EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE –
de ANTE CILIGA
DISCUSIONES SOBRE LA NATURALEZA SOCIAL RUSA
Para valorar los importantes puntos programáticos que Ciliga desarrolla en esta parte, es imprescindible entender el punto de vista que Ciliga tenía antes de llegar a Rusia. Solo así puede valorarse el profundo significado de su ruptura con el leninismo y el trotskismo.
Ciliga cuando llega a Rusia se la cree toda. Es decir llega a Rusia totalmente mistificado con la “revolución proletaria en Rusia” y cree firmemente en el discurso oficial interno a los partidos oficialistas. No ha participado en las oposiciones, no conoce nada de la represión proletaria y hasta cree que encontrará algo del “triunfo del socialismo”. Por eso irá de desilusión en desilusión, como tantos otros que descubren la triste realidad del capitalismo basado en el trabajo esclavo de los campos de concentración. No será el único en esos años llegue pensando en el socialismo y termine en los campos encerrado por el capitalismo estalinista. Unos años después el caso de Valentín González González, conocido en todas partes como “El Campesino” resultaría todavía más traumático como cambio violento: había sido denunciado en España como represor estalinista, llegó a Rusia como gran “general” del estalinismo y terminó descubriendo la imponente realidad de ese país, la denunció y por supuesto también fue a parar a los campos de concentración (Ver: Vida y muerte en la URSS 1939/1949, prologado por el conocido militante del POUM: Julián Gorkin)
En esta parte Ciliga sigue criticando los límites del trotskismo, su inconsecuencia programática, su superficialidad…, su no contraposición al fundamento mismo del estalinismo, su defensa del capitalismo (“de Estado). Todo lo reducía a una cuestión personal de Stalin o se limitaban a criticar la burocracia sin llegar nunca a una crítica social de todo el edificio. El trotskismo llegaría hasta cretinismo ideológico de calcular el porcentaje de “socialismo” al que supuestamente habría llegado la URSS. Ciliga desenmascara al trotskismo y a Trotsky mismo como una variante de la misma clase dominante en Rusia. Trotsky no había hecho nada muy diferente a Stalin y ahora seguía defendiendo el mismo programa fundamental de desarrollo forzado del capital en Rusia. Ciliga es muy explícito al respecto. Trotsky esconde lo esencial del capitalismo: “Calla sobre la explotación de los obreros” (¡como siguen callando hoy los trotskistas sobre la explotación del proletariado en Cuba por ejemplo!). Trotsky nunca cruzó el Rubicón y siguió defendiendo al Estado y oponiéndose a la lucha por la revolución social en Rusia. Los trotskistas siguieron siendo cómplices de Stalin.
En la medida que el libro de Ciliga fue haciéndose conocer en occidente el trotskismo perdía una gran parte de militantes que todavía organizaba y que poco a poco tendieron a romper con el leninismo mismo y empezaron a comprender en fin que lo que había en Rusia no era un “Estado obrero degenerado”, sino un vulgar Estado capitalista (dentro de esa concepción la “teoría del capitalismo de Estado”, que no comparto en absoluto, solo era una variante). Un ejemplo de ello lo daría Munis autor de uno del mejor análisis de clase (a pesar de que entonces todavía no había roto con el trotskismo) de la “guerra civil” en España en los años 30 (“Jalones de derrotas, promesas de victoria”) que comienza entonces su lento proceso de ruptura con el Estado y el trotskismo oficial. Sin embargo en ese como en otros puntos los provenientes del trotskismo no llegaban nunca a la raíz de la cuestión y seguían siendo centristas con respecto a leninismo. Llegamos así a lo más profundo de la teoría revolucionaria: la contraposición invariante entre revolución y contrarrevolución, entre interés proletario y desarrollo del capital. Los “ex trotskistas” raramente llegaban a la critica misma de desarrollo capitalista defendida por Lenin. Dicha ideología, la de “la necesidad de las tareas democrático burguesas” , de que “Rusia no era lo suficientemente capitalista” era la misma que había siempre tenido Trotsky y en general la socialdemocracia. Ella se contraponía a la concepción de los socialistas revolucionarios, incluso a la del propio Marx: el interés del proletariado se contrapone siempre al interés del capital por más “progresista” que este sea. Esta es la contraposición clave entre revolución y contrarrevolución, la misma en la época de Marx, de Ciliga, hoy… Contra quienes creen que este debate sobre Rusia está superado, esto muestra su candente actualidad: no solo hoy en 2015 está ya marcando fronteras de clase, sino que se jugará en esa contraposición todo el futuro del movimiento actual de abolición de la sociedad capitalista.
