Envíopostaporteñ@ 1845

Mapa de un Engaño

Mapa de un engaño

El lado Oculto de la Trama Tupamara

 libro de Álvaro Diez de Medina

¿Cuántos de los supuestos generalmente asumidos en la historia reciente de Uruguay se asientan en la verdad, y cuántos en el engaño? ¿Podremos llegar algún día a distinguirlos?

Sinopsis

La historia del accionar tupamaro se ha construido en buena medida en función del interés político de la organización. Así, por ejemplo, por largos años se ha hablado del legendario "libro" que Héctor Amodio Pérez escribiera en 1972 durante su reclusión en el Batallón Florida, y que narra los detalles del andamiaje guerrillero. En torno al manuscrito que fuera acusado de precipitar el golpe de Estado militar, se han tejido decenas de supuestos: guion de un complot militar, prueba de una traición, obra diseñada para derribar las instituciones, o para destruir la reputación de la dirigencia tupamara, un trabajo de la inteligencia militar.
¿Pero qué es realmente?

Recabando testimonios para un trabajo que finalmente no vio la luz, el autor se enfrentó a diversas "copias" del manuscrito en cuestión -algunas en poder del propio Amodio y otras depositadas en archivos-, por lo que decidió estudiarlas, contrastándolas. El resultado de esta meticulosa investigación sorprende y desnuda una intencionalidad oculta. Lo que conocemos como "el libro" de Amodio no es uno sino varios, surgidos de sucesivas e intencionadas alteraciones.

Detrás de la misteriosa edición se esconde un probable autor original y más de un editor, de orígenes y propósitos conjeturalmente encontrados.

Accedé a los archivos originales en que basó su investigación Á. Diez de Medina

-  Manuscrito redactado por Héctor Amodio Pérez entre los meses de junio y julio de 1972, mientras se hallaba recluido en el Cuartel "León de Palleja", por entonces sede del Batallón "Florida" de Infantería No. 1 Ver: Manuscrito Del Florida

-  El llamado "Guión Marius", que corresponde a un texto entregado a Héctor Amodio por Jorge L. Marius en setiembre de 2015, al que éste atribuyera ser la transcripción de unas supuestas hojillas de fumar. Ver: Guion Marius

-  Texto del llamado "Guion Queirolo": un texto que, bajo el título "Diario de Amodio Pérez. Fotocopia del original (1970) (sic)", le fuera entregado a Álvaro Diez de Medina por parte del periodista Alfonso Lessa, y éste recibiera de manos del Tte. Gral. Luis V. Queirolo. Ver: Guión Queirolo

- El año que regresó Gustavo.Trabajo de ficción redactado en 73 páginas por Héctor Amodio Pérez en España, 2003, basado en el manuscrito que compusiera en 1972. Ver: Libro de Gustavo

-  Reproducción de la ficha biográfica correspondiente al activista tupamaro Hugo Cacciavilliani, incluida en la carpeta Individuos, sub-carpeta Reseñas Biográficas, bajo la individualización Aportes del Exilio. El texto manuscrito corresponde a una de las manos que editan el supuesto libro de Amodio Pérez. Archivo de la lucha armada "David Cámpora", CEIU, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, UdelaR. Ver: Ficha del archivo

- Texto del llamado "Libro de Amodio", o "Autobiografía de Héctor Amodio Pérez", dado a conocer por el semanario "Mate Amargo" en 1995, y a partir de entonces republicado como tal por parte de la Editorial Arca, Jorge L. Marius ("La tiranía de la miseria") y Hugo Fontana ("La piel del otro"). Archivo de la lucha armada "David Cámpora", CEIU, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, UdelaR. Ver: Libro de Amodio

Fragmento

Capítulo I :  Captura y desenlace

El día aún no clareaba, pero ya era el 23 de mayo de 1972. Con la fría serenidad invernal ya se insinuaban los primeros sonidos de la madrugada. Los golpes de los culatazos sobre la puerta los hicieron saltar de sus camas.

Hacía tres días que los acorralados individuos habían buscado refugio en el tercer piso del edificio de Maldonado 1752, esquina Gaboto, de Montevideo.

Se trataba de dos de los más importantes integrantes de la organización sediciosa autodenominada “Movimiento de Liberación Nacional” o, simplemente, “Tupamaros”: Rodolfo Wolf, (a) Héctor o El Mojarra, y Héctor Amodio Pérez, (a) El Negro, Gustavo o Silva.

Quien había asumido la tarea de trasladar a ambos al denominado “local” de la calle Maldonado que, por entonces, se tenía por seguro, aunque ya ninguno lo fuera, había sido Marcelo Estefanell, (a) Aramís, el único nexo entre los dos escondidos y el mundo exterior.El joven Estefanell, de 22 años, había conocido a Amodio hacía apenas tres días. No así a Wolf, con quien colaborara en la operación que había culminado con el asesinato del profesor Armando Acosta y Lara, algo más de un mes antes, el 14 de abril.

El apartamento de la calle Maldonado pertenecía a un joven matrimonio de arquitectos: bajo la fachada de un estudio, era considerado por el MLN como su “departamento” de planimetría. Allí se atesoraban los planos de diferentes teatros de sus operaciones, en especial los del alcantarillado que los sediciosos se habían visto cada vez más obligados a emplear como vía de escape, a medida que se cerraba sobre ellos el cerco militar.

Los tres sediciosos habían convenido que una cortina descorrida fuera la señal de alarma, en caso de que las Fuerzas Armadas allanaran el local y, como solía ser el caso, establecieran allí una guardia y celada, conocida como “ratonera”.

El amanecer del día 23 representó, por tanto, un anticipado desenlace para aquellos prófugos que, tras haber dormido vestidos, apenas acertaban a pensar. Apenas lo habrá hecho Wolf, al manotear la única pistola de que disponían.

“¿Nos resistimos?”, asegura Amodio/1 que alcanzó a preguntar. “No”, fue la nerviosa respuesta de Wolf.

Y, ni bien soldaron ese crucial acuerdo, Amodio se dirigió a la puerta, a fin de abrirla, en tanto Wolf se retrajo al interior, donde atinó a arrancar la cortina que daría a Estefanell la señal del allanamiento /2

En 2014, Estefanell aseguraba que otros de sus compañeros identificaron a Amodio como aquel que diera la señal convenida. Amodio sostiene otra versión: él abrió la puerta, en tanto Wolf se replegaba a fin de arrancar la cortina, y ello explica que la siguiente escena, según la recuerda, sea la de él violentamente empujado contra la pared, encañonado por un soldado cuyo apellido, pronto sabrá, era Gómez, en tanto los demás efectivos que irrumpieran en estampida hacia el fondo del apartamento se arrojaban sobre Wolf, a quien Amodio apenas oyó gemir bajo los golpes.

