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Navidad Sin Paz

 Aída Perugino

Con sus envejecidos sesenta años, ella espera con desesperación, que por fin le confirmemos que puede pasar a cobrarlo, es el ticket social de seguridad alimentaria, que por primera vez y con ayuda de un profesional pudo tramitar hace tres meses. Después de ciento ochenta días tendrá que renovarlo justificando que no pudo en ese tiempo salir de su miseria. Es decir, que no pudo dejar de comer de lo que otros desechan, de acostarse y levantarse entre eso, de aspirar su quemadura, de juntar cartones y romper vidrios, de lastimarse con sus restos, de astillarse las pupilas y de agravar su insuficiencia cardíaca. Miseria, es estar enfermo y no tener ni siquiera un asiento donde apoyar la espalda.

Ese anhelado ticket es el equivalente a 250 pesos mensuales, para comprar alimentos, productos de higiene o combustible para cocción y en determinados lugares adheridos. Para ser beneficiada tiene que tener documento, CUIL, certificado médico que acredite su riesgo alimentario, certificado de domicilio expedido por la policía y factura donde se verifique su dirección en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Una política de Estado que al mismo tiempo que gotea ayuda se galardona por ella. La de los planes sociales, todos ellos signados por la necesidad de enfriar el desborde, y todos presentados como atributo de quién lo da. Anunciados como derechos, son un arma de control y moral, desde donde impune y sigilosamente se decide sobre alguien, hasta sobre lo que comerá y sobre lo que no.

La perversión de un sistema que al mismo tiempo, invierte de su presupuesto de salud 35 mil pesos mensuales por cada paciente internado en el hospital Borda, para que después veamos con espanto, cómo esos pacientes lejos de recibirlo, viven en condiciones inadmisibles, con muertes por desnutrición, falta de gas, colchones quemados, habitaciones oscuras y heladas, deterioro y descuido, medicamentos de cuarta. Los manicomios de nuestra ciudad ya no son un asunto de discusión técnico ideológica de modelos de atención, son un asunto de corrupción

La perversión de un sistema socio político y la casi nula reflexión sobre el mismo, produce locura, violencia y muerte

Hace unos días, salió una solicitada en los diarios Por una navidad en paz, se titulaba, lo pedían los diversos y numerosos actores sociales  que la firmaron, haciendo una implícita referencia a los últimos hechos de saqueos, agitamiento y rebelión policial. Después de haber visto lo que todos vimos, colchones cargados en bicicletas, cochecitos de bebés colgando del brazo de un señor que corre por la avenida, un freezer cargado en un carro con jinete, equipos de música en 4x4, jóvenes y no tanto, carritos lleno de comida, beneficiarios de planes y los que los reparten, figuras tambaleantes de droga y alcohol, lideres y liderados, bandas de motos organizadas, punteros y sus clientes, barras y barridos, mano de obra hace rato contratada

Vimos por las flamantes cámaras de seguridad, que es posible que demasiadas personas de nuestro país, por necesidad o por gusto, por agitación o espontaneidad, hayan necesitado, podido, querido, sacarle a otro lo que no decidió darles.

Que hayan creído que no corrían riesgos, o que no les haya importado correrlos. Y que esos otros, por maldad, indiferencia, ignorancia o por desesperación, hayan decidido defender lo que consideran justo, lo que tenían o lo que creen ser, con palos y balas, hayan podido matar a otros.

Después de haber visto lo que vimos, ¿cómo podríamos estar en paz?

Increíblemente con 30 años de democracia, lo advirtamos o no, el piso remunerativo para un reclamo salarial lo puso la policía, la desagremiada

La misma que después de negociar con quienes gobiernan, algunos de los que ahora solicitan paz, está dispuesta a reprimir a esos que dieron consistencia con sus desbordes a sus medidas. Y también está dispuesta a palear y pisar la cabeza de esos con quienes comparten las ganancias a diario, las de los delitos cotidianos, esos que permiten cometer en tiempo de paz, eso también lo vimos y también lo sabemos

Una situación que debería haber sido un analizador social, que en términos de Cornelius Castoriadis, es algo que por su acontecer mismo nos hace replantear nuestros modos de funcionamiento y de ser social, algo que debería haber sido un llamado inevitable a la autorreflexión, un natural punto de inflexión, inicio de alguna transformación, termina siendo manipulado con la conocida simplificación del viejo enemigo de siempre que desde afuera amenaza nuestra impoluta tranquilidad

No es posible una navidad en paz. Ni siquiera lo ha sido en Belén.

Ese pedido es una aporía. O una posición cínica. Los efectos de este complejo entramado político social y su infamia, horadan nuestra subjetividad, nuestros lazos, nuestro futuro. Acaso será el desafío para un año nuevo, el compromiso de una lectura crítica, sincera y profunda de la realidad que habitamos, vemos, negamos, y construimos a diario