Rolando Astarita
Las contradicciones de la NEP
Hacia 1928 el sector estatal y el cooperativo que estaba bajo el control del Estado, proporcionaba el 82,4% de la producción industrial y el 76,4% del volumen de negocios comerciales al por menor; aunque solo el 3,3% del valor de la producción agrícola. Esta diferencia entre industria estatizada y producción agraria individual fue el marco de la tensión entre los campesinos y el Estado; tensión que se expresaría en los movimientos de los precios industriales y agrícolas, y en las vicisitudes que enfrentó el acopio, esto es, la compra por los organismos del Estado y las cooperativas oficiales de productos agrícolas. Esta cuestión estuvo en el centro de las diferencias al interior de la dirección soviética. Antes de presentar esas polémicas, es conveniente trazar una visión panorámica de las tensiones que atravesaban la relación campo - ciudad, o campesinado - clase obrera industrial.
Lo primero a señalar es que, si bien hasta 1926-7 hubo una considerable recuperación industrial, la misma se produjo en gran medida a partir de la utilización de capacidad instalada No hubo ampliación de capacidad productiva, ni renovación importante en tecnología. De manera que la productividad continuó siendo baja, y hacia el final de la década la brecha tecnológica entre la Rusia soviética y Occidente era mayor que en 1914 (Wheatcroft, Davies y Cooper, 1986). En diciembre de 1928 Kuíbyshev, dirigente de la fracción stalinista, hablando en el VIII Congreso de los Sindicatos, reconocía que la producción de un obrero estadounidense en los altos hornos era 10 veces superior a la de un obrero ruso (citado por Deutscher, 1971). En otros rubros las diferencias también eran significativas. La debilidad de la industria determinaba que la producción fuera insuficiente para satisfacer la demanda de productos industriales por el campo.
En cuanto a la agricultura, también era atrasada; la productividad del trabajo y el rendimiento por hectárea en Rusia eran menores que en los principales países de Europa, y mucho menores que en EEUU (Wheatcroft, Davies y Cooper). Aunque los factores climáticos y la naturaleza de la tierra explicaban una parte importante de esa diferencia, es indudable sin embargo el atraso tecnológico del agro ruso. Además, el reparto de la tierra entre los campesinos había aumentado la pequeña parcela, menos eficiente que las grandes unidades (Nove, 1973). Trotsky apuntaba, a mediados de la década, que debido a la división de la tierra habían desaparecido las grandes unidades productivas que aplicaban economías de escala y técnicas relativamente avanzadas; aunque en compensación, las pequeñas y medianas unidades habían elevado su producción por mayor empeño de los campesinos (1976a). En cualquier caso, la productividad del agro era baja; había carencia de equipos y animales de tiro, y los métodos eran los tradicionales. Y para industrializar a Rusia había que aumentar la producción rural, a fin de alimentar a las ciudades y suministrar materias primas a la industria. Antes de la guerra los kulaks proveían la mayor parte del grano que se comercializaba, pero con la nivelación que se había producido desde 1917 los campesinos consumían más grano, en lugar de enviarlo al mercado. Según Lewin (1965), el grano que se mandaba al mercado a mediados de los veinte era apenas el 13% de la cosecha total, contra el 26% antes de 1914. Lo cual dificultaba el acopio de grano y otros productos. El acopio competía con las compras que realizaba el sector privado, y debía realizarse a los precios de venta aceptados por los campesinos, para los productos que estos voluntariamente querían entregar. Pero los precios que pagaba el Estado por el grano eran bajos; incluso a veces no cubrían los costos de producción. Los bienes industriales, en contrapartida, eran caros y de baja calidad. Por eso, a lo largo de los años veinte se habla permanentemente del “hambre de bienes”. Por otra parte, los precios relativos del ganado y de los cultivos industriales eran más altos que los del grano, y por lo tanto los campesinos guardaban el grano para su consumo, o para alimentar el ganado. Lo cual también impulsaba al alza los precios del cereal en los mercados libres, en relación a los que pagaba el acopio. De manera que el Estado recogía poco grano, no tenía reservas por caso de guerra o hambre, y el acopio se debilitaba en tanto instrumento estatal de planificación y control sobre el comercio privado. Lógicamente también, los saldos exportables eran escasos; en 1926 las exportaciones de cereales eran menos de un cuarto de las de preguerra. Lo cual afectaba negativamente la posibilidad de importar tecnología, necesaria para remontar el atraso de la industria.