En pocos minutos, las estancias se llenaron de uniformados, gritos y puntapiés. El Tte. Alberto Grignoli, los capitanes José L. González (conocido como El Pescado) y Tabaré Camacho, según luego sabrá que eran, se mostraron de inmediato al mando del operativo, febrilmente centrado en hacerse del “berretín”: un falso muro detrás del cual los locales solían esconder armas, documentos, dinero.

Ninguno de aquellos militares, en ese punto, era consciente de la importancia de los sediciosos que caían en sus manos, igual o mayor que la de los secretos del “berretín”. De hecho, no habrían tenido idea de quiénes eran sus prisioneros aun si alguien se los hubiera dicho.

La violenta gritería apenas se calmó al dar las fuerzas de seguridad con el “berretín” y sus planos.Tras recibir una golpiza, tal vez a causa del arma que aparecía cerca suyo, Wolf fue de inmediato encapuchado, y arrastrado sin más hacia una camioneta militar de marca Chevrolet, o “camello”, según se la conocía popularmente, estacionada en la puerta del edificio.

A Amodio, por lo demás, el soldado Gómez le arrebató su reloj pulsera, pese a lo cual pidió un saco que había sobre una de las sillas: apenas atinó a ponérselo, que ya lo habían encapuchado y, al igual que a Wolf, arrastrado hacia otro “camello”, donde se hallaba una persona ya detenida. Por el calzado que atisbara aun encapuchado, un par de sandalias, infirió que se trataba de una mujer y, muy probablemente, de quien había conducido a los uniformados al local, en una práctica ya corriente de la lucha antisubversiva: la de sacar a los detenidos a identificar, o “marcar” sediciosos o locales /3

Poco menos de media hora de viaje, pues, le esperaría a Amodio en aquel “camello”. Al final del trayecto, sería nuevamente llevado en andas, forzado a caminar bajo la capucha, en medio de un batiburrillo que se mitigó ni bien lo dejaron plantado en una estancia obviamente cerrada.

¿Por cuánto tiempo? No lo sabe hasta el día de hoy: tal vez dos o tres horas: las suficientes para que, ya seguro de estar solo, levantara algo la capucha, y atinara a discernir dónde se encontraba: frente a un escritorio, a espaldas del cual divisó el escudo de una unidad militar.

El morrión y las espadas le bastaron para concluir que era un prisionero en el cuartel Gral. León de Palleja, sede del Batallón Florida de Infantería Nro. 1. Para Amodio no podía haber, en aquella situación, peor noticia /4

* * *

“Era un hombre quebrado”, es como Wolf retrata a Amodio desde el recuerdo, en 2005, en un relato titulado “El Traidor/5 Allí detalla el diálogo que supuestamente tuviera lugar entre su compañero y las fuerzas de seguridad. “No estoy dispuesto a sufrir: hablemos”, le habría oído a Amodio expresar a los uniformados en el local.

Pese a ello, este supuesto diálogo no resulta verosímil: en la refriega que durara pocos minutos, ambos detenidos habían sido violentamente reducidos, y ni una palabra se les habría permitido en medio de la gritería de quienes solo querían hacerse, en ese punto, de las armas y del dinero, y no podían saber si, como ya ocurriera en otros casos, el allanamiento no devendría en una mortal balacera.

A pesar de la inquietante fama que habían ganado en pocos días entre los integrantes de la sedición, los soldados del Florida eran, en realidad, aún bisoños en el enfrentamiento con la subversión.

Si bien el Poder Ejecutivo había encomendado a los mandos militares la conducción de la lucha antisubversiva el 9 de setiembre del año anterior, los integrantes del Florida se habían sumado activamente a la misma recién a partir de la emboscada y asesinato por parte de un grupo armado tupamaro de los soldados Ramón Ferreira, Gaudencio Núñez, Saúl Correa y Osiris Núñez Silva, ocurrido hacía menos de una semana, el 18 de mayo: /6 atentado que la sedición luego retrataría como dirigido contra el Gral. Gravina pero que fuera, en realidad, una premeditada insania, concebida por Raúl Sendic y dirigida a “ablandar” a las fuerzas represivas

La improvisación y torpeza de todos los pasos dados por aquellos soldados del Florida se notaba a simple vista: así se explica la atemorizada violencia con la que acallaran a los detenidos, el hecho de que no fueran esposados, así como las improvisadas capuchas que arrojaran sobre sus cabezas, en realidad capuchones de sus propios ponchos de campaña. La práctica de la tortura no había alcanzado, en ese momento, en el batallón, los alcances de otras unidades. De ello no estaban al tanto los prisioneros, por lo que el Florida al que Amodio había llegado le hacía temer lo peor.

Al entrar al cuartel Palleja, Amodio tampoco fue esposado, y en ese estado se hallaba, encerrado en un despacho. Quienes le habían permitido hacerse de su saco antes de salir no habían tomado la precaución de cachear sus bolsillos y, por tanto, no habían percibido que en uno de ellos había un frasco de barbitúricos “Vallium”. Haciéndose de él, Amodio comenzó a masticar las pastillas con avidez a fin de huir, mediante la muerte, de las torturas que anticipaba.

* * *

Cuando recobrara el conocimiento, Amodio yacía en una cama, en la enfermería del cuartel. Aún mareado, conectado a una sonda, atontado por los efectos del envenenamiento, retomó el hilo de sus desventuras, fingiendo mayor embotamiento del que sentía a fin de estudiar mejor sus nuevas circunstancias. Al pie de la cama, una palangana mostraba aún rastros del lavaje estomacal. “Dejalo”, oyó decir a un oficial médico, de apellido Colombo, dirigiéndose a un enfermero, y se sumió en un nuevo sueño.

Al recobrar otra vez el conocimiento, Amodio intentó sustraerse a la atención de sus captores, solo que esta vez el médico verificó sus signos vitales y mandó de inmediato al enfermero a buscar “al Capitán”. Un rato después, dos uniformados se acercaron a los pies de la cama, y quien obviamente tenía mayor rango le preguntó, sin más: “¿Qué hiciste, Negro? ¿Por qué?” El otro, más joven, guardó silencio.

Amodio ensayó explicar lo obvio, pero el capitán Carlos Calcagno, S2 (Inteligencia) del batallón, le interrumpió de inmediato, diciéndole quién era: un primo hermano de Elsa Vera, la esposa de Roberto Amodio, hermano de Mateo Amodio, el padre de Héctor.

No era un vínculo familiar que Héctor Amodio sintiera cercano. En tanto la rama de la familia Amodio que vivía en el barrio de Brazo Oriental se sentía de raigambre proletaria, la rama del Cerrito en la que destacaba su tía Elsa mostraba otras aspiraciones. Ello, y ciertas desinteligencias en torno a una herencia familiar de los hermanos Roberto y Mateo, había agriado la relación en forma al parecer irreversible.

