Continuamos aquí con la publicación de extractos del libro de Guillamón que deja en evidencia que, si Franco termina ganando la guerra que había comenzado perdiendo, fue por el papel criminal de la República burguesa y por, la complicidad con la misma, de la CNT y del POUM. Ningún balance serio de esa gran derrota puede dejar de criticar dichas estructuras y muy fundamentalmente a las ideologías socialdemócratas “anarquistas” y “marxistas leninistas” que condujeron a tal catástrofe contrarrevolucionaria.
Ricardo
EL FRACASO MILITAR DEL CCMA Y SU LUCHA CONTRA LOS COMITÉS
Con la formación de todas estas comisiones y Consejos (de Economía, de Abastos) el CCMA se transformaba progresivamente en un organismo especializado exclusivamente en competencias de Defensa y Orden público, que le alejaban cada vez más de cualquier pretensión de constituir un gobierno revolucionario capaz de sustituir al gobierno de la Generalidad. Sin embargo, esa negativa a convertirse en un gobierno revolucionario conducía irremediablemente al fracaso en la pretensión de hacer del CCMA un organismo de dirección y centralización de la guerra contra el fascismo, por la incapacidad política de este organismo para convertirse en el único organizador y dirigente del nuevo ejército. Las improvisadas milicias se constituyeron sin un órgano de dirección único.
En lugar de levantar un ejército proletario único, las columnas milicianas se formaron en torno a los distintos partidos y sindicatos, como ejércitos propios de cada organización, con los consiguientes problemas de coordinación, homogeneización y centralización.
Esta estructura fue fácilmente utilizada pocos meses después por los estalinistas y el gobierno de la Generalidad para afianzar el avance contrarrevolucionario. Pero si los dirigentes cenetistas habían renunciado a una dictadura anarquista, ¿cómo iban a imponer un ejército anarquista? Por otra parte la ausencia de teoría revolucionaria, de programa y de perspectivas condujeron a los líderes anarquistas, desbordados por las iniciativas revolucionarias de los comités de base, a una constante improvisación, que unida a una visión optimista de que la guerra iba a durar sólo unas semanas, impidió a los comités superiores de la CNT valorar el alcance futuro de sus erróneas decisiones. El CCMA renunciaba así también a su principal objetivo al constituirse: crear las milicias obreras de voluntarios, abastecerlas y dirigir la guerra.
La crónica falta de armamento y municiones que se repartían, no en los frentes y columnas donde se necesitaban, sino allí donde los dirigentes de los partidos decidían, según sus afinidades ideológicas, fue utilizada para desprestigiar a las milicias rivales, en beneficio de las propias. La consigna de “ir a por el todo después de tomar Zaragoza” se volvía contra sus promotores, puesto que si no se tomaba Zaragoza no habría intentona golpista de los anarquistas, esto es, no debía darse armas a las milicias anarquistas. La incapacidad para imponer un mando único en las milicias ocasionó graves deficiencias en su organización y funcionamiento, puesto que no existía una mínima coordinación y planificación de las operaciones militares entre las distintas milicias del mismo frente.
El CCMA fracasó pues también en el campo militar. La única función que cumplió adecuadamente, y que era la deseada explícitamente por todos sus componentes, a excepción del POUM y los anarquistas, fue la de salvaguarda y fortalecimiento del gobierno de la Generalidad, y que en todo caso fue su principal objetivo desde primeros de septiembre, cuando el CCMA aprobó su propia disolución.
Los constantes errores del CCMA fueron una ocasión que tanto Generalidad, como estalinistas y ERC, supieron aprovechar a fondo. El 24 de octubre el Decreto de militarización de las milicias ponía las bases del ejército burgués de la República. A los milicianos sólo les quedaba resistir una militarización inevitable, que en marzo de 1937 era ya una realidad.
Mientras tanto, la situación revolucionaria en la calle era indiferente a las consignas de colaboración impuestas por los dirigentes anarcosindicalistas. El poder atomizado de los distintos Comités Locales se extendió por toda Cataluña, con distintos grados de poder y autonomía, que alcanzaban en algunos lugares un nivel de ruptura absoluta con la legalidad republicana y el equilibrio existente, en Barcelona, entre la Generalidad y el CCMA….
