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POR QUÉ EL FRANQUISMO GANÓ LA GUERRA CIVIL? [2]

A LOS 40 AÑOS DE LA MUERTE DE FRANCO, 1975-2015

REVOLUCIÓN, FASCISMO Y GUERRA CIVIL

FÉLIX RODRIGO MORA

En tal escenario, como suele suceder, se origina una ruptura en el seno de las elites del poder españolas. Mientras un sector de éstas juzga que el Frente Popular todavía está en condiciones de contener, reprimir y reconducir el auge cuasi revolucionario en curso, otro concluye que eso ya es imposible y que hay que realizar una intervención militar preventiva que ponga fin con gran derramamiento de sangre al avance de las acciones populares, antes de que la situación llegue a ser plenamente revolucionaria.  

Esta partición en el seno del aparato de poder español está también estimulada por la situación en Europa. Los jefes frentepopulistas son cortejados por las potencias imperialistas aliadas, Francia e Inglaterra, a las que luego se suma la Unión Soviética (fascista de izquierda), mientras que los militares sediciosos los son por las potencias fascistas de derechas, Italia, Alemania y Portugal. La división política de Europa se manifiesta como división en España, en el seno de sus clases pudientes y mandantes.

¿Por qué sucede todo ello?, ¿cuál es la causa del fracaso de la II república y el Frente Popular, arrolladas por la formidable combatividad de la gente común?, Hay que explicarlo, en última instancia, por el carácter “anómalo”, o “enigmático” (términos empleados por el historiador Claudio Sánchez-Albornoz) de la formación social peninsular desde hace siglos, si se la compara con otras del occidente europeo, lo que tiene su raíz en la gran revolución altomedieval hispánica. Lo constatable fácticamente es que para esas fechas, aquí hay mucha más presencia popular en todos los acontecimientos decisivos, bastante más economía comunal y expresiones asamblearias, más repudio del dinero, más desconfianza en palabras y en actos hacia el Estado, una robusta mentalidad ética y axiológica en las clases modestas, mayor condena del capitalista como tipo humano, al que se le equipara con un salteador de caminos o filibustero y, en consecuencia, más ímpetu transformador y más pasión revolucionaria espontánea.

La resistencia a la modernidad, desde la ofrecida a la Constitución de 1812 en adelante, e incluso antes a la Ilustración, fue enorme, enconada y muy duradera: el siglo XIX es una guerra civil casi permanente. El proyecto modernizador a ultranza ejecutado por el Directorio Militar presidido por el general Primo de Rivera (1923-1930), que llevó a un desarrollo acelerado del capitalismo, en particular de la industria y la agricultura industrial, fue vivido por las gentes como una agresión múltiple, un suceso intolerable en lo político, moral, convivencial, cultural y emocional. Y fue resistido con una fuerza enorme.

La sublevación militar que encabeza el general Franco no sólo pretendía sofocar la insurgencia popular, que tendía a hacerse abiertamente revolucionaria desde 1934, sino “pacificar” de una vez por todas a unas clases subalternas que repudiaban la modernidad en bloque, desdeñaban al capitalismo, odiaban al ente estatal, desconfiaban de la riqueza material dinerizada, se ciscaban en la partitocracia y el parlamentarismo, abominaban del egotismo burgués y no respetaban las jerarquías sociales “naturales” (recordemos el penetrante análisis de Ortega en “España invertebrada” y en otros escritos sobre esta cuestión). La meta última del franquismo fue efectuar una suma compleja de operaciones de ingeniería social con el terror policial-militar como sustrato, lo que luego perpetraría desde el poder, en los cuarenta años que lo poseyó.

Sin quebrar aquella resistencia popular, históricamente constituida, que era tan cultural y moral como política, económica y social, no se podía convertir a España en una potencia europea, desarrollada, industrializada, dotada de un pujante capital financiero y con un ejército poderoso, que fuera “algo” en Europa. Por eso, advenida la épica primavera del pueblo/pueblos en 1936, la guerra civil era tan inevitable como la revolución que maduraba, pues ésta llevaba a aquélla

 Producido el alzamiento militar fascista en julio de 1936 es el pueblo/pueblos, espontáneamente combatiente, en primer lugar, y secundariamente los partidos y sindicatos de la izquierda, quienes se oponen y le hacen fracasar en la mayoría de los territorios. No es admisible que los plumíferos de aquellas organizaciones hayan escrito la historia de estos acontecimientos conforme a sus intereses particulares, atribuyéndose todos los méritos y negando lo que fue la esencia de tales hechos, la acción y lucha de la gente común, que a menudo no estaba afiliada a nada y no poseía ideología política definida.

