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Adiós a un crítico del capitalismo

DÓNDE HALLAR NUESTRO HOGAR

John Berger *

La Jornada 3/01/17

Alguien pregunta: ¿todavía eres marxista? Nunca ha sido tan extensa como hoy la devastación ocasionada por la búsqueda de la ganancia, según la define el capitalismo. Casi todo mundo lo sabe. Cómo entonces es posible no hacerle caso a Marx, quien profetizó y analizó tal devastación. La respuesta sería que la gente, mucha gente, ha perdido sus coordenadas políticas. Sin mapa alguno, no saben adónde se dirigen.

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Todos los días, la gente sigue señales que apuntan a algún sitio que no es su hogar, sino a un destino elegido. Señales carreteras, señales de embarque en algún aeropuerto, avisos en las terminales. Algunos hacen sus viajes por placer, otros por negocios, muchos motivados por la pérdida o la desesperación. Al llegar, terminan por darse cuenta de que no están en el sitio indicado por las señales que siguieron. Donde se encuentran tiene la latitud, la longitud, el tiempo local y la moneda correctos, y no obstante, no tiene la gravedad específica del destino que escogieron.

Se hallan junto al lugar al que escogieron llegar. La distancia que los separa de éste es incalculable. Puede ser únicamente la anchura de un vía pública, puede estar a un mundo de distancia. El sitio ha perdido lo que lo convertía en un destino. Ha perdido su territorio de experiencia.

Algunas veces algunos cuántos de estos viajeros emprenden un viaje privado y hallan el lugar que anhelaban alcanzar, que a veces es más rudo de lo que imaginaban, aunque lo descubren con alivio sin límites. Muchos nunca lo logran. Aceptan los signos que siguieron y es como si no viajaran, como si se quedaran siempre donde ya estaban.

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Voy bajando las escaleras de una estación del Metro para tomar la línea B. Está repleto aquí. ¿Dónde estás tú? ¿De veras? ¿Y cómo está el clima? Ya me tengo que subir al tren, luego te hablo...

De las miles de millones de conversaciones por telefonía móvil que ocurren cada hora en las ciudades y suburbios del mundo, la mayoría, sean privadas o de negocios, comienzan con una declaración del paradero o ubicación aproximada de quien llama. La gente necesita de inmediato identificar con precisión dónde se encuentra. Es como si estuvieran perseguidos por la duda de que tal vez no estén en ninguna parte. Circundados por tantas abstracciones, tienen que inventar y compartir su localización transitoria.

Hace más de 30 años Guy Debord escribió proféticamente: La acumulación de bienes de consumo producidos masivamente para el espacio abstracto del mercado, así como aplastó todas las barreras regionales y legales, y todas las restricciones corporativas de la Edad Media que mantenían la calidad de la producción artesanal, también destruyó la autonomía y la cualidad de los lugares.

El término clave del caos global actual es la dislocación, o la relocalización. Esto no se refiere únicamente a la práctica de mover la producción adonde quiera que la mano de obra sea más barata, y las regulaciones, mínimas.

Contiene también el sueño demente de salirse de margen, propio del nuevo poder en funciones: el sueño de minar el estatus y confianza de todos los lugares fijos previos, de tal manera que el mundo entero sea un solo mercado fluido.

El consumidor es esencialmente alguien que se siente perdido (o a quien se le hace sentir perdido) a menos que consuma. Las marcas y logotipos de las mercancías son el sitio que nombra esa ninguna parte.

Otros signos que anuncian la Libertad y la Democracia, términos robados de periodos históricos previos, se usan también para confundir. En el pasado, fue una táctica común de quienes defendían su tierra natal contra los invasores cambiar las señales camineras para que una que indicaba Zaragoza apuntara en la dirección opuesta hacia Burgos. Hoy no son quienes se defienden, sino los invasores extranjeros los que invierten los signos para confundir a las poblaciones locales, para confundirlas acerca de quién gobierna a quién, acerca de la naturaleza de la felicidad, del alcance del quebranto o de donde ha de hallarse la eternidad. El propósito de estas direcciones falseadas es persuadir a la gente de que ser un cliente es la salvación última.

Sin embargo, a los clientes los define el sitio de su salida y su pago, no dónde viven y mueren.

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A un kilómetro de donde escribo hay un campo donde pastan cuatro burros, dos hembras y dos burritos. Son de una especie particularmente pequeña. Cuando las madres aguzan sus orejas ribeteadas de negro, me llegan a la altura del mentón. Los burritos, de unas cuantas semanas de edad, son del tamaño de unos perros terrier grandes, con la diferencia de que sus cabezas son casi tan grandes como sus costados.

Me brinco la barda y me siento en el campo apoyando la espalda en el tronco de un manzano. Ya tienen sus rutas propias por todo el campo y pasan por debajo de ramas tan bajas que yo tendría que ir a gatas. Me observan. Hay dos áreas donde no hay pasto alguno, sólo tierra rojiza, y es en uno de estos anillos adonde vienen varias veces al día a rodarse sobre su lomo. Primero las madres, luego los burritos. Éstos tienen ya una franja negra en el lomo.

