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RUSIA EN 1917: LA ANTI REVOLUCIÓN COMO ´´REVOLUCIÓN´´(5)

Es valioso que Félix Rodrigo concluya su trabajo de balance de la contrarrevolución rusa, abriendo la discusión sobre las perspectivas de una verdadera revolución. 

Hoy más que nunca constatamos que no se ha ido lo suficientemente lejos en el balance crítico de la contrarrevolución rusa, para afirmar por lo negativo un verdadero proyecto revolucionario.Subrayo que eso lo hace luego de insistir en que esa anti revolución, nunca debiera haber servido como “guía de la revolución”, e incluso yendo más atrás en la historia, denunciando la denominada “revolución” francesa, como lo que efectivamente fue, la restauración reorganizativa y contrarrevolucionaria del capitalismo, contra todo proceso de cuestionamiento social (como la misma “conspiración de los iguales”) que se había iniciado una década antes. ¡Qué saludable se proyecta una revolución que contra toda imitación de lo que siempre fueron falsos modelos creados por la clase dominante! De paso se menciona a todas las caricaturas de revolución nacional y leninista (China, Cuba, Venezuela, Vietnam…) que, como es sabido, nunca suprimieron ni la miseria, ni la explotación y mucho menos la sociedad mercantil generalizada (es decir el capitalismo), ni dieron un solo paso para la abolición del trabajo asalariado.  Todas las supuestas revoluciones del pasado impuestas como horizonte y modelo por la clase dominante, no fueron y no podían ser otra cosa que callejones sin salida, porque la intención misma de ese modelo era el PROGRESO DEL CAPITALISMO.  Por eso la revolución a venir, la necesaria revolución social contra todo el sistema capitalista mundial,  dice con razón Feliz Rodrigo, solo puede delimitarse con la crítica de nuestro propio pasado y particularmente con la crítica de los falsos modelos de revolución, constituidos por la burguesía mundial, como la revolución francesa, la rusa, la china, la vietnamita etc. Agrego, adonde la célula de base de la sociedad burguesa persiste, adonde la mercancía existe, sigue existiendo el capitalismo, la explotación del hombre por el hombre, el imperialismo.

Otro gran acierto de Félix Rodrigo, a la hora de definir la revolución a venir es insistir en que “la revolución popular tiene que ser de carácter natural, ateórico, emergiendo de la experiencia vivencial básica del ser humano, solo y en sociedad, no de algún sistema teórico, alguna doctrina o algún credo”.  La revolución, la única que tiene sentido y vale la pena es la revolución social destructora de la sociedad mercantil: abolición del valor, abolición del trabajo asalariado, abolición del dinero, abolición del capital… Una varadera revolución social arranca de la protesta primaria del ser humano, de sus necesidades, de su contraposición con la propiedad privada y el Estado.

Como límite al aporte de Félix Rodrigo debemos subrayar nuevamente cuestiones terminológicas. Si bien podemos entender la opción del autor en designar como “pueblo” el sujeto mismo de la revolución frente a la degradación histórica del concepto de proletariado que el modelo dominante identifica al obrero industrial, el termino mismo es totalmente inadecuado por policlasista y si se quiere por estar todavía más degradado por la contrarrevolución. Problemas como este serán inevitables en el proceso revolucionario a venir, pero por el momento yo sigo considerando mucho más claro el concepto de proletariado que el de pueblo, siempre claro está, que se combata lo que ha hecho del mismo el marxismo y el leninismo.

Para terminar, quiero subrayar el mismo desacuerdo que señalé antes: la crítica al marxismo y al marxismo leninismo es totalmente pertinente, sin embargo, su asimilación con las posiciones de Marx olvida el significado profundo de la afirmación del propio Marx: “yo no soy marxista”. Justamente varias preguntas, contribuciones y discusiones recibidas sobre las posiciones de Félix Rodrigo, hacen referencia a esta discusión imposible de profundizar aquí, pero que resulta indispensable poner en el centro de los debates futuros.

