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ARG | Entre las urnas y la gobernabilidad

Panorama político nacional de los últimos siete días

por JORGE RAVENTOS

¿Cómo  han procesado los votantes las campañas de la segunda vuelta? ¿Qué efecto pueden haber tenido las declaraciones de Jaime Durán Barba, el asesor estrella de Mauricio Macri, sobre el aborto y el Papa? ¿Se consolidará en las urnas la ventaja que las encuestas atribuyen a Mauricio Macri?

Scioli pelea

“Scioli la está peleando. Y cuando peleás, estás vivo”. El que dijo eso en vísperas del cierre de las campañas es alguien que habla desde la experiencia: Sergio Massa. Antes y, sobre todo, después  de las primarias de agosto Massa fue desahuciado; se lo consideraba segura víctima fatal de la polarización entre Daniel Scioli y Mauricio Macri, pese a lo cual, en alianza con José Manual De la Sota, resistió y tuvo una performance tan vigorosa en octubre que, aun desde el tercer puesto,  convirtió a su electorado (más del 20 por ciento) en virtual árbitro del balotaje del próximo domingo.

Ahora Massa balconea la puja entre los dos finalistas y, aunque pronostica un triunfo del candidato de Cambiemos y olfatea que “la gran mayoría” de sus votantes de octubre preferirá a Macri, no quiere  adelantarse a las urnas porque ve a Scioli activo, “con la guardia levantada” y sabe que, entre los que acompañaron a UNA en la primera vuelta, “ también hay un grupo muy importante, que son laburantes, clase media, que tienen miedo al ajuste y van a votar a Scioli”

Sin ir más lejos, algunos massistas encumbrados  como Felipe Solá y el diputado empresario  Eduardo De Mendiguren, insinuaron su apoyo a Scioli oficiando como partenaires en un almuerzo  sciolista por el Día de la Militancia.  Solá ya había adelantado que “para un peronista es difícil votar a Macri”

Ese es el público que buscó la campaña de Daniel Scioli en su última etapa y que él procuró cultivar en el debate televisado el domingo 15: el que integra  la base peronista del electorado de Massa  y que mantiene reticencias ante el jefe de gobierno porteño

El mundo en blanco y negro

Para llegar a todos los rincones de ese electorado, Scioli  eligió las pinceladas gruesas y las apelaciones a la narrativa más basta que se atribuye  al peronismo: dibujó a Macri como sinónimo de la antipatria, la insensibilidad social y “la reacción” (el cambio hacia atrás), lo describió como un peligro para los trabajadores y los pobres.

¿Campaña sucia? Sería una exageración llamarla así (“sucio” es calumniar o infamar, como se hizo contra Francisco De Narváez o Enrique Olivera en comicios anteriores). Puede hablarse, más bien, de campaña simplificadora  (el adversario convertido en Mal absoluto) y, si se quiere, de campaña agresiva (aunque la política –particularmente un balotaje en el contexto de un fin de ciclo- es un deporte de contacto: los roces y la pierna fuerte se dan por descontados)

Está por verse si se trató de una campaña  eficaz. ¿Habrá conseguido la demonización de Macri generar dudas en los indecisos (que seguían siendo una  cifra importante  a horas de la elección)?  Lo dictaminarán las cifras del domingo.  Scioli ingresó a la etapa del balotaje con una pequeña ventaja residual (si bien en una tendencia descendente). Una campaña acertada  sería una que le permitiera mantener la diferencia a favor conseguida en octubre o, por lo menos, revertir la trayectoria descendente en que entonces se encontraba. ¿Es útil, es suficiente la recurrencia al repertorio de consignas justicialistas vintage o la búsqueda de respaldos explícitos o implícitos de personajes peronistas como Solá o el ex presidente Duhalde?

En el debate del domingo 15  Scioli no consiguió el impacto rotundo que precisaba para  recuperar el terreno que (según todas las encuestas) Macri le sacó merced, principalmente, a la inopinada victoria de María Eugenia Vidal in  partibus infidelis. En el empate conceptual resultante, basado sobre todo en silencios sobre las cuestiones en que cada uno se sentía más vulnerable, es probable que Macri  haya conseguido una luz de diferencia  en  el oficio mudo: soltura ante las cámaras, una presencia distendida y sonriente frente a un Scioli claramente estresado y nervioso y con dificultades para administrar sus tiempos de exposición.

Con todo, en la trinchera sciolistas consideran que el debate sirvió para  dejar planteados los términos de la opción tajante que pretendían desarrollar con la saturadora propaganda de la última semana: el No a Macri (y con él  a todas las etiquetas negativas que adhirieron al candidato de Cambiemos).

Muy por debajo de los mensajes centrados en el adversario quedó  subsumido otro, que Scioli quizás necesitaba más perentoriamente: la refutación de la dependencia de la Casa Rosada y del sometimiento a la línea marcada por el kirchnerismo  neto, que las encuestas cualitativas le señalan como su principal flanco débil.

Gol en contra de Durán Barba

Sobre el cierre, cuando todo parecía ya jugado,  Jaime Durán Barba, gurú de la campaña macrista, obsequió a Scioli un rotundo gol en contra con desubicadas declaraciones políticas. El polígrafo ecuatoriano (que no es candidato de Cambiemos ni directivo del Pro, pero sí un influyente consejero)  se pronunció en Jujuy por legalizar el aborto (hoy está casi completamente prohibido, pero “lo vamos a cambiar – prometió-. Si una señora quiere abortar, que aborte”).

