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SOBRE RUSIA ? TEXTOS 28

EL PAIS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE – de ANTE CILIGA

LENIN TAMBIÉN 3

En esta parte constatamos porqué a Ciliga le había costado tanto desprenderse del sacrosanto mundo de Lenin y el leninismo: Ciliga estaba influenciado por las obras de ciega apologética del leninismo que se habían difundido en el extranjero, como “los 10 días que conmovieron al mundo” (de John Reeds) Creía ciegamente en un Lenin impulsando la revolución social y dirigiendo a “las masas” en el sentido revolucionario, por eso recién constatará la traición desde que Lenin y los bolcheviques toman el poder. Por eso dirá desde que Lenin tomó el poder, comenzó el trágico divorcio entre él y las masas. Sin dudas, es por aquel mito del “Lenin revolucionario”, tan difundido por los medios de propaganda, que Ciliga cae en la utilización de una terminología tan dogmática y religiosa que parece propia de la religión marxista leninista fundada por Stalin:Lenin se ganó para siempre un puesto de honor en el corazón de los trabajadores y en el Panteón de la historia.

Digámoslo clarito: esto forma integralmente parte de la mentira desconcertante que Ciliga denuncia en toda su obra. En los hechos Lenin nunca fue un revolucionario, ni formó parte de un partido que se definía por la revolución social en Rusia, ni participó en la lucha histórica contra el capital y el Estado en Rusia. Al contrario Lenin (como Plejanov o Kerensy antes que él) siempre había pertenecido a un partido que rechazaba el socialismo revolucionario y que se alineaba con la democracia, con las tareas democrático burguesas y que por ello se llamaba Partido de la Socialdemocracia Rusa

 El “socialismo” que concebían los socialdemócratas en Rusia era el típico socialismo burgués que siempre había denunciado Marx, un “socialismo” que no pelea contra el Estado y cuyo proyecto social es el progreso económico del capital, las tareas democráticas. Lenin siempre había defendido ese proyecto, pero cuando la leyenda de Lenin deja de lado todo esto para concentrarse en dos momentos históricos en los que Lenin oportunistamente utilizará textos del socialismo revolucionario como las “tesis de abril” que Lenin copiará de los Maximalistas (una de las fracciones del socialismo revolucionario que habían ayudado en la clandestinidad a los bolcheviques que no tenían ninguna experiencia) o en el “Estado y la revolución” en el que acoplará algunas citas de Marx y Engels a algunas frases de organizaciones anarquistas rusas. Si bien esos textos provenientes de organizaciones proletarias ajenas al socialismo democrático se contraponen al capital y al Estado, no puede decirse en absoluto que los mismos hayan constituido nunca guías para la acción, ni de Lenin, ni de los bolcheviques. Al contrario, ambos materiales serán sacados de circulación por los mismos bolcheviques y hasta por Lenin a la cabeza que aclarará que no eran válidos dado que se necesita utilizar el viejo aparato zarista (sin plantearse nunca destruirlo) y sobretodo de desarrollar el trabajo y el capitalismo de Estado (¡y también el capitalismo privado!). Por lo tanto no es que hasta ahí Lenin estuvo con las masas y la revolución, también eso es mentira, pero Ciliga no logrará destruir la misma.

Pero aclarado ese límite histórico de Ciliga y su obra, no nos cabe duda del valor y la fuerza con que Ciliga rompe con el leninismo. Es sumamente emocionante que en ese mundo siniestro y concentracionario creado por el bolchevismo, Ciliga todavía conservaba el retrato de Lenin en el calabozo. Que tuvo que verificar en carne propia y en el de sus compañeros encerrados en los campos, todo el poder contrarrevolucionario del leninismo, consecuencia de que Lenin nunca había querido expropiar al capital sino desarrollarlo bajo las consignas del control obrero y las “tareas democrático burguesas”, para llegar a las conclusiones proletarias y ARRANCAR EL RETRATO DE LENIN Y TIRARLO A LA BASURA.

Para un revolucionario como Ciliga, la ruptura con el mito contrarrevolucionario de Lenin, fue la ruptura de su vida, sumamente dolorosa y fecunda, tan potente que lo dejó postrado “que durante seis meses no pude abrir la boca”. Lamentablemente como en la Edad Media con la religión cristiana los Giordano Bruno fueron solo un puñado de valerosos revolucionarios, la gran masa seguía de cabeza gacha sometidos a la religión de Estado “marxista leninista”.