Ricardo
Extractos
¿Y AHORA?
Mientras nosotros discutíamos y luchábamos contra la G.P.U. los acontecimientos en el país se precipitaban. En 1931 y 1932 el Plan Quinquenal llegaba a su apogeo.
¿Hacia dónde va Rusia? ¿Explotará como una caldera a presión o logrará pasar la prueba y veremos cómo se extiende un nuevo orden? ¿Defender o combatir el orden existente?, ¿en nombre de quién, con qué programa? Todo el país se planteaba estas preguntas y también la oposición.
En nuestra prisión, los trotskistas, tras la escisión, enfocaron el problema de distinta forma. A la “mayoría” –es decir, la derecha y el centro– no le interesaban los aspectos políticos del Plan Quinquenal. Los profesores rojos, en numerosos artículos, demostraban que habría que haber creado tal industria y no esta otra, que mejor hubiera sido empezar por esta fábrica y no por aquellas. Analizaban profundamente las cifras de los planes anuales y se peleaban por los porcentajes. Todas estas reflexiones no carecían de seriedad ni de competencia, ni de potencia dialéctica, pero no dejaban de ser pedantes y estériles. El país estaba en guerra: guerra social y económica. ¿Qué pintaban todos esos horarios en los que todo se planificaba minuto a minuto? ¡No obstante, estaba claro que esta Rusia indigente y atrasada no podía realizar su revolución económica sin antes, con un esfuerzo sobrehumano, levantar algunos bastiones esenciales, permitiendo que más tarde el conjunto de su economía se alineara sobre estas posiciones avanzadas! Por eso todos esos lamentos de los profesores de ciencias económicas sobre las espantosas desproporciones del Plan Quinquenal no me conmovían
En el verano de 1932, cuando el hambre se precipitó sobre el país y el ritmo de la industrialización había superado visiblemente el límite de sus posibilidades, una nueva misión surgió en el espíritu de los teóricos de la “mayoría”: preparar el plan de retirada. Decían: “Como el Partido, a través de la persona de Stalin, ha tomado de la oposición su plan de industrialización, ahora que la oposición planeaba su retirada el Partido ya no podía dejarla de lado.” De ser esto cierto, la política estalinista no estaría determinada por la realidad social del régimen ni las necesidades de su desarrollo, sino únicamente por “la miopía y la estupidez de Stalin”… Resumiendo, la “mayoría” trotskista no tenía ningún programa político de gran envergadura que oponer al programa oficial de Stalin. Pero es más, ni siquiera trataba de criticar seriamente el carácter social del Plan Quinquenal y de todo el régimen estalinista
Si se criticaba la “política obrera” de Stalin, era por la cantidad de sacrificios que exigía, no por los principios sociales que violaba. Si bien se fijaban pormenorizadamente en las “deformaciones” y el “burocratismo” de Stalin, no por ello dejaban de calcular el porcentaje de socialismo al que había llegado la URSS, midiendo el porcentaje de los logros y fracasos de la industrialización estalinista. Todas estas preocupaciones de la “mayoría” trotskista no me causaban ninguna impresión
Esta gente para mí no se diferenciaba mucho de los burócratas de Stalin. Eran algo más correctos y humanos, eso es todo. Todas mis esperanzas estaban puestas en la “minoría”, que en 1931 y 1932 discutía apasionadamente las cuestiones de principio que planteaba el Plan Quinquenal y el régimen soviético en su conjunto. La primera cuestión que se discutió fue la del carácter del Estado soviético. ¿Se trataba de un Estado obrero y socialista? Y si no era así, ¿a qué clase representaba?