Ricardo

RECUPERAR LA NOCIÓN Y LA EXPERIENCIA DE REVOLUCIÓN

por Félix Rodrigo Mora

La categoría de revolución exhorta a transformar cualitativamente lo existente. En sí misma no equivale a violencia sino a alteración o mudanza positiva, completa suficiente, del sistema establecido. Su meta está en realizar y plasmar los valores más fundamentales que poseen significación civilizatoria, la libertad, la soberanía popular, la autonomía de la persona, la verdad, la justicia, la igualdad razonable, la centralidad de la conciencia individual, la emancipación de los pueblos oprimidos y la virtud cívica. La revolución ha de ser popular, no de un partido o agrupación; plural, no de una ideología o teoría; integral, al transformar el todo y no sólo la parte. Su base es conquistar la libertad por y para el pueblo, por y para cada persona, lo que significa que debe extinguir las estructuras de dominio, liberticidas, que concentran los recursos económicos en una minoría, la clase empresarial multinacional, y el poder político en otra minoría, organizada como Estado, porque donde existe Estado no hay soberanía popular, sólo soberanía estatal, vale decir, dictadura y tiranía. Y donde hay gran empresa no hay libertad civil.

Los valores aptos para orientar una revolución popular tienen que ser de carácter natural, ateórico, emergiendo de la experiencia vivencial básica del ser humano, solo y en sociedad, no de algún sistema teórico, alguna doctrina o algún credo. Así puede llegar a todos e incorporar a la acción revolucionaria a gentes de diversas formas de pensar y sentir, con la única condición de que se ubique en un primer lugar lo común a todos los humanos en tanto que seres de la naturaleza, atendiendo a su esencialidad concreta. Eso significa que una revolución popular tiene que ser en buena medida, prepolítica, efectuada desde lo más sustancial y básico de la condición humana, dejando a un lado doctrinas y teorías.

La revolución, como acontecimiento social que se dirige a transformar la vida colectiva, es sólo una parte del proceso emancipador, pues tiene que ser complementada con la mejora autodeseada y autorrealizada de la persona, del propio yo. No hay cambio de la sociedad sin cambio personal suficiente, ni viceversa, de modo que quienes lamentan la situación política y se comprometen a perfeccionarla deben, al mismo tiempo, hacerse un programa de autoconstrucción personal.

La revolución no es erigir una sociedad perfecta o realizar una utopía inventada por algún genio redentor sino crear un sistema de vida en común cualitativamente mejor que el existente, que sea al mismo tiempo mejorable, perfectible. Mejor significa superior pero no perfecta, pues toda sociedad, y toda realidad, existe con sus contradicciones y conflictos internos, con su lado positivo y su cara negativa, siendo por tanto bipartida y conflictiva, necesitada de nuevas transformaciones, que han de realizarse por medio de la inteligencia, el coraje, el espíritu de sacrificio, la sociabilidad, la capacidad de autocorregirse, el deseo de convivir y la voluntad de bien de las generaciones nuevas. La lucha nunca tendrá final y en ella se va elevando, auto-elevando, lo humano a cotas superiores de existencia y esencia concretas.

Así pues, la revolución rusa de 1917 ya no puede ser referencia ni guía, salvo de falsa revolución, de anti revolución. Al copiar acríticamente la revolución francesa de 1789 se muestra como realmente es, pues aquélla ha sido determinante para constituir el capitalismo actual, dato que muestra lo demagógico y artificial del ANTICAPITALISMO de los comunistas rusos. En verdad, la rusa fue una explosión de desarrollismo burgués y progresismo ilustrado fanatizado, de ramplona voluntad neo-empresarial de erigir una gran industria para hacer de Rusia una potencia planetaria militar y financiera[1] Las transformaciones que realizó en nada importante se diferencian de las efectuadas, por ejemplo, por la revolución liberal española en el siglo XIX, que es un indigno calco peninsular de la revolución francesa, no menos totalitaria y cruel que ésta[2] 7.

