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A 100 AÑOS DE LA CONTRARREVOLUCIÓN RUSA:

ÁNGEL PESTAÑA “70 días en Rusia, lo que yo vi”

(POR EL COLECTIVO FANNI KAPLAN)

La publicación de las notas que Pestaña redactó en los 2 meses y poco, que pasó en 1920, en Rusia fue no solo importante porque fue un disidente de la primera hora que chocó abiertamente con el poder bolchevique, sino porque su testimonio permitía vislumbrar el total descalabro de la revolución social en Rusia y porque daba cuenta de que la contrarrevolución bolchevique ya se había impuesto totalmente en ese país: Recordemos que en ese mismo momento se vendía la contrarrevolución rusa como si los bolcheviques fueran algo así como los santos del socialismo y que todo el terror social que habían impuesto era en nombre de un supuesto cambio socialista. En realidad, la burguesía bolchevique en plena luna de miel con el capitalismo mundial, había impuesto las inmundas tareas democrático burguesas a sangre y fuego

Aunque no tenemos ninguna simpatía por Pestaña, que nunca fue más que un anarco sindicalista típicamente socialdemócrata, su testimonio tiene un valor incuestionable: la gran mayoría de los que cuestionaban el poder en ese momento ya estaban presos, desaparecidos, encerrados en los campos de concentración y/o desaparecidos. Por supuesto que cuando Pestaña toma posición y juzga políticamente mete la pata, o peor, se pone del lado de la oposición democrática. Pero incluso en esos casos los hechos que cuenta muestran mucho de la terrible contrarrevolución rusa; la terrible situación del proletariado, el verticalismo político bolchevique y sobretodo de los esfuerzos bolcheviques para aumentar la tasa de explotación del proletariado agrícola y urbano sometiéndole al hambre, a la miseria, a la expropiación abierta y a la más terrible dictadura del capital nacional e internacional (concesiones al capital imperialista)

Creemos que de todas formas los extractos que iremos presentando, cumplen el cometido de denunciar hechos indiscutibles que cuestionan la historia oficial escrita por los leninistas (estalinistas y trotskistas), que a 100 años de la contrarrevolución rusa siguen mintiendo abiertamente sosteniendo que lo que hicieron los bolcheviques habría sido un “intento socialista”. Además, como todo testimonio importante que cuestiona la religión marxista-leninista, sigue tan desconocido como cuando fue publicado.

Colectivo Fanni Kaplan

ÁNGEL PESTAÑA “70 días en Rusia, lo que yo vi” (primera parte)

Desde las nueve de la mañana, hora en que llegamos a la estación de Petrogrado, hasta las doce, que vino a buscarnos un automóvil de la Tercera Internacional, hubimos de permanecer en el coche. El espectáculo que presenciamos durante aquellas tres horas, nos dio la sensación de lo que al pueblo ruso hacía padecer el bloqueo, del sacrificio que se había impuesto por la revolución y del estoicismo con que lo soportaba todo.

Más de media docena de trenes llegaron en aquel intervalo; trenes en los que apenas se veía un solo vagón para viajeros. Todos eran vagones de los que se destinan comúnmente para el ganado.

De estos vagones, apenas paraba el tren, se desbordaba una multitud inmensa de personas de todas las edades, reflejando en sus rostros el inmenso martirio que soportaban. Casi todos venían cargados con bultos de más o menos volumen, en los que llevaban las provisiones.

Eran habitantes de Petrogrado que se desparramaban por la campiña en busca de elementos de vida. Llegaban a las más apartadas casas de campo comprando lo indispensable para la subsistencia, y que obtenían a cambio de ropa, calzado o muebles. El dinero lo rechazaban.

Muchas de estas personas, que así recorrían la provincia de Petrogrado en busca de alimentos, luego, en la capital, especulaban con ellos. Los vendían o cambiaban; y esto les permitía ir viviendo. La especulación en este aspecto alcanzaba proporciones enormes. Y cuantas medidas represivas se tomaron contra ella de nada valieron, a no ser para empeorar la situación. Cuantos más peligros corría el especulador, más se hacía pagar los artículos que conseguía introducir en la ciudad.

Llamaban la atención poderosamente los abigarrados y estrafalarios modos de vestir. Era como un bazar inmenso en el que se hubiesen ido amontonando prendas de vestir de todas clases y colores, usada, medio usada y nueva.

No era raro ver a una joven tocada con una gorrita de lana nueva, o casi nueva, una blusa de seda bastante usada y una saya de tela grosera más ordinaria, y hasta con remiendos de otro tejido diferente.