Durán Barba relativizó, además, la influencia que pueda tener el Papa Francisco en el electorado del país: "Lo que diga un Papa no cambia el voto ni de diez personas aunque sea argentino o sueco". El peor pecado de esa frase no reside en evocar una parecida (“¿Cuántas divisiones tiene el Papa?”) con la que José Stalin menospreció en vísperas de la Segunda Guerra el peso espiritual y político de la Santa Sede, sino más bien en ignorar por completo que  la decisiva victoria de María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires le debe muchísimo menos a sus consejos de comunicador que a la prédica de Jorge Bergoglio (como obispo primero, como Papa después) y de la Iglesia argentina contra la creciente penetración del narcotráfico en la política y contra la legalización del consumo de estupefacientes. Con sus palabras, Durán Barba parece asimismo despreciar el papel que tanto el Pontífice como la Iglesia juegan y jugarán a la hora de conjurar amenazas contra la gobernabilidad.

No es raro que Mauricio Macri –que no nació político, pero  se ha ido perfeccionando en ese arte- haya tomado vertiginosa distancia de los dichos de su asesor: nada más dañino y doloroso que un gol en contra a los 45 minutos del segundo tiempo.

Dos concepciones ante la gobernabilidad

Tampoco es extraño que Daniel Scioli se haya aferrado a las palabras del ecuatoriano, a quien definió como “el verdadero candidato”. Maximizaba así el peso de la opinión de Durán Barba y minimizaba la figura de Macri, transformándolo en una mera máscara de su consejero. Una forma, también, de devolver gentilezas: en esta campaña el candidato de Cambiemos pintó a Scioli como un títere de la Casa Rosada (“¡En qué te transformaron, Daniel!”).

Scioli y Macri, que hasta hace dos meses parecían variantes de una plataforma común postkirchnerista, llegan al  umbral del balotaje con dos  visiones  bien diversas sobre la gobernabilidad de la próxima etapa. Macri  parece cifrarla  en una estrategia de unión nacional, pacto social y amplios acuerdos políticos (que no excluyen, dijo, a su actual adversario, a quien prometió convocar). Scioli, en otra vereda, se presenta como  combatiente de  un sector que debe vencer a otro que representaría fuerzas incompatibles con la Nación y el Pueblo.

Es probable que la aparente radicalidad de esa divergencia se  modere después de que se escuche la voluntad del soberano.

Queda por delante –quienquiera sea el que gane- una transición difícil y una herencia  de  confrontación estéril que es indispensable neutralizar

                                         

La emboscada del mal menor

Durante años el kirchnerismo ha construido o intentado construir su álter ego en Mauricio Macri. Esta construcción fue parte del deseo de reparar la institucionalidad burguesa quebrada en el 2001, principalmente recomponiendo el bipartidismo al estilo europeo con dos partidos que se presenten como alternativas de centro izquierda y centro derecha, manteniendo así todo dentro de los causes institucionales.

Esto no lograron conseguirlo, es decir, no existe una fuerza política sólida de la clase dominante con anclaje de masas. Lo que quedó es el aparato del PJ y el manejo de la caja del Estado. Con eso el kirchnerismo aglutinó a fracciones de la pequeña burguesía que sostuvieron y sostienen el relato.

Pero esto es insuficiente para mantenerse en la conducción del Estado. En medio de una creciente crisis internacional y local, el fetiche Macri se perfila como el próximo presidente. Ante tal pronóstico se reaviva el cuco de la derecha y de la pérdida de las medias “progresivas” tomadas por el actual oficialismo.

Para entender este contexto y no caer en la trampa de una ficticia elección entre Dr. Jekyll y Mr. Hyde, es necesario hacer un ejercicio de memoria histórica para superar la foto y analizar la película completa.

El neoliberalismo en nuestro país tuvo dos grandes partidos políticos: el primero fue el partido militar que con la masacre perpetrada por la última dictadura abierta, sentó las bases del nuevo modelo de acumulación. El segundo fue el peronismo, sí, el mismo que hace unos años se viste de progre, el PJ con poncho y evocaciones a Facundo Quiroga que privatizó todas las empresas estatales y desapareció conquistas históricas de la clase obrera. Menem (padre político de Scioli) junto con el entonces grupo Calafate (Néstor, Cristina, Zanini) culminaron la tarea, comenzada por el PJ con el “Rodrigazo” en el 75 y continuada por Videla y compañía.

Este es el “mal menor” ante Macri, a quien el oficialismo le allano el camino votando juntos leyes antipopulares en la legislatura, y en las calles, mediante los sindicatos que conducen, como la Unión de Trabajadores de la Educación de la capital (UTE).

Quienes sostienen que con Scioli no se perderán conquistas o que no realizará un ajuste, parten de la concepción que los gobiernos definen el rumbo de la sociedad, que el bienestar o el sufrimiento del pueblo depende de la buena o mala “voluntad” de un jefe político, y no de las necesidades del capital y del imperialismo.

Esta postura asume el discurso esencial de la clase dominante, en el que las masas no juegan, no jugamos ningún papel. La realidad, si se quiere ver, es que los trabajadores y el pueblo jugamos un papel central en el devenir de los acontecimientos sociales y quienes no capitulamos ante el discurso hegemónico, partimos de la necesidad de continuar y profundizar la organización de la clase obrera de forma independiente de todas las variantes patronales. Por eso, ante el balotaje, no debemos legitimar a ninguna de las variantes de la burguesía, ni a Macri, ni a Scioli. Cuanto más voto en blanco, nulo o abstención, tendremos mejores condiciones para luchar y enfrentar el ajuste actual, del próximo gobierno, y para la construcción de una sociedad sin explotación ni opresión.

Frente de Acción Revolucionaria