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¿QUE PASA CON EL DEBATE?

Estamos en tiempos electorales y uno de los temas que preocupa a los comentaristas y analistas políticos es la ausencia de debate. A  lo que yo agregaría -y esto debe ser remarcado- que a dicho fenómeno hay que situarlo en el terreno de “la cultura democrática” del país. Más allá de los límites de dicha democracia (límites propios del sistema económico-social en el cual funciona la democracia política), es indudable que un régimen político donde se debate es más democrático que uno donde la ausencia de debates pasa a ser otro de los problemas que tenemos.

El debate es una confrontación pública, por parte de los máximos referentes de los partidos políticos, destinada a exponer las propias ideas acerca de lo que se ha hecho y de lo que se piensa hacer, con vistas a lograr el apoyo de la ciudadanía. El debate es, entonces, una de las tantas manifestaciones de la lucha política que, entre otras cosas, tiene el efecto de mostrarle a la población, en vivo y en directo, no sólo las ideas sino la capacidad personal de quien sostiene dichas ideas. Debatir, confrontar ideas, es saludable para la democracia. Pero exponer las ideas es, también, exponerse. Dar la talla. Hay, en el debate, un ingrediente “competitivo” pero, bueno, estamos en una sociedad competitiva, ¿no? “En la cancha se ven los pingos”, dice el dicho popular, y el escenario del debate es una de esas “canchas”

Cuando a Tabaré Vázquez se le ha preguntado acerca de la posibilidad de debatir, no sólo ha reafirmado su postura de no hacerlo, sino que lo ha “justificado”. En una oportunidad calificó al debate como “un show mediático”, y por último ha dicho que el que está abajo quiere debatir con el que está arriba, y este, a su vez, con el que está más arriba, pero no a la inversa; y, por supuesto, “el que está por encima de todos no quiere debatir con nadie”. Parece que Dios (o “la Providencia”, como dijo Lacalle Herrera cuando le ganó a Larrañaga) mete la cuchara en distintas tiendas políticas.

Me eximo de comentar determinados aspectos de esta muy personal postura, porque creo que, para el que no está cegado por las anteojeras partidarias, es demasiado evidente. En todo caso diría que es la actitud propia de quien se siente que “tiene la sartén por el mango”, asunto este que, en política, es muy relativo (a menos que se viva en un régimen totalitario). Se ve que en esto al menos, Aparicio Saravia tenía razón cuando dijo que “los aires de las alturas mareaban”. Y, cuando veo el estado en el que ha quedado el partido colorado, no puedo dejar de recordar cuando Hierro López, al referirse a su partido, lo presentaba como “el partido del Estado”, es decir, el de los que tenían experiencia, los que sabían cómo gobernar (o sea otra manera de decir lo que decía Pacheco: “sabemos cómo hacerlo y volveremos a hacerlo”).

Pero además recuerdo que, en la época en que el FA estaba en el llano, Tabaré Vázquez debatió. Y si lo hizo es porque los que estaban “arriba” (por ejemplo: Sanguinetti, Volonté, Juan Andrés Ramírez) le dieron la oportunidad de confrontar con ellos. Con el transcurso del tiempo, Tabaré Vázquez llegó a “las alturas”, aunque no creo que en ello haya incidido de manera determinante su capacidad para debatir ideas políticas. Y entonces cambió las “reglas de juego”: ahora no debate. Lo cual podría deberse no al pretexto de que se trata de un “show mediático” sino, pura y simplemente, a que no se siente con la capacidad suficiente para encarar ese tipo de lucha política. Y, después de todo, ¿qué importa eso cuando se tiene  la sartén por el mango, y la seguridad de que seguirá manteniéndolo (y que ha expresado apostando “hamburguesas” a que gana en primera vuelta)? ¿No se habrá convertido el FA en un nuevo “partido del Estado”?

