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Lógica del Capital y crítica marxista (3)

“No hay núcleo unificador”

Rolando Astarita [Blog]

Una de las cuestiones centrales en que se oponen por los que sostenemos que existe una lógica del capital y los críticos es acerca de si hay una relación social núcleo, unificadora de la formación social. En este respecto, el crítico de la lógica del capital sostiene que la realidad social contemporánea no tiene un núcleo que sea conocible, y que incluso no tiene importancia que sea conocible porque, de todas maneras, no existe núcleo alguno. En consecuencia, la realidad es fragmentada: cada instancia -la política, la economía, lo institucional, la cultura, las ideas morales, la ideología, etcétera- es autónoma con respecto a las otras, y tiene el mismo poder explicativo acerca de la evolución social. Por eso, ni se discute siquiera cuál puede ser la relación central; no tiene objeto analizar si la contradicción central es “imperio – nación” o “capital – trabajo” ya que la misma formulación de algún eje ordenador no tiene sentido. Más aún, ni siquiera es conocible. Por lo tanto, la suma de “realidad no conocible” y “fragmentación” de instancias a igual nivel da como resultado un enfoque afín al pensamiento posmoderno. En particular, porque se rechaza la idea de que la economía es el ámbito central de las contradicciones sociales, y que la clase obrera es el sujeto social fundamental enfrentado a la clase capitalista (puede verse esta posición en Omar Acha, citado en la segunda parte de esta nota)

Esta “tesis”, además, se presenta como una suerte de “marxismo crítico”. Lo cual es un sinsentido, ya que si se niega la centralidad de la relación capital – trabajo, que está en la esencia misma de la crítica marxista al capitalismo, ¿qué queda del marxismo? La respuesta es que nada. Ni siquiera se podría argumentar, con Lukács, que sería rescatable el método, ya que ¿qué método científico sería este que habría llevado a conclusiones equivocadas en lo que atañe a la tesis central de la teoría, a saber, que la sociedad capitalista se basa en la explotación del trabajo? Puede verse entonces que la negación de la lógica del capital no es políticamente neutra:se asocia a la negación de la centralidad de la explotación del trabajo. La negación por partida doble: por un lado, se sostiene que no es conocible alguna relación social esencial, y en segundo término se afirma que esa relación no tiene centralidad alguna. Esto es, se afirma que no es conocible una relación que al mismo tiempo se sostiene que no tiene prioridad explicativa (a esto le llaman hoy “pensamiento no dogmático”). Pero si no hay posibilidad de conocer siquiera la relación social sobre la que se levanta la civilización capitalista, y si la clase obrera no es el sujeto central de oposición al capital, no hay lugar para una estrategia unificada contra el sistema capitalista y su Estado. Los cuestionamientos serían siempre parciales, a fragmentos de una realidad siempre desarticulada.

El crítico de la lógica del capital disimula el carácter conservador de su planteo hablando de la importancia de las luchas de las mujeres, contra la opresión nacional o étnica, por la libertad sexual, y similares. Pero no es esta la cuestión real que está en debate. Después de todo, cualquiera sabe que la militancia socialista, radical y antiburocrática, -esto es, aquella que critica regímenes como el de Corea del Norte y otras variedades de burocracias- participa, en su amplia mayoría, de las luchas por los derechos de las minorías oprimidas. Por eso, lo que en realidad se critica es la afirmación de que la relación capital – trabajo constituye la contradicción insuperable en tanto subsista la propiedad privada del capital. Proposición de la que se deriva la afirmación de que el sistema no se podrá alterar en lo esencial por el hecho de que el grupo de explotados y el grupo de explotadores esté compuesto por miembros pertenecientes a tal o cual minoría sexual, religiosa, nacional o étnica; o por el hecho de que estos tipos de opresión tienden a atenuarse con la evolución del modo de producción capitalista (como ha efectivamente ocurrido, por lo menos en los últimos 100 años). Por eso, sostenemos que la oposición binaria de clases es más fundamental, en relación al modo de producción imperante, que las otras oposiciones. Esta es la oposición que niega el crítico del “reduccionismo economicista”. Su crítica es a la tesis marxista que dice que las clases están definidas por una determinada relación con los medios de producción y por su lugar en la estructura productiva. Por eso piensa que los nuevos movimientos sociales podrían ocupar un rol de clase; de aquí también el énfasis en lo cultural, en lo discursivo y retórico en la formación de los movimientos políticos y la acción política

