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Lógica del capital y crítica marxista (4)

El discurso posmoderno post caída del Muro

Rolando Astarita [Blog]

Los críticos de la tesis de la lógica del capital sostienen que no existe centralidad del trabajo asalariado, ni leyes objetivas de la dinámica capitalista. Ya hemos discutido teóricamente estas cuestiones. Sin embargo, las diferencias no deben ser dilucidadas solo a nivel teórico, sino también en relación a datos y hechos. La pregunta entonces es acerca de la capacidad que ha tenido la tesis “no hay leyes ni lógica del capital” para explicar, o prever, las tendencias del desarrollo económico y social de las últimas décadas.

En este punto tengamos presente que el posmodernismo tomó vuelo con sus pronósticos sobre lo que venía luego del derrumbe de la URSS, la desarticulación de los llamados Estados de bienestar, en Occidente, y el arranque de la globalización. Por aquellos años los posmodernos plantearon que con la caída de los regímenes stalinistas, y el fin del fordismo -producción y consumo de masas, trabajo alienante en las líneas de montaje, cultura conformista, control sindical y estatal- se abría una era de expansión de la diferencia, de construcción libre de las identidades, de exaltación de la particularidad y desarrollo de las personalidades. Según esta visión, la posmodernidad consumista llevaría a ofrecer a cada uno la mercancía adecuada, en tanto que en los lugares de trabajo se impondrían los horarios flexibles, los equipos de trabajo participativos y creativos, y la especialización no alienante. Las relaciones de producción capitalista serían flexibilizadas en sentido libertario y democrático, y la sociedad sería abierta y plural, dando lugar a un individuo “liberado del corsé autoritario” y focalizado en el placer y el cuidado del cuerpo y la mente.

Por supuesto, en esta operación interpretativa de “lo nuevo” los posmodernos no registraron la permanencia, profundización y extensión de la misma matriz que subyacía al Estado de bienestar occidental: la relación capitalista de explotación

Por eso la idea misma de la lógica del capital era imposible de encajar en ese discurso de la “nueva diversidad”. Y como no podía ser de otra manera, esta operación ideológica y política fue acompañada del rechazo de la teoría de la explotación y de la lucha de clases, y de cualquier proyecto emancipador colectivo. Dada, además, la identificación de los regímenes soviético y maoísta con el marxismo, la tarea fue relativamente sencilla. Por supuesto, para eso hubo que ignorar a los marxistas revolucionarios que habían sido críticos del stalinismo y de la utopía de construir el socialismo en un solo país. Pero esto poco importaba a gente que estaba y está convencida de que “no hay hechos, sino solo interpretaciones”. En consonancia con el discurso de la clase dominante (Tatcher, Reagan, en versión criolla Menen), ya no había alternativas sociales a lo existente. Naturalmente, el discurso de “se acabaron las utopías” contribuía al desánimo y la desorientación de los explotados y oprimidos. A estos se les decía que había que renunciar a la posibilidad de la transformación revolucionaria, ya que las revoluciones del pasado simplemente habían creado regímenes tan monstruosos como inevitables. Nutriéndose de esta historia trágica, de ahora en más los trabajadores debían conformarse con cambiar lo posible, en el marco de un capitalismo imposible de cuestionar en sus raíces. La globalización, con sus infinitas posibilidades de desplegar las diferencias, era el horizonte posible; todo lo demás pertenecía al reino de las megas narrativas, al servicio de fanáticos y de los totalitarismos, y de los dogmáticos defensores de la tesis de la lógica del capital y la lucha de clases.

La realidad de la globalización

Pues bien, pasado ya un cuarto de siglo desde aquellos pronósticos posmodernos, cabe preguntarse qué se ha verificado de los mismos. Somos conscientes de que entramos en un terreno altamente problemático y resbaladizo para el posmoderno y el posmarxista, quienes han decretado que no hay hechos, sino solo interpretaciones. Pero aun a riesgo de ser acusados de “positivistas”, es imprescindible hacer el balance. En algún punto hay que poner límites a la palabrería que se alimenta de palabrería (y oscuridad discursiva). Y la realidad es que el mundo de hoy se parece muy poco a lo que pronosticaron los teóricos del “no hay leyes objetivas del capital”; la realidad es que estamos inmersos en un mundo cada vez más uniformemente sujeto al dominio del capital mundializado.

