Rolando Astarita [Blog]
El triunfo Donald Trump ha provocado un fuerte impacto en el mundo, y en particular en amplios sectores de la izquierda.
Trump es un racista, machista y anti-inmigrantes, que ha recibido el apoyo de los grupos fascistas y los defensores de la supremacía blanca; y de los elementos más reaccionarios del exilio cubano. También tuvo el apoyo de amplias capas de la clase media –pequeños y medianos empresarios, comerciantes, granjeros-, muchos de ellos partidarios del Tea Party Movement; y de tradicionales votantes del Partido Republicano.
Los enemigos declarados de toda esta gente son “la clase política” en general, Washington y su burocracia, Wall Street y las grandes corporaciones, los altos impuestos (en primer lugar los costos del programa de salud de Obama) y el endeudamiento público. Trump supo darles cauce, al presentarse como un outsider (millonario, faltaba más).
Sin embargo, y desde una postura de defensa de las ideas socialistas, uno de los temas más importantes es el voto a Trump de trabajadores, o desocupados, blancos, y vinculados a la industria manufacturera.
Como se ha señalado en muchos estudios y encuestas, tal vez la razón fundamental que explica el voto a Trump de estas franjas de la población trabajadora es el descontento con la situación económica, la pérdida de empleos y la baja de largo plazo de los salarios. Indudablemente, el sector industrial ha sido profundamente afectado. Desde el pico alcanzado en 1979, y hasta 2015, en EEUU se perdieron 7,2 millones de empleos, una caída del 37%. Pero la pérdida más rápida se dio en la última década y media: desde enero de 2000 a diciembre de 2014 se eliminaron 5 millones de puestos de trabajo en la manufactura. Si entre 1980 y 1999 la pérdida fue a un promedio del 0,5% anual, entre 2000 y 2011 fue del 3,1%
(véase R. D. Atkinson, L. A. Stewart, S. M. Andes y S. J. Ezell, “Worse Than the Great Depression: What Experts Are Missing About American Manufacturing Decline” ITIF, 2012, http://www2.itif.org/2012-american-manufacturing-decline.pdf).
Además, el cierre de manufacturas fue acompañado por una larga caída de los salarios de una amplia franja de trabajadores: según estadísticas oficiales, los salarios (calculados en dólares de 2013) de las personas que completaron 4 años de colegio secundario, desde 1973 a 2013, cayeron 27,8%. La compensación horaria salarial promedio solo aumentó un 15% desde mediados de los 1970 hasta 2013, en tanto la productividad aumentó en ese lapso un 133%. Otro dato clave: los trabajadores part-time, pero desean un trabajo a tiempo completo, son 6 millones, el nivel más alto de los últimos 30 años. Aproximadamente el 25% de ellos vive en la pobreza. Los índices de desocupación pueden ser bajos, pero millones están en la subocupación. Como contrapartida, el 1% más rico de la población recibía, en 2014, el 21,2% del ingreso total (en 1973 estos recibían el 8,9% del ingreso total). ¿No hay razones para que los trabajadores rechacen el sistema, sus ideólogos y políticos?
Sin embargo, los ideólogos del capital sostienen que la pérdida de empleos industriales es un proceso “natural”, de transición hacia una economía “de los servicios y el conocimiento”. También se dice que se debe solo al avance tecnológico. Pero si bien hay algo de esto, no se trata solo de avance tecnológico.
Lo esencial es que desde la Gran Recesión de 2007-2009 la economía tuvo un crecimiento extremadamente débil, y el producto industrial ha disminuido. En ese marco, las importaciones de China o México, u otros países –con costos laborales más bajos-, y la sobrecapacidad de las industrias de China, han puesto una fuerte presión a sectores de la industria yanqui; o han acelerado la salida de capitales. Por eso, la promesa de Trump de poner tarifas del 45% a las mercancías chinas fue vista como una solución por muchos trabajadores. También su promesa de rechazar el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá (lo que representaría, automáticamente, una suba del 25% de las tarifas).