La discusión duró más de seis meses. Albergábamos además una segunda intención que nos desaconsejaba las prisas: estábamos esperando que Trotsky cruzara el Rubicón y negara el carácter obrero del Estado estalinista. Muchos de nosotros estaban convencidos de que ya no quedaban restos de la “dictadura del proletariado” en la URSS, pero pensaban que no era oportuno declararlo en público antes de que Trotsky se pronunciara. Por mi parte, aunque esperaba como el resto un gesto político decisivo por parte de Trotsky, que parecía inevitable dadas sus anteriores declaraciones: “la preparación para la instauración del bonapartismo en el partido ha concluido”, pensaba al igual que otros camaradas que debíamos pronunciarnos sin esperar a sus palabras
¿Acaso no le sería más fácil formular las conclusiones esperadas si veía que en el espíritu de los propios militantes éstas ya se estaban plasmando espontáneamente? Por otra parte, ¿debíamos estar siempre a la espera de ver cuáles eran las palabras del “jefe”, como vulgares estalinistas?
Al final se sometieron a votación tres resoluciones diferentes. La primera admitía el carácter obrero del Estado, a pesar de sus numerosas “desviaciones burocráticas”, pues aún sobrevivían “vestigios de la dictadura del proletariado”, como la nacionalización de la propiedad privada y la represión contra la burguesía. Quienes negaban que hubiese dictadura del proletariado en la URSS presentaron dos resoluciones distintas. Unos pensaban que aunque no hubiera dictadura del proletariado en la URSS aún “subsistían los fundamentos económicos de la Revolución de Octubre”
Su conclusión era que había que hacer una revolución política además de una “profunda reforma económica”. Los otros “negadores” de la dictadura del proletariado –entre los cuales estaba yo– pensaban que no sólo era el orden político, sino también el social y el económico, el que era extraño y hostil al proletariado. Así, no sólo nos situábamos en la perspectiva de una revolución política, sino también social, que abriera el camino al desarrollo del socialismo. Para nosotros la burocracia era una verdadera clase, y una clase hostil al proletariado.
Todas las resoluciones lograron el mismo número de votos, alrededor de quince. Se salió de este impasse declarando que la cuestión del carácter del Estado soviético permanecía abierta.
La consigna del “retorno a la N.E.P.” también se discutió acaloradamente, y finalmente fue rechazada por una aplastante mayoría. La actitud de los presos respecto a lo que sucedía en el país y la política estalinista puede definirse así, esquematizando un poco: la mayor parte de los presos políticos, fuera cual fuera su matiz, pensaban que la política del gobierno era una aventura absurda, que violaba las leyes de la evolución y de revelaba la incapacidad de los dirigentes. Se esperaba que en cualquier momento una catástrofe trajera un completo cambio en el personal dirigente y esta espera ahogaba cualquier deseo de indagar el sentido social de los acontecimientos. Pero también había presos, menos numerosos y más aislados, que pensaban que había “un sistema en esta locura” de gobierno
Para ellos su tarea consistía en poner en evidencia la coherencia que había en todo ese aparente caos de la política burocrática. ¡Y desde luego no les faltaba materia para analizar! Durante el año 1930 y comienzo de 1931, para llevar a cabo su plan de industrialización y producción, el gobierno se valió principalmente de métodos administrativos coercitivos hacia los trabajadores: “emulación” obligatoria en las fábricas, las obligadas gestas de los udarniks (obreros de élite), abolición del derecho del obrero a abandonar la fábrica en la que trabajaba, “derecho” de las mujeres y adolescentes al trabajo nocturno en las minas, etc. Estas medidas provocaron en el extranjero una campaña contra el “trabajo forzado”, pero por otra parte la fraseología oficial daba pie a que los occidentales pensaran que el gobierno soviético estaba levantando, aunque fuera con medios bárbaros, algo parecido al socialismo.