En nada contribuyó, posteriormente, el que Héctor pasara a ser conocido como uno de los más connotados cabecillas de los tupamaros: esa tía Elsa, a través de su cercanía con parientes militares, integraba una vasta reacción de ira popular contra el MLN y sus grupos afines que, palpablemente, contribuiría a levantar la temperatura del caldero social.

Mateo Amodio debió, por ende, encontrarse en un punto de franca desesperación cuando, entre fines de 1971 y el comienzo de aquel violento 1972, decidiera ir a ver a su cuñada Elsa a fin de pedirle que, en el muy probable caso de que su hijo fuera capturado por las Fuerzas Armadas, se le pudiera proteger del trato violento mediante el cual estas habían comenzado a desmantelar sin pausas el movimiento sedicioso.

“¡Cómo podés venir a pedirme esto, después de lo que me hiciste!”, fue la reacción de Elsa, y aquella humillación fue el precio que Mateo debió pagar, por cuanto su cuñada se puso de inmediato en contacto con un primo militar, Carlos Calcagno, a quien le hizo prometer que cuidaría que Héctor no corriera la misma suerte que otros.

“A vos no te va a tocar nadie”, le informó, sin más, Calcagno, antes de salir de la enfermería, donde lo abandonara hasta que fuera conducido a un enorme salón, bautizado por los prisioneros del batallón como “el barracón”, en el que, a oscuras, yacían en el piso, sobre ponchos o mantas, otros prisioneros encapuchados.

Al recibir un remedo de cena, un soldado le informó que eran las nueve de la noche del 25 de mayo.

* * *

Recién a la mañana siguiente, al ser sacado junto con otros detenidos al baño, vería Amodio dónde había pasado la noche: una estancia de aire viciado (“olor a letrina y tabaco”), cubierta de mantas y ponchos manchados de excrementos y, en algunos casos, de sangre. No reconoció a ninguno de los detenidos que, como él, hacían fila para entrar al baño, con la sola excepción de un activista sindical a quien recordaba de sus tiempos de militancia en el sindicato de artes gráficas. Vuelto a la oscuridad y al silencio de aquel ambiente, sin embargo, se sacó la capucha y logró distinguir, a su lado, a Arturo Dubra Díaz, (a) Miguel /7

Dubra había resultado herido y detenido en 1969, permaneciendo en prisión hasta la primera fuga masiva de presos del penal de Punta Carretas, producida hacía pocos meses, el 6 de setiembre de 1971. Nuevamente arrestado en el curso de las redadas que tuvieran lugar en las jornadas del 18 y 19 de mayo de 1972, tras el asesinato de la escolta militar del comandante en jefe del Ejército, ya no saldría de prisión hasta marzo de 1985.

En aquel instante, sin embargo, Dubra aparentemente creía en la posibilidad de una huida desesperada del cuartel Palleja: así se lo dijo a Amodio. Sería a través de una ventana sin rejas a la que accederían fácilmente, y que se hallaba a apenas treinta metros del puesto de guardia.

Los hechos, empero, hablarían más fuerte: al poco tiempo, un prisionero sería arrastrado a la habitación por dos soldados, y arrojado sobre uno de los ponchos. Al retirarse la guardia, los otros se acercaron a socorrerlo: era Wolf, a quien habían golpeado en el torso hasta dejarlo morado. Un rato después, un guardia sería apostado junto a la ventana sin rejas.

Años después, la literatura tupamara y algunos testimonios indicarían que el inconducente plan de fuga de aquella jornada habría sido delatado a las autoridades del cuartel por Héctor Amodio, soslayando el hecho de que Héctor era el alias de Wolf, sometido a apremios/8

Lo más sensato, sin embargo, parece ser conjeturar que el absurdo plan de fuga no haya sido, en realidad, nunca delatado, y que la guardia y posterior enrejado de la ventana simplemente resultaran parte del apresurado acondicionamiento general del batallón en su nuevo rol dentro de la lucha antisubversiva.

* * *

El 27 de mayo, por la mañana, un soldado condujo a Amodio a una habitación llena de objetos decomisados en diferentes operativos, desde máquinas de coser hasta tocadiscos, pasando por juegos de cubiertos. Allí, le aguardaban el capitán Calcagno y el joven oficial que lo acompañara en la enfermería: el teniente segundo Armando Méndez. De apenas 23 años, el teniente Méndez no era, ciertamente, un militar de los que Amodio había aprendido a tratar. Hijo del por entonces Cnel. Juan J. (Jotajota) Méndez, se había graduado en 1965, y ya había hecho un curso de cadetes en el centro de capacitación panameño de la Escuela de las Américas.

Simpático y bien plantado, el joven teniente era tenido por ambicioso e inteligente, además de afortunado: en 1970 había ganado una rifa del Hospital Pereira Rossell, cuyo premio consistía en un pequeño campo en el departamento de Montevideo.

Fueron seguramente sus antecedentes los que llevaron a que el joven teniente Méndez fuera asignado, en mayo de 1972, al apresuradamente creado Organismo Coordinador de Actividades Anti-Subversivas (OCOA), la entidad que las Fuerzas Armadas esperaban centralizara el combate contra la sedición para Montevideo, desde la sede de la División de Ejército I, ubicada en la avenida Agraciada 3451 de Montevideo.De tal destino, y en comisión, Méndez había llegado al Batallón Florida, a fin de ayudar a su rápida conversión en un centro operativo de tareas.

Con precisión negociadora, el joven teniente tomó la iniciativa de la conversación con Amodio. “Leete esto”, lo conminó, mientras le hacía entrega de los testimonios de declaraciones formuladas por varios de sus compañeros detenidos, entre los cuales Amodio de inmediato identificó las de Jorge Manera Lluveras, (a) El Inge, Lucas o Alejandro, Eleuterio Fernández Huidobro, (a) El Ñato, Mauricio Rosencof Silberman, (a) Leonel o Caruso y, muy especialmente, Mario Arquímedes Píriz Budes, (a) Tino.

A medida que leía, Amodio comprendía hasta qué punto era irreversible la derrota de la aventura tupamara. Asumiendo, sin más, que sus compañeros habían sido sometidos a apremios como los que temiera para sí, le resultaba claro que las declaraciones habían confirmado sospechas, atado cabos, arrojado indicios, que a los militares pronto darían un panorama preciso de la jaqueada “orga”

En el caso de Píriz Budes, en tanto, se percató de que el expediente que tenía entre sus manos arrojaba aun más luz. Tino, por entonces de 25 años, había ingresado al MLN en su nativo departamento de Rivera en 1968, empujado por su temprana militancia en el Partido Socialista (PSU). Tino se hallaba abrumado por las derrotas que la sedición padecía desde mediados de 1971. No solo eso: era especialmente receloso de la línea que, al interior de la “orga”, había promovido Raúl Sendic Antonaccio, (a) El Bebe o Rufo, al insensatamente pretender transformar al MLN en una guerrilla rural. Pero, por sobre todo, Tino habría cruzado el Rubicón de sus lealtades el 21 de diciembre de 1971, cuando el grupo sedicioso que integraba tomara la decisión de asesinar al peón rural Pascasio Báez Mena.