En este cuadro se insertaba la diferenciación social al interior del campesinado. En 1926-7 los campesinos medios representaban el 67,5% del total de los campesinos; los pobres el 29,4% (contra el 65% en 1917) y solo el 3,1% eran ricos (el 15% en 1917). Siguiendo el criterio establecido por Lenin, se consideraba campesino pobre (o mujik) al que extraía de su explotación solo lo justo para vivir, o que debía suplementar sus ingresos con trabajo remunerado; el medio disponía de un pequeño excedente que en caso de buenas cosechas le permitía una cierta acumulación; y el rico, o kulak, tenía capacidad de acumular y explotar trabajo asalariado. Se habían achicado entonces las diferencias sociales y predominaban los campesinos medios. Como señala Viola (1986), la nivelación reforzó la homogeneidad de las aldeas y la cohesión, al tiempo que aumentó el poder del campesino medio, decididamente conservador. A su vez, debido a la política favorable a los campesinos aplicada por el Gobierno entre 1924 y 1928, se acentuaron las diferencias al interior del campesinado, en tanto la producción colectiva estaba estancada. En 1928 las tierras colectivizadas representaban solo el 1% del total; en junio de 1929 los campesinos miembros de colectivos de cualquier tipo eran apenas un millón, y de ellos, el 60% estaba en tozes (Nove, 1973). La toz (asociación para el cultivo conjunto de la tierra) era una cooperativa en la cual los campesinos compartían la tierra, pero no los equipos. Según Trotsky, a mediados de los 1920 los medios de producción en la agricultura en manos del Estado eran el 4% del total; el 96% pertenecía a los campesinos (1976a). En consecuencia, a fines de la década los campesinos ricos se habían fortalecido, e incluso tenían fuerte influencia política en las aldeas. En estas dominaba la comuna tradicional, apenas disimulada bajo el nombre de "comunidad aldeana"; los soviets habían perdido relevancia (Cohen, 1976). En ese marco, una preocupación central del mujik, e incluso del campesino medio, era no caer bajo la dependencia del kulak, que disponía de una gran parte de los medios de cultivo y transporte (Bettelheim; 1978). Esta cuestión es el telón de fondo de la crisis de 1927-8, que conduciría al abandono de la NEP y al giro hacia la colectivización forzosa.
La crisis de las tijeras y el informe de Trotsky de 1923
Durante la NEP hubo repetidas crisis de abastecimientos y de precios. La primera ocurrió en 1922-3. En 1922, dado el escaso poder adquisitivo de los campesinos, la industria no tenía compradores, a pesar de que la producción era apenas la cuarta parte del nivel de preguerra. Para salir de esa situación, el Gobierno mejoró los términos de intercambio para la agricultura; lo cual dio lugar a una buena cosecha en 1923. Sin embargo, en un marco de alta inflación y ausencia de controles estatales, los términos de intercambio se movieron de nuevo en perjuicio de los campesinos. En octubre los precios industriales llegaron a estar casi tres veces por encima de los niveles de 1913, en tanto los agrícolas fueron un 90% superior. Con una relación tan desfavorable, los campesinos no podían adquirir equipos agrícolas o materiales para construir viviendas. Por lo tanto, bajaron la comercialización de los productos agrícolas, afectando seriamente el abastecimiento de las ciudades. Existía un serio problema en la relación de los precios, tema que había sido tratado por Trotsky en el XII Congreso del Partido (el primero sin la presencia de Lenin), realizado en abril 1923. En ese Congreso Trotsky fue el informante de la situación económica. Según sus biógrafos Pierre Broué e Isaac Deutscher, habría aceptado un acuerdo con el triunvirato dirigente en el Poliburó (Stalin, Zinoviev y Kamenev) para presentar el informe económico, a cambio de no apoyar las denuncias que hacían militantes del ala de izquierda de la burocratización del régimen. En su exposición, mostró un gráfico con la evolución relativa de los precios agrícolas e industriales que tenía forma de hojas de tijeras abriéndose. De ahí que luego la crisis de finales de 1923 se conociera como la “crisis de las tijeras”.
