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Argentina / ¿Derechización?

por Pablo Stefanoni 

Jefe de redacción de Nueva Sociedad | 06/11/2015 | perfil.com

Las elecciones del 25 de octubre tuvieron un resultado en apariencia contradictorio: pusieron en carrera a la Rosada a un frente hegemonizado por un partido de centroderecha en un escenario nacional en el que el sentido común de centroizquierda está lejos de haberse evaporado. Se puede decir que Mauricio Macri ya tenía el voto de derecha y que por eso salió en busca de los progresistas, pero su necesidad de sobreactuar hasta el extremo para quitarse de encima su estigma de neoliberal y privatista –y evitar la demagogia de la mano dura– parece mostrar que su voto no está asociado a una derechización del electorado

 Así, Gabriela Michetti dice que nunca privatizaron ni privatizarán nada, que se equivocó en votar en contra del matrimonio igualitario, que seguirán los juicios a los represores, etc. Y Mauricio se fotografía con el referente qom Félix Díaz, a quien la Presidenta decidió no recibir nunca jamás, y esconde a sus economistas más connotadamente neoliberales para mostrar a los “desarrollistas” o “keynesianos”

Al final, Jaime Duran Barba la pegó con transformar al cambio en un significante vacío, construido sobre un extendido cansancio con el oficialismo, y sobre la completa ausencia de imaginarios de futuro en el discurso sciolista. Continuidad-cambio (que incluye kirchnerismo-antikirchnerismo como una variable central), le permitió al frente PRO-UCR vencer las resistencias a Macri. Pero, en el caso de la provincia de Buenos Aires, el perfil de María Eugenia Vidal, le dio un poderoso sentido adicional a la contienda, planteada como una disputa entre la gente y la casta (los barones –y varones– del Conurbano). Madre joven, dinámica y de clase media, inteligente, mujer normal, discurso sensato, sensibilidad social, vestimenta informal, Vidal es un perfecto exponente de la imagen post-política (o de la política sin conflicto) que transmite el PRO. Una imagen de “cercanía” en muchos sentidos opuesta a la de Cristina Kirchner –rica, aislada en el poder, soberbia, etc. – (también es un anti Del Sel). Y a todo ello se suma una efectiva y efectista proyección de una (sobrevalorada) gestión local en la Ciudad de Buenos Aires.

En este contexto, el argumento de la izquierda kirchnerista o filokirchnerista de que la elección del 22 de noviembre sería comparable al ballotage francés de 2002 entre Jacques Chirac y el ultraderechista Jean-Marie Le Pen (en el que la izquierda francesa votó con la nariz tapada a Chirac) no resulta muy pertinente. Básicamente porque la mayoría de los líderes del PRO se parecen muy poco a Le Pen y podrían ser bastante comparables a la derecha democrática de Chirac. También el argumento de que el PRO es la derecha orgánica y el sciolismo mantiene un vínculo con los intereses populares es complicado: por lo pronto, es el mismo que se usó para apoyar a Menem en 1989 (un argumento contrario podría ser que cuando es el peronismo el que hace el ajuste suele ser más efectivo que él no peronismo para controlar la situación y derrotar a los que protestan). La eficacia del “cerco” está por verse.

Dicho eso, Cambiemos está hegemonizado por la centroderecha, y un posible triunfo tendrá consecuencias en diversas áreas del Estado y en la política regional. No cabe duda que el PRO es un partido con una evidente sensibilidad pro empresarial, que combina vínculos con un catolicismo abierto a las nuevas espiritualidades y el voluntariado, con think tanks liberales y redes internacionales de centroderecha o de derecha además de activar imágenes de modernidad política (ver el libro Mundo PRO de G. Vommaro, S. Morresi y A. Bellotti)