Las reformas que se sucedieron a partir de junio de 1932 revelaron el verdadero rostro del régimen. Stalin empezó anatemizando una de las aspiraciones más deseadas por los obreros, una de las pocas conquistas de octubre que aún no les habían arrebatado: el principio de igualdad económica en el proletariado. Sobre un orden dictatorial, se instauró un nuevo evangelio: la jerarquía obrera, la “reforma del sistema de salarios” con el objetivo de crear “mayores diferencias en la remuneración entre grupos diferentes”. Este principio esencialmente capitalista se declaró conforme al socialismo y el comunismo. ¡Al antiguo principio se le declaró una guerra sin cuartel y se le estigmatizó con el nombre de “nivelacionismo” pequeño-burgués!... Ya no era el colectivismo ni la solidaridad, aunque fuese obligatoria, lo que debía estimular al obrero para producir, sino el viejo principio capitalista del egoísmo y el beneficio
Además se introdujo un sistema de trabajo a destajo –el “destajo con primas progresivas”– que hacía mucho tiempo que había sido abolido en occidente gracias a los esfuerzos del movimiento obrero. Tras doblar la coerción administrativa con un nuevo sweating system, los dirigentes soviéticos proclamaron que la intensidad del trabajo no tenía límites: el límite fisiológico que tiene la producción capitalista “nosotros lo hemos abolido en el país del socialismo gracias al entusiasmo de los obreros”. El “ritmo de las galeras” en el trabajo en serie de los países capitalistas a partir de ahora había que… acelerarlo. Si se esforzaban en crear “mayores diferencias en la remuneración” entre los obreros según su cualificación, ¿qué decir del abismo que existía entre los obreros y los funcionarios, fueran comunistas o no?
La “vida alegre” de la que disfrutaban las capas superiores en prejuicio de las masas miserables no deja de sorprender al turista extranjero que visita la URSS y se preocupa en mirar un poco a su alrededor. Esta “vida alegre” se legalizó por vez primera tras el discurso de Stalin de junio de 1931. Para aumentar aún más los privilegios que tenían en el abastecimiento y el alojamiento se creó una nueva red de distribución cerrada y unos restaurantes reservados a los altos administradores comunistas o sin partido. En fin, se crearon “almacenes estatales” para su uso exclusivo en los que se podía comprar absolutamente todo a unos precios inaccesibles para el obrero. Los restos del “comunismo de guerra”, como le gustaba llamarlos a la burocracia al comienzo del Plan Quinquenal, se tiraron a la basura. Todo esto olía a puro egoísmo de clase, y los relatos de los presos recientemente llegados a la prisión confirmaban la impresión de que esta nueva política respondía a una tendencia profunda y duradera. El pueblo no se engañaba cuando definía la situación con estas amargas palabras: “No hay clases entre nosotros, sólo hay categorías”
En efecto, toda la población de Rusia estaba repartida en cinco o seis categorías desde el punto de vista de su nivel de vida, que situaban a cada uno en el lugar que le correspondía en la sociedad. Pero en la época de la que hablamos la etiqueta de “dictadura del proletariado” aún no se había reemplazado por la de “pueblo soviético”; los obreros más favorecidos aún pertenecían a la Categoría Nº 1 y la burocracia designaba sus privilegios con el anodino título de “categoría número cero”. Sin embargo el giro era tan manifiesto y brutal que quienes estaban en libertad no podían estar equivocados.
Un director de una fábrica de Moscú que llegó a 1932 a nuestra prisión definía de esta forma la situación del personal comunista: “Durante el día hacemos propaganda entre los obreros a favor de la línea general y les explicamos que el socialismo está a punto de triunfar; pero por la tarde, entre colegas, mientras tomamos el té, nos preguntamos si realmente representamos al proletariado o a una nueva clase explotadora…”
La tendencia a consolidar este nuevo orden de cosas surgido del Plan Quinquenal también se manifestaba mediante un deseo de conciliar los diversos elementos que componían la élite social. Los “especialistas sin partido”, a los que ayer aún se acosaba si piedad, hoy se proclamaba que eran aliados de la burocracia comunista. “Hay evidentes síntomas de que estos medios intelectuales están cambiando su actitud”, decía Stalin. “Estos intelectuales que antes simpatizaban con los saboteadores hoy apoyan al poder soviético… Es más: una parte de los viejos saboteadores empieza a colaborar con la clase obrera.”
