EL PAÍS DE LA MENTIRA DESCONCERTANTE
– de ANTE CILIGA
LOS GRANDES PROCESOS
Mientras en el extranjero la mentira del “socialismo ruso” seguía prosperando y el estalinismo se consolidaba en todas partes como fuerza represiva de los revolucionarios, en el país de la mentira desconcertante se hambreaba a las masas y se perseguía a cualquiera. En la cúpula estalinista del Estado burgués se producirían desde 1932 un conjunto de purgas y persecuciones sin fin. Es la época de los grandes procesos contra los propios militantes bolcheviques…, el capitalismo ruso se posicionaba ya en la carrera imperialista y preparaba contra el proletariado mundial su entrada de lleno en la guerra capitalista. Como en la época de Lenin se oscilaría entre los acuerdos con el imperialismo alemán a los casamientos comerciales con los aliados: Estados Unidos, Inglaterra, Francia, etc.
Mientras el mito del socialismo realizado sigue imponiéndose en el mundo, en Rusia el hambre es generalizada y todo el país es un gran campo de concentración. Se entra y se sale del campo mismo, pero todo el proletariado adentro o afuera estaba sometido al sistema general de los campos desarrollado por los bolcheviques.
Desde el 17 se reprimió al proletariado revolucionario (en continuidad con el zarismo), desde el 21 se había reprimido a los sectores bolcheviques de base, unos años más tarde se reprimió también a los trotskistas y desde el principio de los años 30 se reprimirá también a los viejos e importantes dirigentes amigos personales de Lenin como los propios Kamenev y Zinoviev. ¡Hasta los más privilegiados personajes del Estado Ruso y de la Internacional Comunista fueron torturados para que se declarasen culpables de cualquier invento de “traición”! Ciliga describe a esos jefes de los “viejos bolcheviques” que habían dirigido el terrorismo de Estado en la época de Lenin y como tales habían tenido todos los privilegios del poder y del lujo en su decadencia y catástrofe final. El poder estatal no había vencido únicamente a la revolución sino hasta la caricatura de revolución que habían sido los viejos bolcheviques
Imponente relato de la decadencia total de todos los símbolos de la revolución: todavía Stalin no había liquidado la Internacional Comunista (oficialmente lo haría unos años después), todavía cumplía un papel muy importante contra la revolución social, pero como dice Ciliga es todo un símbolo ver a Zinoviev caminando solo en el patio de la cárcel. El mismísimo Presidente de la Internacional Comunista estaba acabado y decrépito como todo lo que lo que alguna vez se había hecho invocando “el comunismo” y “la revolución”. La mentira desconcertante solo podía funcionar como artículo de exportación: en Rusia nadie más podía creer en nada de eso
Ricardo
Fue en el invierno de 1932, y no en 1936 ni tampoco al día siguiente de la muerte de Kírov, cuando se produjeron los primeros procesos de “terrorismo” contra comunistas
Al principio fueron juicios a puerta cerrada. Cuando en 1933 vimos llegar a Verkhne Uralsk a los primeros grupos de condenados no podíamos creer lo que escuchábamos: una conjura contra Stalin, una revolución palaciega, ¡Qué alucinación! Por lo demás, incluso hoy en día en occidente se ignora prácticamente todo sobre estos primeros procesos. Se trataba de personajes bastante secundarios de la oposición de derecha, antiguos miembros del gobierno y del Comité Central del Partido: Riutin, Uglanov, Tolmatchev, Eismonte, y otros comunistas más jóvenes. Los periódicos anunciaban que habían sido expulsados del partido por intentar crear “organizaciones contrarrevolucionarias de burgueses y kuláks” con el objetivo de “restablecer en la URSS el capitalismo y sobre todo a los kuláks.”
