podría haber sido el resultado de maquinaciones políticas occidentales, la revuelta exitosa de cientos de miles (y quizá millones) de personas en el este de Ucrania no se puede explicar sobre la base de interferencia rusa.
Mucho más importante que las similitudes entre estos dos movimientos, sin embargo, han sido las diferencias. Las distinciones clave que hay que ver no son tampoco las ideológicas, aunque la comparación entre las consignas fascistas dominantes en el caso de Maidan y las demandas de los derechos sociales en Donetsk, acompañadas en este último caso por el canto de la Internacional, sin duda, merecen ser consideradas. Las diferencias ideológicas reflejan en última instancia la naturaleza fundamentalmente diferente de la base social y de clase de los dos movimientos. Por supuesto, la revuelta del sudeste no es sólo una negación de Maidan, sino también su descendencia y continuación, de la misma forma que octubre de 1917 fue al mismo tiempo la descendencia y la continuación de la revolución de febrero, y su negación. La naturaleza elemental de una crisis revolucionaria, una vez que ha salido de control, atrae a su órbita estratos frescos de la sociedad, los nuevos grupos y clases que anteriormente no habían tomado parte en la política.
Hasta hace poco la lucha política era un privilegio de la "fuerzas vivas", que consiste en la intelectualidad liberal y de la clase media de la capital, para lo cual era siempre posible convocar a un cierto número de miembros apasionados de los grupos marginales, sobre todo jóvenes desempleados de la Ucrania occidental . El concepto de democracia que muchos en la izquierda comparten, aunque de manera tácita, con sus colegas liberales, es de la política como un negocio para los profesionales o como entretenimiento para las capas medias. En esta puesta en escena, la masa de trabajadores (no sólo en el sudeste del país, también en Kiev) tienen asignado en el mejor caso el papel de votantes o espectadores pasivos, y en el peor, el de cobayos para experimentar con ellos. La idea de que esta masa de gente silenciosa y aparentemente apolítica, preocupada por su lucha diaria por la supervivencia, pudiese desempeñar un papel activo e independiente en los eventos, no entró en las cabezas de la intelectualidad liberal o de las élites políticas de cualquier corriente. Incluso hoy en día, esta idea es percibida por estas personas como una pesadilla descabellada.
La revuelta de las barras bravas
Los acontecimientos de la primavera de 2014 tenían que pasar tarde o temprano. Los precursores de estos acontecimientos ni siquiera están en Ucrania, sino en Bosnia, donde desafiando todas las convenciones, multitudes de trabajadores enfurecidos y desempleados salieron a las calles contra el sistema establecido, uniendo bajo consignas comunes y rompiendo esquemas políticos tradicionales basados en la división de la sociedad en grupos étnico-religiosos.
Las oleadas de lucha que se han extendido a través de las ciudades del este y el sur de Ucrania, al igual que las protestas en Bosnia, han alterado drásticamente la sociología de la vida política. En la vanguardia han estado las masas, con sus demandas, intereses, esperanzas, ilusiones y prejuicios. Ellos son muy diferentes de los héroes románticos de los libros para niños, y su conciencia de clase estaba inicialmente en un nivel embrionario. Pero una vez que comenzaron a actuar, estaban destinados a aprender y entender la ciencia de la lucha social.
Hay que reconocer que la experiencia de la Maidan de Kiev no se ha desperdiciado. Aumentando la rebelión contra las autoridades de Kiev, los habitantes del sudeste de Ucrania hicieron uso de los mismos métodos con los que los radicales de derecha obligaron al régimen anterior a someterse a su voluntad. Las manifestaciones callejeras progresaron rápidamente por la incautación de edificios administrativos. Pero los activistas en Donetsk y Lugansk no se limitaron a ocupar los edificios de las administraciones provinciales, anunciaron la fundación de la república de ellos mismos. Mientras que la "república popular" en Lugansk en abril se mantuvo en general como eslogan del movimiento de masas, en Donetsk pronto comenzó a tomar características de un régimen alternativo. Ayudó en eso la incautación de las estaciones y otras instalaciones estatales por las milicias locales. Algunos de estos ataques fueron llevados a cabo por las multitudes rebeldes, pero en muchos casos involucraban también grupos armados y disciplinados de ex policías, de fuerzas especiales y otros órganos encargados de hacer cumplir la ley en Ucrania que habían sido despedidos por el nuevo gobierno de Kiev o que habían desertado (algunas unidades abandonan el servicio prácticamente por entero llevando sus armas y municiones con ellos).
