Por Ariel Scher
(en Buenos Aires)
(Increíble fútbol, hijo. A veces los partidos no son grandes partidos, pero las emociones que caben en esos partidos son grandes emociones. Las de los uruguayos en este Mundial, por ejemplo.)
Yo sé que el Pájaro Canzani, que tiene música en las uñas y goles en los ojos, lloró. En París lloró porque París es la ciudad donde llevó los huesos, las corcheas y las gambetas cuando la dictadura provocó que del Uruguay se fueran demasiadas cosas que valen la pena, como las canciones que el Pájaro Canzani, oriental entre los chilenos del grupo Los Jaivas, afinaba y sigue afinando con las venas y con la voz. Yo sé que lloró porque el Pájaro Canzani está enterado, desde los días en los que ya bramaba en una cuna y aún no entonaba en un escenario, que en el Uruguay se aprende a decir Uruguay al mismo tiempo en el que se aprende a decir fútbol.
Yo sé que William Puente, que cultiva al periodismo desde las palabras y que consigue que las palabras le bailen como de fiesta en cada oración, lloró. En Buenos Aires lloró porque Buenos Aires es la ciudad donde fue a parar cuando lo empujaron los mismos vientos horribles que al Pájaro Canzani. Yo sé que lloró porque, antes de transformarse en un experto en contar el mundo, William Puente vibró tanto por Uruguay y por el fútbol que lo detuvieron porque alguien trató mal a Ladislao Mazurkiewicz, un arquero que sabía atajar las pelotas y las piedras, y vibró todavía más persiguiendo noticias hasta conocer, del otro lado del agua, cómo fue cada partido de su hermoso Racing de Sayago.
Yo sé que Virginia Lanza, que parpadea con los ojos más luminosos de toda la Banda Oriental, lloró. En Montevideo lloró, de cara a un río al que llama mar, viendo a los anónimos que van por la Rambla desde el barrio Sur hasta Malvín y desde el Buceo hasta Ramírez, porque Montevideo es el hogar en el que pudo permanecer, masticando angustias y embroncando silencios, en los años en los que el Pájaro Canzani y William Puente se tuvieron que ir. Yo sé que lloró porque a través de las décadas se levantó y se fue a dormir como una laburante entre miles de uruguayas y de uruguayos y eso significa que, parpadeando para embellecer la realidad, vio otras veces y vio esta vez, conmovida por el fútbol, a la gente de su pueblo.
Yo sé que, en un bar viejísimo de la avenida Rivera, un amigo que me prohíbe que lo nombre lloró. En ese bar lloró mientras anoticiaba a señores, a los que nunca antes había encontrado en ese bar, de que Juan Carlos Onetti escribía como los dioses pero antes había sido vendedor de entradas en el estadio Centenario. Yo sé que lloró porque siempre iba a ese bar, siempre desmenuzaba ese pasado del gran Onetti y siempre lloraba cuando el fútbol del Uruguay le regalaba una victoria para el estremecimiento.
Yo sé que, en una esquina de la 18 de Julio, un amigo que no prohíbe pero sí ruega que no le avise a nadie que él es él lloró. En esa esquina lloró porque, ritual o superstición, aunque habita desde la niñez en una calle camino del Cerro, se mueve hasta ahí en las citas bravas del Uruguay en los mundiales. Yo sé que lloró, sé que si uno de los suyos le clavó los dientes a un rival no le gustó ni medio y sé que en cada ataque rival, ritual o superstición, acarició las páginas de Puntero izquierdo, el cuento de Mario Benedetti que más escoge entre los cuentos de Benedetti porque, claro, es un cuento de fútbol, o sea un cuento de vivir.
Yo sé que damas a las que jamás podré mirar y caballeros a los que nunca cruzaré, delante de muchos o a escondidas de todos, lloraron. Lloraron en el Mercado del Puerto al atrapar el álbum de aromas que recorre ese aire que no es igual a otros aires. Lloraron en casas de Tacuarembó o de Durazno, entibiando las paredes con la garganta de Alfredo Zitarrosa porque esa garganta suena en cualquier circunstancia. Lloraron en las veredas históricas de Colonia y en un rincón reconocible del Chuy, con La Vela Puerca o con Daniel Viglietti, con No te va a gustar o con Jaime Roos, con los músicos de ahora y los de antes y los de cualquier tiempo, con todos endulzando, eco tras eco, las paredes y, además, la existencia.
