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SOBRE RUSIA ? TEXTOS 15

EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE

de ANTE CILIGA

Todas las atrocidades del terrorismo de Estado no comenzaron con Stalin, sino desde el principio, con Lenin/Trotsky

Es importante tener en cuenta que, las peores atrocidades del falso socialismo, no comenzaron con Stalin, sino desde el principio: en la época de Lenin/Trotsky. Ello queda bien establecido a continuación. Ciliga cita a un personaje que se jacta de las atrocidades cometidas por el mismo y otros torturadores y jefes del aparato carcelario (expresidente regional de la Cheka) durante el reinado de Lenin. Entre las atrocidades se destacan las orgías que incluían  el sometimiento de las presas políticas a la esclavitud sexual. Ese repugnante sujeto menciona que dicha tortura lleva a la destrucción total de las personas: “todas se transforman en prostitutas”  Cabe destacar que ese siniestro personaje del leninismo cae en desgracia por plegarse a la Revuelta de Kronstadt, reprimida brutalmente por Trotsky. Cuando Ciliga lo encuentra llevaba 10 años de campos de concentración, por lo que los cuentos que el mismo realiza se refieren al período inmediatamente anterior: 1918/21

Es sintomático de la desinformación generalizada que había en toda la Unión Soviética, que alguien tan interiorizado como Cíliga (¡y si será el caso recordarlo, si estaría “interiorizado”!), no conozca ni las razones de la revuelta de Kronstadt, ni tampoco ninguno de sus llamados y manifiestos revolucionarios y que no tuviese más remedio que escuchar la pobrísima explicación de ese personaje siniestro, siempre servil a los servicios secretos rusos (“no fue una revuelta sino solo caos”), como si fuese lo único que se pudiera saber. Aunque si es importante la información de que la gran mayoría de los muertos no se produjeron durante la revuelta sino cuando ésta terminó, como sucede siempre en las revueltas auténticamente revolucionarias (¡cómo sucedió en la Comuna de Paris, en la institucionalización de la revolución en México o en Mayo 1937 con la revuelta proletaria contra la república española!) contra la izquierda burguesa. La contrarrevolución retrocede frente a la revolución, pero cuando esta se detiene o es vencida, la contrarrevolución masacra sin ningún límite e impone el terrorismo de Estado generalizado por venganza y escarmiento.

Ricardo

EXTRACTOS

Uno de los presos de Solovkí, que durante varios años había ocupado un cargo de cierta importancia en la administración de la cárcel, recordaba con gusto la vida que llevaba. En esta atmósfera inhumana y bárbara, los miembros de la todo-poderosa administración no pueden más que entregarse a la embriaguez y los excesos. Se empeñan en ello hasta que pierden todo sentimiento humano. A nuestro ex-funcionario de Solovkí le encantaba contar a quien quisiera escucharle todas estas orgías, estas salidas nocturnas y sus interminables borracheras. No había mujeres en libertad, pero las detenidas eran entregadas a estos excesos. He aquí un ejemplo de sus relatos: acababa de llegar un grupo de ochenta mujeres al centro del distrito. Las ponen en fila, los administradores del distrito pasan revista, cogen a las diez que más les gustan y envía al resto a los campos más alejados. Con ellas van otras diez mujeres del grupo anterior, que ya han prestado sus “servicios” a la administración. Así es como se envía a las mujeres de un campo a otro, como si fuera “trata de blancas”. El poder, el pan, el vodka, una habitación propia, todo esto es monopolio de la administración y basta para someter a los más obstinados. “Todas las mujeres de Solovkí, hasta la Santa Virgen, se vuelven prostitutas”, declaraba con orgullo el viejo carcelero, y mientras gesticulaba citaba el caso de una “alta dama”, nieta de uno de los almirantes más conocidos…

Este funcionario de Solovkí era un ejemplo viviente de en lo que podía convertirse un hombre en semejantes campos de concentración. Había llegado al fondo de la corrupción. Sin embargo, antes había sido obrero mecánico, un bolchevique que se había distinguido en la Revolución de 1917. Durante la guerra civil fue presidente de la Cheka de uno de los gobiernos del Alto-Volga. A principios de 1921 fue comisario político a bordo del acorazado Marat, de la flota del Báltico. En calidad de tal se unió a la revuelta de los marinos de Kronstadt. Evitó la ejecución, pero fue condenado a diez años de deportación, que pasaba en Solovkí.

Esta revuelta de Kronstadt, que yo veía ahí en carne y hueso, casi me parecía algo antediluviano: ¡cómo pasa el tiempo en los periodos revolucionarios! Me esforcé en sonsacarle los detalles de esta famosa revuelta. Él hablaba de esto a regañadientes. “¿Qué querían los sublevados?” – Nadie podría decírtelo. No fue una revuelta, fue un verdadero caos.

Sabía algo más sobre la represión de la revuelta. Según él, la mayor parte de las víctimas no perecieron durante la revuelta, sino cuando esta fue dominada. ¡Se fusiló a más de diez mil marinos! Varios miles huyeron a Finlandia, antes de volver a Rusia cuando les prometieron la amnistía. Pero no cumplieron con la palabra dada y también se les fusiló. Ahora que Trotsky hacía mucho tiempo que no estaba en el poder, mi interlocutor ya no tenía razones para ocultar sus sentimientos. Era sorprendente descubrir que un hombre tan profundamente desmoralizado albergase tanto odio contra Trotsky. No obstante, el odio estaba tan vivo como el primer día. Para él Trotsky no era ni el héroe de la Revolución de Octubre, ni el jefe del victorioso Ejército Rojo, sino tan sólo el verdugo sangriento que había domeñado la revuelta popular de Kronstadt. Por eso no le gustaban los trotskistas ni les profesaba simpatía alguna.¿Cómo es que le habían transferido a nuestra prisión?

En Solovkí se encargaba de algunas funciones en la administración, y por tanto podía desplazarse para resolver los asuntos relacionados con sus tareas. Logró llegar varias veces ilegalmente a Leningrado, donde se había divorciado e incluso le había dado tiempo a casarse de nuevo. Pero su primera mujer le denunció y le detuvieron durante una de sus visitas clandestinas a Leningrado. Tenía mucho miedo a ser fusilado, pero la G.P.U. se mostró indulgente con este antiguo chekista y sólo le ampliaron tres años la pena. Así pues, tuvo que volver a Solovkí.

Era nuestro “jefe de sala”. Los propios detenidos elegían al que debía desempeñar ese cargo, aunque la administración de la prisión se reservaba el derecho de rechazar esta elección. Como jefe de sala, podía prestar diversos servicios a los detenidos, legal o ilegalmente. Efectivamente, los prestaba a quienes podían pagarlos –a los “académicos”, al banquero, etc. ¡Este hombre, que antes se dedicaba a fusilar gente, ahora estaba dispuesto a humillarse por uno o dos rublos! Aprovechando sus privilegios como jefe de sala había logrado acumular un pequeño capital de ciento cuarenta rublos y se había comprado además ropa de invierno y calzado… Poco a poco los presos empezaron a envidiarle, y también a temerle, debido a sus relaciones en la G.P.U.

ANTE CILIGA