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UN CAMIÓN A BELLA UNIÓN

La luna llena iluminaba la caja del camión, las estrellas formaban un gran “rompe cabezas sin fin” lleno de interrogantes, miedos y mucha ansiedad, el camión  con su carga debía de llegar a Salto y después continuar para Brasil,

El viaje había comenzado muy temprano a la tarde en Uruguayana y Agraciada, después de un rato de espera y mucha charla con choferes para saber hacia dónde iban.

Logramos que un chofer nos permitiera ir atados sobre la carga, largo y peligroso viaje que hoy visto a la distancia y ya más viejo, realmente no dudo de calificarlo como un disparate.

Dormir sin caernos, charlar y hacer chistes fue parte esencial de aquellos tres jóvenes que querían concurrir al 1er. Encuentro Campesino en Bella Unión

Para mí Bella Unión no era un lugar nuevo, lo conocía o al menos así lo creía yo, tiempo antes había estado pero en otras vestes, -como funcionario de la Comisión Honoraria del Azúcar- había estado en los cañaverales, en las fábricas, etc.

El ruido del motor y la helada ponían a prueba nuestro buen humor y nuestra resistencia, paramos en algún lugar de la ruta 3, ya no recuerdo la hora pero si era bien entrada la noche, éramos tres: una compañera  estudiante de agronomía, el “Tubo” de veterinaria y yo, cuando el camión se detuvo y logramos bajar de esa altura la compañera corrió a un baño y el “tubo” y yo al primer árbol que encontramos.

Un café con leche caliente acompañado de unas latas de sardinas y galletas nos trajeron el buen humor y las ganas de seguir el viaje.

En mi visita anterior conocí la fábrica, estuve en el hotel de CALNU, habíamos “bagayeado” alguna W y Don Olmos, un personaje mucho mayor que yo(60 casi 70 años, yo en esa época tenía unos 17 años), todo un personaje salido de la mejor estirpe tanguera y … un señor que actuaba como Fiscal de la Comisión, me iba enseñando el trabajo, me presentaba personajes y personas, y a la vez  me hacía conocer otros tipos de delicias humanas que no vienen al caso, recuerdo su traje color arena y su sombrero Panamá y grandes y blancos bigotes.

“…Che botija, hoy saliste temprano para el cañaveral, me preguntó el gerente ¿qué carajo andás haciendo tan temprano…?” me recriminaba Don Olmos mientras se peinaba su cabeza blanca y su bigote señoril.

La realidad era que el día anterior recorriendo los surcos me habían impresionado mucho la forma de trabajar, las condiciones y la gente; yo andaba con botas de cuero y tenía miedo a la yarará, todos en las oficinas del ingenio me habían advertido de su peligro, pero ellos trabajaban descalzos y las mujeres y los gurises acarreaban al fin del surco lo que los hombres cortaban, quería ver y si era posible hablar, enterarme no sé bien de qué pero quería estar ahí.

Me levanté a las 5 y aprovechando mi “investidura” de funcionario de la Comisión pedí un Jeep y me hice llevar. No podían decirme nada, nuestro trabajo consistía en fiscalizar el corte, calcular el peso, la podredumbre y el Pol (poder sacarígeno), así que desde ese punto de vista nadie me podía decir nada, solo podían decir que trabajaba mucho….y que era un rompe huevos, porque la realidad era que nadie le daba mucha bola a los deberes del Fiscal, no por corrupción sino por inercia, forma de vida y pelotudismo muy uruguayo.

El camión para poco después de la salida del sol la cual aun recuerdo, fue un espectáculo maravilloso más para tres jóvenes montevideanos con poca experiencia en amaneceres camperos.

El chofer nos indica que tenemos algunos kilómetros para caminar y con su brazo nos muestra en qué dirección, eso hicimos un buen rato hasta toparnos con un hombre con un carrito tirado por un caballo y unos tarros de leche recién ordeñada, le hicimos señas y el hombre se fue acercando hasta llegar a nosotros.

“Buenos días, ¿que andan haciendo muchachos?” “Nada, estamos viajando, vamos para Brasil”. “…Ah y así nomás, a pie…” “No, no a dedo, nos trajo un camión” “…Ha… ¿quieren tomar un poco de leche recién ordeñada?….” Y saca una lata de duraznos en almíbar convertida en una resplandeciente taza, la mete dentro del tarro y nos la da, mientras continuaba preguntando, la leche aun estaba tibia.

El hombre nos dice que se llamaba de apellido Argenzio, yo quedo muy sorprendido ya que uno de mis jefes también se apellidaba Argenzio y también fumaba naco en  chala y se lo comento, él nos mira, se sonríe y comenta “…Ahh, entonces ustedes quieren llegar al campamento de UTAA?” “….SI, sí, bueno sí.” “Yo los acerco un poco y después tienen que caminar, está pegado al río, mejor vayan cruzando el campo y ojo! que los milicos le están sacando los documentos a todos lo que llegan…”

Nos dejó cerca y a campo traviesa llegamos al campamento de UTAA para el Primer Congreso Campesino, evitamos que nos sacaran la cédula de identidad- que al irte tenías que pasar por la comisaría a retirarla.

Había muchos jóvenes de varias partes, nadie decía nada pero todos estábamos con la esperanza de conocer al “Bebe”, él ya hacía mucho tiempo que estaba clandestino, ciertamente no sucedió pero el flaco Rodríguez BELLETTI fue un buen organizador y anfitrión, ahí estaban Ariel con su hijo que era apenas un gurisito….y ahí empezó mi historia de militante en una organización clandestina.

Aun llevo en mi rodilla derecha la marca de un tajo que me hice al tratar de abrir una lata con un cuchillo, hay veces que la miro y me nace una sonrisa, me pregunto si lo haría todo nuevamente y la respuesta siempre es la misma :SI, pero mejor.

La vuelta fue desordenada pero en grupos más grandes cuidándonos unos a otros, recuerdo que al llegar a Young, habíamos decidido hacer un pequeño campamento a la salido del pueblo (hoy ciudad) para pasar la noche al costado de una estación de servicios, mientras algunos compraban pan y otras cosas los demás esperábamos sentados en el cordón, cayeron los milicos y nos echaron del pueblo.

No nos quedó otra alternativa que seguir caminando y salir lo antes posible de ese lugar tan inhóspito que hasta el día de hoy de alguna manera continúa siéndolo.

Retornados a Montevideo nos dispersamos cada uno para su casa y cada uno con las “obligaciones” que había adquirido, yo fui a encontrarme con Ariel unos días después en la imprenta del diario Liberación (que editaba el MRO) en la calle Arenal Grande y Mercedes o algo así.

Días más tarde estábamos Diana y yo   tomando café en una confitería de la calle Soriano, esperando nuestro contacto, minutos después llegaron “Carmelo y Berta”, ahí comenzó nuestra militancia en una organización armada.