Envíopostaporteñ@ 937

La lección de SUSANA VIAU

 

POR RICARDO ROA

26/03/13 -Clarín

Susana Viau escribió su última columna para Clarín desde el hospital. Escribió hasta el borde mismo de la muerte. Murió en una fecha especial: el 24 de marzo, aniversario del golpe. Algo que a ella y a toda nuestra generación nos cambió para siempre la vida.

Hasta el último aliento Susana fue pensante y comprometida. No trabajaba dentro de la redacción, era una columnista que desde afuera estaba dentro de Clarín asumiendo sin ausencias una columna que vibraba por su agudeza. Todos la respetábamos por su profesionalismo y por su honestidad.

Como tantos de nuestra generación, había militado antes de ser periodista. Muchos hicimos ese viaje de la política al periodismo en los 70. En la militancia adquirimos valores y prejuicios antes de formar los propios. Éramos moralistas en el sentido de que actuábamos en política porque creíamos que era lo correcto.

Ella lo hizo en la izquierda, yo en el peronismo. Pero los grupos en los que actuamos eran equivalentes en un punto: funcionaban como iglesias que exigían fe en la revolución. Eran grupos donde la solidaridad era compatible con el dogmatismo y el autoritarismo.

La verdadera religión de los 70 fue el debate político

Era una sociedad politizada hasta la violencia. Pero aprender a discutir no significa necesariamente aprender a pensar. Los militantes éramos sectarios: nos entendíamos sólo con quienes estábamos de acuerdo.

Al abandonar la militancia abandonamos el concepto de la vida como lucha y fanatismo. Una ventaja del periodismo respecto de esa forma de hacer política es que no teníamos necesidad de reivindicar a nadie ni de asimilar acríticamente las ideas.

No es función del periodismo proponerse defender un solo punto de vista, una versión. Eso no es periodismo. El periodismo obliga a publicar más de una versión de los hechos y a entender que se tiene sólo una parte de la verdad.

Otra manera medular de explicarlo: contar aquello que otros quieren ocultar. Susana Viau intentó hacerlo toda su vida.

En eso también fue coherente.

Ser coherente con uno mismo no es momificarse, repitiendo consignas. Es lo contrario: abandonar los dogmas que encorsetan. Alejarse del pasado para no traicionar el pasado.

Por eso combatió la manipulación de los derechos humanos y de la lucha por los derechos humanos.

Denunció a los Kirchner por usarlos para legitimarse y revivir, por cálculo y no por convicción, esa lucha y por conseguir finalmente en esa alianza lo que no pudo conseguir la dictadura: el desprestigio de algunos de esos organismos.

Susana nunca fue cortesana. Fue irreprochablemente honesta, con los demás y consigo misma y tuvo siempre en claro que un progresista corrupto es simplemente un corrupto y nada más que eso.

Deja un legado para este oficio.

 

Las fuertes palabras de despedida de BONASSO a SUSANA VIAU

 

martes 26 de Marzo del 2013 | clarín

 

"La muerte de Susana Viau pone en duda mi añejo ateísmo: resulta inconcebible pensar que sus frases punzantes que ocultaban su ternura, la energía sobrehumana con la que llegó –trabajando- hasta pocas horas antes del final, se diluyan en la nada. Me lo digo y pienso, absurdamente, en su yo empírico, en La Negra, La Petisa como tal. Con sus inesperadas carcajadas de asombro ante un dato filoso que le gustaba. Con sus confesiones puntuales, pudorosas sobre el enemigo que tenía adentro desde hace más de ocho años.

Ese enemigo que parecía controlado por el coraje de Susana y se desbocó y la mató, justo un 24 de marzo. Para que coincidiera el cáncer personal con el cáncer histórico.

Tenía 68 años, pero tenía muchos más. Como tantos de nosotros había visto caer a los mejores compañeros en edad temprana. A los treinta años ya estaba colmada de fantasmas entrañables, como una abuela de ochenta.