Yo sé que no todos lloraron pero sé que algunos lloraron cuando, milagros del fútbol, paradojas de la lógica, herencia sin tesis de los campeones mundiales de 1930 y de 1950 o de los actores del cuarto puesto de Sudáfrica en el 2010, la selección del Uruguay le ganó a la de Italia por 1 a 0, en el partido más incómodo para esperar y para ver de la primera fase del Mundial de Brasil, y se clasificó para avanzar en la competición, mandando a su adversario rumbo a casa. Fue un impacto a la uruguaya. El único gol, cuando el reloj y la esperanza se fugaban, lo metió Diego Godín, de frente a los desafíos pero dándole a la pelota con la espalda.
Yo no lo sé pero intuyo que, durante una brevedad, Diego Godín lloró. Después y mucho después, como todos los que lloraban, seguro que se reía.
*Este material está libre de ser compartido en donde quieran, con quien quieran. Los medios que quieran podrán tomarlo libremente, aunque solicitamos que se cite como Ariel/Ezequiel Scher para Familia Mundial del fb
(N.de R.: agradecemos al Dani C por acordarse de los pobres y enviarnos esto que a su vez recibió del gran W "Doble uvé" al cual le decimos con mucho respeto –“Y, la nota para posta, ¿para cuándo? salute y vamo arriba La “Combinación” Sayago-Peñarol”)
AL SEGUNDO PALO » A la uruguaya
JORGE VALDANO 20 JUN. 2014 -
Los de Tabárez demuestran que se trata de una selección con una tradición que hunde sus raíces en el tiempo, y el fútbol de este país se lleva bien con la palabra historia.
Para que Uruguay sea Uruguay no necesita una final en el Maracaná sino un partido en la primera ronda en donde la vida y la muerte se den la mano. Si es contra Inglaterra, mejor, porque se trata de una selección con una tradición que hunde sus raíces en el tiempo, y el fútbol uruguayo se lleva bien con la palabra historia.
La selección perdió contra Costa Rica “por no jugar a la uruguaya” y le ganó a Inglaterra (Cavani dixit) “porque jugamos como Uruguay”. No piensen en un estilo definido. Así como del cerdo se aprovecha todo, Uruguay juega sin despreciar ninguna de las posibilidades que ofrece el juego. Si van ganando sabrán defenderse; si van perdiendo atacarán con desesperación; si el partido se pone brusco trabarán con los dientes; si hay que perder tiempo lo harán con inteligencia; si juegan contra 200.000 personas las desafiarán a todas... Juegan a ganar, pero nunca se volvieron locos con el cómo. Deben pensar que para debatir sobre el estilo hay que vivir en un país de más de 40 millones. En un paisito de menos de cuatro millones, el fútbol es antes un problema de supervivencia y hasta de honor, que una cuestión estética.
Maravilla ver que el primer país que conoció la gloria futbolística mundial sea el último en perder la humildad. Da igual el nombre del jugador, todos reman con la misma fuerza y en la misma dirección. En eso consiste jugar a la uruguaya. Pero si queremos hablar de sacrificio, tomemos como ejemplo a Luis Suárez, operado días antes del Mundial y llamado a servicio frente a Inglaterra. En el minuto 85, cuando los calambres ya lo estaban amenazando, fue detrás de una pelota con la desesperación de un ahogado y sacó un tiro con la potencia de un cañón para gritar el gol con la emoción de un uruguayo. Pero Suárez nos hizo reflexionar sobre el talento. Jugaba frente a compañeros con los que ha convivido y contra rivales que lo han sufrido durante la última temporada. De modo que lo conocían de sobra y le temían como a una maldición. Sin embargo, no encontraron antídotos para contrarrestar su extraordinaria capacidad para buscar espacios en el área y rincones a la portería. Un cabezazo ajustado y hasta burlón buscando el contrapié del portero en el primero; un fusilamiento en el segundo. Y detrás, el equipo con su espíritu solidario, con su sentido práctico y con una entrega innegociable que convierte a una figura mundial como Cavani en delantero de toda la cancha.
Miles de uruguayos festejaron el triunfo como si fueran jugadores y todos los jugadores festejaron como si fueran hinchas. Una comunión impresionante de un país que le debe al fútbol un buen porcentaje de su orgullo identitario, feliz ahora de estar viviendo un capítulo más de una historia incomparable: porque era Inglaterra, porque Suárez hizo un prodigio, porque la selección sigue con vida… Porque Uruguay jugó como Uruguay. Y porque los que no somos uruguayos les miramos con una admiración que dura casi un siglo