Ricardo

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EXTRACTOS

LENIN TAMBIÉN 3

El sol se pone en el horizonte, tras los Urales, lanzando sobre las estepas desérticas, los montes y la prisión, los últimos rayos de luz que iluminan mi celda. Es el tercer año que paso en prisión. Y es duro… Escudriño tras los barrotes las montañas, el sol, el aire, la libertad, la libertad. Estoy solo en la celda, mi compañero está en la enfermería. Mi alma se encuentra solitaria… llevo luto por Lenin.

“¿Qué acabo de hacer?, ¿acaso me he vuelto loco, presa del delirio de las prisiones?” Veámoslo un poco más de cerca. En 1917 evidentemente, fue cuando llegaron más lejos, las masas y Lenin, más rápido y más fuerte. Como un huracán que devasta todo a su paso, echaban abajo todo lo viejo, lo corrompido, lo falso, que había en Rusia y en el mundo. Realmente fueron “los días que estremecieron al mundo”. Rusia hacía historia mundial. Y como Lenin supo hacer palpitar el corazón de la humanidad en el momento de su magnífica explosión liberadora, como aquellos días que vieron el triunfo grandioso de las masas populares él supo estar con ellas y conducirlas, Lenin se ganó para siempre un puesto de honor en el corazón de los trabajadores y en el Panteón de la historia. Y este puesto es suyo para siempre, aunque, como Cromwell, tenga que rendir cuentas ante las masas por sus crímenes o los de sus sucesores, tras el hundimiento de la revolución, aunque, en un momento de la historia, su cadáver se entregue al furor popular en las calles de Moscú, al igual que el de Cromwell se puso en la horca.

Pero desde el momento en que el viejo edificio fue demolido y Lenin tomó el poder, comenzó el trágico divorcio entre él y las masas. Imperceptible al principio, fue creciendo, desarrollándose y finalmente llegó a sus fundamentos. Las masas obreras consumaron instintivamente su liberación total, alcanzaron integralmente sus objetivos. Y por ello hicieron la revolución. Todo de golpe. Ahora o nunca. Y esto es lo que distingue la época de las revoluciones de la de las reformas. Desbordando el cuadro del viejo socialismo de 1905 para edificar uno nuevo, en 1917-1918 las masas laboriosas de Rusia fueron más lejos de lo que le hubiera gustado inicialmente a Lenin. Y el impulso de las masas fue tan fuerte, la situación tan tensa, que las masas arrastraron a Lenin tras ellas. Esta fue la relación entre el jefe y las masas en el momento culminante de la revolución.

Y a los hechos me remito: tras la revolución de octubre, Lenin no quería expropiar a los capitalistas, sino tan solo “el control obrero”: que las organizaciones obreras de base controlaran a los capitalistas, que conservaríanla dirección de las empresas. Una encarnizada lucha de clases terminó invalidando la tesis de Lenin de la colaboración de clases bajo su mandato: los capitalistas respondieron con el sabotaje, y los colectivos obreros tomaron en sus manos, una tras otra, todas las fábricas… Y sólo cuando esta expropiación a los capitalistas por parte de las masas obreras fue una realidad de facto, el gobierno soviético la reconoció de iure publicando el decreto de nacionalización de la industria

Luego, en 1918, Lenin respondió a las aspiraciones socialistas de los obreros con el sistema de capitalismo de Estado (“basado en el modelo de la Alemania de la época de guerra”) y la más amplia participación de los viejos capitalistas en la nueva economía soviética. Lenin no era partidario de la destrucción total del viejo régimen económico, sino de una especie de equilibrio entre lo viejo y lo nuevo, de su coexistencia. Lenin, que no hacía mucho aún clamaba contra la “colaboración de clases”, ahora era su apologeta. Dueño del poder, empezó a sufrir la influencia de las diversas fuerzas de la sociedad, y no ya sólo la de la clase obrera, como antes. Se convirtió en el apologeta del momento estático, no ya de la dinámica de la época. La guerra civil naciente vino a corregir de nuevo esta etapa de la filosofía leniniana de la revolución. El hundimiento de los imperios alemán y austriaco alimentó otra vez las tendencias maximalistas de las masas populares: y la tesis de la realización inmediata del socialismo recibió la consagración oficial. Llega el año 1919. Es la apoteosis de la revolución rusa, su “1793”. Y como hemos visto, la iniciativa la han tomado una vez más las masas y no Lenin. De la apoteosis revolucionaria a la derrota no hay más que un paso. Y en esta coyuntura histórica a Lenin le corresponderá el más triste de los papeles. Si el periodo de ascenso social, de exaltación revolucionaria, se ha caracterizado por el hecho de que las masas arrastraron a Lenin detrás de ellas, la decadencia y la derrota de la revolución revelan el antagonismo entre Lenin y las masas obreras, y su victoria sobre éstas.