Sólo tras la llegada de estos condenados supimos que se les acusaba de otros cargos, que la prensa no mencionaba; se trataba de un supuesto complot para llevar a cabo una revolución palaciega y asesinar a Stalin. Estas acusaciones eran más serias. Riutin era el protagonista del proceso. Se le acusaba de haber redactado en el verano de 1932 un programa de 160 páginas en el que exigía: 1º una contracción económica (ralentización del ritmo de la industrialización, abolición de la colectivización forzosa); 2º la democracia interna en el partido; 3º la salida de Stalin. El autor de este programa se inclinaba por un bloque de la derecha y los trotskistas, pues, según decía, “la derecha tiene razón en el aspecto económico y los trotskistas en lo que se refiere al régimen interno del partido.” El programa atacaba a los jefes de la oposición de derecha–Ry?kov, Tomski, Bujarin– por haber capitulado ante Stalin. Dedicaba un capítulo entero a Stalin, al que calificaba de “genio maligno del partido y de la revolución” y le comparaba con los peores déspotas de la historia. La acusación consideraba que este documento, en particular el capítulo contra Stalin, era la “base ideológica” de una conspiración terrorista.
¿Pero cuáles eran los elementos de esa conspiración? Como Riutin, antiguo oficial, había dirigido el periódico militar Krasnaïa Zverda (“La Estrella Roja”), se le acusaba de haber organizado entre los alumnos de la “Academia Militar del Comité Central Ejecutivo” –semillero de oficiales superiores– un grupo de conjurados que debían asesinar a Stalin. Tolmatchev y Eismonte, miembros de los órganos supremos del gobierno, estaban acusados de preparar una revolución palaciega. El único crimen de uno de los condenados, que acababa de llegar a Verkhne Uralsk –Alferov, si no me equivoco, miembro de la derecha–, había sido pronunciar esta significativa frase en la intimidad:
“La única solución es deshacernos del patrón”. Había dos cosas que sorprendían en este primer proceso de terrorismo entablado contra comunistas rusos. La primera era que estas veleidades terroristas hubieran surgido en los medios dirigentes y no en la periferia del poder o en los medios de la oposición encarcelados o exiliados, donde supuestamente se hallan los más acérrimos enemigos de Stalin. Mientras estuve en prisión y en el exilio, nunca noté la menor inclinación por el terrorismo entre los miembros de la oposición.
La segunda particularidad del proceso era que los acusados pertenecían a los grupos comunistas de derecha. Es cierto que Zinoviev y Kámenev también estaban implicados en el asunto, pero sólo se les acusaba de no haber denunciado a quién debían la existencia del programa de Riutin, aunque le criticaran. Se decía que hubo grandes disensiones en el seno del Politburó cuando se discutieron las penas que se les debía aplicar. Stalin insistía en ejecutar al principal acusado, Riutin; la mayoría del Politburó se opuso, pensando sin duda que los cargos eran insuficientes y no queriendo abrir un nuevo capítulo de represión sangrienta en la historia interna del partido comunista. Toda esta historia de terrorismo me pareció tan absurda que no me preocupé en buscar en ella el menor atisbo de verdad. Los rumores que nos llegaban de Moscú tampoco atenuaban mi desconfianza. Cada rumor era más fantasioso que los anteriores: Blucher supuestamente estaba implicado en un complot contra Stalin, se había organizado una emboscada en el Mausoleo de Lenin, donde un destacado representante de la oposición militar cometería el atentado contra Stalin durante una manifestación. Pero cuando abandoné la prisión, en el verano de 1933, pronto pude convencerme de que el poder de Stalin no era tan sólido como yo creía…