El sciolismo, por su parte, implicaría una reconstrucción del peronismo como liga de caudillos provinciales, con un peso relativo del kirchnerismo y es básicamente una incógnita hacia el futuro. Precisamente en el hecho de que no pueda proponer nada más atractivo que una continuidad mejorada de lo que hay –una especie de estancamiento dinámico– reside la potencia del cambismo macrista. Y ahí parecen residir también los traspiés que se vienen sucediendo en el oficialismo desde hace unos pocos días que ya parecen meses o años

Correspondencia de Prensa - Ernesto Herrera 

 

Relaciones sociales y el “giro a la derecha”

 

A partir del resultado de la elección del 25 de octubre, la caracterización, dominante en la izquierda es que el país ha virado a la derecha (aquí). La idea se presenta bajo diversas formulaciones. Una que goza de mucha aceptación, sostiene que el kirchnerismo perdió terreno porque derechizó su discurso y presentó un candidato “demasiado conservador e hijo del menemismo”. A su vez Macri habría tenido la habilidad de camuflar sus inclinaciones neoliberales, presentándose con rasgos continuistas y adoptando un discurso más estatista (por ejemplo, prometiendo que no reprivatizaría YPF).

Estos análisis son comunes en la izquierda K. Allí se sostiene que Cristina Kirchner cometió un error táctico al elegir como candidato a Scioli; y que la manera de derrotar a Macri pasa por radicalizar el discurso pro-Estado, frente a la orientación pro-mercado de Cambiemos. Pero también sectores de la izquierda que llaman a votar en blanco comparten la matriz de ese análisis. Sostienen que las políticas estatistas –“precios cuidados”, subsidios, tarifas de servicios públicos controladas, cepo cambiario, retraso del tipo de cambio frente a la inflación, además de algunas estatizaciones- habrían sintetizado la fase “a la izquierda” del gobierno K, que ahora habría girado “a la derecha”, proponiendo a Scioli. Y este viraje habría servido en bandeja el triunfo a Cambiemos.

La historia parece bien armada, pero tiene el inconveniente que no puede explicar el hecho de que los candidatos que encarnaban de forma más pura el estatismo K sacaron menos votos que Scioli. El ejemplo del ministro de Economía, Axel Kicillof, es paradigmático: obtuvo 40.000 votos menos que la fórmula presidencial. Y hay muchos otros ejemplos donde los candidatos más identificados con el kirchnerismo “puro” obtuvieron iguales, o peores, resultados que Scioli.

Una explicación distinta: el estatismo burgués no es alternativa

 La explicación que propongo es distinta de la que he reseñado más arriba. La idea es que los candidatos K perdieron terreno porque el estatismo burgués hace agua por todos lados.

Más específicamente, el problema central es que no logra dar salida al estancamiento de la acumulación (o sea, de la inversión) en Argentina, ni a las crecientes dificultades que enfrenta la economía de conjunto

Por ejemplo, la caída de reservas del Banco Central es insostenible, y no hay forma de continuar tomando deuda al 10% en dólares, o vendiendo los verdes a futuro; ni hay manera de seguir retrasando el tipo de cambio para “controlar” la inflación (típica receta “a lo Martínez de Hoz”, por otra parte). Y como este, hay muchos otros ejemplos.

Pero el problema no atañe simplemente a algunos desequilibrios en la macroeconomía, ya que tiene que ver con la imposibilidad de escapar de la “coerción” que imponen las relaciones sociales subyacentes.

Relaciones sociales que se manifiestan en las leyes del mercado (la ley del valor) y en la lógica con que actúan los capitales, sean grandes o chicos, nacionales o extranjeros. Por eso, el estatismo burgués despliega una secuencia típica, en sus rasgos esenciales, y responde a una lógica que los mismos protagonistas no dominan. El punto de partida siempre lo da el funcionario lleno de ínfulas, que cree poder gobernar, desde sus altos poderes estatales el curso de los precios y las inversiones, de las ofertas y las demandas. Pero la realidad es que en la sociedad capitalista esto es imposible. La misma evolución de YPF de los últimos años, para dar solo un ejemplo, lo pone en evidencia (¿o por qué YPF, bajo control del Estado, no ha dejado de aumentar los precios de las naftas? ¿No tendrá algo que decir la ley del valor y la lógica de la rentabilidad? ¿Dónde quedó la pretensión de excluirla del chaleco de fuerza de la consecución de rentabilidad?).

