Por Soledad Platero
nov. 06, 2015 Caras & Caretas
Sin el menor pudor, porque la verdad no ofende, el vicepresidente de la Cámara de Comercio, Gustavo Licandro, aseguró hace unos días que todo sería mejor si no existieran los Consejos de Salarios. En declaraciones al diario El País, Licandro, que fue viceministro de Economía durante el gobierno de Luis Alberto Lacalle, recordó como una virtud de esa administración la supresión de los Consejos, y afirmó que si hubieran existido durante la crisis de 2002, todo “hubiera sido mucho peor”. Claro que ni el cambio de escenario ni el de gobierno le quitan fuerza a la verdad profunda de su argumento: en la actual coyuntura, según Licandro, tampoco deberían existir las instancias de negociación salarial mediadas por el Estado. Es que no convienen. También lo sabe Búsqueda, que advierte, en su último editorial, que para que haya inversión no alcanza con dar incentivos. Hace falta controlar el gasto público (una preocupación que desvela al empresariado nacional desde hace mucho tiempo) y dejar de prometer que se mantendrá el salario real “a como dé lugar”. Es que los empresarios, dice Búsqueda, no deciden invertir estimulados por las exoneraciones sino por la rentabilidad. Y hay que ver cómo baja la rentabilidad cuando suben los salarios.
Esa retórica despiadada de la ganancia es fácil de detectar cuando se expone así, con todas las letras, bajo la forma de una tensión entre patrones y personal dependiente. Pero está lejos de ser la única forma en que el capitalismo salvaje hace campaña. Basta repasar algunos hechos de los últimos días para darse cuenta.
El primero que voy a mencionar es la irrupción, en el convulso escenario educativo nacional, de Ánima, el primer bachillerato tecnológico “de gestión privada y acceso gratuito”. De acuerdo con la información que figura en su sitio web, Ánima “es una propuesta para jóvenes de bajos recursos económicos de Montevideo y Canelones que […] quieran hacer bachillerato tecnológico con una nueva modalidad de formación que implica aprender estudiando y trabajando”. Ánima, que se prepara para ofrecer, desde 2016, bachillerato en administración y en tecnologías a jóvenes necesitados, promete: “Proporcionar al alumno competencias profesionales combinando los conocimientos especializados con capacidades generales de naturaleza humana y social”; “Desarrollar la ?exibilidad profesional del alumno para afrontar la demanda cambiante del mundo laboral y de la sociedad y facilitarle una inserción laboral de calidad en el momento que él la decida”; “Estimular la disposición del alumno a adquirir una educación superior, y facilitar distintas combinaciones de inserción y trayectoria laboral, de acuerdo a las preferencias, necesidades y decisiones que vaya tomando cada joven”, y “Apoyar las capacidades y la preparación del estudiante para que actúe de forma responsable a la hora de organizar su propia vida y en sociedad”.
En suma, promete preparar a los jóvenes para que puedan insertarse en el mercado y adaptarse a su “demanda cambiante”. Para eso, Ánima se tomó la molestia de realizar un “estudio de demanda” entre las empresas del sector de las TIC, con el objetivo de identificar “las competencias que requieren tener desarrolladas los jóvenes para tener un buen desempeño laboral”. Y así, con esos datos, se armó un modelo de “formación dual” (es decir, que combina las competencias educativas con las demandas del mercado) adaptado a “la realidad social, cultural y económica de Uruguay”
Otro hecho digno de ser mencionado es el arribo de Uber, la aplicación que ofrece terminar de una vez por todas con los abusos corporativistas de los tacheros. Uber es el paraíso de la libertad de mercado: una tecnología que permite reunir a usuarios y proveedores salteándose la incómoda intervención institucional. En síntesis, Uber es una plataforma tecnológica similar a otras, como Mercado Libre o PedidosYa, en la que los trabajadores del volante pueden inscribirse (con sus vehículos) y ponerse a disposición de los eventuales usuarios. Los sistemas de puntaje, fotografías y demás detalles permiten al cliente elegir el auto y el chofer que más le convengan. Si por cualquier circunstancia el cliente no queda satisfecho, los puntos bajan. La competencia es libre y total.
En estos días se escucharon voces a favor y en contra de Uber. Las a favor mencionan la ineficacia e inconveniencia del sistema actual de taxímetros, la prepotencia de patrones y empleados, la corruptela o los negociados en la adjudicación de permisos y la exasperante condición conservadora de los uruguayos, siempre temerosos de “lo nuevo”. Entre las voces en contra se levantan las que señalan la desprotección de los choferes (que no tendrían ningún amparo laboral más que el surgido de sus propios aportes como monotributistas) y de los pasajeros (puesto que no habría control institucional alguno sobre los vehículos ni sobre los conductores). También se habla de la competencia (tanto en términos de “sana” como de “desleal”) y de los “corporativismos” (tanto patronales como sindicales)
No hace mucho, Gabriel Delacoste, que es una de las personas más lúcidas que conozco, escribía, en su muro de Facebook, una definición extraordinaria: “Gestión es ver dos problemas chicos donde parecía haber uno grande. Política es ver uno grande donde parecía haber dos chicos”. Y como apelaciones a la gestión están sobrando y reclamos de política cada vez hay menos, quisiera hacer el esfuerzo de ver, en los dos hechos que acabo de repasar, un problema político, y no dos problemas de gestión. Porque parecen hechos distintos y separados, pero son, a mi entender, formas de emergencia de lo mismo.
