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SOBRE RUSIA ? TEXTOS 22

EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE

–de ANTE CILIGA

LOS PRESOS Y SU LUCHA

La clave del siglo XX y en general de cómo el capitalismo mundial nos vendió como “socialista”, lo que era puro capitalismo; o si se quiere, de la transformación de la revolución en contrarrevolución mundial se encuentra en Rusia. Desde esa transformación y desde Rusia Bolchevique se irradiará luego contrarrevolución (programática, histórica, represiva, ideológica…) La importancia de la obra de Ciliga estriba en que es la más completa denuncia directa hecha por un protagonista de la resistencia a esa contrarrevolución.

En todas partes de esa obra se expresa la contradicción entre la represión brutal del Estado capitalista de los Lenin/Trotsky/Stalin y la lucha por la vida misma de los proletarios presos y exilados. Las huelgas de hambre son, como se sabe, el último recurso de un ser humano frente a todo el terror del Estado. Aquí Ciliga nos relata una, en la que la lucha logra alguno de sus objetivos y que por eso considera una victoria parcial. En otras partes de su obra, el autor dirá que, en la mayoría de los casos, esas luchas se terminaban en la más feroz de las masacres. Resultan también emblemáticos y paradójicos el hecho de los festejos del primero de mayo: mientras para los presos era un día de lucha y enfrentamiento a la burguesía, al capital y al Estado, el régimen lenino estalinista de la Gran Rusia lo había transformado en una fiesta del trabajo (del Tripalium, de la tortura, de los ¡Tres palos!) y el Estado, en donde desfilaban en estricto orden militar las fuerzas represivas y militares. ¡Y hasta los obreros marchaban a lo milico! El enterramiento del proletariado como clase revolucionaria era total, la apología del “proletariado” era ahora sinónimo de apología del trabajador y del trabajo. En esa escuela se formaron los partidos “comunistas” del mundo desde que se impuso el leninismo.

Ricardo

EXTRACTOS

UNA HUELGA DE HAMBRE

El apacible curso de nuestras discusiones políticas, de nuestras escisiones y fusiones lo interrumpió bruscamente un grave conflicto con la administración, que durante varios meses absorbió todas nuestras energías.

Fue hacia finales de abril. La nevasca de los Urales que hacía imposibles los paseos incluso en el patio más resguardado acababa de cesar. La nieve se fundía, los días se alargaban y el sol empezaba a brillar. Era primavera. La vida en la cárcel se hacía más llevadera. De pronto, se escucharon algunos disparos de fusil… Un centinela del ejército rojo acababa de disparar al preso Gabo Iessaïan, que estaba de pie cerca de la ventana de su celda. Le atravesaron los pulmones. El aislador se conmovió y se agitó como un hormiguero. Todos sepusieron inmediatamente de acuerdo en que semejante acto era intolerable. La indignación aumentó todavía más cuando supimos los antecedentes del asunto, que demostraban que el atentado había sido premeditado. En efecto, desde hacía ya algunas semanas, los centinelas no dejaban de amenazar con las armas a los presos. Estos habían enviado a uno de sus “veteranos” a quejarse ante el director de la prisión, cuya respuesta: “Este es el único lenguaje que conocéis”, fue un testimonio que demostró elocuentemente que los centinelas no habían hecho más que seguir las instrucciones del director.

Uno tras otro, los grupos de paseo, a modo de protesta, decidieron empezar esa misma tarde una huelga de hambre. Rápidamente se eligió un Comité de huelga, compuesto por el trotskista de derecha Dingelstedt, el trotskista de izquierda Kvatchadze (que más tarde, al caer enfermo de disentería, fue sustituido por Densov) y el “decista” Saïanski. Proclamamos las reivindicaciones de la huelga:

1º Revocación y castigo del director de la cárcel;

2º Garantías frente a nuevos atentados;

3º Liberación del preso herido Iessaïan para que se curara;

4º Mejora de la situación legal de los presos y la alimentación.

La huelga de hambre empezó aquella misma tarde. Pusimos en manos de la administración todos los víveres que teníamos. El Comité de huelga recibiópoderes dictatoriales; telegrafió rápidamente a Moscú y decidió que una veintena de camaradas, gravemente enfermos, empezarían la huelga tres días después. Toda la correspondencia privada entre los presos y sus parientes debía cesar. Se tomaron las medidas necesarias para informar a los medios de la oposición en Moscú. Más de ciento cincuenta detenidos participaron en la huelga. Algunos enfermos empezaron la huelga el mismo día que el resto, por solidaridad. Tres días más tarde, todos los comunistas, es decir, 176 presos, estaban en huelga. Los socialistas también emitieron una queja contra los abusos de la administración. Algunos anarquistas se sumaron a la huelga por camaradería.