Y no es el único punto en el que me equivoqué mientras estuve en prisión. Los relatos sobre los horrores del hambre, el canibalismo o la terrible mortalidad, yo pensaba que eran exageraciones de la oposición. Pero tuve que dar fe de todos ellos cuando llegaron a Verkhne Uralsk algunos grupos de oposición de Asia central, compuestos de hombres absolutamente dignos de crédito que relataban espantosos detalles relacionados con el hambre. En una prisión, los campesinos kirguises detenidos devoraban las pantorrillas de sus camaradas muertos; además los cadáveres se ocultaban durante una semana con el único objeto de hacerse con una ración extra de 200 gr. de pan. Pensaba que se trataba de casos aislados, excepcionales. Una vez me pusieron en libertad, pude convencerme de lo contrario. La extensión del hambre, las epidemias y el tifus, de la mortalidad, superaban a la imaginación de los más pesimistas de nosotros
Centenares de miles de seres humanos erraban atravesando el país, sin albergue ni comida. En las pequeñas aldeas de las provincias del norte la policía levantaba cada mañana ocho o diez cadáveres de los infelices que habían muerto de hambre o de frío en las calles. El tifus remataba el trabajo del hambre. Todo el país era presa del pánico. Un pensamiento no expresado galvanizaba a las masas: “¡esto no puede seguir así!” Conscientes de su propia impotencia, las masas clamaban a voces por un cambio “desde arriba”: si Stalin no quiere ceder ante las necesidades, ¡que “le aparten”! Todo el país exigía con su elocuente silencio una revolución palaciega. Cuando supe por primera vez de la existencia de esta corriente, subterránea pero tanto más intensa, supe que efectivamente, la idea del golpe de Estado pudo haber tomado cuerpo entre los medios dirigentes, a pesar del terror policiaco. Si fue la oposición de derecha la que estuvo implicada en este proceso fue porque ella incluía a los más resueltos partidarios de la “retirada” económica. En cualquier caso, bien podían haber razonado los comunistas de derecha de esta forma: “Stalin arruina el país y la revolución; así pues, debemos desembarazarnos de Stalin”
Pero en enero de 1933 Stalin tocó a llamada. En el último momento, adoptó el programa de sus adversarios, tras tomar la precaución de ponerles tras los barrotes. Persuadido de que Stalin sabría batirse en retirada, no sospechaba que previamente había conducido al país al borde del abismo y la desesperación. Cuando se efectuó este repliegue, el país empezó a calmarse gradualmente. El año 1933 transcurrió entre la vacilación y la espera: ¿se trataba de un verdadero cambio de política o sólo de una breve pausa destinada a preparar un nuevo esfuerzo aún más agotador? En 1934 ya se podía hablar de estabilización. Las cosas empezaron a arreglarse, por lo que podía ver desde mi rincón perdido en Siberia, el hambre se atenuaba, se hacían algunas concesiones a los campesinos. La burocracia comunista y sin partido empezaba a vivir “alegre y desahogadamente”: tal era la consigna
De pronto, el 1 de diciembre de 1934, Kírov fue abatido por Nikolaïev. “Ha sido un guardia blanco el que ha disparado”, anunciaba la radio. Un guardia blanco, por supuesto, no podía ser nadie más, pensaba yo junto a muchos otros. Pero al cabo de unos días el rumor público, pronto confirmado, nos hizo saber que el asesino era un conocido miembro del Komsomol que pertenecía a la oposición de Zinoviev; había sido agente propagandístico en el distrito de Vyborg, en el que el secretario del Comisariado del Komsomol era Kotolynov, miembro del Comité Central de las Juventudes Comunistas y uno de los jefes ideológicos de la oposición del Komsomol. Estos detalles nos demostraban a los presos políticos hasta qué punto habíamos perdido el contacto con la realidad. Mientras nuestros moderados pensaban en la reforma pacífica del poder y nuestros extremistas en una revolución popular en un futuro incierto, los representantes del poder tenían que enfrentarse a actos individuales de terrorismo que no habíamos previsto. Que el gesto de Nikolaïev tenía gran importancia política lo demostró la represión que se inició al día siguiente del proceso contra treinta mil comunistas y obreros sin partido de Leningrado. Se les expedía, a ellos y a sus familias, por convoyes enteros a lo más recóndito de Siberia.