La propaganda de Kiev oficial respondió describiendo los ex oficiales de sus propios cuerpos de seguridad como fuerzas especiales rusas. Sin embargo, entre la población del sudeste de Ucrania con simpatías hacia Rusia estas acusaciones no sirvieron para desacreditar a la revuelta, eran más bien como un anuncio publicitario de la misma. Cuanto más las autoridades de Kiev y sus seguidores hablasen de la intervención rusa directa en la región e incluso de "ocupación", más gente en las localidades afectadas se unía a las protestas.
El principal desencadenante de la revuelta, sin embargo, no fueron las simpatías pro-rusas de la población local, o incluso la intención declarada de los gobernantes de Kiev de la derogación de la ley que había dado al ruso el estatus de "lengua regional". El descontento se había acumulado gota a gota por largo tiempo en el sudeste, y la gota final que derramó el vaso fue el dramático empeoramiento de la crisis económica que siguió al cambio de gobierno en Kiev. Después de firmar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, las autoridades decretaron aumentos abruptos en la tarifa del gas y de los medicamentos, y la explosión social se hizo inevitable. En el oeste del país y en la capital, la creciente indignación fue coartada por algún tiempo a través del uso de la retórica nacionalista y la propaganda anti-rusa. Pero cuando se aplicó a los habitantes del este, este método tuvo el efecto inverso. Tratando de apagar el fuego en el oeste, las autoridades vertieron nafta sobre las llamas en el este.
"Me resulta difícil de creer en el cambio de mis compatriotas", escribió Gorlovka Yegor Voronov, un habitante de la ciudad ucraniana Liva. "Hace sólo seis meses eran simple gente común que miraban la televisión y se quejaban por el mal estado de las carreteras y de los servicios comunales. Ahora son combatientes. Estando varias horas en el edificio de la administración provincial no me he encontrado a una sola persona que hubiese venido de Rusia. La gente era de Mariupol, Gorlovka, Dzerzhinsk, Artemovsk, Krasnoarmeysk. Parados a mi lado estaban ordinarios residentes de Donbass, las personas con las que viajamos cada día en el autobús, o que está junto a nosotros en las colas. No eran la clase media Kiev, apartadas de la gente por sus 'circunstancias' especiales, sino los trabajadores de todos los días. Y no lo niego, hay un montón de desempleados en esos lugares. Allí estaban todas las personas que durante el último mes y medio había 'suplicado' en las oficinas privadas y las empresas del Estado por la reducción de sus salarios miserables. Así que aquí hay otra conclusión: cuanto más se recortan hoy los salarios de los habitantes de Donbass, más manifestantes como los de Kiev aparecerán en el este”.
Las personas que han estado protestando contra las autoridades en Donetsk, Lugansk y muchas otras ciudades de Ucrania no tenían ningún conocimiento particular de la política, o incluso un programa de acción claro. La confusión en sus consignas, así como su uso simultáneo de los símbolos religiosos y soviéticos o revolucionarios debe sin duda ofender a los conocedores estrictos de la ideología proletaria. El problema es que los propios ideólogos han estado tan inmensamente lejos de las masas que son incapaces - y poco dispuestos, además - no sólo de lo lograr la "conciencia correcta" en sus filas, sino incluso de ayudar a comprender la actualidad política. Mientras que el movimiento ha recorrido a tientas su camino de manera espontánea y con dificultad a lo largo de su trayectoria política para dar con una expresión general del estado de ánimo de la protesta anti-oligárquica y social, los miembros de la izquierda, a excepción de unos pocos activistas en Donetsk y Kharkov, se han ocupado de discusiones abstractas en Internet.
Era totalmente predecible que la intelectualidad liberal, tanto en Ucrania como en Rusia, haya recibido las protestas de las masas con una explosión de odio y desprecio. Los trabajadores que salieron a las calles fueron objeto de una gran cantidad de rencorosos insultos. Ellos fueron ridiculizados como "lumpen", " basura", "barras bravas" y el más gracioso de "vatniki" ["campera acolchada" en el sentido de abrigo vacío o marioneta]. Sin embargo la referencia caricaturesca de vatniki tomada del héroe estadounidense de dibujos animados Spongebob, sugiere precisamente un individuo inquebrantablemente leal a las autoridades estatales y completamente engañado por la propaganda gubernamental. En este sentido, las personas en Ucrania que más merecen ser tildados de vatniki son los intelectuales, que repiten acríticamente toda propaganda dicha por el nuevo gobierno, incluso las más absurdas.