Por lo pronto, creo que el FA, conformado en su núcleo duro por lo que antes se consideraba eran “partidos de ideas” (o “ideologizados” como los calificarían los que se pretendían “desideologizados”), se ha convertido en una colectividad política demasiado imbuida de “caudillismo”. Eso, y la necesidad de seguir teniendo la sartén por el mango (cosa natural en toda colectividad que ostenta el poder político), es lo que explica esa “idea” -llamémosle así- existente en el aparato frenteamplista de que Vázquez es “imprescindible” si se quiere obtener un tercer mandato. Y eso, pese a lo que Vázquez dijo y que lo llevó a “despedirse de la política”. Cosa no tan descabellada, después de todo, ya que la “carrera política” de Vázquez se formó a partir de una absoluta falta de carrera política.

¿Quién era Tabaré Vázquez antes de que el FA lo proclamara candidato a la Intendencia? No era “joven” pero si inexperiente. Yo creo que, cuando se habla de “marketing” al referirse a este “muchacho” que ha aparecido en el nuevo escenario político (y que sí tiene una carrera política detrás suyo, nos guste o no nos guste), el FA tendría que poner las barbas en remojo.

Precisamente, a raíz de las últimas encuestas, ya no parece tan seguro el triunfo que unos meses atrás se daba por descontado. Así de fluctuante y cambiante es el escenario. Y este “pibe”, con su estilo “juvenil”, “por la positiva” (LP: la positiva-lacalle pou), parece estar significando, de otra manera y para otros sectores, lo que el Pepe significó para mucha gente. Aparte de su historia y de ser -éste si- un “bicho político” (proveniente además, de las tiendas nacionalistas), el Pepe sedujo a muchísima gente por su estilo personal, de “pata en el suelo y sin corbata”, para nada acartonado. E hizo que la cosa se pareciera a un asunto entre “paisanos” y “dotores”, llevando agua para el molino de “los paisanos” (ayudado por Lacalle Herrera, que dijo que el Pepe vivía en un “cuchitril”).

De alguna manera, para mucha gente que de “izquierdista” no tiene nada y de “ideas políticas” tiene muy poco, ver a un tipo austero, campechano, “que a la mierda le dice mierda”, sentado en el sillón presidencial (esa “changuita”), era como ver a uno de su propia clase “en las alturas”. Eso, en sí, es un cambio cultural, como también lo fue el hecho de que el FA llegara al gobierno, rompiendo no sólo con la tradición de blancos y colorados, sino también con aquel prejuicio, arraigado en la mentalidad de mucha gente, de que eso significaría la catástrofe para el país. Aquello de que el Uruguay se iba a convertir poco menos que en una nueva Cuba, se reveló como una gran mentira: uno de los tantos “cucos” agitados por los adversarios políticos. Ahora el “cuco” cambió de signo, y entonces corremos el riesgo de que “la derecha” (léase “los partidos tradicionales”, aunque el FA mismo ya ha alcanzado dicha categoría) vuelva a gobernar.

Esta clase de “argumentos” son los que se agitan cuando no hay argumentos más serios para ofrecerle a la ciudadanía (entre otras instancias democráticas, a través de los debates)

Si bien considero el triunfo inicial del FA y el “fenómeno Mujica” como signos de un cambio cultural, de mentalidad (por lo menos en lo que se refiere a la cosa política), estoy de acuerdo con quienes sostienen que el FA está perdiendo la “batalla cultural”, entre ellos Mazzarovich, que le llama “batalla ideológica”. Lo ideológico es parte de la cultura, así que sobre esto no hago cuestión de palabras: apunto simplemente que lo cultural es mucho más que lo ideológico. El hecho indudable es que esa batalla la está perdiendo una colectividad política que, cuando era oposición, se caracterizaba no sólo por ser “partidos de ideas” sino por tener un predominio bastante marcado sobre eso que se llama “cultura”

Uno de los problemas de esto, según mi punto de vista, es que eso que se llama “cultura” es sólo uno de los aspectos de la cultura: la “alta cultura”, académica, que no siempre se liga bien con la “baja cultura”, popular. Y entonces se daba el caso de que los “cultos” de la izquierda, que nos considerábamos como los verdaderos representantes de los intereses populares, electoralmente éramos minoría, mientras que los partidos de “la oligarquía” continuaban recibiendo el apoyo popular en las urnas. Y hablábamos de lo “engañada” que estaba la gente al votar a aquellos que iban a gobernar en beneficio de una minoría.