El informe de Trotsky está resumido en las “Tesis sobre la industria”, de 1923, y sintetiza muchos de los problemas que enfrentaría la NEP. Comienza planteando que las relaciones entre la clase obrera y el campesinado descansaban, en último análisis, en las relaciones entre la industria y la agricultura. La clase obrera podría retener y afianzar su poder no a través del aparato estatal o el Ejército, sino por medio de la industria, que a su vez es la que genera a la clase obrera. Por eso, solo el desarrollo de la industria fortalecería a la dictadura del proletariado. Y si bien el tiempo que demandaría la superación de la economía campesina dependería, en última instancia, de la marcha de la revolución mundial, el Partido debía prestar mucha atención a la política hacia los campesinos, ya que la restauración de la industria estaba vinculada al desarrollo de la agricultura. Por eso, había que generar un excedente agrícola por encima de lo que consumían los campesinos, antes de que la industria pudiera avanzar de manera decisiva. Pero también era importante que la industria no se quedara detrás de la agricultura, porque de lo contrario se crearía una industria privada, que desplazaría a la estatal. De ahí que la clave era desarrollar la industria, lo que implicaba generación y acumulación de plusvalía en ese sector; lo que a su vez era la condición para el desarrollo de la agricultura.
Si bien la NEP había permitido una mejora económica general, seguía Trotsky, la situación de la industria era muy seria. Los precios de la industria liviana eran muy altos en relación a los de la agricultura, aunque muchas veces no cubrían los costos, y tampoco permitían la expansión de la producción. Además, se habían consumido existencias de materia prima cuyo reemplazo representaba un problema agudo. A su vez, la industria pesada necesitaba inversiones, así como los ferrocarriles y la red de agua. Como salida, Trotsky preveía combinar el plan y el mercado, fortalecer la Comisión de Planificación Estatal, y avanzar con cuidado en la elaboración del Plan, seleccionando administradores eficientes. La planificación debía crecer dentro de la economía mixta, hasta absorber al sector privado. Como señala Deutscher (1979), en ningún momento prevé prohibir por decreto el comercio privado, o la destrucción violenta de la agricultura privada. La propuesta incluía atraer capital extranjero para ayudar a la industrialización, y prestar especial atención a la articulación entre los precios regidos por el Estado y el mercado. “El logro de la regulación del precio, sobre la base del mercado, que mejor se corresponda con las necesidades del desarrollo industrial, el establecimiento de más correlaciones normales entre las ramas de la industria pesada y las ramas de la industria y la agricultura que la proveen de materias primas, y finalmente el fortalecimiento de la industria pesada y liviana, estas son las raíces de los problemas del Estado en la esfera de la actividad industria en el segundo período de la NEP que ahora está empezando. Estos problemas solo pueden ser resueltos por una correlación correcta entre el mercado y el plan industrial del Estado”. No menciona los problemas de la burocracia a nivel del Estado, ni el ahogo cada vez mayor de la democracia soviética. Pero ¿cómo podía lograrse esa “correlación correcta” de la que hablaba Trotsky sin la participación y control de los productores (y tal vez de los consumidores) del plan económico?