Lo anterior explicaría también por qué las acusaciones a Trump no hicieron mella en estos trabajadores. Por otra parte, las ciudades y regiones devastadas por el cierre de empresas pueden explicar muchos votos “inexplicables” (hubo voto femenino a Trump, a pesar de su sexismo; o voto de inmigrantes, a pesar de su xenofobia).
La agenda de proteccionismo y xenofobia de Trump se inscribe, además, en el ascenso de las propuestas derechistas, xenófobas y nacionalistas, que también vemos en Europa, y a las que hicimos referencia en otras notas referidas al Brexit
Se inscribe también en una desaceleración que ha tenido el crecimiento del comercio mundial en los últimos 4 años (aunque, en nuestra opinión, este hecho está lejos de revertir la tendencia a la mundialización del capital). Estos aumentos de las tensiones tienen su causa última en el semi-estancamiento económico de grandes zonas –la zona del euro, Japón- y la agudización de la competencia entre grandes corporaciones.
De todas formas, lo que nos interesa remarcar ahora es que el programa del proteccionismo y el nacionalismo, no constituye una salida progresista para la clase trabajadora. El nacionalismo de gran potencia –en este caso, de la mayor potencia del mundo- es absoluta y totalmente reaccionario. En el caso de EEUU ni siquiera existe la excusa –típica del marxismo nacionalista latinoamericano- de decir “luchamos por la liberación nacional”. Por eso también hay que decir que el proteccionismo “socialista” de Bernie Sanders tampoco tiene un átomo de progresismo. Recordemos que Sanders también propuso rechazar el Tratado de Libre Comercio con Canadá y México. Es un discurso que allana el camino a los Trump y basuras por el estilo.
En definitiva, el más que justificado odio de los explotados y marginados a Washington, Wall Street y las corporaciones –y por lo tanto, a Hillary Clinton- no es argumento para considerar que el nacionalismo económico, sea en versión Trump, o versión Sanders, constituya una solución para los trabajadores de EEUU, o del resto del mundo (porque lo que sucede en EEUU repercute en todos lados).
Aunque los socialistas se queden en total minoría frente a la corriente dominante, hay que decir las cosas como son. Además, en tanto la clase obrera confíe en el nacionalismo, no habrá posibilidad de construir una agenda socialista. Y esta deberá adoptar, necesariamente, un enfoque internacionalista.
¿Por qué ganó Trump?
El "inesperado" triunfo (para encuestadores y analistas) triunfo del candidato republicano Donald Trump expresa un profundo descontento social que se tradujo en millones de votos "castigo" contra el "establishment" de la principal potencia imperialista del mundo, contra Hillary Clinton y el fracaso de la mentira del "si se puede" de Obama.
Aunque prácticamente empataron -con leve ventaja para Clinton (59.600.000 votos) contra Trump (59.390.000)- el sistema es indirecto y eligen los electores (el que gana en cada estado se lleva todos los electores de ese estado). Trump obtuvo más electores y por eso ganó.
El nuevo presidente, un magnate dueño de casinos e inmobiliarias, recibió de los multimillonarios que financian las campañas mucha menos plata que Clinton (sumaron más de 1.500 millones de dólares en total).
Trump habló demagógicamente contra la "globalización", por traer de vuelta las fábricas (que las multinacionales se llevaron a China y otros países) y contra el libre comercio. Pegando en cosas sentidas por millones de trabajadores desempleados.
Crisis en el imperio
"Lo que muestra la campaña electoral es un cuerpo social desgarrado como consecuencia de una política que ha concentrado el poder y la renta en el 1% de la población [...] Ahora el consumo de heroína afecta al cinturón industrial del país, donde han cerrado cientos de fábricas y barrios enteros que han quedado abandonados.
Según datos oficiales, los ingresos descendieron el 17% entre los más pobres y el 10% en las clases medias" (nota Raúl Zibechi en Sputniknews.com). Pero las ganancias del 1% más rico se incrementaron un 156% (Harvard Gazete, 1/2/2016). La mortalidad entre los más pobres es similar a la de Sudán o Pakistán.