Cabe señalar que en el concurso de mentiras entre los servicios de propaganda de Moscú y Kiev, son los ucranianos quienes claramente se llevan el primer premio. No es que los rusos mientan menos, pero los kievanos mienten con más desparpajo e inventiva, sin mostrar el más mínimo respeto por la verdad y ni siquiera considerar si las imágenes de televisión que mostraban guardaban alguna relación con los subtítulos al pie. Estos eran únicamente cuentos apasionados sobre los vehículos blindados que vencían heroicamente multitudes de fuerzas especiales rusas, que estaban tratando de alimentar por la fuerza los hambrientos soldados con jamón y pickles caseros.
No es en absoluto sorprendente que la intelectualidad liberal haya visto a la gente común de Donetsk, o cualquier otro lugar, como enemigos y amenaza para el "progreso " (como los intelectuales lo entienden). Mucho más interesante es reflexionar sobre las razones por las que un cierto sector de la izquierda en ambos lados de la frontera se pronunció en la misma línea que los liberales. A medida que los acontecimientos avanzaban los ucranianos liberales de izquierda refinaron al menos sus puntos de vista y reconocieron que algunas de las demandas del Donbass estaban justificadas (esto se puede medir a partir de los materiales de la conferencia de Kiev "La izquierda y el Maidan"). Pero sus correligionarios rusos y occidentales adoptaron una posición completamente irreconciliable, solidarizándose plenamente con el gobierno de Kiev y los líderes de la Unión Europea. Un número importante de "Eurolefts" [izquierda europea] también expresaron estas opiniones, en especial aquellos que antes había insistido en la necesidad de centrarse en temas como la interculturalidad, la tolerancia y la honestidad política.
Al observar esto, el politólogo Vladimir Ishchenko, de Kiev, señaló con desaliento: "Nos produce una sensación extraña, el ejército está con el pueblo, y muchos izquierdistas (¡y anarquistas!!!) con las autoridades"
Obviamente, esta situación no puede explicarse únicamente sobre la base de la lógica ideológica. Las personas y los grupos que participan aquí tratan de rastrear sus genealogías políticas en una revolución 1917 mitificada y petrificada. Es significativo que en muchos casos se emplean los mismos argumentos en contra de la revolución que están ocurriendo hoy en el sudeste de Ucrania, que se utilizaron en contra de los bolcheviques hace casi un centenar de años.
Hemos vivido un cuarto de siglo de hegemonía reaccionaria, con el colapso político y moral del movimiento de izquierda (no sólo en el territorio de la ex Unión Soviética sino también en otros países). Durante estos años la puesta en escena ha estado centrada en la honestidad política, y en suponer que el respeto a los derechos de las minorías viene a ocupar el lugar de la política de clase y de masas. Nada de esto, por supuesto, vino sin consecuencias. En el tema de la conciencia social hemos vuelto atrás un siglo y medio. Parte de la responsabilidad corresponde a la intelectualidad, que hace mucho tiempo se olvidó de su misión popular y se ha ocupado de juegos culturales e ideológicas refinados en lugar de trabajar con las masas y para las masas.
Precisamente por esta razón, el movimiento en Donetsk con todas sus contradicciones y hasta absurdos, como los íconos y la tricolor junto a la bandera roja, ha dado una imagen parecida a las acciones de los trabajadores del siglo XIX. Mientras tanto la República de Donetsk, mirada de cerca, recuerda más bien a las organizaciones políticas espontáneas que los trabajadores creaban antes de "la era del materialismo histórico".
Tenemos ante nosotros a la verdadera clase trabajadora, en crudo, entre el barro, y carente de corrección política. Aquel que no le guste el actual estado ideológico y cultural de la clase debería ir a trabajar con las masas. La ventaja es que nadie aquí está impidiendo que la gente se acerque a la multitud con banderas rojas y folletos socialistas (a diferencia de Maidan, donde las banderas eran arrancadas y militantes de izquierda golpeados y arrojados fuera de la plaza)
El futuro de la República de Donetsk sigue siendo incierto, y representa una enorme oportunidad histórica de la que no había ni siquiera un rastro durante las manifestaciones de Maidan, cuyos líderes no siempre podían controlar a la multitud pero tenían el control rígido y eficaz de la agenda política. Por el contrario, la República de Donetsk formula su agenda literalmente desde abajo, sobre la marcha y respondiendo al estado de ánimo de la gente y el curso de los acontecimientos. En sentido estricto esta república no es ni siquiera un Estado, más bien equivale a una coalición de diversas comunidades locales, en su mayoría auto-organizadas. En esencia, es la encarnación perfecta del concepto anarquista del orden revolucionario. Curiosamente, los propios anarquistas niegan tener nada que ver con eso, prefiriendo repetir la retórica patriótica de los nuevos gobernantes de Kiev.