El tercer día se presentó el médico de la prisión, pero no quisimos recibirle. Algunos presos cayeron gravemente enfermos: crisis cardiacas, disentería, etc. A los dos días de la proclamación de la huelga una mala noticia conmovió a toda la prisión: una de las detenidas, Vera Berger, al límite de sus fuerzas, se había vuelto loca. Al día siguiente se la llevaron al manicomio de Perm. Era una víctima más… La huelga continuó, apretando los dientes, en silencio y orden. El quinto día se produjo el segundo caso de locura. Pero nos afectó mucho menos que el primero, pues el loco o el supuesto loco, Víctor Kraïni, ya era algo sospechoso. ¿Se trataba de un montaje de la G.P.U. para desmoralizarnos y que la huelga fracasara? Se llevaron a Kraïni, pero no supimos nada de su destino, lo cual reforzó nuestras sospechas. Por supuesto, no podría afirmar tajantemente nada, es muy posible que aquel desgraciado fuese otra víctima y no un agente de la G.P.U. En nuestra sala ayunábamos once o doce. Algunos seguían leyendo, hablando y moviéndose, otros permanecían acostados. Notaba que el hambre deprimía mucho menos a la gente activa y resuelta que al resto. El hambre que pasé posteriormente en la URSS terminó convenciéndome de que la resistencia al hambre es unacuestión de voluntad. La administración había tomado la decisión de contemporizar. Al cabo de una semana de huelga el director de la prisión pasó al Comité de huelga un telegrama de Moscú que anunciaba la próxima llegada de una Comisión de investigación de la G.P.U. Llegaría en ocho días a este rincón del mundo, así que el director nos propuso que mientras esperábamos pusiéramos fin la huelga. Casi por unanimidad los “huelguistas” aceptaron la propuesta. Sólo dos o tres sospecharon que se trataba de una maniobra de la administración. Una vez suspendida la huelga, nos pusieron un régimen alimenticio especial, antes de pasar al ordinario.

Con esto llegamos al primero de mayo, que cada grupo de paseo festejó por su cuenta, con mítines y canciones. Colgamos retratos de Trotsky rodeados de todo tipo de consignas políticas. Los inspectores se sublevaron contra esa clase de herejías, casi llegamos a las manos en el patio de la prisión, ante la inquieta mirada de los presos que estaban en las ventanas, pero todo terminó arreglándose. Los distintos grupos trotskistas querían mandar un telegrama de felicitación a su líder en el exilio, pero los esbirros se negaron, diciendo: “Notransmitimos felicitaciones contrarrevolucionarias”. Por supuesto, los socialistas y anarquistas también celebraban la fiesta de la revolución. Todas las ventanas estaban decoradas con banderas rojas, los presos habían confeccionado insignias rojas que llevábamos puestas en el ojal. Paradojas de la vida soviética: una misma fiesta, bajo una misma bandera, desde los dos lados de la barricada… La fiesta del primero de mayo y las raciones suplementarias que recibimos por este motivo se acabaron. Pasaron los días y las semanas. No había noticias de la Comisión de investigación… La administración decía que la Comisión se estaba retrasando por imprevistos.

Al cabo de dos meses los presos perdieron la paciencia: a comienzos de julio declaramos una segunda huelga de hambre. Para sorpresa de la GPU, se llevó a cabo con tanta unidad como la primera. Los reproches del director blandiendo un nuevo telegrama que anunciaba que la Comisión de investigación estaba ya en camino no nos hicieron cambiar de opinión. Por fin, el séptimo día de huelga la Comisión llegó, pero no por ello cesamos la huelga, firmemente resueltos a no interrumpirla hasta que nuestras reivindicaciones hubieran sido satisfechas. Dos de nuestros camaradas –que además gozaban de buena salud–, que abandonaron la huelga por propia iniciativa, fueron expulsados de nuestra pequeña sociedad. Uno de ellos, Avoïan, terminó “capitulando”, y el otro, Assirian, nos prometió que en el futuro demostraría una solidaridad ejemplar, y al cabo de tres meses le permitimos que se reintegrara en nuestro “colectivo” comunista.