¿Qué es lo que se ventilaba en este combate? Era el propio principio del socialismo, el destino de la industria arrebatada a la burguesía. Esto es lo que causó el divorcio entre Lenin y el proletariado. Ahí es donde hay que buscar la clave que permite comprender ese doble papel de Lenin en la Revolución.

Los obreros se habían convertido en los dueños de las fábricas y habían instaurado el principio de la producción colectiva. Pero la relación entre las diversas fábricas dependía del aparato burocrático. Y este era un síntoma de los peligros que amenazaban al proletariado. El destino del socialismo en Rusia dependía de que al proletariado le fuera posible asegurar la dirección general de la producción. Para llevar a cabo una organización socialista de la sociedad, para reorganizar de un modo socialista la economía agraria, el proletariado debía, ante todo, organizar de manera socialista su propia casa, la industria.

Parece que esta es una verdad básica. Y sin embargo siempre se olvida cuando se examinan los destinos del socialismo y la revolución. Lenin, situado al frente del aparato, miraba el problema con los ojos del aparato. Y esto lo señaló perfectamente un delegado obrero en el X Congreso del Partido Comunista Ruso, Miliukov, diciendo: “La actitud de Lenin es psicológicamente comprensible: el camarada Lenin es el Presidente del Consejo de Comisarios. Es él quien dirige nuestra política soviética. Es evidente que cualquier movimiento que, venga de donde venga, se oponga a esta dirección, no puede considerarse más que como un movimiento pequeño burgués y particularmente dañino.” De hecho, durante la guerra civil, la burocracia central no dejó de extenderse e incluso llegó a adueñarse de las fábricas. La dirección de las fábricas, en principio nombrada por los obreros y los empleados de la empresa, ahora la nombraba el centro cada vez en más sitios. Al mismo tiempo, la dirección colegiada de los inicios se transformó poco a poco en una dirección única. Las fábricas empezaban a escaparse de las manos a los obreros. Y esto se produjo bajo la iniciativa de Lenin, a pesar de la oposición obstinada de toda la fracción obrera del partido comunista, de todos los jefes obreros bolcheviques. Por su oposición, el partido envió a Tomski al exilio en Turkestán, como había hecho antes con Sapronov, al que mandaron a Ucrania por su “centralismo democrático”.

Con el fin de la guerra civil, la lucha entre la burocracia y el proletariado por el dominio de la industria se reanudó con fuerzas renovadas. Entraba en una fase decisiva. Y es precisamente esta lucha la que hizo volar en pedazos el sistema del comunismo de guerra. “En nuestra industria hay dos poderes, el de los obreros y el de los burócratas. Y esto paraliza la producción. La única salida es tomar una decisión radical: el poder único, bien del socialismo obrero o bien del capitalismo de Estado.” En estos términos, Shliápnikov /1, el teórico de la “Oposición Obrera”, denunciaba el conflicto en un artículo que publicó el Pravda durante el periodo en el que se preparaba la “discusión sindical” antes del Congreso del partido.

¿Cuál fue a la sazón la actitud de Lenin? Él también abogaba por una decisión sin términos medios, como Shliápnikov, pero a diferencia de éste Lenin se posicionaba a favor del poder único de la burocracia. Y el propio Lenin confesó que, bajo el pretexto de la “discusión sindical”, de lo que se trataba era de arrebatar la dirección de las fábricas a la clase obrera. Declaraba: “Si se confía la dirección de la industria a los sindicatos, ES DECIR, A OBREROS SIN PARTIDO EN 9/10 PARTES, ¿para qué sirve entonces el partido?” Por tanto sólo una décima parte de la clase obrera, los obreros bolcheviques, podía reclamar lo mismo que reclamaban los obreros sin partido. Sin embargo en esta cuestión decisiva la línea de clase estaba muy clara; por un lado, los obreros (miembros del partido y sin partido), por el otro, los burócratas (miembros del partido y sin partido), tras los obreros el socialismo, tras los otros el típico capitalismo de Estado. Para compensar el rapto de las fábricas, Lenin prometió el derecho de huelga a los obreros.