Sesgo hacia lo administrativo
La pregunta con que cerramos el apartado anterior remite, en el fondo, al carácter excesivamente administrativo de la propuesta económica de Trotsky al XII Congreso. Es como si la planificación debiera encararse a partir de un “sano sentido común” en la administración a cargo de los funcionarios del Estado. La necesidad del control de los trabajadores sobre esos administradores, y sobre las instancias en que se elabora el plan económico, no es mencionada. Por ejemplo, las Tesis subrayan la necesidad de acabar con el robo, el pillaje y la dilapidación de los recursos públicos, que se efectuaban “gracias a los cálculos arbitrarios y falsos”, y eran facilitados por la ausencia de toda contabilidad. Había llegado la “época del cálculo”, decía Trotsky. Pero el robo, pillaje, dilapidación de fondos públicos, ¿no eran acaso expresiones de la falta de control de los productores sobre lo que producían? Trotsky, sin embargo, pasa por alto esta cuestión y parece apelar a una suerte de “sentido de la responsabilidad” de los administradores y funcionarios. Al tiempo, Trotsky hacía oídos sordos frente a delegados y dirigentes que denunciaban los métodos burocráticos que asfixiaban al Partido y el Estado. Entre los denunciantes estaban Rakovsky, jefe del Gobierno ucraniano, la delegación de Georgia, Kollontai y la Oposición Obrera, y Bujarin, en su última aparición en el ala izquierda.
A la vista de lo anterior, no es de extrañar que Stalin y Zinoviev no tuvieran inconvenientes en votar favorablemente el informe. Lo cual no les impediría lanzar, a finales de ese mismo año, la campaña pública "anti-trotskismo". Broué y Deutscher han señalado que Trotsky cometió un grave error táctico al no hacerse eco de las denuncias de la burocracia durante el Congreso. Su error, afirman, estaría vinculado a su convicción de que si se revertía el curso económico, poniendo el acento en la industrialización planificada, se reforzarían las posiciones proletarias y se debilitarían las tendencias a la burocratización y los elementos pro-capitalistas. “Trotsky ha podido pensar que la batalla esencial debía ser librada en el terreno económico, donde el compromiso [con la mayoría de la dirección] le permitía presentar, en nombre de la dirección del Partido, un informe en el cual hacía triunfar sus ideas acerca de la aplicación práctica de la NEP”, escribe Broué. Si esto fue así, su error fue pensar que podía haber un informe puramente “económico”, al margen de la cuestión política, a saber, de la incidencia de la misma burocracia sobre “lo económico”. En última instancia, lo que debía discutirse era quién controlaba efectivamente los medios de producción, y el Estado. Pero este debate debía cuestionar una relación de producción burocrática –o sea, de posesión y administración efectiva- que estaba en la raíz del robo y dilapidación de fondos públicos, y también de las cuestiones que denunciaba la izquierda
Sin embargo, en el Congreso Trotsky no habla de ello; denuncia la ineficacia administrativa y el burocratismo de los directores de empresas, pero no encara la burocratización como un fenómeno de conjunto, y con eje en el poder político. La idea que recorre su informe es que si crecía la clase obrera con la industrialización, se reforzaría su peso político y retrocedería la burocracia. Recordemos una idea clave de sus Tesis: la clase obrera podría retener y afianzar su poder por medio del crecimiento de la industria que genera a la clase obrera. El problema incluso se agrava porque en su discurso (aunque no aparece en las “Tesis sobre la industria”), presentó una posición muy dura sobre los sacrificios que deberían hacer los trabajadores. Pidió que la producción industrial se concentrara en un pequeño número de grandes empresas de buen rendimiento, lo que dejaba planteada la pregunta de qué suerte correrían los trabajadores de las empresas defectuosas o improductivas que cerraran. Sostuvo también que la clase obrera habría de soportar el mayor peso de la reconstrucción industrial, y que podría haber momentos en que se pagara solo la mitad del salario, y los trabajadores deberían, en ese caso, prestar la otra mitad al Estado (véase Deutscher, 1979). Era la “acumulación socialista primitiva”, lo que dio pie a una fuerte intervención de Krassin, Comisario del Comercio Exterior, en contra de Trotsky (ídem). El problema que planteaba, además, era de dónde saldrían los fondos necesarios para la industrialización. Tema que estaba en el centro de las preocupaciones de Preobrazhenski (véase la siguiente parte de la nota).
