SEGUNDA PARTE: LOS ACONTECIMIENTOS
IX - APARICIO SE ASOMA A LA HISTORIA
Para un hacendado cimarrón de la frontera, como fue el padre de Aparicio, Brasil era una abstracción política. Lo que existía en su cabeza era un Estado del Sur Brasileño llamado Río Grande do Sul y del otro lado del marco fronterizo existía otro país llamado Uruguay.
Dom Chico sabía que las capitales eran respectivamente Porto Alegre y Montevideo. En ambas ciudades gobernaban latifundistas, masones y liberales que despreciaban a los estancieros cimarrones. Y los hacendados cimarrones por su parte despreciaban a los burócratas de ambas ciudades, pensando que el mejor gobierno, en Porto Alegre y en Montevideo, sería el que los molestara menos.
Muchos de estos estancieros cimarrones, sin embargo, habían perdido referencias de clase y sentían a los grandes terratenientes “blancos” como compañeros de lucha contra las ciudades; y por el contrario veían a los grandes conglomerados urbanos como parásitos succionadores de riquezas, donde todos vivían bien a costillas del campo.
La gesta de Aparicio Saravia los hizo entender su error: descubrieron que en cada ciudad, la condición social dividía a explotadores y explotados, y que en el campo también habían intereses antagónicos que los más ricos intentaban disimular.
Aparicio hizo saltar por el aire muchos prejuicios
En la ciudad no todos eran iguales: los ricos disfrutaban y los pobres vivían mal o se veían obligados a enrolarse en el Ejército, mientras que en el campo los hijos de los pobres vivían peor, entraban en el Ejército gubernista a la fuerza y en peores condiciones, mientras los grandes hacendados que los evocaban en el discurso miraban para otro lado desde sus palacios montevideanos.
Los hacendados cimarrones también deseaban, lógicamente, que sus hijos estudiaran. Bajo la dictadura del colorado Latorre (1875) los liberales habían hecho un esfuerzo importante para que la clase obrera urbana se alfabetizara. Pero para la gente del campo no había esa oportunidad.
Dom Chico envió a su hijo Aparicio a estudiar a Montevideo, en un modesto colegio privado con pensionado. A los 14 años Aparicio se fugó, participó en un alzamiento “blanco” contra el Gobierno y volvió a caballo a la estancia paterna donde su familia lo recibió sin reproches y hasta con cierto orgullo. A pesar de su temprana deserción académica sus cartas siempre mostraron un estilo cuidadoso y una afición lectora que nunca abandonó. Téngase en cuenta que en esa época varios altos oficiales del Ejército gubernista oriental no sabían leer.
Si a los catorce años fue cabo, a los 19 fue alférez de otro alzamiento “blanco”. Casado muy joven con Cándida Díaz, sus hijos recuerdan que por su honradez “su palabra era un Evangelio”. También recordaban que todos los jóvenes de la familia practicaban una esgrima con daga al que llamaban “barajar”.
Las arbitrariedades de la autoridad, a ambos lados de la frontera, afectaban a los hacendados cimarrones tanto como a sus peones. Si para estos últimos estaban reservados la cárcel, los azotes y la leva (llevarlos a la fuerza a servir al cuartel), para los hacendados “sin padrinos políticos” el robo descarado de sus animales, la prepotencia y las amenazas eran permanentes. Por eso las estancias cimarronas además de las murallas de piedra tenían cercos del espinoso arbusto de cina-cina rodeando los potreros. Los postes de alambrado habían hecho su aparición apenas 25 años atrás, por 1870.
Cierta vez el hermano mayor de Aparicio, Gumercindo, fue detenido arbitrariamente en Santa Vitória do Palmar. Eso fue antes de la incursión de ambos en las luchas del Brasil. Los Saraiva o Saravia no eran familia de dejar a uno de sus miembros en esa situación. Una anciana negra le llevó a Gumercindo un pan casero y el oficial de guardia autorizó su entrada al calabozo. Dentro del pan estaba la llave salvadora y esa noche había unos cuantos miembros de la familia Saravia en el callejón a los fondos del presidio, con suficientes caballos frescos para ganar el monte y con suficiente armamento como para ganarlo de todas maneras.
La familia sabía que Gumercindo y Aparicio habían hecho un juramento en un solitario corral de piedra: vengar a Leandro Gómez. Pero antes de eso los llamaba la urgencia política en el Brasil. Gumercindo era brasileño y Aparicio no lo dejó solo.
Era la Revolución Federal de 1893. Aquella Revoluçâo Farroupilha, traicionada por Garibaldi y los masones, recuperaba ahora su rostro popular y democrático en el Sur brasileño.