Yo la conocí antes de la tempestad, al comenzar los setenta, en La Opinión de Jacobo Timerman.

Era una ardilla hiperkinética y troska que más de una vez polemizó con nosotros, los peronistas del Bloque de Prensa.

La recuerdo discutiendo con la sombra grande de Rodolfo Walsh por una de esas cuestiones tácticas que nos llevaban horas de pasión y saliva. Y sé que Rodolfo hubiera podido decir de ella, lo que Lenin dijo cuando murió Rosa Luxemburgo: “Teníamos diferencias y las discutimos pero era un águila, no un ave de corral”

Venía de trabajar en el semanario Panorama donde se había consolidado por dos virtudes que la hicieron grande en el oficio: la capacidad de investigar y una prosa fina, filosa, alimentada por miles de lecturas.

Paralelamente militaba en el PRT, escribía en Nuevo Hombre y se perfilaba para los servicios de inteligencia como una peligrosa “ideóloga”.

En aquel decisivo 1973, dio un paso franco hacia el periodismo militante y se sumó a las filas de El Mundo, el diario del PRT-ERP, que dirigía Manuel Gaggero y que fue clausurado con lujo de violencia por el lopezreguismo en ascenso.

Allí conoció al compañero de su vida, Enrique Pacheco, un yoruga perseguido por la dictadura del Uruguay, que laboraba, el rostro adusto y el corazón tierno, en la seguridad del explosivo periódico.

Tras la clausura de El Mundo, regresó a la prensa profesional, que también estaba traspasada de militancia y pronto quedó a merced de la persecución, cuando los escuadrones de la muerte se llevaron al director de El Cronista Comercial, Rafael Perrota, un hombre del establishment que se había volcado a la causa revolucionaria.

Vino un período oscuro de clandestinidad y allanamientos, entre los gritos soterrados del 76, encerrados con el pequeño hijo Enrique en un monoambiente de la hermana Mónica Viau. Allí Susana fatigaba una IBM 82, de las de bolita, apoyada sobre una tabla en el bidet, con ella sentada en el inodoro.

Luego vinieron los largos años del exilio en Madrid, donde hubo que aprender los más duros oficios terrestres y convertirse en buhoneros para vender “biyuta” cerca del Rastro. Allí nació María, la segunda hija y allí vivieron, como vivimos todos, sin colgar las cortinas, la mirada puesta en el Buenos Aires congelado de la nostalgia.

Hasta que un buen día, enamorado de su prosa, cayó por su departamento cercano al Retiro, Jorge Lanata y la reclutó para Página/12.

Allí la reencontré, a fines de los noventa, escribiendo como toda la generación: el ceño fruncido, el pucho en la boca y una mueca de contrariedad por el remate que no se deja atrapar.

De Página nos fuimos ambos para Crítica, diario fugaz y malogrado, donde igual pudo imponer su prosa de lujo, su solidaridad siempre disponible y una desconfianza existencial frente a todas las patronales del mundo. Incluyendo, claro, las supuestamente izquierdistas.

Cuando la vi como columnista en Clarín me alegré, porque le habían dado el espacio dominical que merecía. Seres bajos del lupanar político, como Aníbal Fernández, la quisieron etiquetar como “periodista insignia de la furia del multimedio”, ignorando que La Negra de haber tenido motivo no hubiera vacilado en mentarle la madre al propio Magnetto.

Porque no era alcahueta de nadie, como Dante Palma, uno de los mercenarios de la infumable 678, que escribió mientras ella agonizaba: “Un domingo sin Susana Viau no es un domingo”.

Peor aún, la necrológica escueta y burocrática de Página/12, que remeda la prosa inodora del último Pravda, quiso también condenarla al olvido.

Pero estás más allá, Negra: en el balance final que cierra el contador implacable. El mismo que certifica tu genio y tu decencia, atravesando la noche de esta Argentina mediocre y agachada.