Báez, un hombre de 46 años y padre de una extensa y modesta familia había descubierto, según se supiera después, por azar un “berretín” rural tupamaro, de los conocidos como “tatuceras”, sobre la Ruta 9, a diez quilómetros de la ciudad de Pan de Azúcar: esa amplia “TATUCERA”, bautizada por la subversión con el nombre de Caraguatá, ocultaba armas y un laboratorio improvisado.

El infortunado Báez fue violentamente secuestrado por los tupamaros en aquel escondrijo, y luego asesinado mediante una inyección de pentotal sódico, suministrada por Henry Engler Golovchenko (a) Octavio o El Alemán e Ismael Bassini (a) Falucho.

Tras ello, fue enterrado en el mismo predio rural, llamado Spartacus, de propiedad del “periférico” o colaborador Néstor Sclavo Arman, y de su esposa, Gloria Etcheveste.

Pese a su juventud, Píriz Budes había sido cooptado como encargado del interior, en 1971, por parte de la dirección sediciosa, integrada por Engler, Rosencof, Donato Marrero (a) Mauro y Adolfo Wassen Alaniz (a) Nepo. Será este “ejecutivo” el que permanecerá en funciones aún con posterioridad a la masiva fuga de presos producida en setiembre de 1971, internamente conocida como “El Abuso”

No solo eso: Tino había quedado a cargo de las llamadas columnas 20 y 30, a cuyo esfuerzo se hallaba jugado el denominado “Plan Tatú”, que llevaría, según sus ilusionados impulsores, la agitación sediciosa al medio rural. Fue desde este sitio que Píriz Budes tuvo que enfrentar las dimensiones de lo que el homicidio de Báez Mena representaba para la agónica organización sediciosa.

* * *

En 2011, el tupamaro Jorge Zabalza Waksman, (a) Justo, afirmaría de Píriz Budes que siempre había sido un “infiltrado” de los servicios de seguridad y que, de hecho, había sido, en su carácter de responsable de las columnas 20 y 30, quien había dado la orden de matar a Báez Mena.

No habría sido eso, sin embargo, lo que leyera Amodio en el Florida. Allí, en el cartapacio que contenía la declaración de Píriz Budes, aunque separada en un sobre del resto de sus testimonios, fue que leyó, atónito, la declaración de Tino sobre el homicidio de Báez.

No podía, concluyó Amodio, ser cierto. Tenía que ser una celada tendida por las Fuerzas Armadas: la regla establecida en la “orga” era la de abandonar los locales cuando ellos se vieran comprometidos.

El viaje de Engler a la estancia Spartacus, a fin de comunicar la decisión del “ejecutivo” dejaba, por cierto, bien en claro la discrepancia de Píriz Budes con aquel crimen: quien terminara por asesinar a Báez estaba, en realidad, al frente de la columna encargada de las operaciones en el “collar” montevideano, no del llamado “segundo frente” que correspondía a Píriz. Tino, por tanto, había resignado, con aquel rechazo, su posición interna en la organización.

En marzo de 1972, pues, Píriz Budes ya no revistaba a cargo de las columnas y, en todo caso, la inflexible acción militar resolvería su situación: había caído prisionero entre fines de abril y comienzos de mayo, y el resto de los sediciosos dirigentes no sabría de su prisión sino varios días después de ocurrida, para cuando ya había negociado con sus captores un salvoconducto, a cambio de información.

Lo que Amodio leyera aquel día era, pues, el mapa, coralmente trazado por quienes le precedieran en el cuartel Palleja, del derrumbe tupamaro.

Los croquis organizacionales del movimiento sedicioso, la identificación de locales sobre los que sabía que habían caído en manos de las Fuerzas Armadas, perfiles personales de él mismo y muchos de sus compañeros/9 contactos políticos mantenidos por la subversión con sindicatos, partidos, organizaciones culturales y artistas, así como la identificación, por alias, de muchos de quienes intervinieran en algunas de las más sonadas operaciones tupamaras.

En apenas días, el 20 de junio, el cuerpo del desafortunado Pascasio Báez sería exhumado, y el hastío y repulsión con el que la opinión pública recibiera la noticia del homicidio de los cuatro soldados alcanzaría, con la infausta novedad, un punto de exasperación que equivaldría a una sentencia de muerte para el movimiento tupamaro.

Amodio encendió el cigarrillo que le ofreciera el capitán Calcagno. “Sí: aquí está todo”, reconoció. Sin más preámbulos, Méndez lo confrontó: se mostraba orgulloso de la extensión de sus informaciones, pero quería algo más.

Quería precisión en el grado y extensión de los contactos mantenidos por la subversión con el mundo político y militar. Claramente no sabía hasta qué punto tenía todos los ases en su poder, y parecía creer que aún restaba mucho por trabajar en el desmantelamiento de la sedición. Y quería, por sobre todo, ofrecerle a Amodio un acuerdo, similar al que, aseguraba, le habían ofrecido a Píriz Budes y franqueara a este la posibilidad de salir del país.

“Pensátelo”, murmuró Méndez, mientras ordenaba al soldado de guardia devolver al prisionero al “barracón”. Era exactamente lo que Amodio estaba haciendo.

Angustiosamente.

1 Los pormenores de lo narrado en este capítulo, así como lo incluido en el tramo final de esta obra, corresponden a cuatro extensas entrevistas que mantuve, en setiembre de 2016, con Héctor Amodio, además de otras, mantenidas con cronistas radiales ese año, y lo narrado en Palabra de Amodio, Montevideo, 2015.

2 La patrulla, o “cuerda”, había asumido, ante la demora en responder, que el apartamento estaba vacío, y estaba a punto de dejar una guardia apostada, solo que uno de los soldados se percató del encendido de una luz en el interior.

3 La activista que entregara el local era Silvia Rita Da Rosa Zipitría, hermana del también subversivo Francisco Alberto Da Rosa Zipitría (a) Quico. La mujer había sido apresada ese mismo día en el barrio de Maroñas, en compañía de un “gambusa” o preso común, reclutado por la sedición en el Penal de Punta Carretas, un lacazino de apellido Leguisamo (a) El Petiso. Ella era la única que conocía aquel local de “planimetría”, aunque desconocía quiénes se hallaban allí. La mitad de la “cuerda” había ya tomado rumbo a la sede del Batallón Florida con Leguisamo, en tanto la otra mitad se dirigió a Maldonado y Gaboto llevando consigo a Da Rosa. Amodio no llegaría nunca a saber quién había delatado el local. Amodio acusaría, años después, a la dirigencia del MLN de haberlo enviado a un local ya dado a conocer a las fuerzas de seguridad, o “quemado”: la versión, sin embargo, suena improbable. Si aceptamos la idea de que su muerte o captura fuera algo procurado por, o deseable para, esa dirigencia, no lo habría sido así en el caso de Wolf, o del mismo Estefanell.