Sin embargo, en otros escritos durante la época de la NEP, Trotsky sostiene que solo la democracia proletaria podía contrapesar las fuerzas combinadas de quienes se enriquecían especulando en los mercados, los kulaks y los burgueses conservadores. La democracia obrera era el único marco político al interior del cual la economía planificada podía alcanzar su máximo rendimiento. De ahí que su renacimiento era vital para la economía. Ella pasaba no por la administración de las empresas por los consejos obreros (experiencia que fracasaba en tanto no se elevara el nivel cultural de las masas trabajadoras) sino por el derecho de los trabajadores a discutir los planes y objetivos, y evaluar los recursos y posibilidades (véase Deutscher, 1979). En los treinta volvería varias veces sobre esta idea. Sin embargo, en otros textos de los 1929 el rol de la democracia obrera para la economía vuelve a diluirse. Por ejemplo, en 1925, cuando se había impuesto la política favorable al campesino, publica ¿Hacia el socialismo y el capitalismo?, donde advertimos el mismo problema de las Tesis de 1923, aunque ya no había de por medio compromiso alguno con la mayoría del Politburó. En ese folleto señala que “la forma social de nuestro desarrollo económico es dual, estando fundada en la colaboración y lucha entre los métodos, formas y objetivos capitalistas y socialistas”. Agrega que “si las fuerzas productivas a disposición del Estado socialista, y que aseguran todas las palancas de mando, crecen no solo rápidamente, sino más rápidamente que las fuerzas productivas individualistas y capitalísticas de las ciudades y los distritos rurales… es claro que una cierta expansión de las tendencias comerciales individualistas, que surge del corazón de la agricultura campesina, de ninguna manera nos amenaza con sorpresas económicas de algún tipo, con un cambio precipitado de cantidad en cualidad, esto es, con un giro rápido al capitalismo”.
Las relaciones entre la industria y el campo son analizadas desde esta perspectiva, en el marco del atraso de las fuerzas productivas de la URSS con respecto a los países capitalistas adelantados. En la misma línea que en 1923, plantea que el fortalecimiento de los elementos socialistas pasa por el fortalecimiento de la industria. La industria debería expandirse por encima de los límites que imponían las cosechas. Al fortalecerse, la industria podría proveer al campo no solo de productos baratos, sino también de medios de producción aptos para los métodos de trabajo colectivos. Lo cual permitiría el “progreso técnico y socialista de la agricultura”. En este planteo reaparece la idea de un “bloque socialista”, cuya columna vertebral –en el plano económico- es la industria. ¿Qué hay de la oposición entre los trabajadores y el aparato de la administración burocrática al interior de ese “bloque”?
El tema, de nuevo, es pasado por alto. Aunque paralelamente, en su actividad política Trotsky criticaba y enfrentaba la burocratización, junto a no pocos de los denunciantes de 1923.
Bibliografía:
Betttelheim, C. (1978): La lucha de clases en la URSS. Segundo período (1923-1930), México, SigloXXI.
Broué, P. (1988): Trotsky, París, Fayard.
Cohen, S. (1976): Bujarin y la revolución bolchevique. Biografía política 1888-1938, Madrid, Siglo XXI.
Deutscher, I. (1971): Los sindicatos soviéticos, México, ERA.
Deutscher, I. (1979): Trotsky, le prophète désarmé, Paris, Christian Bourgois.
Lewin, M. (1965): “The Immediate Background of Soviet Collectivization”, Soviet Studies, vol. 17, pp. 162-197.
Nove, A. (1973): Historia económica de la Unión Soviética, Madrid, Alianza Editorial.
Trotsky, L. (1923): “Theses on Industry”, https://www.marxists.org/archive/trotsky/1923/04/industry.htm.
Trotsky, L. (1976a): Towards Socialism or Capitalism?, Londres, New Park.
Viola, L. (1986): “Bab’i Bunty and Peasant Women’s Protest during Collectivization”, Russian Review, vol. 45, pp. 23-42.
Wheatcroft, S. G.; R. W. Davies y J. M. Cooper (1986): “Soviet Industrialization Reconsidered: Some Preliminary Conclusions about Economic Development between 1926 and 1941”, Economic History Review, XXXIX, pp. 264-294.