Iniciada la conflagración, los dos bandos reaccionarios, el franquista y el republicano, ponen manos a la obra en la tarea de ahogar la revolución popular, cada cual a su manera, Franco y Falange con procedimientos terribles, la república con una mezcla no menos mortífera de demagogia, violencia y engaños. El momento culminante de la anti-revolución republicana, verbalmente antifascista, es noviembre de 1936, cuando el gobierno de Largo Caballero (PSOE) integra en su seno a todas las fuerzas izquierdistas contrarias a la revolución, CNT y FAI también.

Por todas partes dichos partidos y sindicatos crean Comités, u organismos de poder partitocrático y sindical, antidemocráticos y hostiles a la revolución popular, constituidos según el principio del parlamentarismo, generalmente conforme al criterio de los tres tercios, uno para los republicanos, otro para los partidos marxistas, otro para las organizaciones libertarias. De ese modo la casta política y sindical se apoderó de todo el poder. Para el pueblo/pueblos no quedaba apenas nada de capacidad decisoria ni de libertad/libertades. Tales órganos de gobierno fueron formas de dictadura sobre las clases trabajadoras de la nueva burguesía y el nuevo ente estatal, en lo básico una recreación de los viejos aparatos de dominación existentes antes del inicio de la guerra. En Cataluña el centro de la restauración burguesa y capitalista fue la Generalitat y su partido guía, ERC.

Las asambleas populares eran relegadas, y en las escasas ocasiones en que se efectuaban solían estar sometidas a la amenazante tutela de las nuevas fuerzas de policía, constituidas por las agrupaciones republicanas e izquierdistas armadas. Los sindicatos (sus mandamases) se apoderaron de las empresas y las tierras, a menudo en contra de la voluntad de quienes allí trabajaban, erigiéndose en nueva burguesía dependiente del renovado aparato estatal republicano, sobre todo de sus organismos económicos y financieros, que marcaban la línea de actuación a la nueva burguesía antifranquista.

Una porción notable de esa neo-burguesía está constituida, como se ha dicho, por los antiguos jefes sindicalistas y jerarcas políticos de la izquierda, que ahora exige el máximo de esfuerzo productivo a sus empleados a la vez que les imponen jornales reducidos, a menudo de hambre. El trabajo asalariado queda intocado, es más, magnificado y lisonjeado, en las nuevas condiciones. El nuevo capitalismo se ocultó/5  bajo nombres pomposos, “sindicalización”, “socialización”, “control obrero”, “colectivización”, etc. que, en la gran mayoría de los casos eran etiquetas engañosas. Apenas hubo autogestión pues las decisiones sobre el qué, por qué, para qué y cómo de la actividad productiva las tomaban minorías, no los trabajadores asambleariamente organizados. Tales minorías eran los nuevos empresarios, los nuevos capitalistas, y estaban formadas por los jefes y cuadros de los partidos y sindicatos de la izquierda, con la asistencia de una buena parte de los técnicos de las empresas y, sobre todo, de lo que se mantuvo en pie del aparato estatal republicano español, incluida la Generalitat en Cataluña.

La respuesta proletaria y popular es de profunda frustración y general desmovilización primero (bien visible ya a finales de 1936, lo que señala Orwell para Barcelona), y de resistencia después, con trabajo lento, sabotaje, asambleas combativas, paros, manifestaciones, huelgas… En estas luchas anticapitalistas las mujeres desempeñan una gran función, al estar excluidas, por causa de la enfermiza misoginia de la izquierda, de ir al frente, constituyendo por ello un alto porcentaje de la mano de obra asalariada sobre-explotada.

Si Franco torturaba y asesinaba a las personas por “rojas” las fuerzas republicanas las liquidaban por “fascistas”, lo que solía hacerse sin garantías para el individuo, sin derecho a un juicio justo. En los centros de detención republicanos se aplicaba una “justicia antifascista” arbitraria y caprichosa, oscura y cruel, con numerosos episodios de tortura y algunos de violaciones de mujeres, así como con un notable grado de bandidaje y saqueo. Las matanzas masivas ejecutadas por el bando republicano (por ejemplo, en el otoño de 1936 en Madrid) en todo, número, arbitrariedad, sinrazón, desdén por las prerrogativas naturales del individuo y crueldad, se equiparan a las perpetradas por el franquismo. El caso más conocido, el rapto, tortura y asesinato de Andreu Nin, no fue un hecho aislado sino un procedimiento usado por el nuevo poder de la partitocracia republicana e izquierdista en un gran número de ocasiones, con miles de episodios similares.

