La muerte de mi hijo me ha provocado una serie de reflexiones. Escrita esta línea, compruebo que por primera vez me refiero a él como lo que fue, un fruto de mis amores juveniles, sangre de mi sangre, como dicen los clásicos, en vez de nombrarlo por su nombre de pila, que ni siquiera fue el primero, ya que su nombre era Héctor Daniel. Héctor como yo, que estuve orgulloso de ser su padre.
Con el paso del tiempo, diversas circunstancias, entre las que se cuenta el abandono que ambos sufrimos nos convirtieron en dos seres que lucharon por algo tan elemental como ganarse un lugar en este mundo.
Por aquellos años yo era uno de los cientos de quijotes que creímos que debíamos cambiar el mundo para que nuestros hijos no sufrieran las injusticias de la sociedad en que habíamos nacido. Ignoro qué sienten o sintieron quienes ayer me acompañaron en esa empresa inútil, pero hoy sé que lo abandoné, privándolo de su pequeña felicidad de crecer junto a un padre al que quería. El abandono era loable, me dije entonces, porque mi lucha, nuestra lucha, era por la felicidad de todos los hijos. La suya incluida.
Nunca me lo perdonó. Yo quise compensarlo de varias maneras, ayudándolo en sus momentos de necesidad, que aunque fueron muchos nunca pudieron compensar el dolor inicial.
Como toda mi familia sufrió el escarnio de llevar mi apellido. Cuando en 2013 inicié el intento de reivindicarlo denunciando la mentira histórica con que una generación de uruguayos ha crecido, no me apoyó y desde entonces no tuve noticias de él.
Una llamada el miércoles 29 me anunció su muerte. A punto como estoy que nuestro nombre no sea usado más como insulto, soy consciente de que ese esfuerzo, que ha servido para que esa misma generación de uruguayos que crecieron en la mentira comience a ser conscientes de ello, me doy cuenta que no me compensa del dolor de nuestra separación.
Vos y yo sabemos que ya es tarde y que todo lo que nos han contado sobre el más allá es mentira, así que sólo puedo decirte adiós, hijo.