Por eso, llega un punto en que las políticas del estatismo burgués empiezan a dar resultados cada vez peores. Más todavía, en la medida en que las economías están más internacionalizadas (y Argentina no es excepción, ver aquí), los límites de estas políticas aparecen más rápido y se hacen más y más evidentes.

Por eso, ya en 2011, y cuando el kirchnerismo comenzó a plantear que había que reducir los subsidios a los servicios y aumentar las tarifas, decíamos que eso era admitir que no podía controlarse lo que se decía manejar. Y si bien luego la política de los subsidios dio otro giro hacia su mantenimiento, la cuestión siguió planteada, y vuelve a surgir a cada paso (y la encarará el próximo gobierno, sea de Scioli o Macri). Como también aparecen los problemas vinculados a la fuga de capitales, o la falta de inversión, o las altas tasas de interés, o el déficit fiscal creciente (Marangoni, mano derecha de Scioli, reconoció que es el 7% del PBI e insostenible).

Por eso, los arreglos con el CIADI, con el Club de París, con Chevron, no son eventos raros, y ni siquiera “traiciones”, sino la expresión concentrada de las presiones que derivan de las relaciones de propiedad dominantes. Scioli y Macri, así como el desempeño electoral de los Kicillof, se explican en este escenario. Los personajes son cuestiones menores; expresan, en última instancia, fuerzas que no dominan a voluntad.

Es por estas razones que en 2011 planteamos que los “giros a la derecha” en los regímenes estatistas burgueses estaban precedidos de la acumulación creciente de contradicciones

 Decíamos:

“… paulatinamente se acumulan desequilibrios, surgen cuellos de botella y aparecen crecientes problemas de productividad, en uno u otro sector. Los capitalistas que sobreviven con subsidios invierten poco y no amplían su capacidad productiva; los costos son crecientes, y los precios no se adecuan con la rapidez o flexibilidad que lo exigen los capitales. Además, la falta de inversión en sectores clave distorsiona más aún la estructura productiva, o se hace sentir en la balanza comercial. Los casos de la producción energética, o la industria de la carne y frigorífica en Argentina, son demostrativos de esta dinámica. De esta forma, los desequilibrios en los sistemas de subsidios y precios administrados desde el Estado se reproducen a escala ampliada a medida que avanza la acumulación del capital.

“En definitiva, no se logra lo que se decía buscar, un desarrollo relativamente armónico de las fuerzas productivas, con distribución progresista de los ingresos. Por eso, llega algún punto en que es imposible mantener el esquema. Generalmente, esto ocurre en coyunturas específicas, como pueden ser crisis capitalistas (internas o externas), que agravan las condiciones de reproducción del capital y de recaudación fiscal. También puede contribuir la salida de capitales, un deterioro de la competitividad del tipo de cambio, o alguna combinación de estos factores (u otros). (…)

El principio básico del capitalismo termina imponiéndose: la tasa de ganancia rige la decisión de inversión, por más discursos “científicos” que quisieron negarlo. (…) Ahora el énfasis pasa a estar en el aumento de la productividad y bajar costos. (…) Lo importante, para lo que nos ocupa, es que el giro significa que no se ha dominado al mercado. En la óptica de la izquierda radical esto se interpreta como un “giro a la derecha”, pero en realidad, está en la lógica del capitalismo. El gobierno K es un gobierno capitalista, al frente de un Estado capitalista, y nadie tenía que esperar peras del olmo” (véase aquí).

Hoy agregaría que, naturalmente, Scioli no es una pera del olmo, sino el resultado genuino del estatismo burgués senil y carente de toda alternativa

 

La revolución de la Gobernadora

 (Perfil 1/11/2015)

Tomás Abraham

1- Aníbal Fernández

Se respira mejor en la Argentina. El ex presidente uruguayo, José Mujica, decía que los argentinos debíamos querernos un poco más. No se trataba de una declaración sentimental sino de la percepción de un vecino que notaba que en nuestro país el discurso dominante era el vengativo.