El pueblo, las gentes del común, no participaba en las tareas del gobierno de la sociedad en la zona republicana, habiendo quedado reducido a la condición de excluidos e ilotas, de sometidos y dominados. Los partidos y sindicatos se habían apropiado también de las funciones de impartir justicia, que en un régimen realmente revolucionario las ha de realizar el pueblo asambleariamente organizado, con equidad y responsablemente, con firmeza pero con humanidad, sancionando a los culpables según sus actos pero protegiendo a los inocentes. Era una guerra y había que acudir a medidas ejemplares y severas, nadie lo pone en duda, pero de otro modo a como se hizo

Una revolución sólo es tal si el pueblo, en sí, por sí, desde sí y para sí, sin representantes ni delegados ni caudillos, lo hace todo, cumpliendo él mismo todas las funciones necesarias para el funcionamiento de la sociedad. La meta principal de una revolución digna de tal nombre no es elevar el nivel de consumo y bienestar material de  las clases populares sino hacer posible su participación en todas las actividades de la vida social como actores únicos, totales, activos, libres, responsables y soberanos. Si unas elites, sean de derechas o de izquierda, fascistas o antifascistas, se apropian de la capacidad de decidir y ordenar estamos ante una sociedad clasista, ante un régimen de dictadura política, ante el capitalismo en una nueva forma.

LAS CAUSAS DE LA VICTORIA DEL FRANQUISMO

En la zona antifranquista, como se ha expuesto, durante la guerra civil los partidos y sindicatos lo dominaban todo y el pueblo no participaba en la vida política y social, una vez que fue devuelto a una situación similar a la existente antes del inicio de la guerra, proceso que culminó en octubre-noviembre de 1936. Desde esa fecha la conflagración civil se hizo un enfrentamiento entre dos formas de ente estatal y dos variantes de sistema capitalista. En tales condiciones la gente común se desentendió de los asuntos políticos, lo que es decisivo para explicar la victoria de Franco

Hay que enfatizar esta cuestión, que el fascismo español únicamente podía ser derrotado en 1936 si se movilizaba contra él, de manera libre, activa y consciente, toda o la mayor parte de las clases populares y trabajadoras. Para ello tenían que darse tres condiciones políticas: 1) repudio de la república estatal-burguesa del 14 de abril, 2) exclusión de la partitocracia política y sindical de la izquierda y el republicanismo, 3) ejercicio directo e inmediato del poder de decidir y ordenar por las clases populares a través de una vasta red de asambleas soberanas, que extrajeran su capacidad ejecutiva del armamento general del pueblo, mujeres y varones. Dicho de otro modo, la lucha contra el franquismo, para ser exitosa, tenía que ser una continuación del esfuerzo global revolucionario que en casi todas partes estaba haciendo las gentes desde al menos la primavera de aquel año.

La consigna “Defensa de la república” lanzada por la izquierda fue, por tanto, la causa número uno del triunfo del ejército y la Falange. Así pues la izquierda resulta ser co-responsable de la victoria del franquismo, al lado del aparato falangista y militar español, la Legión Cóndor nazi, las tropas enviados por el fascismo italiano y los mercenarios musulmanes reclutados para Franco por el clero islámico norteafricano, íntimo de la Falange y financiado por ésta y por el ejército español

Eso explica, entre otras muchas disfunciones determinantes, que no hubiera prácticamente nada de guerrilla rural en la retaguardia fascista. El campesinado, que tan desvergonzadamente había sido burlado por la II república (sobre todo con la Ley de Reforma Agraria de 1932), y que había padecido el grueso de la represión republicana y frentepopulista, se negó a respaldar la consigna de “Defensa de la República”. Para él franquismo y república eran similarmente ajenos y enemigos. Así pues, se situó contra el uno y contra la otra. Pero terminada la contienda mantuvo durante muchos años (hasta 1956) un vigoroso y multitudinario movimiento de resistencia armada y no armada, el maquis, lo que no hizo ninguna fuerza social de las ciudades, la clase obrera industrial tampoco. El maquis, o guerrilla antifranquista rural, fue con mucho la mayor y más radical expresión de antifranquismo durante el tiempo del franquismo, 1939- 1976