Veíanse otras con zapatos altos, casi nuevos y con calcetines en vez de medias. No era raro, tampoco, ver a una mujer vestida con chaqueta de hombre y zapatos sin medias ni calcetines.

La mayoría llevaba el pelo cortado a la romana. Inquirimos más tarde, durante nuestra estancia en Moscú, la razón de esta moda y nos dijeron que la necesidad había obligado a adoptarla. Faltaban peines, horquillas, espejos, jabones, todo lo indispensable al tocado más elemental de la mujer. Por eso hubieron de sacrificar muchas sus trenzas de pelo.

En aquel primer contacto que tuvimos con la realidad revolucionaria, sin prismas que la decolorasen, ni velos que la cubriesen, comenzamos a vislumbrar la tragedia rusa.

Lo que más nos impresionó fue la seriedad, la tristeza que se reflejaba en todos los rostros. Ni una sonrisa, ni un relámpago de alegría, ni la más imperceptible manifestación de contento. Nada. Un rictus de tristeza, de profunda tristeza, lo único que podíamos contemplar. Y un silencio impenetrable. Parecía que aquellas bocas no hubieran hablado ni reído nunca.

Veíamos el dolor y queríamos saber la razón que lo determinara; pero nos hallábamos ante lo desconocido, y lo desconocido nunca deja penetrar sus misterios hasta que la razón ha penetrado en sus santuarios.

Alguien nos llama. Es el camarada encargado de la valija diplomática estoniana que nos avisa la llegada del auto que nos conducirá al "Hotel Internacional'', lujosa y atrayente morada de los turistas antes de 1914, superada ya por el "Astoria", edifica- do a pocos pasos de distancia y que después de la revolución se ha convertido en el domicilio de todos los extranjeros que entran en Rusia, aunque con preferencia para los que llevamos a cumplir una misión oficial.

La estación a donde hemos ido a parar se halla al final de la famosa perspectiva Newsky. La estación de la Avenida Newsky era una de las más concurridas y la principal y mejor acondicionada, antes de la guerra. De allí parten todos los trenes que se dirigen al interior de Rusia y por la que llegaba a Petrogrado el expreso de lujo de Varsovia- Berlín-París.

A la sazón nos la encontramos en un estado lamentable. Las puertas sin vidrios¡ muchas rotas y casi caídas, pues hasta les faltan los goznes; el suelo lleno de baches, con el piso de asfalto casi levantado; unas pasarelas que debieran servir para contener y guiar las aglomeraciones de viajeros hacia cada uno de los andenes, están rotas y volcadas las paredes, el suelo y las puertas del "hall" que da acceso a una gran plaza las cubre una suciedad y abandono que producen dolor y tristeza; y contrastando con aquel cuadro, como enmarcados en él, todos los soldados y empleados de la estación, sucios, rotos, harapientos, circulan de un lado a otro sin apenas pronunciar una palabra, con aire de profundo abatimiento.

Al salir para tomar el auto, como el público sabe que es un auto al servicio de la Tercera Internacional, la multitud desocupada y hambrienta que deambula por los alrededores de la estación y la plaza, se acerca y forma corro. Pero ni una palabra, ni un gesto. Parecen estatuas o seres que hubiesen perdido el uso de la palabra. Era para los habitantes de Petrogrado un espectáculo del que hacía mucho tiempo se veían privados: presenciar la llegada de extranjeros.

Ya acomodados, el auto enfiló velozmente por la Avenida Newsky, pero antes de llegar al final torció hacia la izquierda y después de cruzar varias calles nos dejó ante la puerta del hotel.

En el zaguán montaba la guardia dos mujeres fusil al hombro, a las que fue preciso presentar una orden que traía un secretario de la Tercera Internacional, que nos acompañaba. Conducidos al primer piso, se presentó la misma orden al comandante del hotel y, avisado el encargado del servicio, después de dilatada espera, se nos señaló las habitaciones que debíamos ocupar.

Lavados y desempolvados los trajes, esperábamos la llegada de un alto funcionario de la Tercera Internacional que había de revisar nuestras credenciales, cuando se presentó una de las mujeres del hotel preguntando por el camarada Pestaña.

Se comprenderá mi turbación y asombro, al escuchar de la servidora del hotel, que una persona de Petrogrado deseaba entrevistarse conmigo.

—Dígale que dentro de unos minutos me tendrá a su disposición.