Efectivamente, a partir del colapso de los regímenes burocrático stalinistas, y del retroceso de los modelos keynesianos “nacional centrados”, las relaciones mercantiles y capitalistas se extendieron y profundizaron a nivel planetario, generando una mayor interrelación de los espacios nacionales de valor, y dando un carácter incluso más homogéneo a las formas de producir, de intercambiar y consumir. A la par que hubo diferenciación y particularización -por ejemplo, con el surgimiento de nuevos estados nacionales en los territorios de la ex URSS y Yugoslavia- hubo un fuerte impulso a la interdependencia y a la uniformidad. Hoy, y como nunca antes había ocurrido en la historia del capitalismo, lo que le ocurre a la clase obrera de un país, o a su economía, afecta a la clase obrera de otros países, o a sus economías. Las políticas destinadas a aumentar la productividad del trabajo y a contener salarios, tienden a parecerse a lo largo de países y continentes. Las cadenas internacionales de producción imponen métodos de producción más o menos similares. Incluso algunos geógrafos económicos hablan hoy de cadenas globales de mercancías que definen como conjuntos de redes inter-organizacionales, agrupadas en torno a un producto, que ligan hogares, empresas y Estados dentro de la economía mundial. Por eso, es imposible comprender el capitalismo actual si se hace abstracción de esta tendencia, y si no se exploran sus razones últimas, que están lejos de ser meramente culturales. Lo cierto es que, contra lo que sostienen los críticos de la lógica del capital, esta evolución hacia una mayor interdependencia e internacionalización de las fuerzas de la producción es imposible de explicar al margen de las leyes del valor y la acumulación.

Desmintiendo la idea de la diferenciación y diversidad infinitas, y en el contexto de la internacionalización del capital, los métodos de explotación de los empresarios chinos, o mexicanos, no son muy distintos de los que aplican los capitalistas estadounidenses o franceses. Las tendencias a la polarización de los ingresos entre el capital y el trabajo, se repiten en más y más países. Los métodos de trabajo toyotistas, que en principio se pensaban que emponderarían al trabajo y generarían formas laborales superadoras del viejo fordismo y taylorismo, se revelan hoy tan alienantes y embrutecedoras, por lo menos, como los métodos que decían superar (y en los hechos, hoy lo que predomina en los lugares de trabajo es un pastiche de métodos). El propio Lipovetsky, y otros posmodernos, tuvieron que admitir, a poco de andar “la nueva era” post Muro de Berlín, que continuaban la polarización social, el desempleo, la miseria, el trabajo sin perspectivas, la inseguridad, la infelicidad y la violencia.

Por otra parte, las formas del capital financiero en Estados Unidos y China, para tomar dos casos paradigmáticos de capitalismo, que muchos visualizan como opuestos, se asemejan. Lo mismo ocurre con las variedades del capital mercantil. Incluso las empresas de capitalismo de Estado de los más diversos países se someten a la disciplina de la valorización que las empresas privadas, y los fondos de inversión gubernamentales se rigen por la misma lógica de valorización que prevalece entre los fondos privados.

La realidad entonces es que la “liberación de diversidades” para miles de millones implicó una mayor constricción a las leyes del mercado laboral, y una mayor inseguridad y angustia frente a la pérdida de trabajos (sin redes de seguros sociales), y a la marginación. Como lo constata el propio posmoderno Zugmunt Bauman en Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre: habla de los “tiempos líquidos” para caracterizar una sociedad dominada por el miedo y la incertidumbre, la falta de “bienestar existencial” y de perspectivas vitales, la inestabilidad de los empleos y empresas, la desaparición de la esperanza en el progreso, los temores existenciales y el miedo a “perder el tren”, la sensación de desorden “que nuestras propias acciones provocan”, la mercantilización de la seguridad, los millones de desocupados, desplazados y refugiados, la competencia acrecentada por el desmantelamiento del Estado de seguridad y los sistemas de seguridad colectiva, la exigencia permanente de “mayor flexibilidad”, y atribuye la causa última de estos fenómenos a “la nueva plenitud del planeta -el alcance de los mercados (financiero, laboral y de bienes de consumo), de la modernización gestionada por el capital...” (p. 46). Fenómeno que está detrás de “la propagación global de la forma de vida moderna, que ha alcanzado a estas alturas los límites remotos del planeta”, al punto de haber anulado “la división entre centro y periferia o, para ser más exactos, entre formas de vida modernas (o desarrolladas) y premodernas (o subdesarrolladas o retrasadas).

En definitiva, Bauman (un autor insospechado de “economicismo”), sostiene que hay una realidad (conocible), que padecen miles de millones de seres humanos, la cual es movida, en su tendencia básica, no por el “poder del signo”, ni por la generalización del “discurso fragmentado y diverso”, sino por la dinámica de un capital siempre ávido de más y más valor para generar más y más valor, sin importar los costos en vidas humanas. ¿Qué queda de la diversidad que permitiría el pleno desarrollo de las personalidades?

Producción en masa y commoditization

Tal vez uno de los terrenos en los que más se evidencia el fracaso del pronóstico posmoderno, y su incapacidad de explicar, es en lo que atañe a la producción de mercancías. Si bien actualmente hay una enorme variedad de mercancías -se calcula que se producen en el mundo unos 10.000 millones de bienes diferentes cada año- esa variedad va de la mano de la producción en masa y de poderosas tendencias a la uniformidad, cuestiones que solo se explican apartir de la competencia entre los capitales y el hambre de ganancia. Las discusiones en torno a la commoditization son hoy un lugar común en las publicaciones sobre negocios, y expresan una preocupación real de los capitalistas. Por commoditization se entiende el proceso por el cual muchos bienes pasan a distinguirse por los precios, y no por la marca o calidad. Es que cuando una empresa innova de manera exitosa, la competencia imita y compite mediante guerras de precios. En consecuencia, una amplia variedad de bienes se estandariza. El outsourcing, al cual recurren cada vez más las grandes compañías, también impulsa a la estandarización. E incluso los diseños se unifican. Un caso típico es la industria automotriz: debido a que la producción está en manos de unos pocos grupos, los fabricantes unifican y normalizan diseños, reduciendo tiempos de desarrollo y costos.