 Las masas populares urbanas no se movilizaron a favor de la II república durante la guerra civil, lo que es comprensible, dado que el proletariado fabril había padecido una represión severa y persistente bajo el régimen republicano/6

Por eso hubo relativamente pocos voluntarios que fueran al frente desde las ciudades, dejado de lado los afiliados a partidos y sindicatos, una minoría en el conjunto de la población. Así las cosas, los gobiernos republicanos tuvieron que adoptar medidas más y más reprobables para lograr primero milicianos y luego soldados

La negativa persistente de los así reclutados a pelear en favor de la república neo-burguesa, frentepopulista e izquierdista, hizo que las deserciones fueran numerosas, a veces de más del 25% de la plantilla de las unidades militares republicanas. En diversos territorios montuosos se llegaron a concentrar densas masas de desertores y huidos del ejército republicano, ya desde finales de 1937, a pesar de los draconianos castigos establecidos por los mandos de aquél.

En las ciudades que quedaron desde el primer momento en el bando franquista apenas hubo resistencia antifranquista, pasados los primeros días. Por el contrario, en las que permanecieron bajo la autoridad de los republicanos operó una potente y creciente quinta columna facciosa, sobre todo en Madrid pero también en Valencia, Barcelona, etc., que contribuyó significativamente a la victoria de Franco. En el Madrid semi-cercado por los franquistas fue habitual que un número notorio de francotiradores actuasen sobre todo por las noches en el interior de la ciudad, lo que la fortísima represión republicana nunca logró erradicar, con resultados funestos para la moral y la eficacia militar de los republicanos.

Una base fundamental de sustentación del quintacolumnismo fueron las organizaciones fascistas de mujeres, en Madrid la conocida como Auxilio Azul, que con unas 6.000 integrantes autoorganizadas, todas ellas féminas, fue la mayor y más eficaz de todas las organizaciones clandestinas anti-republicanas durante la guerra civil. Las mujeres, por todo el país, realizaron una contribución crecida al triunfo del fascismo, lo que se expresa asimismo en que el número de afiliadas a la Sección Femenina de Falange fuera superior al de las organizaciones de mujeres de la izquierda. Con ello, la retorcida misoginia izquierdista y republicana se volvió contra sus promotores

El estudio de los hechos indica, asimismo, que el espíritu de sacrificio y la devoción a la causa, desdichadamente, fueron mayores en el bando franquista que en el antifranquista, lo que se explica por factores ideológicos, sobre todo el hedonismo y epicureísmo egocentrados, propio de la concepción del mundo del progresismo y la izquierda. La corrupción, generalizada en el bando republicano, los exorbitantes privilegios en el consumo e incluso en el derroche de los jerarcas republicanos durante la contienda (pensemos en, por ejemplo, el principesco tren de vida llevado por Negrín y su grupo de burgueses sibaritas y viciosos mientras la masa popular pasaba hambre), desmoralizó todavía más a amplios sectores, llevándoles a desentenderse de lo que estaba sucediendo. Tal estado de ánimo se manifestó de manera indudable al final de la guerra, cuando el franquismo tomó Barcelona, Madrid, etc. sin que hubiera la menor resistencia popular, con la gente común firmemente aferrada a su idea de “ni con unos ni con otros porque ambos son iguales a fin de cuentas”.

A todo ello se unió la asombrosa torpeza, omnipresente incompetencia y general mentalidad chapucera prevaleciente en la izquierda, víctima de su odio a la verdad, alejamiento de la realidad, doctrinarismo y desdén por la calidad autoconstruida de la persona (virtud). Que el mando político y militar de la república no lograse articular ni siquiera un esbozo de estrategia para ganar la guerra durante los dos años y ocho meses que duró ésta explica que aquélla estuviera condenada a la derrota también por sus decisivas e inherentes carencias intelectivas y analíticas.

La izquierda proporcionó a los jefes republicanos la carne de cañón que necesitaban para sus maquiavélicas componendas políticas. Esto es una constante en la historia europea desde mediados del siglo XIX. En la guerra civil sobre todo el PCE resultó ser el tonto útil por excelencia, manejado por los Azaña, Companys y Negrín, vinculados al gran capital francés e inglés, aliado ya con la Unión Soviética. La izquierda obrerista, debido a su indigencia mental, tosquedad cavilativa e indignidad ideológica, cumple siempre esa función, la de dotar de base militante a las fuerzas políticas explícitamente burguesas. En la Transición del franquismo al parlamentarismo, en 1974-1978, el PCE volvió a desempeñar la misma función, esta vez a las órdenes de Adolfo Suárez. Hoy las fuerzas herederas del estalinismo aún operantes están en lo mismo.