¡Como si los obreros hubieran hecho la Revolución de Octubre para ganarse el derecho de ponerse en huelga!

Son características las relaciones de Lenin con los “liberales” de su propio campo burocrático: cuando, situados a medio camino entre la “Oposición Obrera” y Lenin, los grupos de Trotsky, Bujarin y Sapronov proponen una atenuación del poder único de la burocracia añadiendo un voto obrero a título consultivo en la organización de la producción, Lenin se opuso categóricamente a ello y les aplicó las más enérgicas medidas organizativas (en el X Congreso del partido, 1921), por las “vacilaciones” que demostraban. Desde luego, Lenin no “vacilaba”. Convertido en el portavoz de la burocracia soviética (tanto de la sin partido como de la comunista), arrebataba las fábricas a los obreros (comunistas y sin partido) con inquebrantable firmeza, les quitaba su conquista esencial, la única arma de la que disponían para dar un paso más hacia su emancipación, hacia el socialismo. El proletariado ruso se transformó de nuevo en mano de obra asalariada en fábricas ajenas. En Rusia, del socialismo ya sólo quedaba la palabra.

¿Y lo de Kronstadt en 1921?, se preguntará más de uno. El destino de la industria, es decir, el destino de hecho del socialismo, ya se había decidido antes. La represión de la revuelta de Kronstadt fue la respuesta de la burocracia a los intentos de unión del proletariado y el campesinado contra ella. A Lenin y a la burocracia les aterrorizó este intento. Tras la represión, vino la N.E.P. y la alianza de la burocracia y el campesinado contra el proletariado. Sólo en la época del Plan Quinquenal la fortalecida burocracia se giró contra sus aliados  provisionales: el campesinado medio y los kuláks. Habiendo liquidado el socialismo en el terreno económico, tras liquidar el poder obrero en las fábricas, a la burocracia aún le quedaba una última tarea por delante: liquidar el poder político del proletariado y las masas laboriosas. El órgano de este poder era la gran organización de masas surgida durante el proceso revolucionario: los Soviets. A la organización política de masas, el Soviet, al igual que a la organización económica de masas, el sindicato, la burocracia oponía una organización en la cual la participación de las masas era de lo más débil, mientras la suya propia era mucho más fuerte: el Partido. Para evitar cualquier posibilidad de combatir a favor de las masas, tanto dentro como fuera del partido, las decisiones del X Congreso del Partido, a iniciativa de Lenin, fueron las siguientes: prohibición en todo el país de los partidos, excepto el partido comunista; prohibición en el partido de toda opinión o grupo que se oponga a la cúspide burocrática de éste. El partido se transformó en un organismo auxiliar del cesarismo burocrático así como los Soviets y los sindicatos se transformaron en organismos auxiliares del Partido. La dictadura bonapartista sobre el partido, la clase obrera y el país adquirió su forma.

Me quedé anonadado cuando descubrí que los propios jefes del partido comunista eran plenamente conscientes de ello. En su obra La economía en el periodo de transición Bujarin formulaba en 1920 (cf. pag.115 de la edición rusa) la teoría del bonapartismo “proletario” (“el régimen personal”). Y Lenin anotaba en este pasaje (cf. Obras Completas de Lenin, tomo XI, edición rusa de 1930): “Es cierto… pero no se debe emplear esa palabra”. Se puede hacer, pero no decir, aquí se resume el Lenin de aquella época, en la que abandonó al proletariado por la burocracia. Lenin también sabía disimular el carácter bonapartista de la burocracia. “No hay que realizar la dictadura del proletariado mediante una organización que le englobe en conjunto”, escribía, “pues el proletariado aún está muy dividido, demasiado humillado, y es demasiado fácil sobornarle”. Por eso la dictadura “no puede realizarla más que una vanguardia que acumula en sí toda la energía revolucionaria de clase: el Partido”. La experiencia ulterior terminó demostrando toda la realidad burocrática de esta teoría de la dictadura del Partido sobre la clase obrera, la dictadura de una minoría elegida sobre la “mayoría atrasada” del proletariado.