Los obreros comentaban su destino con estas palabras: “Primero se ‘deskulakizó’ a los campesinos, y ahora nos llega el turno a nosotros.” Algunos millares fueron llevados a la provincia de Yeniséi, donde me hallaba exiliado tras salir de la prisión. Puede hablar con ellos. Me dijeron que “la vida alegre y desahogada” que Stalin proclamaba había provocado en los centros obreros una silenciosa pero profunda irritación. Los obreros interpretaban la consigna de Stalin como la consagración definitiva del triunfo de la burocracia a expensas de un proletariado burlado y oprimido.
El atentado contra Kírov parecía, pues, que adquiría el carácter de una protesta contra semejante desenlace de la revolución. Por supuesto, se trataba de la protesta de un modesto burócrata, culpable también de estos crímenes contra las masas, crímenes cometidos con la esperanza de unfuturo mejor. Pero la “vida alegre y desahogada” habíaterminado frustrando estas esperanzas.Si el acto de Nikolaïev había sido obra de un hombreaislado o tenía a toda una organización tras de sí, nopude elucidarlo. La represión contra decenas de milesde obreros no demostraba nada: quizá Stalin pensaraúnicamente en asegurarse su futuro.
Tras el asunto Kírov llegaron a la prisión de Verkhne Uralsk los principales dirigentes de la fracción de Zinoviev: el propio Zinoviev, Kámenev, Kuklin, Zaloutski, la hermana de Unchlikht, la mujer de Vouïovitch y otros. También llegaron los jefes de otros grupos –Shliápnikov y Medvedev, líderes de la antigua “Oposición Obrera”, el obrero Timofei Sapronov, un anciano, jefe delos “centralistas democráticos”, y Smilga/1 , un antiguo trotskista muy en boga–, y más gente que no recuerdo. La mitad del Kremlin de los años 1917-1927 se había mudado a Verkhne Uralsk… Los líderes zinovievistas permanecieron allí dieciocho meses, luego les llevaron a Moscú, al proceso que debía terminar con su ejecución. En el extranjero no se sabe nada de su vida en la prisión, por lo que voy a contar algunos episodios siguiendo los relatos de algunos de los camaradas que me encontré en Siberia.
El presidente de la III Internacional en el patio de nuestra prisión, eso sí que era simbólico.Un anciano abatido se pasea en mangas de camisa, con los pies descalzos sobre la arena caliente. Era Zinoviev en el verano de 1935. ¿Acaso ya sospechaba que le aguardaba una bala en la nuca? En cualquier caso estaba aterrorizado y no se atrevía a expresar la menor opinión. Kámenev parecía más a gusto. Un día, se atrevió a decir que estaba de acuerdo con Stalin en “el noventa y nueve por ciento” de su política. Pero su independencia pronto fue castigada: le encerraron en una sala común compartida con otros doce presos, mientras que Zinoviev pudo disfrutar de una celda con un solo compañero.
El traslado a Moscú de Zinoviev y Kámenev en agosto de 1936, que debía serles fatal, no fue su único viaje. Ya les llevaron a Moscú una primera vez en el verano de 1935, pero esta vez volvieron. El proceso del verano de 1935, mantenido en secreto, se ignora prácticamente en el extranjero. Se acusaba a Zinoviev y a Kámenev de preparar un atentado contra Stalin. Más de treinta acusados comparecían en el proceso. El hermano de Kámenev, el pintor Rosenfeld, era en cierto sentido el héroe del juicio. En efecto, declaró a los jueces que sólo gracias a su arresto se había logrado “alejar la catástrofe”, es decir, el asesinato de Stalin
Pero Kámenev negó todo y esta “terquedad” le valió cinco años más de prisión. Zinoviev, en cambio, “admitió la posibilidad de esta acción criminal” y asumió, como jefe de la oposición, una parte de la responsabilidad. Le recompensaron. No sólo no recibió más años de pena, sino que al volver a Verkhne Uralsk mejoraron su régimen carcelario. Este proceso del verano de 1935, aunque era rigurosamente secreto, se menciona sin más explicación en el veredicto del proceso público de agosto de 1936. En agosto de 1936 se levantó una nueva ola de terror. Primero se juzgó en dos procesos distintos a antiguos miembros de la oposición de izquierda que hacía mucho tiempo que habían capitulado ante Stalin. Algunos de ellos, sobre todo Radek, ya eran hombres profundamente desmoralizados y deshonrados. ¿Por qué juzgar a estos cadáveres políticos? Sin duda para castigar a los que aún no lo eran. Luego se arrestó a los jefes de la oposición de derecha, Bujarin y Ry?kov. Pero sus juicios no se celebraron hasta 1938. Probablemente se negaron durante bastante tiempo a interpretar la comedia que necesitaba Stalin, o estaban protegidos por fuerzas con las que el dictador tenía que contar.