No es difícil averiguar que la razón por la que la auto-organización de la República de Donetsk funciona relativamente bien; se debe a que los restos del antiguo aparato administrativo continúan con sus operaciones cotidianas como si nada extraordinario estuviese sucediendo, mientras que todas las cuestiones de gobierno se reducen en última instancia a la organización de la defensa. Pero, ¿es tan diferente de la Comuna de París (no la comuna idealizada y romántica, la que realmente existió)? Si la república popular en Donetsk sobrevive por mucho tiempo, es inevitable que cambie, y no es nada seguro que sea para mejor. Pero para librar su primera batalla, la república ya ha demostrado el enorme potencial de la auto-organización de las masas. Personas desarmadas lograron parar a unidades del ejército ucraniano y llevaron adelante una agitación política junto con los soldados, barriendo con la "operación antiterrorista" que Kiev había iniciado. Esta resistencia pacífica no sólo pasará a la historia, sino que también se convertirá en una parte importante de la experiencia social colectiva de los trabajadores de Ucrania y Rusia.
Catástrofe de la clase media
Los eventos en Kiev, que comenzaron en el invierno de 2013 legítimamente pueden ser descritos como la última "revuelta de la clase media". Si nos remitimos al inicio del nuevo siglo, estos levantamientos han dado la vuelta literalmente alrededor del mundo entero, desde los Estados Unidos a Brasil y los países árabes. Rusia y Ucrania no han sido excepciones. Pero a pesar de que estas revueltas han tenido toda una serie de características en común, sus agendas políticas y significados han sido diferentes. En algunos casos las consignas democráticas generales se han combinado con la demanda de reformas sociales progresistas para los intereses de la mayoría de la población, mientras que en otros estas consignas se han entremezclado con el egoísmo grupal más primitivo, transformando la retórica democrática en una fachada para programas que, en esencia, han sido claramente antidemocráticos.
Esta incoherencia no es casual. Se debe a la posición intermedia extremadamente insegura que la clase media ocupa en la sociedad contemporánea, y también a que es extremadamente inestable en términos ideológicos y políticos con tendencia a bandazos tanto a la izquierda y como a la derecha. Igualmente no es por casualidad que en los países del centrales la protesta de la clase media es más a menudo progresiva, mientras que en la periferia es al revés. Cuanto más grande es la clase media y más conscientes sus miembros de su condición de trabajadores asalariados, son menos las ilusiones que la clase tiene relativas a su posición, sus atributos y sus perspectivas. Por el contrario, las franjas más angostas de capas medias de los países de la periferia y semiperiferia se inclinan más a menudo a las ilusiones elitistas, y ven su posición no como amenazada por la aplicación de las reformas neoliberales sino por las reivindicaciones de los desposeídos y estratos inferiores "atrasados" que buscan una parte más grande de la torta. Mientras tanto, la auto-evaluación de la clase media, su idea de sus propias capacidades y perspectivas, a menudo equivale a un conjunto de las ilusiones y mitos más irreales. Cuanto más periférica de la economía de un país, tanto más absurdas resultan ser.
Estos conceptos erróneos pueden, por supuesto, ser corregidos. Siempre que un país tenga una fuerte tradición cívica y un movimiento de izquierda con presencia se podrá desarrollar un proyecto de modernización democrática radical, e incluso en tales circunstancias conseguirá poner tras de sí a una parte de la clase media, como ha ocurrido, por ejemplo, en Venezuela. Pero tan pronto como un proyecto de este tipo se encuentre con dificultades y se detenga su movimiento hacia adelante, veremos como un sector de la clase media gira bruscamente a la derecha.
La paradoja reside en el hecho de que el movimiento de la intelectualidad de izquierda, que durante muchos años ha carecido de cualquier conexión con la gente trabajadora pero que han sido carne y uña con la clase media, comparte en su mayor parte las vacilaciones de su base social. Para la izquierda, mantener sus lazos con la clase media no plantea grandes problemas, teniendo en cuenta que hoy la estructura social moderna es muy diferente de lo que era en la época de Marx.