Merece la pena señalar la conducta de otro preso, Kiknadze. Aunque no estaba de acuerdo con la segunda huelga, se comportó de manera ejemplar y ayunó como el resto. Sin embargo, su mujer acababa de llegar de Moscú y le transmitió un mensaje de Ordjonikidze, su antiguo camarada de combate. Tras recibir este mensaje, Kiknadze decidió “capitular”, pero esperó lealmente aque terminara la huelga y participó en ella hasta el fin…

***

La Comisión de investigación estaba compuesta por tres personas. Andreeva, subdirectora de la Sección Política Secreta del “Colegio” de la G.P.U., tenía mucha influencia entre los presos políticos. Era singular que se acordara de la biografía de algunos miles de militantes pertenecientes a los diversos partidos comunistas y socialistas. Les perseguía con visible placer y casi siempre se las ingeniaba para que en la prisión o el exilio los maridos estuvieran separados de sus mujeres, sus hijos o sus parientes. El segundo miembro de la Comisión se llamaba Popov: era el jefe de la Sección Penitenciaria de la G.P.U. Sus bigotes de brigadier no desentonaban consu cargo. El tercero –no me acuerdo de su nombre– hacía las veces de procurador general. Era un comunista polaco, antiguo ferroviario, que se distinguía del resto de miembros de la Comisión por sus corteses modales, más “europeos”. Andreeva empezó declarando que la G.P.U. no reconocía a ningún órgano colectivo que representara a los presos comunistas y se negó a tratar con nuestro Comité. Vestida con uniforme de chekista, con grandes botas y aspecto severo, entro con la melena al viento en las salas de los presos en huelga. Pero en lugar de tratar con ella, los presos la remitieron al Comité de huelga. Al día siguiente, Andreeva cambió de táctica. Vestida también con un traje a medida, de paño negro del mejor corte, perfumada, calzada con zapatos a la moda y medias de seda color carne, trató de conversar con cada uno de nosotros por separado. No tuvo más éxito que en la víspera y cansada de guerras empezó a negociar con nuestro Comité. Las negociaciones duraron algunos días. Andreeva declaró que la mayor parte de nuestras reclamaciones serían satisfechas, pero que primero había que acabar con la huelga de hambre: la G.P.U. no podía ceder ante la coacción. El director de la prisión, Biziukov, no sería revocado, pero el soldado que disparó sería entregado a la justicia. Prometió publicar una orden autorizándonos a estar de pie delante de las ventanas. También prometió otras mejoras en el régimen, sobre todo en la alimentación. Prometió, por último, que a la víctima del tiroteo, Iessaïan, le conmutarían la pena de prisión por la de exilio y que le cuidarían. El Comité de huelga exigió, además, que se especificase que no se tomarían represalias con los presos que habían participado en la huelga. Andreeva lo prometió verbalmente pero se negó a hacerlo por escrito. Aún quedaba una segunda cuestión por resolver: ¿Teníamos que insistir en que se revocara al director de la prisión? La opinión del Comité estaba dividida. Se decidió que votaran todos los “huelguistas”. La mayoría se pronunció a favor de la conciliación, la minoría se sometió y nuestra segunda huelga, que duró once días, terminó de manera casi tan disciplinada como había comenzado. La G.P.U. mantuvo las promesas de Andreeva, pero se las arreglo para tomarse la revancha de otra forma: al cabo de seis semanas, treinta y cinco pesos que habían participado en la huelga fueron transferidos al aislador de Suzdal 1/. Entre ellos había varios miembros de los tres principales grupos políticos de nuestra prisión: trotskistas de derecha, de izquierda y “decistas”. Los trotskistas de izquierda –que se habían mostrado particularmente resueltos durante la huelga– padecieron más que el resto. Los más destacados, Densov, Kvatchadze, Pouchas y Dvinski, fueron transferidos a Suzdal. Lo mismo les ocurrió a los miembros del Comité de huelga, excepto a uno. En cuanto a Iessaïan, el herido que debía ser liberado, más tarde supimos que simplemente le habían transferido a la prisión política de Chelíabinsk. Seis meses más tarde, la G.P.U. empezó a ejercer sus oficios también en Verkhne Uralsk…

A. Ciliga