Imposibilidad de conocer y construcción discursiva

Una de las cosas que más daño hacen a un planteo crítico y liberador es sostener que la realidad última del capitalismo -su naturaleza explotadora- no es conocible. Es que si la realidad social, en su naturaleza más esencial, no se puede conocer, no hay posibilidad de crítica radical. Y la afirmación de que la realidad no es conocible es una de las tesis centrales del posmodernismo en el terreno de la epistemología. La idea aquí es que, debido a que todos somos miembros de comunidades discursivas, estas determinan cuáles serán nuestras opiniones, interpretaciones y actitudes, de manera que cualquier proposición acerca del mundo solo refleja los marcos interpretativos de las comunidades en que vivimos y actuamos. En consecuencia, no hay verdad científica “objetiva”, ni maneras de conocer que sean científicas y racionales. Se trata, en el fondo, del problema epistemológico que los posmodernos heredan de los postestructuralistas: si el conocimiento del mundo que nos rodea solo es posible a través de estructuras conceptuales, articuladas por el habla, todo objeto de conocimiento no es más que una construcción, una representación particular, sea de un individuo, o un grupo (véanse los análisis críticos del posmodernismo de Antonio, 2000; Atkinson, 2002; Mirchandani, 2005; Rush, 1998; Sokal, 2008, en quienes nos basamos en lo que sigue). De esta manera, la crítica, correcta, a la tesis del conocimiento como reflejo o espejo (que subyace al positivismo) desemboca en la afirmación de la imposibilidad de conocer.

Lo cual conecta, a su vez, con el planteo de que la realidad social es construcción discursiva. Este enlace es esencial para entender por qué el crítico de la lógica del capital -en su versión más dogmática- afirma la imposibilidad de conocer y al mismo tiempo niega la primacía explicativa de las relaciones sociales de producción y la lucha de clases en el análisis social, para poner en el mismo plano las construcciones discursivas, las formas ideológicas o las modalidades culturales. Este es el verdadero contenido de su crítica al “reduccionismo economicista” y a la tesis de la centralidad de la oposición entre el capital y el trabajo. Por eso no hay rechazo de la lógica del capital sin negación de esos puntos básicos de la crítica marxista (primacía de las relaciones de producción, lucha de clases). Y no hay posibilidad de negarlos sin asociar el planteo a la tesis que dice que el núcleo de la explotación es “no conocible”. No es casual por eso que el conocimiento termine siendo el estudio de cómo los juegos del lenguaje constituyen la sociedad y las relaciones sociales de formas heterogéneas; de manera que todo conocimiento de esos juegos es fracturado y diverso, y el rol del investigador consiste en insistir en esta fragmentación para desarticular el conocimiento ordinario (tesis de Lyotard). Las sociedades están formadas “por inmensas nubes de materia lingüística, siendo cada nube estructurada “por un 'juego de lenguaje', es decir, por pautas específicas de interrelación lingüístico-social”. El lazo social entonces es lingüístico; es natural que en esta visión no tenga cabida hablar de la primacía de las relaciones de clase. La negación del realismo epistemológico, la reducción de toda discusión sobre la verdad a juegos de lenguaje, tiene este necesario correlato.