Ahora se aproximan. El olor de los burros y el salvado, no el de los caballos, que es más discreto. Las madres rozan mi cabeza con sus quijadas. Son blancos sus hocicos. Alrededor de sus ojos hay moscas, mucho más agitadas que sus propias miradas interrogantes.

Cuando se quedan a la sombra, en el lindero del bosque, las moscas se marchan y pueden quedarse casi inmóviles por media hora. En la sombra del medio día, el tiempo se alenta. Cuando uno de los burritos mama (la leche de burra es la más semejante a la humana), las orejas de la madre se echan atrás y apuntan a la cola.

Rodeado por los cuatro burros en la luz del día, mi atención se fija en sus patas, dieciséis de ellas. Son esbeltas, contundentes, contienen concentración, seguridad. (Las patas de los caballos parecen histéricas en comparación.). Estas son patas para cruzar montañas que ningún caballo se atrevería, patas para soportar cargas inimaginables si se consideran tan sólo las rodillas, las espinillas, las cernejas, los jarretes, las canillas, los cuartos, las pezuñas. Patas de burro.

Deambulan, con la cabeza baja, pastando, mientras sus orejas no se pierden de nada; los observo, con sus ojos cubiertos de piel. En nuestros intercambios, tal como ocurren, en la compañía de mediodía que nos ofrecemos ellos y yo, hay un sustrato de algo que sólo puedo describir como gratitud. Cuatro burros en un campo, mes de junio, año 2005.

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Sí, entre otras muchas cosas sigo siendo marxista.

*Enviado por el autor, traducción: Ramón Vera Herrera para el número 98 (junio de 2005) del suplemento Ojarasca

 

El adiós a John Berger, el escritor, pintor y crítico de arte británico que marcó época con la emblemática serie "Modos de ver"

Redacción BBC Mundo 3/01/17

Quizás por lo que John Berger será más recordado es por su obra "Ways of Seeing" ("Modos de Ver"), una crítica de la estética cultural occidental, publicada en 1972, que marcó a toda una generación de críticos de arte.

Pero Berger, que murió este lunes en su casa en París a los 90 años, fue un "polifacético" del arte.

Fue pintor, crítico de arte, autor de novelas, guiones, poesía y otros influyentes escritos.

Tal como afirma Tom Overton, su editor, quien ahora está escribiendo su biografía, Berger "nos hizo saber que el arte podía enriquecer nuestras vidas".

John Berger, que nació en Londres en 1926, comenzó su carrera como pintor.

Poco después de que sus obras fueron exhibidas por primera vez en los 1940, comenzó a escribir.

Su trabajo abarca desde ensayos sobre fotografía, hasta la explotación de trabajadores inmigrantes y la lucha para el establecimiento de un Estado palestino.

Pero se hizo conocido con "Modos de Ver", una introducción a la crítica de arte que se ha convertido en texto de referencia y que estuvo acompañada por una serie de televisión de la BBC.

La serie, que ganó el premio Bafta, de la Academia Británica de Cine y Televisión, está considerada como uno de los programas de arte más influyentes que se han producido.

Entre sus otras obras conocidas está su novela "G" (1972), que le ganó el Premio Booker.

Y Berger donó la mitad del dinero que obtuvo con ese premio al grupo Panteras Negras, el movimiento radical afroestadounidense.

Overton, que editó "Portraits: John Berger on Artists and Landscapes (2015), señala: "John Berger dijo que sus grandes temas eran la experiencia del exilio y la desastrosa relación entre el arte y la propiedad"

"Así que parece que hoy lo necesitamos más que nunca en este momento".

"Pero también dijo que algunos libros se hacen más jóvenes con el tiempo, y creo que muchos de los suyos así se harán".

Y agrega: "Nos mostró cómo ver el arte, no como una carrera de relevos entre genios individuales sino como una especie de compañía".

"Icónico y sumamente influyente"

Para Will Gompertz, editor de arte de la BBC, el programa "Modos de Ver" cambió la forma como muchos de nosotros vemos.

"Desafió la convención, los cánones, y a nosotros" explica Gompertz.

"Tenía la vista de un artista, el intelecto de un académico y el carisma de un actor", dice de Berger.

"Pero sobre todas las cosas era un escritor y un narrador de historias. Enriqueció nuestras vidas con sus novelas, poesía y crítica", afirma.

"Nos mostró cómo ver, no como individuos, sino juntos".

Según Gompertz, Berger argumentó que la llegada de los medios de comunicación masiva alteró fundamentalmente nuestra percepción del arte.

"El programa se volvió icónico y sumamente influyente, pero hace un par de meses Berger me dijo que hoy en día éste no podía hacerse".