Los últimos tiempos se han caracterizado por el avance –imparable, aparentemente– de un modelo de éxito asociado a la figura del emprendedor, ese individuo que es capaz de tener un proyecto personal y llevarlo a cabo con decisión y entusiasmo. El emprendedor se diferencia del mero trabajador en que no es empleado, sino empresario. Puede realizar la misma tarea que un trabajador (manejar un auto de alquiler, reparar televisores, poner inyecciones a domicilio, corregir textos o pintar paredes), pero no está en una relación de dependencia directa con un empleador, sino en una relación de competencia directa con sus semejantes, por un cliente. Sus beneficios sociales (los aportes jubilatorios, el aguinaldo, el salario vacacional, los lentes que da el BPS), si los tiene, dependen por completo de su esfuerzo y su constancia, y no pesan como costos para el que contrata sus servicios. La crisis lo encuentra desprotegido y solo, sin el calor de la solidaridad de sus pares (convertidos, por la forma misma del modelo, en sus competidores) y sin la fuerza de la acción colectiva. A la intemperie, ya no sólo económica sino moral
Pero el modelo de éxito emprendedor y el relato del proyecto personal no se agotan en esa infamia. También exigen del trabajador otras cosas. Exigen que sea, en todos los terrenos, un habitante bien sucedido del planeta mercado. Y para eso tiene que consumir como los que pueden.
En una película que ya tiene unos cuantos años y que trataba de depredadores humanos, el doctor Hannibal Lecter le enseñaba a una joven Clarice Starling que se envidia lo que se tiene cerca. Lo sabe bien la sociología: cada clase social busca reflejarse en la clase que tiene inmediatamente arriba, y no en las que están demasiado lejos
Para un trabajador, sea asalariado o cuentapropista, la vida de reyes y reinas está a una distancia insalvable, insuperable. No así la del patrón o el cliente, ni la del vecino pudiente o la cuñada pituca. La clase media baja sueña con ser clase media alta, así que se esfuerza. Ilusionada con la diversión y los placeres que ofrece el mercado, el pobre se estresa, se endeuda y se frustra. No hay nada de distendido en el ocio de los trabajadores conminados a disfrutar como la clase media. La cotidianeidad mundana de los acomodados le cuesta un triunfo al que apenas araña una canasta básica (y sí, ya sé que una canasta básica es el doble o el triple de lo que araña la mayoría de los asalariados, por no hablar de los que viven de la seguridad social). El laburante tiene que multiplicar sus esfuerzos, comprometer su tiempo, quedar debiendo, enfermarse a cambio de poder disfrutar, ya volando con los canutos, de las vacaciones, el viaje, la cena afuera, el delivery, el perro o el gato. Pero lo hace, y se rompe el lomo. Y se saca fotos, y sabe que su vida no está tan mal, porque pudo darse ese premio, ese permiso.
La magia del sistema consiste en hacernos creer que estamos eligiendo cuando no hacemos más que cumplir con lo que se espera de nosotros. Multiplicar nuestras horas de trabajo, resignarnos a que nuestros hijos sean capacitados para el mercado en lugar de ser educados para la lucidez y la crítica, alegrarnos porque podemos elegir auto y chofer desde el celular, bancarizarnos, pedir comida, indignarnos, renegar de la política.
No se puede negar que Uber tiene una propuesta cómoda y que el nuevo bachillerato tecnológico puede tranquilizar el corazón de padres y madres que temen por el futuro de sus hijos. Pero cuidado, porque detrás de la comodidad siempre está el mercado. La intemperie, la competencia y la ley del más fuerte.
Desde hace algún tiempo se habla de la necesidad de recomponer o revitalizar una “cultura de izquierda”. Pero como en tantas otras cosas, el alcance de esa expresión no está claro, y solemos confundir cultura con estética, comprando así el paquete por el envase. La estética de izquierda (en caso de que exista, y pueden cargar a esa cuenta lo que quieran: murga, mate, banderazos, bicicleteadas) es apenas la forma estúpida y ritualizada en que el sistema nos devuelve nuestro viejo deseo, trasmutado en una nueva ansiedad: lo que queremos (lo que debemos) parecer.
La cultura de izquierda, si es que algo así existe, no puede separarse de la política como dimensión trascendente, de la solidaridad como suelo y de la justicia como objetivo irrenunciable
Todo lo demás es otra cosa