Hoy, en la primera mitad del siglo XXI, es necesario que poner fin a la imitación, o incluso a la apreciación, de las revoluciones perniciosas con las que se ha ido constituyendo la sociedad actual a escala planetaria, primero la francesa, luego la rusa y después la miríada de la espurias y fallidas revoluciones elitistas que las continuaron (china, vietnamita, cubana, bolivariana, etc.), todas ellas creadoras de una nueva gran burguesía de áspera catadura, sin olvidar lo realizado en el bando republicano por los partidos obreristas en la guerra civil española[3], hoy todo ello en bancarrota teorética y práctica.

Si fuera acertado el concepto de “revolución burguesa” la rusa de 1917 pertenecería a ese bloque. No lo es, porque quien realiza dichas “revoluciones” es el Estado, siendo la burguesía más consecuencia que causa de ellas. Al calificarse de “proletaria”, aquélla se estaba colocando una máscara para mejor atraerse la voluntad de las clases modestas. Al mirar hacia el pasado para extraer lecciones de la historia, conviene sustituir la reflexión sobre las falsas revoluciones, las citadas, por otras experiencias de transformación social e individual mucho más verdaderas y estimulantes, que no pueden ser copiadas en el siglo XXI, como es de sentido común, pero que sí deben inspirar, hasta cierto punto, el pensamiento emancipador. Tal es el caso de la revolución bagauda del siglo V, que está en el origen del régimen concejil, comunal y consuetudinario de la península Ibérica, analizada en mi trabajo “El derecho consuetudinario en Navarra. De la revolución de la Alta Edad Media al Fuero general”[4]  Conviene desalojar de la mente las experiencias fallidas, los acaecimientos pseudo-revolucionarios superlativamente estatistas con final desafortunado, para estudiar qué, por qué y cómo ha sido la lucha por la libertad en el pasado, de qué modo ha avanzado el proceso histórico, y qué nos enseña todo ello para aplicarlo a nuestro tiempo y condiciones.

El fundamento y elemento motor de la revolución popular tiene que ser el individuo, como tal y como ser social-sociable que convive con sus semejantes, no el Estado. Si se erige un ente estatal para, supuestamente, liquidar el capitalismo, se está manteniendo la causa número uno del capital, que en todas partes proviene en lo más fundamental del Estado. Que esta cuestión no fuera entendida por el marxismo muestra el lastimoso nivel teórico de Marx, Engels y sus continuadores, su exigua cultura histórica, insuficientes lecturas, mediocres saberes sobre economía y política y endeble capacidad reflexiva, todo ello tapado por un portentoso descaro para emitir y enunciar lo que estaba falto de rigor, sus teorías. La revolución bolchevique de 1917 vuelve a probar con nitidez que quien dice Estado dice capitalismo, lo que es una refutación del marxismo en su núcleo teórico y propositivo central.

El “ANTICAPITALISMO” de Marx ha probado en la experiencia ser una forma peculiar de ideología, política y economía capitalista que, por ser tan extrema, se ha de ocultar y enmascarar para llegar a ser popular.

El marxismo toma lo nuclear de su sistema de ideas del de la Ilustración (que fue el movimiento elitista y pedante que formuló la ideología y política antipopular de las monarquías “absolutas” europeas, el antecedente inmediato en lo programático de los Estados liberales, agresivos y genocidas), el progresismo, la intelectualidad funcionarial y la burguesía. Apenas nada hay en él que no sea reelaboración de la cosmovisión forjada por los Estados europeos y la naciente clase burguesa desde el siglo XVIII.