Era tanta mi impaciencia por averiguar quién pudiera ser la persona que deseaba verme, que me lancé por pasillos y escaleras al piso superior. Llamé en el cuarto que se me había indicado y, abierta la puerta, me encontré frente a frente con Víctor Serge (Kibalchiche), que desde su desaparición de Barcelona no había vuelto a saber nada de él. No tenía ni la más remota sospecha de que estuviera en Rusia.

Nos saludamos con un fuerte y fraternal apretón de manos y, en español, que con dificultad hablaba, me pidió noticias de todos los camaradas anarquistas de Barcelona, de la organización, del periódico "Tierra y Libertad", donde tan hermosos artículos había publicado y de una serie de cosas, de las que se hallaba privado de saber a causa del bloqueo.

Le expliqué rápidamente lo que había y, a mi vez, le pregunté qué era de su vida y cuál su opinión sobre la revolución.  —Ven a la noche —me dijo— al hotel "Astoria". Preguntas por el número de mi habitación, que ahora te apuntaré, y charlaremos más largamente de todo. De paso podrás ver a Berkman y a Emma Goldman, que ocupan una habitación contigua, y a quienes tendrás ocasión de conocer personalmente. La conversación no dejará de ser interesante para ti y para nosotros.

— ¿Y cómo has sabido mi llegada? —le pregunté.

—Ocupo un alto cargo en la Tercera Internacional. Por mi cargo me entero inmediatamente de quienes llegan de Europa y, al ver tu nombre, he corrido a saludarte.

Cuando acompañando a Kibalchiche descendimos al primer piso, ya nos esperaba el camarada Tom Rech, delegado de los comunistas norteamericanos en la Tercera Internacional desde el primer Congreso celebrado el año anterior, a quien entregamos nuestros mandamientos y nos dio instrucciones.

—Mañana —nos dijo— partiréis para Moscú a las dos de la tarde. Empezarán las sesiones del Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional para dar la contestación a Cachin y a Frossard sobre si debe o no admitirse el Partido Socialista francés en la Tercera Internacional. Podréis tomar parte en las deliberaciones. Ahora podéis comer, pues ya se ha dado la orden y luego podéis visitar alguna institución soviética.

Debo advertir que el viaje desde Berlín a Petrogrado y luego hasta Moscú, lo hicimos en compañía de Rosmer, delegado del Comité de la Tercera Internacional de París, de su compañera y de Abramovich, ya citado, aunque éste en Petrogrado se separó de nosotros, uniéndose, en cambio, Murphi y algún otro.

Comimos en un instante, pues ardíamos en deseos de recorrer la capital fundada por Pedro el Grande y poder apreciar de cerca los estragos de la guerra, de la revolución y, sobre todo, de mezclarnos con el pueblo, ya que hablar resultaba imposible por no saber ruso ninguno de nosotros. Lo primero que visitamos fue la Catedral de San Isaac, que está emplazada justamente delante del Hotel Internacional. Sus grandes puertas estaban abiertas de par en par […]

Visitamos las varias dependencias del Palacio del Trabajo, cuya organización no estaba aún, totalmente terminada.

Las dificultades que diariamente se les interponían para el acopio de materiales y la lentitud en el trámite de expedientes a causa de la burocracia, era causa de que la organización total no se hubiera terminado.

Excusamos repetir que, en todas las dependencias oficiales y edificios del Estado, que eran numerosísimos, los bustos de Carlos Marx se prodigaban con una copiosidad fetichista. No se entraba en dependencia u oficina, ni se pasaba por delante de un edificio del Estado, sin que el busto del fundador del materialismo histórico no hiciera los silenciosos honores del recibimiento.

No obstante, puede decirse que no eran nada los bustos tan profusamente distribuidos si los comparamos con la cantidad de retratos del mismo Marx, Lenin, Trotsky y Zinoviev, que se veían por todos los sitios.

La colocación era en grupo de tres, advirtiendo que dos de ellos, el de Marx y el de Lenin, casi nunca faltaban y, en todo caso, si faltaba uno de los dos, era el de Marx. Para el de Lenin no hallamos ni una sola excepción. Los que variaban con frecuencia eran los de Trotsky y Zinoviev. Según la influencia que gozara cada uno de ellos en la organización o dependencia aludida, figuraba el retrato del predilecto.

De banderas rojas no hablemos. Las había a millares. En el interior y en el exterior, en todos los rincones, no se veía otra cosa que banderas rojas. Mientras las paredes estaban revestidas de tela roja los rusos paseaban por las calles semidesnudos.