Aquí tenemos uno de los problemas culturales que va más allá de lo ideológico pero que incide en lo ideológico: el conservadurismo. Problema cultural, de mentalidad de un pueblo o de una nación, que se hace más problemático cuando, a la vez, se advierte la necesidad objetiva de “cambios”. Lo paradójico de esto es que tanto en la derecha como en la izquierda hay conservadores y renovadores

Veamos este asunto a la luz de la campaña política actualmente en curso. En su “asunción” como candidato triunfante en las internas (y ninguneando a su competidora Constanza Moreira, que para algunos frenteamplistas era el signo de la “renovación”), Tabaré Vázquez (que parecía haberse asumido ya como seguro futuro Presidente), dirigió su primer mensaje a los jubilados (la “clase pasiva”) prometiéndoles una “table”. No voy a hacer chistes sobre el contenido del mensaje, quiero señalar simplemente el destinatario que Vázquez eligió para emitir sus primeros mensajes, una vez que se confirmó lo que se caía de maduro: que él era el ganador y que los “renovadores” no iban a tener más remedio que hacer campaña a su favor, que vendría a ser “el conservador”. Tal como sucede en todo partido político.

¿A quién se dirige Lacalle Pou, y no solamente con su discurso sino con su estilo? A la juventud. No, desde luego, a la misma juventud a la cual, con su nacimiento, el FA llenó de esperanzas e ilusiones (aquella juventud somos los veteranos de ahora). La de ahora, la de la postdictadura y también la que ya ha vivido en esta especie de “democracia postmoderna” por la que estamos transitando, sin demasiadas ideas y sin debates. La que el FA no supo “enamorar”, porque, precisamente, está perdiendo “la batalla cultural”. La que posiblemente encuentre en Lacalle Pou a su “símbolo político”, ya que ahora todo es asunto de “carisma del caudillo”.

Dejemos de lado, por un momento, los contenidos político-ideológicos, muchos de los cuales el propio FA fue dejando por el camino, y que le ha costado perder votos por la izquierda. Detengámonos un poco más en estos aspectos “culturales no ideológicos” que también juegan (y en los que parece no importar demasiado las ideas y los programas).

Lacalle Pou está utilizando -a mi modo de ver, inteligentemente- estos factores, tal como el Pepe los utilizó en su momento. En el caso del Pepe se trataba del “pobrerío”, en el caso de Lacalle se trata de “la juventud”. Si el Pepe llegó a ser considerado “el Presidente más pobre del mundo” (algo que puede ser más aparente que real, porque creo que Evo Morales gana menos), Lacalle Pou se está perfilando como un posible “Presidente más joven del mundo”. Estas cosas, en sí mismas, no significan nada (por lo menos para mí), pero sí que significan en términos de imagen. Y Lacalle en eso ha sido hábil. Algunos ejemplos: “está muy bien Maracaná, pero yo quiero ganar ahora”. A la vez que le hace una concesión a los veteranos nostálgicos, les manda una guiñada a los jóvenes (que, por definición, son los que aspiran a “ganar”, a “ir para adelante”). Y -dato no menor-, ya le había ganado a Larrañaga, “seguro triunfador” en la interna blanca. Ese es uno de sus mensajes con respecto al pasado, que reafirma dejando a su padre para la historia (tal como, supongo, otros “hijos de” han hecho con sus padres). Es un mensaje que yo, y supongo que la mayoría de los que tenemos años encima, no “compraría” ni loco (el pasado habrá pasado, pero la memoria persiste). Pero también es cierto que, a los veintipocos años “compré”, cuando surgió el FA, con la ilusión, entre otras, de ver finalizado en el país la vieja oposición “blancos-colorados” (que considerábamos una rémora del pasado que nos había conducido a la situación de crisis en la que nos debatíamos).