Los ayuntamientos habían sido sustituidos por esos comités locales, arrebatando a la Generalidad la menor influencia. En toda Cataluña, sin consigna alguna por parte de la CNT, se procedió a una metódica expropiación de las fábricas y propiedades de la burguesía, las iglesias y conventos, al tiempo que el CCMA hacía en Barcelona un reparto entre las distintas organizaciones de los cuarteles, imprentas, diarios y algunos edificios y hoteles.
Las consignas del CCMA eran acatadas por los comités si no eran contrarias a los intereses revolucionarios, pero encontraban enormes resistencias cuando se consideraba que eran fruto del compromiso con la burguesía y el gobierno de la Generalidad.
Al mismo tiempo el CCMA tenía que contar con esos comités locales si quería que se hicieran realidad sus mandatos. El conflicto interno de los dirigentes de la CNT-FAI, entre los partidarios y los contrarios a la colaboración, se extendía a las problemáticas relaciones entre el Comité Central y los organismos revolucionarios locales.
El gobierno de la Generalidad se limitaba a legalizar la realidad social y económica de las colectivizaciones y “conquistas revolucionarias”, como único medio de ir adquiriendo un prestigio y aceptación del que carecía. El CCMA apenas podía gobernar, ni disponer nada, fuera de la ciudad de Barcelona, sin la aceptación y colaboración de los comités locales o los sindicatos.
La debilidad de éstos radicaba en la imposibilidad de consolidarse como un auténtico poder alternativo, a escala de toda Cataluña, sin el apoyo coordinador y centralizador de una organización obrera, y mucho menos en contra de todas las organizaciones existentes
CCMA y Generalidad coincidieron en su política de reafirmación de los antiguos ayuntamientos frente a los comités revolucionarios locales, que fue desarrollada con gran efectividad por el departamento de Milicias Comarcales, dirigido por Josep Miret y Joan Pons. Este departamento sustrajo a los comités locales el reclutamiento y organización de los milicianos, que habían ejercido espontáneamente durante las primeras semanas, atribuyéndola a las comisiones comarcales, basadas en la nueva división territorial de Cataluña.
Esta estructura comarcal facilitaba la sumisión de los distintos comités locales, que debían enviar una delegación, alejada de la presión revolucionaria local. Así pues, el CCMA no sólo no fue un gobierno revolucionario que coordinara los comités locales, sino que vio en éstos una merma de su autoridad. Y los líderes anarquistas no sólo apoyaron el fortalecimiento de la Generalidad, sino que además se felicitaban del debilitamiento de los comités locales.
BALANCE DEL CCMA Y NUEVO GOBIERNO DE LA GENERALIDAD
…Este era el balance real dejado por el CCMA en sus nueve semanas de existencia: el paso de unos comités locales revolucionarios, que ejercían todo el poder en la calle y las fábricas, a su disolución en beneficio exclusivo del pleno restablecimiento del poder de la Generalidad.
Del mismo modo, los decretos firmados el 24 de octubre sobre militarización de las Milicias a partir del 1 de noviembre y de promulgación del decreto de Colectivizaciones completaban el desastroso balance del CCMA, esto es, el paso de unas Milicias obreras de voluntarios revolucionarios a un ejército burgués de corte clásico, sometido al código de justicia militar monárquico, dirigido por la Generalidad; el paso de las expropiaciones y el control obrero de las fábricas a una economía centralizada, controlada y dirigida por la Generalidad.
El retraso en la aplicación de los decretos, provocada por la sorda, pero enconada resistencia de la militancia confederal, que aún estaba armada, hizo que el gobierno de la Generalidad se planteara como objetivo prioritario el desarme de la retaguardia, impulsando una campaña de propaganda contra los llamados “incontrolados”, que derivó hacia el objetivo secundario contenido en el repetitivo eslogan: “armas al frente”.