MÁS SOBRE EL FRACASO DE LA IZQUIERDA ANTE EL FRANQUISMO

 Las organizaciones y partidos de izquierda tienen tres conductas políticas, según las condiciones. En periodos de calma acumulan credibilidad con la defensa, verbal y a veces también práctica, de las clases trabajadoras en sus reivindicaciones, aunque intentan siempre disminuir e incluso anular la iniciativa proletaria y popular, para ellas dirigir y mandar en todo. En tiempos revueltos, cuando el poder del capital peligra, o cuando el bloque Estado-clase empresarial necesita realizar significativos cambios políticos y económicos, se enfrenta con las clases populares, sumándose al gobierno e incluso constituyéndose como tal, para ejecutar una política de represión policial, dislocación política e integración institucional. Eso hacen en febrero-junio de 1936, con el Frente Popular, y también antes, en 1929-1931, al auxiliar al ejército en la imposición del régimen republicano, así como en 1931-1933, cuando el PSOE forma gobierno con los republicanos

Hay una tercera situación, la del derrumbe o desarticulación, aunque sólo sea parcial, del capitalismo y el ente estatal. En ella la izquierda reconstruye el orden capitalista en dichas condiciones, convirtiéndose sus jefes y cuadros en nueva burguesía e integrantes cualificados de la élite del nuevo Estado. Eso acontece en la zona republicana en el periodo julio-diciembre de 1936. Con ello, las clases populares son devueltas a su habitual condición de explotadas, manipuladas y dominadas.

En suma, si el capitalismo peligra lo defiende y si es destruido lo reconstruye. Tal es lo primordial del actuar político de la izquierda.

Su proclamada oposición al capitalismo es, por eso, bien singular. Se sitúa en contra del existente en un momento dado pero sólo para ubicarse a favor de otro capitalismo futuro, mucho más desarrollado y poderoso, capitalismo de Estado, o estatal-privado. Se podría decir que contradice el capitalismo real, o imperfecto, de hoy, sólo para promover el mega-capitalismo, desarrollado, actualizado y perfeccionado de mañana. Eso es el meollo de la teoría marxista, el centro de la concepción política de la izquierda y lo que ésta ha efectuado en todos los países donde ha tenido capacidad para ello. Lo que nunca hace es ser anticapitalista del único modo consecuente y efectivo, por revolucionaria.

Tal proceder se explica por tres causas. Su teoría guía, el marxismo, es una variante del pensamiento burgués en todo lo importante. Toda ideología política acota un espacio de partido y da origen a un partido, que es una estructura que busca el poder para sí. La existencia misma de una organización, con una jefatura propia y una doctrina diferenciada, convierte a sus jefes en pre-nueva burguesía, que se realiza como tal en cuanto las circunstancias son favorables

Los partidos son aparatos para la dominación de la masa popular que aspiran a convertirse en Estado (al menos en parte de él) y en propietarios de los recursos productivos básicos, de ahí que inexorablemente busquen el poder para sí, el del gobierno en las elecciones y el del Estado en los periodos revolucionarios. Toda teoría o ideología política da origen a un partido y éste, en tanto que estructura de poder y para el poder, ansía siempre más poder, lo que le lleva a anhelar la conquista del gobierno y, si es posible, la del Estado. Una vez que se hace Estado se hace también capitalismo, pues el primero genera constantemente al segundo. En consecuencia, cualquier partido, de manera inherente y de forma estructural, es Estado y es capitalismo, sea en potencia 14 o en acto. Si es en potencia fluye hacia la realización de su esencia en cuanto concurren las circunstancias apropiadas, como sucedió en 1936. Lo mismo acaece con formaciones sólo formalmente diferentes, como CNT, el sindicato-partido.