Pavada de pasado pretendíamos abolir. Así que ahora es válido preguntarse qué es lo que sienten y quieren los nuevos jóvenes (y en cuyo pasado ya nos incluyen)

He aquí otro problema cultural: el de las relaciones generacionales

Una de cuyas manifestaciones es el típico conflicto del joven cuyo padre, bien intencionado, le ha “trazado el futuro”, pero dicho “programa” no coincide con las ansias o la vocación del joven. Tiene dos caminos: o le da pelota al padre o se rebela y decide “trazarse” él mismo su propio camino. Después de todo es su vida. Esto, que es de carácter personal, puede ser considerado también a  nivel colectivo. Cuando las cosas empiezan a oler a naftalina, los jóvenes tienden a buscar otros aromas.

Ante semejante “audacia juvenil”, ¿cuál fue la respuesta de Tabaré Vázquez? La que dio en España, la “Madre Patria”: los veteranos con experiencia y la subveinte. Para decirlo en el lenguaje mujiquista -que es el lenguaje de los uruguayos-, lo “botijeó”. ¿Cuál fue la respuesta del “botija”? Su acto gimnástico con la bandera, y “aquí lo espero”. O sea: esto es lo que yo puedo hacer, ¿vos podés? Dicho de otro modo: para ciertas cosas, la juventud vale más que la experiencia. Desde luego, el razonamiento también vale a la inversa. Pero, andá a hacérselo entender a los jóvenes.

Y después lo rubricó con el chiste del “Consejo de Ancianos” que yo lo interpreté como una manera, elegante, diplomática y hasta política, de tratarlos de “obsoletos”. Por supuesto, pese a todo lo que el Pepe ha hecho para desacartonar la actividad política (cosa que Lacalle Pou está haciendo desde otra perspectiva) varios dirigentes frenteamplistas se molestaron. Creo que el único que se lo tomó para la chacota fue el propio Pepe con su “pa la pelota que nos dan a los viejos”.

¿Por qué, entonces, se ha instalado en el escenario político este asunto de “viejos y jóvenes” que parece estarle dando buenos réditos al más joven? Asunto que se parece bastante a lo de “paisanos y dotores”, no lo perdamos de vista. Pues, por aquello de “la batalla cultural perdida”. Batalla que lo que ha hecho es cambiar de “cancha” y de signo. ¿Ha pensado la fuerza política FA cuanto tiene que ver con esto?

Parece que sí, porque ahora está surgiendo la candidatura de Marcos Carámbula al Senado promovido por varios sectores. En este caso se reedita una experiencia del pasado: la que llevó al Senado a Astori. Pero -y aquí está el cangrejo bajo la piedra- Carámbula se presenta con un concepto que, aparte de ser “izquierdista”, a esta altura del partido debe sonar como antediluviano: “oligarquía- pueblo”. Claro, con lo de “oligarquía” ya sabemos a quién se refiere (por lo menos los que bebimos en las fuentes de la “cultura de izquierda”). El punto es saber qué entienden los jóvenes de ahora por “oligarquía”, después de tantos siglos de no mencionar la palabra. Y además se corre el riesgo de que, desde la izquierda no frenteamplista, le recuerden a Carámbula otros conceptos de la misma familia: “soberanía nacional-imperialismo”, “extranjerización de la tierra”, “transnacionales”, “tropas en Haití”.

Cosas sobre las cuales parece que no hay necesidad de debatir

Un comentario final. Durante la última campaña electoral en Treinta y Tres me llamó poderosamente la atención la “atonía política” del FA. Parecía que el único que estaba en campaña era Dardo Sánchez, el FA nada. No sé si pensaron que con lo que se había hecho alcanzaba para que la gente se diera por enterada. Si esto fue así, habría que recordar que la política no es sólo “hacer” sino “hacer ver” lo que se ha hecho y por qué se lo ha hecho. También hay que explicar por qué no se hizo lo que se debió hacer y no se pudo. Supongo que esto es parte de la “cultura política” que las organizaciones políticas tienen el deber de transmitir a “la gente”. Y no sólo para conseguir votos.

Ahora estoy percibiendo algo por el estilo, pero a nivel nacional.