4 El Florida se hallaba ubicado, en 1972, en un predio a espaldas del Cementerio Británico del Buceo, configurado por la manzana con frente a la calle Saldanha da Gama y su plaza Ituzaingó, y delimitada por las calles Nicolás Piaggio, Gral. R. Riverós y Rizal, donde se hallaba emplazado desde 1937. En 1985, el cuartel Palleja fue derribado. De allí sería trasladada la sede de la unidad al cuartel de Punta de Rieles en 1984, y al cuartel Las Piedras en 1994. Si bien desde 1830 el Florida constituía la unidad militar custodia del Poder Legislativo de la República, para cuando Amodio llegara al cuartel Palleja del Buceo, su nombre había sembrado pánico entre los acorralados miembros del MLN y otros grupos irregulares. Bajo el comando del Cnel. Rafael J. Cánepa primero (1970-1972) y, desde poco tiempo antes de la llegada del prisionero al cuartel, del 61er jefe de la unidad, Tte. Cnel. Carlos Legnani (1972-1973), el muy bien localizado Florida sería uno de los más activos centros de inteligencia y represión de las actividades subversivas en Montevideo.

5 Rodolfo Wolf, Batallas de una guerra perdida, Ediciones de la Banda Oriental, 2005.

6 Los cuatro militares habían sido ultimados mientras aguardaban, en la puerta de la casa del comandante en jefe del Ejército, Gral. Florencio Gravina, la salida de este a fin de dirigirse a la ceremonia de conmemoración del Día del Ejército. El Gral. Gravina vivía en el segundo piso del inmueble ubicado en Abacú 2126, esq. Avda. Italia. Los soldados de primera Núñez Silva y Correa eran integrantes de la Compañía de Tanques del Ejército, creada en 1958, y contaban con 26 y 22 años de edad al momento de su asesinato. Los igualmente jóvenes soldados de primera Núñez y Ferreira pertenecían a otro cuerpo del mismo batallón. Fueron abatidos desde una camioneta Kombi robada, la que previamente reconociera la zona a fin de comprobar si los homicidas contaban con una huida fácil de la escena del crimen. Leonardo Haberkorn ha incluido una completa crónica del episodio en su libro Milicos y tupas (2011, pág. 80 y ss.), de la que destaca la reflexión de Henry Engler al autor en cuanto a que “más que provocar bajas, la idea era marcar una presencia (sic), tratar de que la atención se focalizara sobre nosotros en Montevideo” (pág. 88). El trabajo de investigación de Haberkorn ha desmontado, con precisión, los incalificables intentos de los tupamaros José Mujica y Esteban Pereira Mena, entre otros, por retratar el crimen como una respuesta defensiva, y aun una escenificación de las propias Fuerzas Armadas (Miguel Ángel Campodónico, Mujica, Ed. Fin de Siglo, 2005, pág. 141; ‹http://www.radio36.com.uy/entrevistas/2007/05/080507mena.html›).

7 Clandestino desde 1968, Dubra tenía, por entonces, 31 años, y había participado con Amodio en la intentona de toma armada de la ciudad de Pando, la trágica algarada del 8 de octubre de 1969 que había costado tres muertes de sediciosos, la de un agente policial y la de un civil atrapado en la balacera, y precipitado la detención de 16 tupamaros.

8 Sintomáticamente, Dubra omite toda referencia a este frecuentemente rememorado episodio en el curso del reportaje que le hiciera Clara Aldrighi y fuera publicado en la edición 2016 de la obra La izquierda armada: ideología, ética e identidad en el MLN-Tupamaros (el reportaje no figuraba, curiosamente, en la primera edición de la obra, de 2001)

9 En relación a él mismo, Amodio leyó una descripción que juzgó “completa y objetiva”, detallando su participación en operativos subversivos, las características de su persona y, más relevante en aquellos momentos, refiriendo el hecho de que, a raíz de sus discrepancias con la dirección terrorista, había estado apartado (o “fuera de encuadre”) del proceso de toma de decisiones desde diciembre de 1971 y tras su renuncia del llamado “comando general” de Montevideo: ajeno, pues, a los pormenores del “Plan Hipólito” y los consiguientes crímenes del 14 de abril y el 18 de mayo de ese año.

Capítulo II El protagonista

Héctor Amodio tenía 35 años cuando cayera prisionero en el edificio de la calle Maldonado. Había nacido el 24 de noviembre de 1937 en una familia obrera del barrio Reducto de Montevideo.

Su padre, Mateo Amodio D’Agostino, era un oficial fotograbador, en tanto su madre, Dazne Ángela Pérez Aiello, se dedicaba al hogar y la crianza de sus seis hijos: tres varones y tres mujeres.

Héctor cursó la primaria en la escuela número 86, José E. Rodó, donde una maestra de sexto año, Selva Pardo de Castellano, dejaría la persistente marca de afecto en un niño díscolo, asmático, poco aplicado y, sobre todo, ajeno al cariño.

Al terminar la escuela, cursó tres años de liceo en el instituto Dámaso A. Larrañaga, ubicado por entonces en su antiguo local de la esquina de Paysandú y Julio Herrera y Obes. La repetición del tercer año, y el cuarto con el que completaría sus estudios secundarios, los cursó en el liceo número 1, José E. Rodó, ubicado por entonces en la calle Colonia, entre Convención y Río Branco. En 1954, su padre logró que Héctor ingresara como aprendiz en la empresa Cromograf SA, donde él mismo trabajaba, ubicada en el barrio Capurro. Fueron tiempos de trabajo ligero, pesos flacos, amigos y aspiraciones deportivas: fútbol, básquet, el intento de emular a Mateo, quien había logrado consagrarse campeón rioplatense de ciclismo.

De carácter metódico, retraído y silencioso, poco afecto a las salidas nocturnas o el devaneo en un sinnúmero de bares que hacía, por aquellos tiempos, el recreo preferido de los jóvenes montevideanos, Héctor gustaba, sin embargo, de organizar reuniones con amigos en el domicilio de sus padres, Regimiento 9 1680.

El 19 de marzo de 1959, Héctor se casó con una reencontrada compañera de escuela, Teresa Marchisio, con quien fue a vivir a la calle Justicia 2222, piso 2, apto. 22. En 1961, nacería de esa unión un hijo, Héctor Daniel, siempre llamado Daniel, quien con el tiempo devendría un dotado dibujante e ilustrador gráfico que, en 1982, terminaría por radicarse en España, falleciendo allí de un infarto en marzo de 2017.