Fue entonces cuando se inició el juicio a los jefes del Ejército Rojo. Tujachevski/ 2 según parecía, no era más que el predecesor, un testaferro del “hombre futuro”, de Blucher, Voroshílov, u otro/3 . La ejecución de los hombres de la oposición de izquierda, e incluso de Yagoda, el jefe de a G.P.U., se puede considerar como un arreglo de cuentas con el pasado, la eliminación de los fantasmas. Pero no ocurre lo mismo con los jefes del ejército.
Aquí se trata de una lucha entre los vivos, una competición entre los verdaderos dueños del país. ¿Qué estaba en juego en esta lucha? La versión oficial según la cual las víctimas pretendían restablecer el poder de los capitalistas y terratenientes es una afrenta monstruosa para aquellos hombres de la oposición que habían pasado años en prisión por defender ideas diametralmente opuestas; era un necio embuste para aquellos hombres que, hasta el último momento, estuvieron pavoneándose en la cima del poder. No, el dilema no era restablecer el antiguo régimen o defender el nuevo, lo que se ventilaba en la lucha, dentro del propio marco del régimen existente, era el dominio de uno de los dos grupos competidores y la expulsión del otro. En el duelo entre Stalin y los generales, la dictadura del partido se enfrentaba a la dictadura militar. Todo se reducía a saber si Stalin lograría evitar mediante una represión sangrienta un 18 Brumario soviético. Pero para poder responder a esto hay que tener presente algunos hechos fundamentales.
La revolución se ha terminado. El Plan Quinquenal se ha terminado. El volcán soviético se enfría y busca su equilibrio. Las masas están decepcionadas con una revolución de la que son excluidas. Los burgueses y los grandes propietarios han sido desplazados por los burócratas.
“Hemos sufrido y luchado en vano”, ese es el último argumento de las oposiciones de izquierda de todos los matices. Pero las masas decepcionadas son políticamente pasivas, de ahí la impotencia de la oposición de izquierda. Podemos decir que cuanto más a la izquierda se situaba un grupo, mayor era de hecho su impotencia. Esto no quiere decir que el pueblo sea completamente inerte; al contrario, en el koljoz y en la fábrica lucha cotidianamente contra el régimen, una lucha de “detalle” por la existencia, obstinada pero silenciosa. No se eleva aún al nivel de un movimiento político.