El llamado históricamente "sueño americano" (es decir, la oportunidad de progreso social), se ha vuelto una pesadilla para millones de personas que perdieron su casa por hipotecas y en muchos casos sus jubilaciones, y para millones de jóvenes que sólo consiguen trabajos precarios y deben vivir con sus padres porque no pueden acceder a ninguna vivienda. Mientras Obama rescató a los bancos y automotrices, no rescató a los millones que perdieron su empleo, casa, salud y/o la jubilación.
Crisis política y social
En gran medida la votación por Trump y el aumento de la abstención (en 8 años los demócratas perdieron 10 millones de votos, respecto a lo obtenido por Obama en el 2008), fue un voto castigo contra el desastre que causó la crisis del sistema capitalista-imperialista abierta en el 2007. Y un voto castigo a la política económica encabezada por Obama en los últimos años en EE.UU. y en el mundo, provocando que la crisis la paguen los trabajadores y los de abajo. Así se demostró la falsedad del supuesto "cambio" que había prometido el "demócrata" Obama y que muchos desde la izquierda reformista alentaron que sería un presidente "progresista". Esto fue lo que los votantes repudiaron, equivocadamente votando a Trump o con abstención.
Hace tres meses el Washington Post indicaba que el 57% de los ciudadanos yanquis no quería a ninguno de ambos candidatos. Otra encuesta, de Gallup, realizada en junio, indicaba que un 47% de votantes "podría votar por un socialista" (esto se elevaba a un 69% entre los jóvenes).
Es decir, lo que hay es una gigantesca crisis política y social en los EE.UU., o sea, en la cabeza del sistema imperialista mundial. En su seno se expresa una masa popular que ha empezado a odiar a los supermillonarios que llevaron a este desastre y a descreer de los políticos que los gobiernan (los Bush, Obama o los Clinton). Esto se expresó, hacia la izquierda, en la interna demócrata con la candidatura de Sanders, que aunque perdió frente al tramposo aparato demócrata que hizo ganar a Clinton, sacó 13 millones de votos.
Y se manifiesta, en forma distorsionada, con el equivocado voto de sectores populares y trabajadores por Trump, ante la falta de una alternativa de izquierda, un millonario racista que también es parte de lo mismo. Un fenómeno de descreimiento político mundial emparentado con el Brexit (la votación en Gran Bretaña por la salida de la Unión Europea) o el NO al acuerdo con las FARC en Colombia. O sea, se sumaron votos de trabajadores blancos y populares a la base electoral tradicional de derecha y ultraderecha del país.
Lo que viene
El discurso de Trump, luego del triunfo, fue sorpresivamente moderado para su estilo. Después de felicitar a su rival, Hillary Clinton, llamó a la "unidad de todos los americanos". Es decir, ya dejó de hablar contra los ricos de Wall Street, y más bien quiere entenderse con ellos.
Por eso su falsa promesa de que "volverá al sueño americano", a restablecer los puestos de trabajo perdidos o los salarios caídos, no se cumplirá. El verdadero rostro de Trump quedará aclarado rápidamente para sus votantes. Trump es el nuevo jefe del imperialismo yanqui. Va a gobernar para Wall Street y las multinacionales.
El triunfo de Trump impactó en el mundo y se hacen todo tipo de pronósticos apocalípticos. Desde ya nada bueno se podrá esperar de este derechista, misógino y racista. Veremos hasta dónde va a poder aplicar su política en EE.UU. y en el mundo. Lo seguro es que la crisis aguda de la economía capitalista-imperialista va a continuar y que, por lo tanto, en los EE.UU. seguirá la crisis social y política. Por eso la perspectiva más probable es que, en los próximos años, se profundice la crisis y la lucha social por el salario, el trabajo, la salud, educación y los derechos de los afroamericanos e hispanos.
Miguel Lamas
Unidad Internacional de los Trabajadores – Cuarta Internacional (UIT-CI)