El “nuevo estilo” de las ciudades soviéticas, la reapertura de elegantes tiendas, restaurantes y clubs nocturnos, la fácil y relajada vida de los dirigentes, todo esto recordaba a la N.E.P. Pero no había iniciativa privada, ni comerciantes ni “nepman”… La N.E.P. sin los nepman era el símbolo de la nueva Rusia que sustituía el comercio privado por el estatal, al comerciante por el burócrata, ¡la N.E.P. privada por la N.E.P. de Estado!
Las cartas desde el exilio de Rakovski nos ayudaban mucho a entender esta evolución. A partir de 1928 Rakovski escribió varios estudios sobre la estructura y el funcionamiento de la burocracia soviética, aunque el más importante, “Las leyes de la acumulación socialista durante el periodo ‘centrista’ de la dictadura del proletariado”, no se llegó a conocer en el extranjero. Destacaba el carácter parasitario y explotador de la burocracia que “se ha trasformado en un estamento social particular, en perjuicio de los obreros y los campesinos”. De ahí a decir que esta burocracia no era más que una nueva clase dominante no había más que un paso; pero Rakovski no tuvo la valentía de franquearlo
En el momento decisivo, decidió “salvar lo que aún podía ser salvado” y “volver a la N.E.P.”. Su política, en lugar de inspirarse en los nuevos intereses del proletariado, se dejó dominar por el temor a que se produjera una restauración del capitalismo privado. En el estudio que acabamos de citar, Rakovski supo revelar uno de los rasgos más destacados de la burocracia soviética: el culto sacerdotal a dos verdades, la verdad “esotérica”, en palabras de Rakovski, la cierta, destinada únicamente a los iniciados; y la pseudo-verdad exotérica destinada a la multitud. Le gustaba comparar estos procedimientos con los de la Iglesia católica, los Jesuitas y otras órdenes religiosas. La burocracia “administraba únicamente” los medios de producción que según la ley pertenecían al proletariado, así como la Iglesia administraba para su provecho el patrimonium pauperum. En nuestras discusiones en prisión, la industrialización estaba lejos de provocar tanta tempestad como la
“colectivización total”. En efecto, si bien la oposición trotskista había adoptado una postura definida respecto a la industrialización, no se podía decir lo mismo de la cuestión campesina. En el terreno industrial, Stalin no había hecho más que seguir el camino trazado por la oposición trotskista desde 1923. La postura de la oposición trotskista respecto a la “colectivización total” era mucho más compleja.
No es Trotsky –al contrario de lo que se cree comúnmente–, sino más bien Zinoviev, quien cuando la N.E.P. estaba acabando defendió que había que reforzar la política anti-campesina. El programa del bloque Trotsky-Zinoviev, en 1926-1927, en lo que respecta a la cuestión agraria, era obra de los zinovievistas. Cuando en 1923 Trotsky propuso por primera vez el plan de industrialización, preveía al mismo tiempo que el desarrollo agrario sería del tipo farming. (Véase su célebre discurso de Dniepropetrovsk).