En 1936 la estructura partitocrática de la izquierda cumplió la función de atacar hasta derrotar la revolución popular y proletaria en ascenso. El conflicto entre la nueva elite de los políticos profesionales devenida poder económico-político y las clases populares fue extraordinariamente agudo en la zona republicana, hasta el punto que estas últimas rechazaron tomar partido a favor de la república sin por ello decantarse hacia el franquismo. Éste tuvo el mismo problema, como se pone de manifiesto en la falta de combatividad de casi todas sus unidades militares constituidas por reclutas autóctonos, pero lo resuelve con la aportación de combatientes del exterior, en particular los 100.000 mercenarios musulmanes que le proporciona el clero islámico norteafricano, tan afín en su cosmovisión a la del fascismo, y, secundariamente, las tropas italianas, mientras que los nazis le suministran tecnología y armas. Así las cosas, el desenlace era previsible.  

CONCLUSIÓN

Las clases populares, ferozmente golpeadas, reprimidas y martirizadas por la II república, sobre todo durante el periodo del Frente Popular no quisieron y, probablemente, no pudieron pasar en unos días, del 18 al 21 de julio de 1936, a reconciliarse y unirse con sus verdugos, el gobierno, los partidos y sindicatos frentepopulistas, para combatir al ejército sublevado. El lema “Defensa de la República” no fue admitido por dichas clases, que tras ser diezmadas por fascistas y antifascistas republicanos deciden no verter su sangre voluntariamente ni por unos ni por otros. Por tanto, Franco gana la guerra debido a la política implementada por la izquierda, que se pone en contra de la revolución, en contra del pueblo para defender la república burguesa y capitalista del 14 de abril de 1931, reorganizada y actualizada en las nuevas condiciones creadas tras el inicio de la conflagración civil.

Así pues, aunque la izquierda aún hoy se presente demagógicamente como el enemigo principal del franquismo, el análisis de los hechos muestra que su proceder no sólo frustró, persiguió e impidió la revolución popular y obrera en ascenso en la primavera-verano de 1936 con la política de Frente Popular sino que además fue causa primera en lo político de la victoria de Franco. Más que víctima del franquismo lo fue de sí misma. El perdedor absoluto resultó ser el pueblo/pueblos, que tuvo que padecer y sufrir a todos, partidos de la izquierda, falangistas, frentepopulistas, requetés, clericales autóctonos, franquistas, nueva burguesía republicana, militares facciosos, musulmanes a sueldo de Franco, expedicionarios nazis, legionarios italianos y algunos más. Lo que nos queda y resulta útil de todo aquello, en sí mismo bastante triste, es aprender las lecciones que proporciona, para aplicarlas a la hora presente. 

FÉLIX RODRIGO MORA

5/La noción de antifascismo, tal como es desarrollada por el VII congreso de la Internacional Comunista, en 1935, venía a significar, para Europa occidental, otorgar apoyo al sistema parlamentario renunciando a la acción revolucionaria. Todo ello fue obra del estalinismo. Otros de los fines de aquella estrategia era ocultar que éste es una forma de fascismo, y que quienes seguían a la Unión Soviética eran organizaciones fascistas, cuya meta era implementar un mega-capitalismo y erigir un híper-Estado, constituyendo la suma de ambos un nuevo tipo de fascismo, de izquierdas, descrito críticamente por Orwell en sus escritos, sobre todo en “Rebelión en la granja” y en “1984”. Orwell, que padeció a las dos variantes del fascismo de la época, combatiendo contra ambos, escribe sobre todo contra el de izquierdas, lo que indica cuál tenía por más peligroso.

6/Cuando comenzó la guerra menudeaban las huelgas, alguna tan importante como la de la construcción de Madrid, con 80.000 trabajadores activamente implicados en ella que se prolongó hasta los primeros días de la contienda, huelgas que eran brutalmente reprimidas por el gobierno de Frente Popular, con detenciones masivas, torturas atroces y trabajadores muertos a tiros, incluida la aplicación de la tristemente famosa “ley de fugas” (asesinatos extrajudiciales a cargo de las fuerzas policiales). En tales condiciones, ¿se podía esperar que la clase obrera tomase partido por la república y el Frente Popular contra el alzamiento militar, cuando unos días antes había sufrido las tropelías de aquel tándem? Únicamente la revolución, una revolución popular anticapitalista y antiestatal, no mediatizada por ningún partido ni sindicato sino hecha por la totalidad del pueblo autoorganizado, y no realizada según teorías, doctrinas o “ismos” sino a partir del análisis ateórico de la realidad y el sano saber popular, emergida desde lo más hondo y auténtico de las multitudes trabajadoras, podría haber vencido en la guerra civil y haber derrotado a Franco, evitando los 40 años de dictadura

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