Lo decía un hombre de la izquierda, un ex militante Tupamaro; se lo trasmitía a un pueblo hermano cuyos líderes reivindicaban la misma lucha aunque la hubieran visto desde los balcones, o escribanías.

Se respira mejor en nuestro país porque los dos candidatos que llegaron al balotaje se presentaron como dos pacificadores, y el político que representaba la vieja guardia patotera fue derrotado con amplitud.

Lo más importante de las elecciones del domingo 25 de octubre fue lo que sucedió con el verdadero candidato de la presidenta de la Nación y de su grupo cercano llamado La Cámpora. Hablamos del jefe de gabinete y vocero presidencial Aníbal Fernández, quien anuncia dar un paso al costado en política, pero no se lo permitiremos; para seguir con  su fórmula repetida y su gracia habitual: “que no nos tome por boludos”

Seguiremos hablando de él, aunque quiera dormirnos con su supuesto retiro. Su modo de hacer política representa lo que en nuestro país se festeja como nacional y popular. Tanto él como Carlos Zanini eran los cancerberos de que el mentado modelo estuviera custodiado y su responsable Daniel Scioli bien vigilado.

Faltó César Milani para completar el trío, pero después de organizar el espionaje interno para extorsionar a los futuros y eventuales dirigentes, dejó el espacio político sin olvidar de entregar antes a las máximas autoridades el dispositivo bien armado y con moño, del mismo modo que en que lo hizo Stiuso cuando dejó de dar garantías al poder luego de doce años de servicio. Esto fue así hasta la muerte de Nisman, el fiscal burlado y difamado por el candidato del poder, hoy derrotado por la gobernadora.

2 La derecha

Se viene la derecha!, clama ese micromundo que en nuestro país se apoderó de las banderas de la bautizada por los oportunistas `maravillosa´ juventud del setenta. Y tienen razón. Los dos candidatos victoriosos no pertenecen a las ideologías de aquella década, sino que se formaron como dirigentes políticos en los noventa, cerquita de Carlos Saúl Menem.

El problema es que la lista de malditos e innombrables que se distribuyó en los espacios del poder desde los inicios de este tercer milenio, no sólo fue incompleta sino fraguada. El mentado Aníbal con Ricardo Jaime, Julio de Vido, Luis D`Elía, entre tantos otros, junto a la familia presidencial completa, disfrutaron de los noventa como el que más; lo celebraron junto al dos veces ex presidente Menem que colaboró impune desde su banca senatorial con los adalides de los setenta.

Los autodenominados representantes del pueblo revolucionario dicen que los nazis y otros que les dan asco han ganado las elecciones en la provincia de Buenos Aires, en la ciudad de Buenos Aires, en decenas de municipios, en gobernaciones, y, Dios nos libre y guarde, nos advierten que un Hitler local y repugnante puede llegar a gobernarnos desde la presidencia de la nación.

Hamlet decía que algo podrido se olía en Dinamarca; en la Argentina, hace un tiempo un músico rosarino y después un actor de reparto, dicen que en nuestro país un personaje repugnante y genocida, lanza globos amarillos mientras baila al compás de Gilda. Creo que exageran, tendemos a dramatizar. Mauricio Macri es `New Age´, su oficina de propaganda no está conducida por Joseph Goebbels sino por un ecuatoriano que tiene una licenciatura en Filosofía Escolástica, y que de nazi no tiene más que algún desafortunado lapsus linguae.

3- El chantaje moral

El exaltado discurso bolivariano que dominó la Argentina durante más de diez años, se legitimó con la defensa de los derechos humanos, la recuperación de hijos y nietos de desaparecidos, la asignación universal por hijo y la creación de millones de puestos de trabajo.