Stalin fue quien empezó a ejecutar el programa de la oposición trotsko-zinovievista; luego, al calor de la ofensiva contra los campesinos, se vio obligado a proclamar la “colectivización total” y la “liquidación de los kuláks como clase”. Pero si bien Zinoviev aceptó esta política, Trotsky se opuso a ella con furor. Pasar de “la lucha contra las tendencias explotadoras de los kuláks” a su completa expropiación, impulsar la colectivización parcial hasta hacerla “total”, según él, dadas las condiciones históricas, no era más que una utopía antimarxista que además llevaría a la catástrofe. En febrero de 1930, en plena colectivización a ultranza, Trotsky escribió que no se debía colectivizar “hasta que acabe del Plan Quinquenal, más que un 20-25% como mucho de las explotaciones campesinas, so pena de superar los límites que impone la realidad”
Las prisas de Stalin, que ni siquiera esperó a que se terminaran de construir las fábricas de tractores, exacerbaba la ironía de Trotsky: “Juntando los viejos azadones y los pobres potros de los mujiks no se crean grandes explotaciones agrícolas, así como juntando varios pesqueros no se hace un trasatlántico.” Los últimos escritos de nuestro líder, en los que modificaba un poco su postura, no nos llegaron. Así, la confusión llegó a su apogeo cuando, por fin, en el verano de 1932, recibimos los últimos documentos de Trotsky. La pieza principal del bloque, que se publicó en el extranjero en abril de 1931, llevaba por título: “Los problemas del desarrollo de la URSS” y su subtítulo era: “Esbozo de un programa de la oposición internacional de izquierda sobre la cuestión rusa”
El objetivo de este documento, así como el propio autor, le conferían una particular importancia. Por ello decidimos someterlo a discusión: ¿No debía pronunciársela oposición rusa sobre su propio programa? Sin embargo a la discusión le faltó entusiasmo. Nadie se mostró satisfecho, pero todos, excepto la extrema izquierda, testimoniaban su respeto por el documento, evitando abordarlo. En él Trotsky hablaba ahora de “unos éxitos verdaderamente inauditos…”, de un “ritmo de industrialización sin precedentes… que ha demostrado de una vez por todas la potencia de los métodos económicos del socialismo”. En cuanto a la famosa colectivización a ultranza, Trotsky la definía como “una nueva época histórica de la humanidad, el inicio de la liquidación del cretinismo aldeano”. Incluso llegaba a admitir que se podría llevar a cabo la colectivización total “en dos o tres años”. Después de esto, aquellos de nosotros que se referían al Plan Quinquenal como de un “espejismo de las cifras” y “bluf estalinista”, tuvieron que callarse. Sin embargo, el nuevo “programa” de Trotsky no despertó ninguna simpatía.
Los trotskistas de derecha y de centro pensaban que su jefe exageraba los éxitos del plan, que este tipo de actitud era comprensible en el extranjero, donde había que proteger el plan contra los ataques de la burguesía, pero que no era conveniente en Rusia. Por su parte, a la izquierda no le gustaba que en el programa no hubiera ninguna crítica social y política del régimen. Hay que decir que desde el punto de vista social y político el “Programa” de Trotsky acababa con todas las esperanzas de la “izquierda”. Habían estado esperando desde 1930 a que su jefe se posicionara y declarara que el actual Estado soviético ya no es un Estado obrero. Y he aquí que desde el primer capítulo del “programa” Trotsky ya lo definía claramente como “Estado proletario”
La derrota era aún más grave en lo que respecta al Plan Quinquenal: su carácter socialista, el carácter socialista de sus objetivos e incluso de sus métodos se afirmaba insistentemente en el “Programa”. Toda su polémica en el terreno social se reducía a una mala disputa: “La Unión Soviética no ha entrado aún la fase socialista, tal y como demuestra la fracción estalinista en el poder, sino tan sólo en una primera fase de la evolución hacia el socialismo.” Es más, el Plan Quinquenal, que se basaba en el exterminio de los campesinos y la explotación implacable de los obreros, se interpretaba como “un intento de la burocracia de adaptarse al proletariado”
En resumen, la URSS se desarrollaba “sobre los fundamentos de la dictadura proletaria…”. Ahora ya era inútil esperar a que Trotsky distinguiera algún día entre burocracia y proletariado, entre capitalismo de Estado y socialismo. Lo mejor que podían hacer aquellos “negadores” de izquierda que no veían nada de socialismo en lo que se estaba construyendo en Rusia era romper con Trotsky y abandonar el “colectivo trotskista”