Se enumerarán dieciséis elementos probatorios de tal aserción: 1) la teoría del progreso que Marx convierte en una forma radical de fe determinista, mesiánica y mecanicista, 2) el economicismo, productivismo y desarrollismo, por sí mismos el corazón de la cosmovisión burguesa, 3) la estatolatría, con la convicción de que el Estado salva a los pueblos y la ocultación de que todo Estado crea inevitablemente capitalismo, 4) la sobrevaloración de la función que en la vida de las sociedades desempeñan la coerción y la violencia, 5) la ausencia de un sistema de ideas sobre la persona y el rechazo de la autonomía del individuo, concebido por el marxismo como instrumento del Estado, es más, como ente o cosa propiedad de éste, y como fuerza laboral, o mano de obra, pero no como ser humano, 6) el virulento repudio de la noción de libertad real y libertad para el pueblo, un rasgo aberrante del marxismo, 7) la amoralidad y el nihilismo axiológico, con derivación hacia uno de los lugares comunes de la ideología burguesa, el conjunto formado por el hedonismo, placerismo y felicismo, concebidos de un modo fisiologista y zoológico, agresivamente inespiritual, 8) el desdén por la categoría de verdad con adoctrinamiento de las masas y negación de la sabiduría popular, lo que se convierte en vanguardismo político e intelectual, la nueva manifestación del redentorismo ilustrado y burgués, que concibe al pueblo como plebe a “educar” y “concienciar”, o sea, a aculturar y adoctrinar, 9) el pedantismo y ardor teorético-doctrinario, sobre la base del cientifismo burgués decimonónico, del cual el marxismo es expresión acabada, un “ismo” entre otros, 10) la devoción contrarracional por la tecnología, paralela a su desestima de lo humano y del ser humano, 11) la fe en que la riqueza, la abundancia material, es el remedio a todos los males de la humanidad, idea tomada tal cual del más pedestre ideario de las clases burguesas, 12) la apología de la ciudad, de la urbe, destinada por Marx a dominar y expoliar a la ruralidad, para crear un depredador orden urbano que devasta la naturaleza y que a largo plazo resulta insostenible, 13) la falsificación de la historia, en un sentido hegeliano, como historia universal, que el marxismo cree comprender y dominar cuando en realidad desconoce casi todo de ella y la malinterpreta radicalmente, 14) la concepción de la revolución como una feroz pendencia por hacerse con el poder para sí y el propio partido, con las clases populares reducidas a coro y comparsa, lo que lleva a la estrategia de reorganizar a la sociedad desde arriba, desde el Estado, en vez desde abajo, desde el individuo y el pueblo, 15) la utilización del ansia de consumo y la ideología consumista, es decir, del ideal capitalista por excelencia, para sojuzgar ideológicamente a las masas, pues la utopía marxista se sintetiza en la idealización del bienestar material, siendo la glorificación más notoria en la contemporaneidad de la ideología del estómago, 16) el olvido de la categoría de virtud cívica, sin la cual no puede construirse un orden post-capitalista, con la advertencia que su efectividad demanda considerar al mismo nivel la noción de virtud personal.

El marxismo es el producto teorético de la intelectualidad burguesa y funcionarial, asalariada sobre todo del Estado, que emerge con fuerza en el siglo XVIII y se multiplica en las centurias siguientes con fines de dominación ideológica y mental, como parte del sistema de poder/poderes entonces en constitución en Occidente. Llegado a un punto de su desarrollo ese grupo, o casta, social pasa a exigir más capacidad de mandar para sí, en “alianza” con la clase obrera emergente, en realidad estableciendo con ella una rígida relación de sometimiento. Su función es sostener e impulsar al sistema capitalista en periodos de paz social, aunque solicitando como pago cada vez más poder y más recursos dinerarios. En tiempos de crisis social abierta, dicha casta intelectual, organizada en los partidos socialistas y luego comunistas desde la segunda mitad del siglo XIX, salta a la palestra con fuerza para rehacer el Estado en desintegración y recomponer el capitalismo en quiebra, en la forma de híper-capitalismo, reprimiendo duramente a las gentes del pueblo (por lo general una minoría de él, su porción consciente, cívica y generosa) que, con más o menos lucidez y consecuencia, desean una verdadera revolución.