En otra variante del mismo enfoque crítico de la tesis de la lógica del capital, se sostiene que la realidad del capitalismo moderno se explica por la generación infinita de signos, las nuevas fuentes de poder (por caso, el capital financiero sería meramente generador de “signos” sin referencia alguna a la plusvalía, esto es, a la existencia de trabajo explotado). Esto sucedería porque, (Baudrillard dixit), la línea entre lo real y la representación lentamente “colapsa”, y solo tenemos simulacros, copias sin original, reproducidas hasta que se hacen reales. En la semiurgy (neologismo francés que significa el arte de crear signos y sistemas de signos) radical que estaríamos viviendo, la producción de mercancías habría perdido su centralidad para dar lugar, a través de la proliferación de signos, al poder del signo y de las simulaciones. En la misma vena, Lipovetsky sostendrá que el imaginario social tiene prioridad explicativa sobre la lógica social, y que las relaciones de producción son desbancadas por “las relaciones de seducción”. Todo esto encaja en el cuadro conceptual del teórico (pos) marxista “abierto y antidogmático” que rechaza la primacía de las relaciones sociales de producción y de cambio, así como la centralidad del conflicto de clase entre explotadores y explotados. Por eso su marco conceptual es tributario del posmodernismo más ramplón. El énfasis está puesto en la fragmentación y en el “no estar seguros”, ya que todo punto de vista es igualmente válido: el punto de vista del explotado y del explotador; el del judío encerrado en el campo de concentración, y el del verdugo. Son simples “perspectivas” e “interpretaciones”. Si no hay núcleo conocible, todo está en el mismo nivel explicativo. Entre la explicación de la crisis actual argentina por las relaciones sociales y las contradicciones de las fuerzas productivas, y la que dice que se debe a las pulsiones autodestructivas de la presidenta Cristina Kirchner, no habría posibilidad alguna de decidir cuál se acerca más a un discurso científico.

De conjunto, esta perspectiva metodológica e ideológica explica entonces una llamativa característica del discurso del crítico de la lógica del capital: su falta de crítica específica, concreta. Rechaza in toto que exista una lógica del capital sin tomarse la molestia siquiera de intentar refutar “desde adentro” la tesis que rechaza. Dado que todos son juegos discursivos, y partiendo que ha decretado ab initio la imposibilidad misma de conocer, le basta negar de manera externa lo que rechaza. En un mundo donde todo es discurso e interpretación de discurso, basta oponer un discurso a otro, sin generar siquiera la posibilidad de intercambio argumentado de razones. Serían simples juegos de poder, jugados a través de la creación incesante de signos. Hablar de la lógica del capital, desde este enfoque, es solo discurso del “marxismo de derecha y dogmático”, una proposición que carece de original en el mundo real, o de la que ni siquiera se puede hacer afirmación alguna sobre su realidad.

La naturaleza del capitalismo es conocible

Frente a la tesis posmoderna (que adoptan alegremente los posmarxistas) sostenemos que el mundo que nos rodea es conocible, y en particular, que la naturaleza del sistema capitalista es conocible. También sostenemos que la mente humana puede penetrar por detrás de las apariencias: por ejemplo, para entender que detrás de la apariencia del salario como “valor del trabajo” está la fuerza de trabajo; o que detrás de la ganancia como “rendimiento de la máquina” está la creación de valor por el trabajo. Más en general, para entender que existe una relación básica, la relación capital – trabajo, que se ha extendido y profundizado a nivel planetario en las últimas décadas.

Todo esto es lo básico de lo que entendemos por la actividad científica: siguiendo a Sokal, por ciencia nos referimos a una visión que da primacía a la razón y a la observación, y a una metodología que se caracteriza, por sobre todo, por el espíritu crítico, esto es, que se compromete a verificar constantemente los resultados mediante observaciones o experimentos (estos en las ciencias naturales) y a revisar o desechar las teorías que no superen las pruebas. Por ejemplo, si decimos que la relación capital trabajo se está extendiendo en el mundo, esto debe poder ser comprobado mediante observaciones -cuanto más rigurosas mejor-; y debemos tratar de explicar racionalmente el fenómeno (Sokal). Lo que sostengo es que esta realidad, a saber, la extensión de la relación capitalista, que hasta ahora todos los datos nos la muestran como un hecho fáctico, es conocible. Por supuesto, admitir que existe una realidad objetiva, y que esta es conocible, no es sinónimo de adherir a una perspectiva empirista que niegue el rol activo del sujeto que conoce. El conocimiento más elemental, incluso el que pertenece al plano de la certeza sensible, solo es posible a través de estructuras conceptuales, como ha demostrado Hegel.

