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SASKIA 68

En casa no tenemos día de reyes. No porque falten niños o ganas sino porque me agobia el movimiento histérico de la gente, el calor y la falta de razón que tiene toda la movida.

Saskia y Freja no reclaman nada especial, ellas lo de siempre, comida aunque no tengan hambre, paseo, caricias y visitas de los amigos. Si reclamaran algo especial seguramente se lo daría porque la verdad me ayudan mucho en cuidar a Luis por las noches. Estos perritos quizá no sean muy especiales o distintos de otros de otras razas, sólo que su raza es un desarrollo natural, una mezcla natural donde no intervino ni la voluntad ni la mano del hombre. Se han desarrollado solos frente  al medio luchando por sobrevivir. Estoy mucho más que orgullosa de mis cimarronas uruguayas. Cuando voy por la calle cada vez más me asombra que todos los carteles, que cada vez son también más grandes, de productos para perros, ninguno muestra a ningún cimarrón uruguayo. Ningún reclame tiene un cimarrón oriental en su propaganda. Sólo tienen perros producto de mezclas de otros lados del mundo, mezclas cuyos resultados muchas veces parecen fracasos de laboratorio.(Ingen cimarronreklam.)

Voy a tratar de fundamentar un poquito de por qué, lo que digo. Luis es diabético de toda la vida, como no puede vivir sin insulina nos vemos obligados a poner en acción una serie de estrategias que aseguren la insulina. A veces no tenemos suerte y fallamos. Uno de los pasos que hemos dado por esta necesidad fue el de afiliarnos a una sociedad primera de socorros mutuos. Nos cuesta muchísimo pero tenemos mucho miedo de que la situación en la salud sea peor de lo que es hoy. Creemos que el espacio de la salud pública es codiciado por la salud empresarial y  privada. El terror a quedarnos sin medicinas nos mantiene rehén de la mutualista privada que ni siquiera es neutral y muchas veces, por no decir la mayoría de las veces, juega en contra de la salud. Me temo que no sólo de la de Luis.

 En abril del 2014 algún funcionario, cansado, estresado, misántropo, que odia a la humanidad y al prójimo se equivocó al escribir un número de la cédula de Luis. Cuando el Papo se presentó a buscar insulina, medicamento para crónicos si los hay y que lleva años retirando, se encontró con un funcionario que le dijo que no, que no tenía derecho. Que nunca había recibido esos medicamentos que pretendía sacar. Que no estaba en ninguna lista. Luis habló con jefes, jefecitos y jefezuelos. Siempre explicando que él era diabético de toda la vida y que sin insulina se moría. Los funcionarios buscaban en sus listas, sus computadoras y le respondían que no podían hacer nada. Que no tenía derecho al medicamento, que es como decirle que no tiene derecho a vivir. Nos sentimos tan maltratados como cuando  uno pretende hablar con esos muchachitos y muchachitas arrogantes de supermercado con puesto y sueldo un poquito más alto que una cajera común.(Chefsattityder.)

 Salimos corriendo en busca de amigos diabéticos que pudieran tener algo de insulina extra para evitar una catástrofe. La mutualista donde esto ocurrió es considerada una de las mejores del país. Con muchas discusiones, idas, venidas y por parte de nosotros un grado de desesperación muy cercano a la locura, un día de junio fuimos llamados por una jefa de farmacia que con aire de maestra severa e implacable, mirando a Luis como culpable de algo, le dijo que le daría una ampolla de insulina porque ella entendía.(Vilken generositet?)

Nosotros estábamos dispuestos a aceptarla bajo cualquier condición. Luis estiró la mano para tomarla. Ella puso la ampolla lejos de su alcance mostrándole un papel, le dijo que antes tenía que firmarlo y que cuando se normalizara la situación debía devolver la ampolla. El Papo tomó el papel. Lo firmó y cuando ella estiró la mano para tomarlo lo puso lejos de su alcance y le dijo muy suavemente –“Tú también tienes que firmarme un papel que diga exactamente lo mismo. La mujer se puso muy nerviosa, giraba a un lado y a otro y cambiaba palabras con algunos de sus colegas de farmacia. Al final escribió un papel a mano, lo firmó y se lo entregó a Luis con la ampolla de insulina, que le duraría más o menos una semana. Ella dio media vuelta con su nariz apuntando al techo y moviendo su cuerpo con soberbia se retiró de nuestra vista. Todavía no sé muy bien como pudimos lograrlo pero aguantamos hasta noviembre que fue el mes en que recién se solucionó nuestro problema. (Visade humanitet?)