El General Gumercindo Saraiva muere en combate y Aparicio termina su gesta siendo promovido también a General por su heroísmo. Sus hazañas militares y su caballerosidad empiezan a tejer su leyenda. Herido en el combate de Passo Fundo, continuó al frente de los destacamentos federales y “maragatos” contra los “picapáus” imperiales hasta que la revolución Federal fue totalmente derrotada.
Aparicio aprendió en Brasil a qué extremos puede llegar la ferocidad irracional de los opresores. También conoció la riqueza cultural de los afroamericanos y los pueblos originarios. Todas las huellas indígenas y africanas que en el campo oriental eran retazos de raíces mestizas, en el inmenso Brasil eran la herencia todavía intacta de las antiguas culturas. Por último, también entendió que el pueblo enardecido en el combate necesita conductores firmes y serenos con dramáticas reglas que rigen la disciplina de la guerra. Cuando uno de aquellos combatientes humildes y generosos cometía un atropello grave contra un vecino humilde debía ser duramente castigado, y en algunos casos, fusilado. No había opción.
Derrotada la revolución en Brasil, cuando Aparicio Saravía cruza la frontera y vuelve al Sur, en el Estado uruguayo su llegada produce cierta inquietud política. Periodistas de Montevideo y hasta de Buenos Aires viajan al lejano y solitario Norte uruguayo a conocer al guerrero y sondear sus planes.
X - PREPARANDO LA REVOLUCIÓN
En el Estado uruguayo, en plena modernización capitalista, había tenido lugar un cambio significativo: el sector militar del Partido Colorado, preponderante desde 1875, había dejado el Gobierno nuevamente al sector civil del Partido Colorado.
Pero la democracia era sólo una farsa
Julio Herrera y Obes, el Presidente Civil, había proclamado abiertamente el derecho de cada presidente de influir en la elección de su sucesor. Recuérdese que por la Constitución de 1830, el Presidente era elegido por los parlamentarios, y éstos a su vez eran electos sólo por los ciudadanos varones con propiedades que además supieran leer y escribir. El voto no era secreto y los Jefes Políticos departamentales (colorados) incidían presionando a los votantes o simplemente cambiando urnas y falseando los resultados.
En 1894 a Herrera y Obes lo sucedió en la presidencia Idiarte Borda. La corrupción se hizo más descarada y dentro de su propio partido empezaron a formarse facciones contra él. Un joven periodista encabezó esa oposición interna: se llamaba José Batlle y Ordóñez y su base social eran los modernos empresarios urbanos y los intelectuales de pensamiento europeizado. Su prédica atrajo también a los inmigrantes humildes.
Mientras el prestigio de Batlle crecía en el partido de gobierno, el Presidente Idiarte Borda se volvía más y más impopular. Los abusos en el campo se hicieron intolerables y mucha gente abandonaba sus hogares para hacerse “matrero”, fuera de la ley.
Aparicio Saravia empezó cautelosamente a preparar un levantamiento armado contra Idiarte Borda. A diferencia de Batlle, Saravia no quería poder político; su reino era la pradera ganadera, y su recompensa el cariño de su gente. Por ella actuaba, porque era un gaucho más; un gaucho con prestigio y con plata.
Para conseguir armamento y asegurar su retaguardia, debía hacer acuerdos con los gobernantes de Río Grande do Sul, el Estado brasileño fronterizo. Pero en el Estado “gaúcho” brasileño gobernaban sus antiguos enemigos, los que habían matado a su hermano mayor. El cadáver de Gumercindo había sido desenterrado y su cabeza arrancada como trofeo. Las manos de la profanación habían sido, sin duda, gubernistas. Los latifundistas “republicanos” gobernantes seguían odiando al Imperio, pero habían aplastado el ala popular federalista. Y con esos “republicanos” debió pactar Saravia.
Ahora su objetivo era Uruguay, y la lógica y las leyes de la guerra son implacables. Debía cuidar su retaguardia fronteriza.
Por su parte el Gobierno “colorado” de Idiarte Borda tenía excelentes relaciones con el Gobierno Imperial de Río de Janeiro. Esta amistad databa desde 1851, cuando el Partido Colorado le había cedido al Brasil grandes extensiones territoriales. Si los gobernantes de Río y de Montevideo eran amigos, nada más natural para los latifundistas riograndenses, muchos de ellos de cercano origen “cimarrón”, que apoyar todo lo que hiciera Aparicio contra cualquiera de los dos gobiernos, el de Montevideo o el de Río de Janeiro. El pragmatismo y el sentimiento rural eran más fuertes que la visión política en aquellos hacendados fronterizos