En definitiva, la teoría de Marx y sus epígonos, el marxismo, es uno más de los “ismos” elaborados por la burguesía en el siglo XIX, un ensañamiento peculiar del método abstracto, teorético, dogmático y doctrinario de razonar, que no tiene en cuenta ni los hechos ni la experiencia ni mucho menos la sabiduría de la gente común, y a cuyos productos presuntuosamente se califica de “ciencia” siendo ideología. La verdad es su víctima número uno. Por eso los seguidores del marxismo necesitan de la propaganda, es decir, del engaño y la mentira innumerables veces repetidas. Esto se debe asimismo a la radical imposibilidad de su proyecto, constituir un capitalismo perfecto, sin contradicciones, mega-eficaz, lo que se esconde con la emisión continuada de paparruchas y falsificaciones.

Por lo dicho, los partidos marxistas, explícitos o implícitos, existen de cuatro maneras. En épocas de paz social, aleccionan a las masas en las ventajas y pertinencia de la cosmovisión burguesa interpretada por ellos y contribuyen a que la estabilidad social se conserve. En los tiempos de alteración social no-revolucionaria se unen a las demás fuerzas del statu quo para impedir que la situación llegue a ser revolucionaria. Si a pesar de todo se da una revolución popular en desarrollo que ha llegado a provocar la desintegración del Estado y el capitalismo, se entregan a la tarea de rehacer el uno y el otro bajo nuevas formas. En el caso de que operen en países económicamente atrasados, reales o supuestos, levantan la bandera del desarrollo y la industrialización a toda costa, esto es, se hacen agentes de la burguesía y nueva burguesía en sí mismos.

El tercer supuesto, con añadidos notorios del cuarto, es lo que realiza en Rusia el partido comunista bolchevique, con Lenin, Stalin y Trotsky al frente. Tal no es nuevo en la historia pues tenemos unos acontecimientos similares, al final de la Antigüedad, cuando es la Iglesia, constituida por el emperador Constantino en el concilio de Nicea y formada también por intelectuales provenientes de la clase patricia y aristocrática, quien apuntala e incluso sustituye al Estado romano allí donde éste desfallece, y reconstruye el poder terrateniente cuando las viejas familias señoriales son dispersadas por la crisis general del régimen romano y la creciente conflictividad social. Por eso los revolucionarios bagaudas del siglo V chocan con el nuevo poder eclesiástico/estatal y dan muerte en combate a algún obispo.

Volviendo al presente, es necesario comprender que quien constituye una teoría diferenciada, un sistema doctrinal singular, está creando con ello, por derivación necesaria, una agrupación, partido o ente organizado. Dicho ente tiende, a su vez, a convertirse en poder, en estructura de dominio, por tanto, en Estado, cuando concurren las condiciones adecuadas, es decir, en las grandes crisis de la sociedad. De él, si lo logra, emerge una nueva forma de capitalismo. Así pues, la revolución popular tiene que ser sin teoréticas, sin estructuras organizadas estables y sin Estado, para poder extinguir y superar el capitalismo, emancipando al género humano de su dominación y tiranía.

Sobrecoge conocer que los bolcheviques rusos asesinaran a millones de personas para, simplemente, industrializar Rusia, lo que además ya estaba siendo realizado con alguna eficacia bajo el zarismo... Que ese obrar tenebroso se hiciera invocando al “proletariado”, a “la alianza obrera y campesina”, al “socialismo y al comunismo” y al “marxismo-leninismo” manifiesta su habilísimo manejo de la propaganda. Y el enorme apoyo y simpatía que consiguieron por todo el planeta lleva a tristes reflexiones sobre la credulidad y acriticismo de innumerables personas de buena fe.

A medida que el balance objetivo de las “revoluciones” perniciosas del pasado inmediato avance se irá perfilando la noción general y propuesta pormenorizada, programática, punto a punto, de un proyecto revolucionario para el siglo XXI, que por el momento está escasamente elaborado pero que puede ser desarrollado con eficacia y celeridad en los próximos años. A eso ayuda el carácter convulso de nuestro tiempo, cada vez menos apropiado para las viejas recetas reformadoras e institucionales. Así pues, la revolución rusa de 1917 deviene un ejemplo por lo negativo del que hay bastante que aprender, en lo que tiene que evitarse sobre todo y acerca de lo que por vuelco dialéctico ayuda a mejor percibir aquello que sí debe pensarse, proponerse y, cuando se den las condiciones objetivas, hacerse.