Una vez más la historia demostró lo justa que es la frase del viejo himno revolucionario: No existe el salvador supremo, Ni Dios, ni Cesar, ni tribuno,

Lo justa que es la fórmula del movimiento obrero: “La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos.”

La liquidación del poder político del proletariado requería sin embargo una sólida “base ideológica”. Había que dar un rodeo, pues no se podía llamar a las cosas por su nombre. En una revolución hecha inicialmente en nombre del socialismo, no era cómodo decir de sopetón: “Ahora somos nosotros los nuevos Señores y los nuevos explotadores”. Es mucho más fácil llamar al rapto de las fábricas a los obreros “una victoria del modo de producción socialista”, al poder de la burocracia sobre el proletariado “el fortalecimiento de la dictadura del proletariado”, y a los nuevos explotadores “la vanguardia del proletariado”. Cuando los señores habían sido los “protectores de los campesinos” y la burguesía “la vanguardia del pueblo”, los burócratas bien podían ser “la vanguardia del proletariado”. Los explotadores siempre se han considerado la vanguardia  de los explotados. Lenin justificaba su nueva política apelando a la debilidad del proletariado. Aseguraba que dejando la revolución en manos de la burocracia, ésta la conservaría para el proletariado. Las ventajas futuras justificaban los sacrificios presentes. Hoy tenemos ya a la vista estas ventajas y conocemos su valor social. Hay que decir, en  honor al proletariado ruso, que a pesar de su debilidad supo desde el principio lo que se tramaba. Comprendió que Lenin actuaba como si dijera: “Vosotros, obreros, no pensáis con lógica. Queréis la realización inmediata del socialismo, y no tenéis fuerza para conseguirlo. En la medida en que no podéis haceros dueños de la sociedad, debéis ser sus servidores: esta es la ley de la lucha de clases en una sociedad de clases. Si os resignáis a lo inevitable, os daremos todo lo que podamos.”

Los obreros tenían su propia idea de la lucha de clases, y actuaban como si respondieran a Lenin: “No, es usted el que no utiliza la lógica, camarada Lenin. Si aún no somos lo bastante fuertes como para adueñarnos del país, nos toca pasar a la oposición activa. Una clase no se rinde, se bate.” La resistencia espontánea del proletariado a las usurpaciones de la burocracia indicaba claramente que el proletariado no era tan débil como Lenin aseguraba. Y siéste último hubiera sido uno con el proletariado, habría apoyado a la oposición obrera que se manifestaba por todo el país. Pero él pensaba y actuaba con el espíritu de la burocracia, con el espíritu de su Poder. Esta fuerza proletaria se le mostraba como una amenaza, y aplicaba al proletariado las leyes de la lucha de clases: una clase que no se rinde debe ser aplastada por el vencedor. Bajo los aplausos de la nueva burocracia de todo el país Lenin exclamaba al clausurar el X Congreso: “Por ahora basta de oposiciones. No las toleraremos ni por un instante más.” Efectivamente, fue el fin de la oposición legal.

Ante ella se abrieron las puertas de la prisión y el exilio, esperando a que llegaran los pelotones de fusilamiento. A pesar de estas transformaciones fundamentales, la revolución continuó llamándose, como en el pasado,“proletaria” y “socialista”. Es más: el propio Lenin señaló hasta que punto era necesario conjugar la fraseología habitual con la efectiva sujeción del proletariado. Cuando los obreros, verdaderas víctimas de las pretensiones burocráticas, se pusieron a protestar contra la mistificación burocrática del socialismo y reclamaron que sus verdaderos intereses fueran satisfechos, Lenin les apartó en bloque, calificándolos de “pequeño-burgueses”, “anarquistas” y “contrarrevolucionarios”. Los intereses de la burocracia, en cambio, pasaron a denominarse “intereses de clase del proletariado”. Se instauró en el país un régimen totalitario y burocrático que bautizaba de “contrarrevolucionario” todo aquello que tenía política y socialmente un carácter progresista. Inauguró esta era de embustes, falsificaciones y deformaciones que se respira hoy en toda Rusia en su variante estalinista –rematada y reforzada– y que envenena toda la vida social del movimiento obrero y democrático internacional.