Al tiempo que se embarcaba en formar su propia familia, Héctor comenzó a militar políticamente. Su abuelo, Manuel Pérez Mendoza, era un anarquista por inclinación, destinado, por ende, a ser simpatizante sentimental de José Batlle y Ordóñez y Domingo Arena, así como lector del diario El Día. Siempre sintió por Héctor una debilidad correspondida: cuando lo abandonara su esposa, sería el único de sus nietos con el que se seguiría viendo y, cuando intentara por primera vez quitarse la vida, sería Héctor quien lo salvaría. La segunda vez, empero, no hubo quien lo impidiera.

Sin formación libresca alguna, Héctor Amodio tomó, pues, su primera inspiración política de las conversaciones con su abuelo.

En 1964, la dirección de Cromograf que, por entonces, estaba a cargo de Mario Campiglia, terminaría por despedirlo en razón de su persistente agitación sindical. Sumado a las listas negras que elaboraban las empresas gráficas con sus empleados más difíciles, Amodio conocería los rigores del paro. A comienzos de 1965, sin embargo, Campiglia, por entonces accionista del Banco Mercantil además de empresario gráfico, había cerrado un acuerdo con la compañía Juan XXIII SA, editora del periódico BP Color, a fin de prestarle servicios de fotomecánica. A pesar de sus diferencias con Amodio, el empresario valoró entonces su buen desempeño y resolvió invitarlo a trabajar en el nuevo proyecto.

Fue un momento de grandes cambios en la vida de Amodio. No solamente había pasado a ganar un muy buen sueldo, bastante superior al de su mismo padre en la empresa Cromograf en razón de las especialidades que incluían los convenios salariales de la prensa, sino que había encontrado un ámbito más importante en el que desplegar sus condiciones de activista sindical y agitador político.

Formalmente afiliado en 1960 al Partido Socialista del Uruguay (PSU), lo hizo en momentos en los que este libraba la batalla interna que sepultaría el predominio de Emilio Frugoni (1880-1969) y daría a esa agrupación un claro rumbo marxista-leninista.

Amodio repartía ahora su tiempo entre la militancia sindical y un nuevo círculo de amigos que, entre otros, integraban los socialistas José Díaz, Félix Vitale y Vivián Trías, además del grupo de muy jóvenes activistas nucleados en torno al Centro Alfredo Caramella, denominado en homenaje al concejal socialista de Montevideo que, por sus humildes orígenes y sostenida militancia hasta su muerte en 1937, bien representaba el modelo de pundonoroso e incorruptible tribuno proletario en el que aquellos jóvenes comenzaban a proyectar sus personalidades y fantasías.

Edith Moraes, Alba Bordoli, Heraclio Rodríguez, Elsa Garreiro, serían algunos de los integrantes de aquellas tertulias en las que cada vez se discutía menos de ideas y más de acción, y de acción armada, en tanto se abocaban, por el momento, a coordinar pegatinas y seguimientos de vecinos tenidos por “fascistas”. O, en su caso, también a la práctica de judo, al tiempo que mantuvo en alquiler el apartamento de Justicia 2222, ahora utilizado para celebrar reuniones crecientemente subversivas.

La radicalización de la dirigencia socialista fue, naturalmente, impulsando la de estos militantes. Pronto se encontró, pues, Amodio, impartiendo cursos de formación en su propio apartamento, ahora ubicado en la calle Pérez Gomar esquina Comercio, en el Buceo.

Y todo esto llegó, claro, a un costo personal: con su ingreso al periódico BP Color, Teresa resolvió abandonar definitivamente a Héctor, de quien se había separado ya brevemente antes de que este consiguiera trabajo. En esta penosa situación afectiva, tras su separación y mudanza a la casa de sus padres, Héctor siguió sin embargo usando el apartamento de la calle Pérez Gomar, a fin de proseguir con el dictado de los cursillos. A poco andar, el alquilado apartamento de la calle Justicia devendría “enterradero” de elementos “clandestinos”, entre ellos el mismo Raúl Sendic /10

Tras su separación de Teresa, de todos modos, Héctor pasó a vivir nuevamente en el domicilio de sus padres, en Regimiento 9 1680, llevando consigo a su hijo. Fue, precisamente, a la casa de Regimiento 9 que, a fines de 1963, llegara de visita el Ing. Jorge Manera Lluveras, un socialista radical de 43 años que trabajaba en las Usinas y Teléfonos del Estado (UTE), y le fuera presentado a Amodio por Díaz y Vitale a fin de explorar la posibilidad de contar con su colaboración y la de sus jóvenes amigos socialistas en otro emprendimiento activista.

Manera sabía que Amodio había organizado con sus amigos lo que grandilocuentemente llamaban “grupos de auto-defensa”, supuestamente abocados a contrarrestar la actividad, o hacer el seguimiento de, vecinos o grupos juzgados “nazis” o “fascistas”/11 Él, en tanto, había formado una célula dentro del PSU, a fin de dar apoyo a grupos irregulares que habían dado pasos más osados en el camino hacia una insurgencia armada.

* * *

Todo había comenzado hacia 1962, en la formación de una variopinta peña de simpatizantes de izquierda que había dado en llamarse el “Coordinador” y se reunía en un local ubicado en Heredia 4440 del barrio montevideano de La Teja, conocido como Base Eduardo Pinela, en homenaje a un joven simpatizante del llamado Movimiento de Apoyo Campesino que falleciera como consecuencia de un accidente de trabajo.

Las interminables conversaciones que allí tuvieron lugar eran, claro, reflejo de su tiempo: el estancamiento económico del país; la venalidad mediocre de sus políticos; el efervescente clima político e ideológico que se vivía en el mundo; los vicios y las virtudes de cada uno de los múltiples caminos que parecían inevitablemente conducir al socialismo; las “condiciones objetivas”, situaciones “pre-revolucionarias”, “etapas”, “agudización de contradicciones” y “madurez social” que pudieran ambientar una agitación armada; la percibida amenaza del “fascismo”, del “golpismo”, del “imperialismo” y, claro, el rol “objetivamente” revolucionario o no del comunismo, en sus variantes soviética o maoísta.

Algunos de los muy jóvenes miembros de aquel “Coordinador” habían, por cierto, entrado en contacto con algo que, para la mayor parte de sus integrantes, era aún una mera referencia al paso: las actividades de agitación que el socialista Raúl Sendic Antonaccio, de 37 años en 1962, llevaba adelante desde hacía poco en el norteño departamento de Artigas, tras organizar, en 1961, la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA), un sindicato de base rural.