Si la ilusoria revolución rusa es ya cosa del pasado la necesaria revolución popular integral mundial lo es del futuro.

Octubre 2017

Félix Rodrigo Mora


[1] Este asunto queda tratado en “El imperio fallido. La Unión soviética durante la Guerra Fría”, Vladislav M. Zubok. El imperio soviético en Europa del este, resultante de la dudosa victoria de la Unión Soviética en 1945, es analizado en “El telón de acero. La destrucción de Europa del Este, 1944- 1956”, Anne Applebaum. El desgaste económico y descrédito político que ocasionó al imperialismo soviético el control de esos territorios se fraguó en el alzamiento de los obreros de Berlín y otras ciudades alemanas contra el ejército rojo en 1953 y, sobre todo, en el levantamiento popular espontáneo del pueblo húngaro en 1956, aplastado con miles de muertos, sin olvidar la lucha permanente de Polonia, la resistencia en Checoslovaquia y los movimientos huelguísticos en Rumania, por citar los más importantes. Se hizo habitual que la clase obrera se enfrentase en la calle a los diversos “Estados obreros” del este europeo, lo que a veces iba acompañado de asaltos masivos a las sedes de los partidos comunistas, con quema de banderas rojas y bustos de Lenin arrojados por las ventanas. Así las cosas, la desvergonzada retórica obrerista oficial terminó por perder toda eficacia, ya en los años 60. Al mismo tiempo, la Unión Soviética después de la invasión de Checoslovaquia en 1968, era incapaz de mantener su ejército de ocupación, al no poder financiarlo. De ahí su retirada. Sin duda, el soviético fue un imperio fallido, aunque feroz y sanguinario. En esencia, fue la nueva versión del imperio ruso secular.

[2] Las pavorosas (por el número enorme de los ultimados y por la crueldad extrema con que fueron arrasados pueblos y aldeas) matanzas perpetrada en La Vendée por la revolución francesa, es decir, por el Estado republicano galo salido de aquélla, han sido negadas durante decenios, pero ahora ya es un genocidio admitido por todos, incluido su perpetrador, el Estado francés republicano, pues no es posible seguir ocultándolo. Y no hizo carnicerías únicamente en La Vendée sino en docenas de territorios y lugares. La revolución rusa, ese calco sin imaginación ni distanciamiento ni creatividad de la francesa, se apoyó en La Vendée para realizar su propia represión del campesinado en Rusia, durante la “colectivización de la agricultura”, lo que fue preconizado por Lenin. Acerca del asunto citado, “La guerre de Vendée”, Alain Gérard. Una interpretación de conjunto de la así llamada revolución francesa como anti-revolución estatal dirigida en primer lugar contra las clases populares del campo y las ciudades está desarrollado en mi libro “La democracia y el triunfo del Estado”

[3] En “Investigación sobre la II república española, 1931-1936”, estudio críticamente lo que de “revolucionario” tuvo el bando republicano bajo los gobiernos del Frente Popular allí donde fue derrotado el alzamiento franquista. La conclusión es la misma que al evaluar la experiencia de la Unión Soviética, que los partidos y sindicatos de la izquierda, todos ellos, se constituyen en nuevo aparato estatal y nueva burguesía contra las clases trabajadoras, a las que sometieron a explotación, marginaron de la vida política, oprimieron y reprimieron. El franquismo hizo eso mismo en los territorios que dominó, el izquierdismo republicano en los suyos

[4] Está editado, junto con otras nueve ponencias, en “Derecho Pirenaico/ Zuzenbide Piriniarra”, Nabarralde Fundazioa, Iruñea/Pamplona.