Ahora quiero compararlo a la actitud de mis cimarronas, bestias de la Banda Oriental que se alimentan de lo que puedan echar mano, de caricias, paseos y amigos. Estas niñas mías adorables me han despertado más de una vez en la noche para avisarme que Luis estaba pasando por una situación de emergencia. Lo que estoy diciendo es que mis perros han sido para nosotros mucho más eficientes, sensibles e implicados en la salud de nuestro diabético que una de las más caras mutualistas del país. Estoy muy contenta no de la mutualista donde me mantengo rehén por temor, sino de mis cimarronas a las que mantengo por cariño. Ellas no fallan nunca, tampoco nunca han escuchado  hablar de insulina, no saben que es, donde se produce, ni porque medios y negociaciones llega a nuestra casa donde tanto se precisa. Su entendimiento es mucho más fino y humanitario que el de esos negocios que dicen vender salud sin tener el mínimo de interés por la gente que espera ayuda. Ellas, mis perritas, ponen su energía toda en ayudar al que en su entorno lo necesita, no hacen diferencia si es bestia, ser humano o el mismo Papo. 

Hoy es seis de enero, día de reyes. Luis se enteró hoy temprano cuando Nelson pasó por las perritas y le conto. Hace un rato me senté a escribir frente al balcón que da a la calle, de alguna manera escribo esperando mis mascotas. Hace unos años me toco estar aquí un seis de enero y lo recuerdo totalmente distinto a como lo veo hoy. La calle estaba llena de niños que mostraban los regalos recibidos e intentaban usarlos. Eso sí que fue raro para mí, Suecia, mi lugar de origen, no tiene tradiciones católicas. Allí existe una iglesia cristiana que es la iglesia sueca. Todos, nos guste o no, fuimos criados en esas tradiciones que intentan asimilar otras que llegan de mucho más atrás, del tiempo de mis antepasados los Vikingos. Los reyes magos no llegan con regalos ni en camellos, los niños no los esperan. Mis paisanos creyentes tienen una relación directa con su dios, no precisan ninguna institución que intermedie. La parroquia está allí por si alguien requiere ayuda concreta. Todos los fieles tienen su biblia que leen y entienden como pueden en una relación personal con su dios. Si buscan consejo pueden recurrir al sacerdote.  En la iglesia no se practica la confesión ni la absolución. En algunas épocas también jugó su papel de control y fue muy importante en la quema de brujas o brujos (pobres mujeres o hombres que conocían   de las viejas prácticas medicinales de otras épocas, muchas veces creyentes de viejas religiones regionales). Durante mi tiempo no he vivido nada de esto, para mí la iglesia está ahí y muchas veces he compartido su compromiso social por ejemplo con  los refugiados e inmigrantes ilegales.

Debe ser por esas tradiciones que me es tan difícil controlar las náuseas que me dan cuando paso por Tres Cruces y veo la cruz inmensa de homenaje a un papa nazi polaco, como los polacos que hoy quieren una Ucrania nazi que controle a Rusia.

Yo soy atea, no tengo relación ideológica con ningún dios, no creo en ningún dios porque a todos los considero fascistas. Aquí en la Banda Oriental me siento muy cómoda a pesar de que ahora los orientales van a inaugurar cardenal católico nuevo, el segundo de su historia. Cardenal de origen blanco, creo que wilsonista que seguramente como el Guapo de triste memoria, apoyará a Pompita cristiano católico, latifundista, patrón al estilo de dios. Yo sé que católicos hay que están del lado de los pobres dominados  y con ellos muchas veces he trabajado en cuestiones solidarias y peleado también a favor de otra realidad, que no me acerca a ningún paraíso porque yo pienso en la tierra y en este mundo, pero que nos permite hacer un camino, que si bien no es hasta el final, tampoco tiene porque ser corto, juntos.

Aquí ha empezado el temporal y yo abro las ventanas para mirar la calle por donde sé que llegarán mis amorosas mascotas cimarronas. Sé que ellas también temen a los truenos y ladran como loquitas. Me mojo toda mirando la calle por donde todavía no asoma la camioneta de Nelson.  Mi temor no es solo por Saskia , la bella, y Freja la diosa de los guerreros caídos en combate.  Es más profundo, mis ancestros, mi raza y familia, vivían ya antes de la llegada del cristianismo a la península escandinava. Mi temor creo que es ancestral, es respeto por el viejo dios de mis parientes, TOR, el del martillo que cuando lo mueve enciende el cielo, descarga el rayo y produce el trueno. Es un miedo irracional que no puedo evitar, es la sombra pagana de lo que podría llegar a ser. TOR, que cuando lo digo en sueco suena entre los amigos TUR, era muy poderoso, fuerte, algo ingenuo, cruel y sencillo como cualquier campesino, por eso el lugar especial que mi pueblo originario y vikingo le brindo. Yo ya no creo en él pero algo queda de su recuerdo en mi piel y en mis nervios.

“Vred  Var  VingTor  när  han  Vaknade och hammarn  Sin han  Saknade, han  Riste  Sitt  Skägg, han  Rev  Sitt  hår. Jords  Son  Sökte kring Sig” (EDDA)

Pronto llegaran mis preciosas para ayudarme a terminar este día de tormenta de la mejor forma, entre las risas incrédulas del Papo y los misterios ancestrales de TOR, frente a una calle mojada sin niños ni juguetes aquí en el Cerro de Montevideo