Sin embargo, el énfasis en el rol activo del sujeto que conoce no debe llevarnos a la idea de “todo es interpretación, todo es perspectiva”; o que la actividad de la mente construye el objeto que se conoce, como dice la tesis interpretacionista; o que las realidades sociales (clases sociales, relaciones de producción, etcétera) son meras construcciones discursivas.

En oposición a este perspectivismo e interpretacionismo, que llegan al idealismo, y siguiendo a Westphal (inspirado, a su vez, en la epistemología de Hegel), se puede afirmar que el conocimiento empírico es interpretativo a fin de reconstruir, no crear, el objeto del conocimiento (en paralelo con la idea de Marx del concreto pensado que reconstruye el concreto representado). Por esta razón, una epistemología activista es consistente con el realismo de sentido común.

No se trata entonces de entender “la verdad” como mera correspondencia – existe en el mundo algo que se llama capital, que está en correspondencia con mi representación mental, entendida como reflejo- sino de la coherencia entre nuestras concepciones del conocimiento y del mundo, y también entre estas y lo que nuestro conocimiento y el mundo son para nosotros. Así, en nuestro ejemplo, lo que la relación capitalista es para nosotros depende tanto de la noción que tenemos de capitalismo, con la que abordamos el conocimiento del mundo social que nos rodea, como de la existencia de ese mundo (hay trabajadores asalariados, títulos de propiedad, ganancias, etcétera) por fuera de nuestra mente, así como de la experiencia de conocimiento que hacemos de ese mismo conocimiento, que nos lleva a rectificar o modificar nuestras concepciones previas, y a profundizar en el conocimiento del mundo (véase una explicación más amplia aquí). Es en esta interrelación múltiple que el mundo es conocible, aunque el conocimiento sea siempre parcial y tenga mucho de provisorio. Es a través de este proceso que podemos reconstruir mentalmente el “núcleo ordenador”, la relación capital trabajo, de la sociedad en la que vivimos.

Por eso, el realismo epistemológico es compatible con una concepción histórica y social del conocimiento humano. Contra lo que dicen los interpretacionistas, la relatividad de nuestros esquemas conceptuales o marcos lingüísticos no elimina el externalismo del contenido mental: este último solo puede ser especificado por sus relaciones a partes o características del entorno del sujeto (Westphal). En particular, decimos que la realidad del capitalismo es conocible por los seres humanos -aunque ese conocimiento, insistimos en ello, sea siempre aproximado, y sea pasible de constantes correcciones-- y que las proposiciones acerca de esa realidad social pueden ser sometidas a examen por el colectivo social. Por lo tanto, la noción del capital, y la intelección de las formas de movimiento y desarrollo del capital, no son construcciones mentales arbitrarias; tienen raíces en el mundo que nos rodea, y en las concepciones que elaboramos para entenderlo. Y decimos por eso que es necesario explicar que se puede conocer la naturaleza íntima del sistema capitalista, y sostenemos que esto es altamente favorable para desarrollar una crítica social.

Textos citados:
Antonio, R. 2000, “After Postmodernism: Reactionary Tribalism”, American Journal of Sociology, vol. 106, Nº1.
Atkinson, E. (2002): “The responsible anarchist: postmodernism and social change”, British Journal of Sociology of Education, 23, pp. 73-87.
Mirchandani. R. (2005): “Postmodernism and Sociology: From the Epistemological to the Empirical”, Sociological Theory, vol. 23, pp. 86-115.
Rush, A. (1998): Latinoamérica y el síntoma posmoderno, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Tucumán.
Sokal, A. (2008): Más allá de las imposturas intelectuales. Ciencia, filosofía y cultura, Barcelona, Paidós.
Westphal, K. R. (2003): Hegel's Epistemology. A Philosophical Introduction to the Phenomenology of Spirit, Indianapolis, Cambridge.