Muy distinta es la situación en el campo de los “amos”. Ellos luchan por la herencia de la revolución. Los amos son los dos grupos de la burocracia comunista y sin partido. El primero tiene a su completa disposición el partido y las organizaciones obreras, y domina la administración y el ejército. La burocracia no comunista de los intelectuales y técnicos dirige la producción y manda a los obreros en los talleres y canteras. Dispone de una organización corporativa, el I.T.R. o “Trabajadores Ingenieros y Técnicos”, muy centralizada; tiene gran importancia en el conjunto del aparato estatal y en el ejército y disfruta de todo el apoyo de una de las fuerzas más potentes y secretas de la Rusia actual: la Iglesia. Pues no hay que olvidar que una considerable cantidad de capas populares que ya no creen en la revolución tienen puestas sus esperanzas en esta Iglesia que ha sabido modernizarse
Para el pueblo, los burócratas comunistas son incluso más explotadores que los “ingenieros”. Ahora que se ha acabado con la N.E.P., con los burgueses y los kuláks, la burocracia no puede valerse de estas clases abolidas como cabezas de turco. Por eso la burocracia comunista está aislada en el país. La nueva Constitución estalinista es precisamente un intento de remediar este aislamiento. Bajo la máscara de la igualdad “general”, la Constitución debe reconciliar y acercar a las dos burocracias y concederles nuevos derechos mientras mantiene a los obreros y campesinos sujetos. La reconciliación de las élites se compensa con la alienación de la muchedumbre. Pero de momento parece que este intento no va a tener éxito. El artículo de la Constitución que prevé el monopolio del partido comunista en todos los peldaños de la vida social y política ha demostrado a los burócratas sin partido que las concesiones de Stalin no son más que una ficción. Pero la oposición de izquierda entendía estas concesiones como un abandono del comunismo; por ello Stalin creyó conveniente matar dos pájaros de un tiro aplastando a esta posición de izquierda, pues los procesos que la aniquilaban, según él, a la vez debían servir de advertencia a los descontentos sin partido.
En realidad se produjo el efecto contrario. Los procesos de Moscú llevaron el descrédito al partido comunista y estimularon el apetito de los “bolcheviques sin partido”. Estas circunstancias naturalmente colocan al ejército en primer plano de la política. El ejército está lo bastante ligado a la revolución como para apoyar a la burocracia comunista frente a toda restauración reaccionaria; está suficientemente “por encima de los partidos” como para calmar a los burócratas no comunistas; en pocas palabras, es la encarnación de la nueva unidad nacional “sin clases”. Esas serían las raíces del bonapartismo soviético. El peligro exterior aumenta la probabilidad de semejante salida.
Asesinando a los generales de la revolución, Stalin aún no ha triunfado. Los jóvenes jefes del ejército –pues no se puede abolir el generalato– quizá muestren más iniciativa que sus predecesores. Para parar los pies a una dictadura militar, Stalin debe lograr la reconciliación de las dos burocracias, y se éstas con la Iglesia. Pero para llevar a cabo esta tarea, ¿quién sabe si el propio Stalin no está demasiado comprometido por su pasado revolucionario,en resumen, si es demasiado “trotskista”?
El asesinato de los generales significa que la dictadura militar estaba madurando en Rusia. ¿Pero ya había madurado del todo?, ¿ya había alcanzado la forma concreta de conspiración? Eso es difícil saberlo. Lo más prudente sería decir que el juicio a los generales, al igual que todos los procesos soviéticos entre 1929 y 1937, tenía un carácter preventivo. Había que prevenir lo que podía llegar a suceder. Los inculpados son culpables de futuros crímenes, crímenes potenciales. Por supuesto, las acusaciones se arreglan según las conveniencias del momento, dependiendo de lo que Stalin piense que es útil atribuir a sus adversarios. Esto es, me parece a mí, lo verdadero y lo falso de los famosos procesos de Moscú y del nuevo terrorismo soviético.
A. Ciliga
1/ Ivar Smilga (1892-1938) trotskista renegado que tras ocupar varios cargos importantes en los organismos económicos estatales fue detenido en 1935 y posteriormente ejecutado
2/ Mijaíl Tujachevski (1893-1937), militar durante la Primera Guerra Mundial, se une a los bolcheviques tras la revolución. Fue uno de los cinco mariscales nombrados por Stalin en 1935. Fue arrestado en 1937 y condenado a muerte
3/ [A Blucher en realidad se le liquidó más tarde, mientras que Voroshílov logró conservar su posición.]