La fuerte resistencia de la base anarcosindicalista a la militarización de las milicias, al control de la economía y de las empresas colectivizadas por la Generalidad, al desarme de la retaguardia y a la disolución de los comités locales se manifestó en un retraso de varios meses al cumplimiento real de los decretos del gobierno de la Generalidad sobre todos estos temas. Resistencia que, en la primavera de 1937, cristalizó en un gran malestar, al que se sumó el descontento por la marcha de la guerra, la inflación y la penuria de productos de primera necesidad, para desembocar entonces en una crítica generalizada de la militancia cenetista de base a la participación de los comités superiores de la CNT-FAI en el gobierno, y a la política antifascista y colaboracionista de sus dirigentes, a quienes se acusaba de la pérdida de “las conquistas revolucionarias del 19 de julio”
MILITARIZACIÓN Y PERSECUCIÓN DE “LOS INCONTROLADOS” [3]
…La consecuencia inmediata del discurso radiofónico[4] fue la convocatoria por Companys al día siguiente, el 5 de noviembre a las once de la noche, de una reunión extraordinaria en el Palacio de la Generalidad de todos sus consejeros y los representantes de todas las organizaciones políticas y sindicales, para tratar la creciente resistencia al cumplimiento del decreto de militarización de las milicias, así como al de disolución de los comités revolucionarios y su sustitución por ayuntamientos frente populistas.
Durruti era causa y diana del debate, aunque todos evitaban pronunciar su nombre. Companys planteó la necesidad de acabar con "los incontrolados", que al margen de cualquier organización política y sindical "lo deshacen todo y a todos nos comprometen".
Comorera (PSUC) afirmó que la UGT expulsaría de sus filas a quienes no acataran los decretos, e invitó al resto de organizaciones a hacer lo mismo. Marianet, secretario de la CNT, tras ufanarse del sacrificio demostrado por los anarquistas con su renuncia a los propios principios ideológicos, se quejó de la falta de tacto al aplicar de forma inmediata el Código de Justicia Militar, y aseguró que tras el decreto de disolución de los comités, y gracias al esfuerzo de la CNT cada vez había menos incontrolados, y que se trataba no tanto de grupos a los que expulsar como resistencias que vencer, sin provocar rebeliones, y de individuos que convencer. Nin (POUM), Herrera (FAI) y Fábregas (CNT) alabaron los esfuerzos realizados por todas las organizaciones para normalizar la situación posterior al 19 de julio, y fortalecer el poder del actual Consejo de la Generalidad.
Nin medió en la disputa entre Sandino, consejero de Defensa, y Marianet sobre las causas de la resistencia al Decreto de militarización, diciendo que "en el fondo todos estaban de acuerdo" y que existía cierto temor entre las masas "por perder lo que han ganado", pero que "la clase obrera está de acuerdo en formar un verdadero ejército".
Nin veía la solución al actual conflicto en la creación de un comisariado de guerra en el que estuvieran representadas todas las organizaciones políticas y sindicales. Comorera, mucho más intransigente que Companys y Tarradellas, afirmó que el problema fundamental radicaba en la falta de autoridad de la Generalidad: "grupos de incontrolados continúan haciendo lo que quieren", no sólo en la cuestión de la militarización y la dirección de la guerra o el mando único, sino también en cuanto a la disolución de comités y formación de ayuntamientos, o en lo que afectaba a la recogida de armamento en la retaguardia, o en la movilización, para la que auguraba un fracaso. Falta de autoridad que Comorera extendía incluso a las colectivizaciones "que continúan haciéndose a capricho, sin someterse al Decreto que las regula".
Companys aceptó la posibilidad de modificar el Código Militar y crear un comisariado de Guerra. Comorera y Andreu (ERC) insistieron en que era necesario cumplir y hacer cumplir los decretos. La reunión concluyó con un llamamiento unitario al pueblo catalán al disciplinado acatamiento de todos los decretos de la Generalidad, y al compromiso de todas las organizaciones a declarar su apoyo en la prensa 120 a todas las decisiones gubernamentales. Nadie se opuso a la militarización: el problema para políticos y burócratas era sólo cómo hacerse obedecer…
------------
[3] Me permití agregar este subtitulo para la claridad de lo que sigue. Ricardo
[4] Se trata del último gran discurso de Durruti el 4 de noviembre de 1936.