Hubo una decena, yo entre ellos, que resolvieron dar el paso. Como era costumbre, hicimos una declaración escrita explicando los motivos de nuestra salida. En ella veníamos a decir principalmente que la actitud positiva de Trotsky respecto a los fenómenos sociales, unida a su actitud negativa hacia la superestructura política, llevaba lógicamente a la concepción de una revolución puramente política. Pero semejante revolución, como mucho, cambiaría al personal burócrata, traería un poco de liberalismo sin modificar los fundamentos del régimen. Sería una repetición de 1830…
Lo que más me sorprendía del programa de Trotsky era que podía reforzar las ilusiones del proletariado occidental respecto a Rusia, más que disiparlas. Pues siStalin decía: “Ya hemos realizado el socialismo”, Trotsky se limitaba a precisar: “Perdone usted pero no, nada de socialismo, sólo una primera etapa.” Así, tras haber participado en la vida ideológica y en las luchas de la oposición rusa, llegué a la siguiente conclusión, como muchos otros antes que yo: Trotsky y sus partidarios están demasiado íntimamente ligados al régimen burocrático de la URSS como para luchar contra este régimen hasta las últimas consecuencias
En su “Programa”, Trotsky subrayaba incluso que su crítica no era la de un extranjero hostil y que consideraba los problemas del régimen “desde dentro, no desde fuera”. Para él, la tarea de la oposición era mejorar el sistema burocrático, no destruirlo, luchar contra “los exagerados privilegios” y la “extrema desigualdad en el nivel de vida”, no luchar contra los privilegios y la desigualdad en general. Mitiguémoslos un poco y todo estará en orden, bajo los auspicios de una auténtica “dictadura del proletariado”. Quienes no se quedaban satisfechos con esto corrían el riesgo de ser tratados de “utópicos pequeño burgueses de extrema izquierda”, si no de contrarrevolucionarios. La posterior evolución de Trotsky terminó confirmando este pronóstico. La Revolución traicionada que Trotsky publicó en 1936 es fiel a las grandes líneas trazadas en el “Programa” de 1930. Aunque critica con ánimo y severamente algunos aspectos de la sociedad soviética, Trotsky no modifica su perspectiva de conjunto sobre la URSS como “Estado obrero”; contribuye así a mantener en el espíritu del proletariado internacional la mayor mentira y la más peligrosa de las ilusiones contemporáneas.
Los inhumanos métodos de explotación burocrática a los que el Plan Quinquenal debe su éxito, son calificados por Trotsky como “probados métodos socialistas”. Calla sobre la explotación de los obreros, y sólo menciona la explotación de los campesinos para fulminar a “los expertos economistas al servicio del capital” que se atreven a hablar de ello. Es cierto que desenmascarar a los abogados del capitalismo privado es una tarea noble.
¿Pero es razón suficiente para convertirse en el abogado del capitalismo de Estado? Trotsky no quiere comprender que las “desviaciones” y los feos contra los que protesta no son más que la consecuencia lógica e inevitable de todo el sistema que él defiende encarnizadamente. Trotsky, en el fondo, no es más que el teórico de un régimen del que Stalin es el ejecutor.
“Oposición burocrática o proletaria”, ese fue el título que puse a un artículo en el que exponía, en prisión, mi nueva actitud hacia el trotskismo. Pasé al campo de la oposición rusa de extrema izquierda: “Centralismo democrático”, “Oposición Obrera” y “Grupo Obrero”.
Lo que separaba a esta oposición del trotskismo no era sólo la forma de juzgar el régimen y de entender los actuales problemas. Sobre todo era la manera de entender el papel del proletariado en la revolución. Para los trotskistas, era el partido, para los grupos de extrema izquierda era la clase obrera quien debía ser el motor de la revolución.
La lucha entre Stalin y Trotsky se limitaba a la política del partido, al personal dirigente del partido; tanto para uno como para el otro el proletariado no era más que un objeto pasivo. A los grupos de extrema izquierda comunista, en cambio, les interesaba sobre todo la situación y el papel de la clase obrera, lo que era de hecho en la sociedad soviética y lo que debía ser en una sociedad que se impusiera con sinceridad la tarea de edificar el socialismo.
A. Ciliga