Pero la tarea de la izquierda es trabajar hacia la formación de un amplio bloque social en el que la clase media se incluya en la mayoría de la sociedad, y sobre todo junto con la clase obrera. De lo contrario, la agenda política de la clase media se convertirá en reaccionaria, y la izquierda, al servicio de esa agenda, no sólo termina engañada y confundida, sino también objetivamente (y no solo objetivamente) favoreciendo los intereses de la reacción. En última instancia, las víctimas de este proceso incluyen a la propia clase media.
Esto es lo que sucedió en Ucrania, o más precisamente en Kiev.
Rehenes de Maidan
Al observar los acontecimientos, los ideólogos de la clase media ilustrada se han visto obligados a tomar nota de la hegemonía no disimulada de la derecha, y de hacia dónde se dirige el vector político del movimiento. Pero se limitaron a poner excusas trilladas en la línea de "fascistas y seguidores de Stepán Bandera [líder nacionalista ucraniano que apoyó a la Alemania nazi durante la guerra] no son los únicos en Maidan". Es como si el debate fuera sobre la composición de la multitud, y que no se tratase de quién juega el papel dominante dentro de la multitud, el ejercicio de la hegemonía ideológica y política.
En cierta forma la situación hubiese sido menos peligrosa si la gente en Kiev fuesen únicamente fascistas convencidos. Incluso entre los militantes de las "centurias banderistas" no todo el mundo era un fascista absoluto, las personas no nacen fascistas más de lo que nacen comunistas, socialistas, ni tampoco (¡aunque Ud. no lo crea!) liberales. Pero la militancia banderista, después de someterse a la socialización correspondiente, terminando en las centurias y tomando parte en sus acciones, se terminan convirtiendo en auténticos fascistas. Maidan se convirtió en una verdadera amenaza para la democracia, principalmente debido a que los ultraderechistas lograron ganar la dirección de las masas de gente que son integrantes cotidianos de las clases medias de la capital, así como los jóvenes estudiantes y un sector de la intelectualidad. Los intelectuales de izquierda liberal, a pesar de ver claramente los ingredientes del cóctel de Maidan y quién lo estaba la agitando, se unieron al proceso en lugar de denunciarlo. Así, estos intelectuales tienen una responsabilidad directa no sólo por las consecuencias políticas de lo que ocurrió, sino también para el destino personal de muchas personas a las que empujaron al movimiento.
Al apoyar el proceso de Maidan, los liberales de izquierda entregaron a la gente común al reacondicionamiento ideológico, permitiendo y ayudando a su transformación como "recursos humanos" para su uso en la implementación de la agenda de la derecha (ya que no había ningún otro programa en Maidan ni podría haberlo en medio de la hegemonía total de las fuerzas reaccionarias). Crearon una atmósfera psicológica y cultural a favor de una nueva ola de reformas antisociales, planeada por los líderes políticos de la oposición ucraniana.
Por supuesto, hablar en contra de Maidan en un contexto de euforia general mientras se incrementa la presión de los medios y la hegemonía nacionalista conservadora era difícil ya veces también peligroso. Los militantes de Maidan comenzaron a utilizar la violencia física contra los disidentes, incluso antes de llegar al poder.
Luego, cuando un mes y medio después de los eventos en Kiev otras personas salieron a las calles de las ciudades de Ucrania, una gente en nada parecida a la clase media de la capital, el estado de ánimo y el estilo del discurso de los intelectuales cambió dramáticamente. Los críticos intelectuales de la república de Donetsk juntaron evidencia en su contra con la tenacidad y mezquindad de un fiscal de provincia al que ha sido confiado un caso difícil. Maidan fue perdonado por su uso agresivo de la violencia, por los cócteles molotov lanzados no a vehículos blindados, sino directamente a la gente, a los soldados conscriptos con los que el gobierno había formado los cordones de seguridad.
Mientras tanto, la república de Donetsk fue condenada por los intentos de sus seguidores de detener los tanques a mano limpia, sin armas y sin disparar a nadie; nada que tuviese que ver con la república podía dejarse pasar. Huelga decir que ha habido una buena cantidad de protestas en el este de Ucrania que contradice nuestras ideas de una estética revolucionaria "correcta" pero ¿por qué los intelectuales de izquierda han sido tan indulgentes con la estética de Maidan, en lo que parecen ser circunstancias similares? ¿Por qué han perdonado los retratos de Bandera, las "banderas de un Estado extranjero " (la Unión Europea), los símbolos nazis, las consignas racistas, y lo más importante, la abiertamente antisocial agenda reaccionaria y antidemocrática de los dirigentes oficiales del movimiento?