Escuchando las resoluciones y los discursos de Lenin sobre la “Oposición Obrera”, Shliápnikov exclamaba, al final del X Congreso del Partido: “En toda mi vida, desde que estoy en el partido hace veinte años, nunca he visto ni oído nada tan demagógico y abyecto”. Estas palabras de Shliápnikov se hacen eco de las de Tomás Mu?nzer, que llamó a Lutero “el Doctor Lu?gner” (el doctor  embustero) después de que éste hubiera escrito sus panfletos a favor de los príncipes protestantes y en contra de los campesinos protestantes. “Y es exactamente en lo que tú te has convertido, Lenin, al final de tu carrera histórica”, me decía…

Miraba fijamente y con animosidad el retrato de Lenin que había sobre la mesa de mi celda. Tenía ante mí a dos Lenin, al igual que hubo dos Cromwell y dos Lutero: se elevan con la Revolución y luego bajan la pendiente, eliminando a la minoría que quiere proseguirla. Y toda esta decisiva evolución ocurre en dos o tres años, tanto en la revolución rusa como en las demás. Mientras nosotros, los contemporáneos, al igual que los antiguos revolucionarios, discutimos durante diez, veinte o treinta años tratando de discernir si esta evolución decisiva tuvo lugar o no. “Y tu oposición, Lenin, durante el último año de tu vida, al devastador estalinismo, por trágico que fuera para ti, políticamente no tiene más importancia que la de una vacilación entre el estalinismo y el trotskismo, es decir, entre la variante liberal y ultrareaccionaria de la burocracia.”

El destino del partido bolchevique, de Lenin y de Trotsky, muestran de nuevo que la formación de los partidos más avanzados y de los mejores jefes está supeditada a las circunstancias de su tiempo y su espacio. Por eso es inevitable que en un momento dado se vuelvan conservadores y descuiden las nuevas exigencias de la vida. La leyenda de Lenin ya no me parecía más que una mentira destinada a encubrir los crímenes de la burocracia.

“Para destruir la tiranía de la burocracia que levantaste con tus propias manos, Lenin, también hay que destruir la leyenda del infalible filósofo del proletariado. Cuando llegó la hora del peligro supremo, en lugar de dar la mano al proletariado, lo remataste”. “Por si el mundo aún no ha aprendido esta lección, tú se la recuerdas: cuando las masas son incapaces de salvar la revolución, nadie puede hacerlo en su lugar…Tu experiencia, Lenin, nos dice que la única forma de salvar la revolución proletaria es llevarla hasta el final, hasta que las masas laboriosas se emancipen totalmente.

Si no se hace la revolución hasta el final, llegará un día en que la nueva minoría privilegiada ejercerá su tiranía sobre la mayoría de los trabajadores. Los revolucionarios contemporáneos realizarán completamente el socialismo o llegará el día en que fatalmente se hagan anti-proletarios, anti-socialistas. Pasarán a ser contrarrevolucionarios.” “Ni Dios, ni amo”, me decía una voz que salía de lo más profundo de mi subconsciente. Pero no por ello dejaba de ser perceptible, firme e imperativa. El retrato de Lenin que estaba sobre la mesa de mi celda se rompió en mil pedazos y acabó en el cubo de la basura…

* * *

La celda estaba sombría. Afuera, la noche. Los montes Urales y la estepa se sumían en un siniestro sueño. Y yo estaba entristecido y con el corazón apesadumbrado. Estaba tan deprimido, tanto me costaba separarme para siempre del tan querido mito de Lenin, que durante seis meses no pude abrir la boca, no puede decir o escribir nada relacionado con la política, ni con mis nuevas conclusiones sobre el gran jefe revolucionario.

A. Ciliga


/1 Alexandr Shliápnikov (1885-1937), bolchevique desde 1903, Comisario de Trabajo tras la Revolución de Octubre, entre 1920 y 1922 pertenece a la “Oposición Obrera”. Enviado a trabajar a la embajada soviética de París para alejarle de Rusia, capitula tras su retorno en 1925. Sin embargo será expulsado del partido en 1933, encarcelado en 1935 y posteriormente ejecutado.