Otros ejemplos de estandarización los encontramos en alimentos, industria informática, servicios y en la construcción. Por ejemplo, actualmente más del 90% de las calorías de origen vegetal que obtienen los seres humanos provienen de no más de 30 vegetales, aunque existen más de 7000 variedades. En la industria informática, los chips de memoria, los discos duros, los monitores, los teclados, etcétera, se producen de manera cada vez más estandarizada, y las empresas compiten por precios. En servicios, los proveedores de internet, los servicios de cable, de telefonía, de limpieza, de cuidados personales, de salud y diagnóstico, de transportes (taxis, autobuses, aviación), tienden a parecerse y también se compite por precio. En la industria farmacéutica, cuando se acaban las protecciones de las patentes, se compite por precio a través de los genéricos. Asimismo hay homogenización en la fabricación de partes del automóvil, o en materiales para la construcción (pinturas, cemento, ladrillos, cerámicos, etcétera). Pero tal vez el caso más significativo sea la arquitectura, que inspiró decisivamente, desde fines de los 1970, la tesis posmoderna acerca de la diversidad de estilos y el eclecticismo, por sobre el formalismo unificador del estilo modernista. ¿Qué sucedió en las últimas décadas? Pues que en lugar de diversidad, en los polos urbanos desarrollados en estos últimos años proliferan las torres vidriadas,  similares en todo el mundo e imposibles de identificar en términos de arquitectura nacional. Rem Koolhaas, reconocido arquitecto y urbanista holandés, observa que por todos lados hay una “disneylandización” de las ciudades históricas y una “singapurización” del urbanismo contemporáneo, y que en ambos casos no hay lugar para los claroscuros, porque “se impone la eficacia autoritaria y la perfección angustiante”. Y señala que estas construcciones son hijas de la tecnología y del marketing “en una globalización emponderada por las finanzas transnacionales” (véase la nota de Fabio Grementieri, “Arte. Nostalgia e incertidumbre”, ADN Cultura, La Nación, 19/07/14). En lugar del pastiche, la diferencia, el eclecticismo, tenemos la uniformidad creciente, gobernada por “las finanzas transnacionales”.

Es necesario comprender las tendencias básicas

Lo que estamos planteando, a partir de lo anterior, es la necesidad de explicar algunas tendencias básicas, a partir de leyes -objetivas en tanto subsista el sistema capitalista- que permitan entender algunos rasgos igualmente básicos, tales como el impulso a la internacionalización del capital, la homogeneización de métodos de producción, la generalización de una lógica financiera crecientemente articulada con la generación y distribución de plusvalía a nivel mundial, o la uniformidad de productos. Por supuesto, esto está lejos de agotar los múltiples problemas. Por caso, aquí no se pretende reducir a la lógica del capital, por ejemplo, la actual guerra entre sunnitas y chiitas, o entre jihadistas sunnitas y yazidis o kurdos. De la misma manera, sería absurdo explicar las formas del arte contemporáneo por la dinámica del capital (aunque se pueden explicar las tendencias a la mercantilización del arte). Sí estamos afirmando la necesidad de ubicar en el centro del análisis de las tendencias económico sociales actuantes hoy las leyes de la generación, realización y acumulación de la plusvalía. En otras palabras, la lógica del capital. No se trata de negar los cambios, de no leer las novedades, sino de entender que cambio y continuidad se implican, y que de manera fundamental permanece la centralidad de la relación capital – trabajo. Pero es esta continuidad la que niegan los críticos de la lógica del capital. El resultado en el plano del análisis y la explicación está a la vista: han sido incapaces de explicar lo elemental.

Por el contrario, los marxistas que dijeron que continuaba vigente la relación de explotación, pudieron prever, en sus trazos gruesos, la evolución tendencial, de manera más acertada. Frente a los que se apresuraron a proclamar el advenimiento de una nueva era libre de las constricciones del capital, los marxistas dijimos que, salvo algunas experiencias parciales y más bien episódicas, las leyes de la competencia terminarían imponiéndose sobre las ensoñaciones idealistas y románticas. Las guerras de precios, los ritmos de producción crecientes, las devaluaciones y bajas de salarios para sostenerse en los mercados, no son simples “interpretaciones” ni “construcciones semánticas”. Son hechos, experiencias reales que afectan a millones de seres humanos, que sufren en sus prácticas diarias, de las que parecen estar alejados tantos académicos, encerrados en sus cajas de cristales de infinitas elucubraciones, carentes de raíz en la vida humana, real y concreta