Tener dos varas de medida es sin duda la clave de toda propaganda, pero en este caso no estamos hablando de los periodistas de los canales de televisión del Estado, sino de los intelectuales que se enorgullecen de su independencia y pensamiento crítico.
Las protestas en el sudeste de Ucrania parecen haber dado a los intelectuales todo lo que habían soñado durante muchos años, si hemos de creer en su palabra escrita. ¿No debería la resistencia no violenta, deteniendo la máquina militar del Estado en las rutas, haber deleitado a los "verdes " y los anarquistas? ¿No están organizados de forma espontánea los grupos locales y no son sus mecanismos idóneos para el autogobierno? ¿Y por qué ocurre esta aparición en las calles de una masa de trabajadores tan rara para las profecías y las convocatorias de los marxistas? ¿Por qué no están los intelectuales de izquierda congratulándose con todo eso? ¿Por qué se unen al coro de los fascistas y los instigadores de progroms, pidiendo la sangre de los que se sumaron a la rebelión, o en el mejor de los casos, manteniendo un silencio vergonzoso?
Aquí, justo como lo indican las enseñanzas de Freud, nos encontramos con lo que no es tanto inconsistencia ideológica como terror inconsciente. La razón por la que los intelectuales atacan a la república de Donetsk es no tanto porque quieran condenarla, como porque quieren justificarse, demostrarse a sí mismos que no se han equivocado, y lo más importante, para cerciorarse de no tener que cargar con la culpa de haberse adherido ellos a causa de los nacionalistas en Maidan. Todo su refinamiento intelectual y toda su agudeza mental han sido puestos al servicio de la elaboración de argumentos para justificar la extrema derecha o la colaboración con ella.
El apoyo incondicional mostrado por los intelectuales a Maidan es terrible no sólo porque les lleva a una posición moralmente catastrófica. Mucho peor es el hecho de que una vez que se han subido al tren les resulta muy difícil bajar. Han tomado una posición que aísla a los intelectuales no sólo de las masas que se han levantado en protesta genuinamente revolucionaria en el sudeste de Ucrania, sino también de la gran cantidad de simpatizantes y militantes de Maidan que ayer se sentían dudas, hoy están desilusionados, y mañana se unirán a las protestas, tal vez en las primeras filas. La gente común puede cambiar sus puntos de vista, incluso hasta en el sentido opuesto con relativa facilidad y sin vergüenza. Pero no los intelectuales. La gente común siempre es capaz de decir simplemente: "Me han engañado". Los intelectuales tienen que confesar: "He engañado a la gente".
Donetsk a la sombra de Moscú
No es ningún secreto que las masas rebeldes del sudeste de Ucrania han contado con el apoyo de Moscú. Desplegando la tricolor y gritando consignas acerca de su amor por Rusia, han esperado sinceramente atraer al Estado amigo hacia su lado. Esta esperanza ha congregado a personas que sueñan con la unificación con Rusia, otros que buscan la federalización de Ucrania y aún otros que simplemente esperan que el poderío de Rusia venga a defender a los habitantes de la región contra la represión de Kiev. Pero desde el primer momento el Moscú oficial ha tomado una posición ambigua sobre los hechos en cuestión. Aunque apoya claramente un movimiento dirigido contra el gobierno abiertamente hostil de Kiev, está mucho menos dispuesto a patrocinar una revolución popular, incluso si el resultado sirviese para expandir el Estado ruso.
NOTA. Sobre la semiótica de la bandera.
Queremos agregar una observación a lo que señala Kagarlitsky sobre la aparición de la "tricolor" (la bandera rusa) en las manifestaciones en el este de Ucrania. Generalmente esa bandera ha sido modificada, se cambió el blanco por el negro. ES EL NEGRO DEL CARBÓN, es la reivindicación histórica de la cuenca hullera de esa región y su tradición popular, pero también es la conciencia de contar con una capacidad económica muy superior en recursos y desarrollo industrial, que desequilibra las fuerzas si no hay intervenciones de terceros. Por eso el programa liberal de apertura a la UE significa cosas diferentes, en el oeste campesino es la posibilidad de emigrar y aflojar las tensiones sociales liberándose del stock sobrante de población; en el oeste sería el desmantelamiento de la capacidad industrial remanente de la era soviética y la destrucción social que eso conlleva.
enviado y traducido por FERNANDO MOYANO