El parco procurador Sendic apuntaba, claro, a algo más que organizar un sindicato en procura de mejorar las condiciones de trabajo de los “cañeros” o “peludos”, según se les llamaba, y por ello organizó, entre otras actividades, dos marchas de la UTAA a Montevideo, en 1962 y 1964,/12 a fin de difundir las actividades del singular sindicato y, al tiempo, explorar con militantes afines de izquierda otro tipo de expresión política, como ocupaciones armadas de campos.

Producto de la primera de las marchas fue el concierto entre Sendic y Eleuterio Fernández Huidobro, un empleado bancario de veinte años en 1962, integrante del Movimiento de Apoyo Campesino (MAC), grupo escindido del Movimiento Revolucionario Oriental (MRO), a su vez constituido por integrantes del comunista Frente Izquierda de Liberación (FIDEL). El vago acuerdo consistía en comenzar a pertrecharse con miras a ejecutar algunas de las operaciones ideadas por Sendic.

En Montevideo, elementos de la UTAA y allegados a Fernández atacaron, en mayo de 1962, la sede de la Confederación Sindical del Uruguay (CSU), entidad organizada a fin de resistir los avances del ya incontenible sindicalismo comunista, incendiando la sede de esa entidad y, al tiempo, provocando un tiroteo que ocasionó la muerte de una joven estudiante de enfermería que pasaba por la calle: Dora López de Oricchio, así convertida en la primera víctima de una subversión que el resto del país aún no sabía que había dado su primer paso/13

A poco de dado aquel trágico primer paso, el 31 de julio, tuvo lugar la primera acción armada del núcleo que así se estaba conformando: el asalto al Club de Tiro Suizo de Nueva Helvecia, con el fin de capturar armas: un episodio que, con algo de farsa, lleva a Sendic a pasar a la condición de “clandestino”, al identificarse su papel en el incidente y requerirse su captura.

Estos hechos interpelaron, de inmediato, al llamado Coordinador, ya arrastrado a la acción armada pese a ser un microcosmos de las divisiones tácticas y estratégicas que aquejaban a los grupos de entre los que se reclutaban sus integrantes. Un hilo, sin embargo, los conducía a todos: su fe ciega en la necesidad de actuar, y de hacerlo de inmediato: “las palabras”, comenzaron a repetir entre sí, “nos dividen; la acción nos une”.

Para cuando Manera se encontrara con Amodio en casa de los padres de este, el cuadro era claro: el Coordinador era un desorganizado grupo lanzado por la fuerza de los hechos y sin más diseño, a la ofensiva guerrillera urbana, a través de esporádicos robos a bancos, empresas textiles y ejecución de acciones “propagandistas” como el robo de alimentos para su distribución entre familias necesitadas.

Aún no identificado por la Policía, el “foco” guerrillero descansaba, mayormente, en el celo de los pocos militantes del MAC de Fernández Huidobro, y de los más numerosos socialistas que reclutaba, en forma sistemática y con celo organizativo, el ingeniero Manera. Cuando, en octubre de 1964, este fuera capturado como consecuencia de un fallido asalto a un banco, el metódico Amodio quedaría a cargo de la célula socialista del Coordinador/14

Este, en tanto, tenía sus días contados. Asediado por los rencores de capilla de sus grupúsculos marxistas, no podía procesar con facilidad el incontestable predominio socialista, basado en una disponible cantera de reclutas, o el peso muerto de los inoperantes Federación Anarquista del Uruguay (FAU) y Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

El saldo de un dirigente en la clandestinidad y tres de sus integrantes presos/15 no resultaba, claramente, auspicioso. A fines de 1964, pues, el Coordinador dejó de existir y, en su lugar, se conformó un “comité ejecutivo” provisorio integrado por Raúl Sendic, Eleuterio Fernández y Tabaré Rivero Cedrés (a) Ismael, tras una reunión celebrada por las células socialista, del MAC, del MIR, la ahora saliente FAU, de los llamados “independientes” y de José Díaz, en representación del Comité Ejecutivo del PSU, desplegado allí en un supuesto rol testimonial o aclaratorio.

La infancia de la sedición había llegado a su fin.

10 Allí conocería a Sendic, en 1964, en ocasión de la segunda marcha de UTAA a Montevideo (cf.: ‹Disponible en www.youtube.com›). Las violentas discusiones mantenidas en el apartamento por Sendic y sus acompañantes, así como los reclamos de algunos vecinos, llevaron a Amodio a pedir que Manera intercediera a fin de que los “enterrados” procuraran otro lugar (contra Samuel Blixen, quien en su libro Sendic -Ed. Trilce, 2000- ubica a este por entonces en el apartamento de Violeta Setelich, en Avda. Gral. Rivera, esquina Arrascaeta). El primer “enterradero”, pues, del miembro nato de la sedición le fue provisto por Amodio.

11 La Trama Autoritaria. Derechas y Violencia en Uruguay (1958-1966), Magdalena Broquetas, Montevideo, 2014, intenta construir un andamiaje de grupos y personas embarcadas en una imaginaria “trama” extremista que, empero, la misma investigación prueba fue apenas un fenómeno previsible, acotado, al igual que lo era la sedición de izquierda por la misma época, a un reducido confín de grupúsculos y personas, registradas de todos modos por la atención policial. Un grotesco episodio en el departamento de Treinta y Tres en 1964 fue, en esta línea interpretativa, proyectado a “intento de golpe de Estado”. Cada palabra de estos grupos marginales se utilizaría, por cierto, a partir de 1973, con el fin de establecer una imaginada solución de continuidad entre ella y los actos de la dictadura militar instaurada a partir del 27 de junio en el país (en esta misma línea legitimadora de la violencia de izquierda está la periodista María Urruzola en su libro Eleuterio Fernández Huidobro. Sin remordimientos…, Planeta, 2017, pág. 113 y ss., basado en el trabajo de Broquetas con la clara intención de datar el llamado “primer tiro” del ciclo violento a la muerte del activista comunista Líber Arce, el 14 de agosto de 1968, cuando ya el país transitaba el camino comunista de la huelga revolucionaria).

12 Dos de cinco marchas (1962, 1964, 1965, 1968 y 1971), mediante las cuales Sendic procuraba generar la imagen de una insurrección popular embarcada en crecientes reclamos políticos que podían llegar a demandar la expropiación de tierras, y nunca llegaron a movilizar a más de un par de centenares de personas, en avance hacia Montevideo desde la ciudad de Bella Unión, a más de 600 km de distancia.

13 Para cuando fuera desarticulada, esa subversión habría inferido 74 muertes, secuestrado a 20 personas, intentado secuestrar a otras 5, provocado 43 atentados, ejecutado 86 hurtos, rapiñas o copamientos, sin contar las más de 140 víctimas mayormente jóvenes del propio movimiento, la prisión de más de 2.800 de sus efectivos o simpatizantes y el exilio de muchos de ellos, la instauración de la tortura en la represión, así como la irrupción de las Fuerzas Armadas en la vida política, por la vía de un golpe de Estado e implantación de una dictadura que se prolongaría por más de una década.

14 En esa oportunidad, Manera identificó ante la Policía la obra de Emaús como la beneficiaria de la acción delictiva.

15 A los que pronto se sumarán, según veremos, tres más, provenientes del grupo de “cañeros” de Artigas.

Capítulo III La encrucijada

Emocionalmente atenazado por la conversación mantenida con el capitán Calcagno y el teniente Méndez en el cuartel Palleja, Héctor no tendría, en realidad, mucho tiempo para reflexionar, ya que en esos precisos instantes, y en la sede del Batallón de Infantería No.13, ubicado en Avda. de las Instrucciones 1925, el también sedicioso Adolfo Wassen Alaniz (a) Nepo, López, Lopecito, Prieto o Víctor era interrogado, en especial referencia al paradero de la denominada “cárcel del pueblo” en la que la sedición mantenía cautivos a sus rehenes Ulysses Pereira Reverbel y Carlos Frick Davies.

De 26 años, Wassen se sumó a la sedición desde la Facultad de Derecho, donde desempeñaba tareas en la biblioteca, y ya había participado de importantes acciones delictivas, además de sentirse lo suficientemente fuerte como para contrastar posiciones con el mismo Raúl Sendic, quien lo acusara de “accionismo”.

Sus captores le hicieron ahora comprender que la caída de la “cárcel” era inminente. Tenían en su poder indicios telefónicos que les permitían saber en qué barrios podría hallarse: un área que abarcaba parte de Pocitos, Parque Rodó, Palermo y Cordón.

Tenían, además, el dato de que quienes custodiaban a los secuestrados se trasladaban en una camioneta marca Indio, tal vez roja. Era, por tanto, cuestión de horas que dieran con el lugar Merced a la compartimentación informativa, no estaba en conocimiento de la ubicación de la “cárcel”, pero sí sabía que Wolf lo estaba: era el “inspector” de “cárceles” de la “orga”

Al ser informado de que Amodio también se hallaba en poder de las Fuerzas Armadas, pidió para hablar con él: una ya larga militancia había generado confianza entre ambos. El comando de Infantería 13.o de inmediato se comunicó con el del Florida: pedía que Amodio fuera trasladado con urgencia a Avda. de las Instrucciones.

Así fue que el teniente Méndez sacó a Héctor del “barracón” el 27 de mayo, alrededor de las 19:00 horas. “Vamos al despacho del jefe”, le dijo, en tono perentorio.

Allí, el capitán Calcagno fue conciso: “Mirá, Gustavo: tenemos casi ubicada la “cárcel del pueblo” y, por lo que sabemos, puede caer de un momento a otro. Sabemos que entre vos, Wassen y Wolf está la clave para que no haya una masacre”

Wassen quería hablar con él, le dijeron, y así le instruyeron que subiera a un vehículo, a fin de ir hasta Avda. de las Instrucciones. Lo que entonces ignoraban era que Wassen estaba ya de camino al cuartel Palleja. Ambos vehículos se cruzaron, pues, en las cercanías del Buceo.

De regreso a la sede del Batallón Florida, en tanto, Wassen, Amodio y Wolf fueron inmediatamente conducidos a un escritorio, donde se les dejara a solas por unos breves minutos, en tanto Méndez, Calcagno y el Tte. Cnel. Carlos Legnani aguardaban en las cercanías por el resultado del conciliábulo. Debían resolver entre los tres, se les dijo antes de entrar, el problema de identificar la exacta ubicación del local, y salir de la habitación con una respuesta.

El primero en hablar fue Amodio, quien les contó a sus compañeros lo que le había ocurrido desde su detención, y cómo sus captores estaban rápidamente componiendo el preciso retrato de las actividades subversivas. Wassen completó esa descripción, al informarles que sus interrogadores contaban con indicios que auguraban una pronta caída de la “cárcel”  Si los custodios de los dos secuestrados procedían, según era posible, a asesinar a sus víctimas, las represalias podrían ser intensas.

Amodio se había quedado sorprendido, tras la lectura del expediente en el que se incluía, entre varios, el testimonio de Píriz Budes, del grado de caótica información de que disponían aquellas aún desorientadas Fuerzas Armadas, y en aquel momento, informó a Wassen y a Wolf que había recibido una oferta de los oficiales del Batallón Florida en el sentido de colaborar a cambio de una salida de su situación.

“En la casa hay dos botijas…”, deslizó entonces Wolf, a cargo de supervisar los “berretines” que la sedición llamaba “cárceles”.

No tomó, pues, sino unos minutos a Wolf y a Wassen asumir la responsabilidad de acompañar a los efectivos militares en la operación de allanamiento y captura de la “cárcel”: serían parte del operativo a fin de hacer ver a sus compañeros la importancia de entregar el reducto pacíficamente. Amodio de inmediato dio su asentimiento: no quedaba otro remedio.

Tras esta sombría y breve deliberación, Amodio abandonó la estancia: él no conocía la ubicación de la “cárcel”, ni había tenido la iniciativa de generar el encuentro entre los detenidos. 

Ya dirigiéndose al “barracón”, informó a Calcagno que sus compañeros tenían la respuesta por la que esperaba. Calcagno, Legnani y Méndez ingresaron de inmediato en la habitación en la que quedaran Wassen y Wolf.

Amodio creía que, por lo menos para él, aquella jornada ya estaba terminada. Se equivocaba.

* * *

La llamada “cárcel del pueblo” estaba ubicada en un característico caserón de la calle Juan Paullier, número de puerta 1192, cercano a bulevar España.

Había sido comprado, en 1963, por el matrimonio constituido por el empleado bancario José Luis Porras y la activista social católica Zulema Arena. Adherentes a la actividad sediciosa desde 1970, sus tareas como “periféricos” consistían en presentar una fachada de respetabilidad barrial, detrás de la cual la organización pudiera instalar un local de aún imprecisas funciones.

La sedición trabajó intensamente en el hogar de la familia Porras-Arena, construyendo un “berretín” subterráneo que pudiera albergar las mazmorras o jaulones reservados por el “Plan Satán” para sus secuestrados, o servir de “aguantadero” a algunos de los presos fugados en 1971 del Penal de Punta Carretas, o conducir a las cloacas de la ciudad, en una obra que se hallaba inconclusa cuando el local cayera, en 1972.

Zulema Arena tenía, por entonces, 32 años y junto a ella y su marido vivían en aquella casa sus cuatro hijas, la menor de las cuales contaba con seis años El hecho de que su vivienda fuera empleada como centro del secuestro de personas obligaba al joven matrimonio y a las niñas a permanecer constantemente en el inmueble, así como a evitar las visitas de terceros.( fin primera entrega continuara)