Todos aquellos que condenamos el terrorismo de estado, que estábamos a favor del pedido desestimado durante años por el kirchnerismo de proteger a las madres de hijos sin cobertura y que creemos que la desocupación abierta o disfrazada es lo peor que le puede pasar a un ciudadano, tuvimos que tragarnos el sapo del fascismo cultural vigente durante tres gobiernos.

Lamento la palabra “fascismo”, pero decir stalinismo es demasiado exótico.

Sabíamos que el repunte de la economía nacional no era magia como bien señala la presidenta a pesar de su mensaje encubridor. Claro que no lo fue, y mucho menos un milagro de Néstor. Gracias a una devaluación sangrienta que bajó el gasto público a la mitad, una industria paralizada que dejó de importar bienes durante años, y una eclosión de los precios de las materias primas como nunca se vio en todo el siglo pasado, nacieron esos dos retoños llamados “superávit gemelos”, que gozaron de buena salud hasta el 2007.

Luego nos quedamos sin caja, llegó la 125 por un “no positivo” de un tal Julio Cleto y  nos quedamos sin la 125. Pero tuvimos el consuelo de que aterrizara en nuestro suelo, un ex socio del poder que ofició de bolsa de arena para que la rabia contenida se desagotara un par de años: la Corpo.

4- La guerra ideológica

Nuestro Ejecutivo se dio cuenta de que una guerra ideológica le venía bien para organizar y administrar el entusiasmo de las masas, al menos el júbilo de las multitudes que disfrutan de los festivales, los subsidios, los cargos rentados, la distribución de prebendas, la presencia vitalicia en los medios oficiales, las nuevas secretarías, los viajes culturales, los contratos espúreos con el Estado, y toda la serie de dádivas que una corte obsequia para que un relato tenga sus heraldos, sus acomodados y sus narradores épicos.

Por eso tantos pensadores están desgarrados ante la pobre alternativa que se les presenta, parece que su fiesta termina, pero no deben sentirse tan mal, en realidad, disimulan. No están desanimados sino agazapados. No quieren que gane Scioli por si les roba algún pescado del Kardumen, prefieren a Mauricio Macri por si todo salta por los aires y el pueblo clama por el regreso de Cristina.

A la inauguración de la Esma en donde el presidente Kirchner ninguneó a Raúl Alfonsín que tuvo por enemigo a un ejército real y poderoso y no a un  cuadro con una foto de un militar ya retirado, se le sumó para engordar la simbología, el satánico poder de un grupo mediático. Así fue que a pesar de quedarnos por un momento con poco dinero, llenamos – hasta que se afinaran las nuevas transacciones – nuestras anhelantes mentes con el contenido de una Causa. Los argentinos teníamos una Causa!, es decir, algo que se pudiera odiar.

La gente se volvía ontológica, todos eran algo: soy K!, clamaban, soy K!, repetían, tenían esencia.

Sólo faltaba la frutilla del postre: luego de chupar la energía hasta agotarla, enarbolamos la bandera de YPF con nuevos socios locales. Viejos amigos llenaron otra vez los bolsillos también anhelantes del poder para ocupar las sillas de los socios despedidos. Esquenazi por Magneto dio como resultado Amado Boudou, es decir: ANSES.

Ése fue el milagro bolivariano en nuestro país. Un álgebra revolucionaria que resonaba por la cadena nacional y en los patios interiores de la Rosada con una juventud subvencionada y entusiasta.

Durante una parte de nuestra historia, la clase política populista no aceptó la derrota del Eje, no le caía bien el triunfo aliado y navegó un tiempo en aguas anacrónicas. Después, un rumiante personal nostálgico de sus mocedades,  tampoco quiso saber nada de la denuncia de los campos de concentración soviéticos, de las decenas de millones de asesinados por los guardias rojos de Mao, de la lucha de los disidentes desde Polonia a Cuba, y de la caída del Muro.

Les duele el mundo que ven flotar hacia arriba y virar supuestamente a la derecha, con Francisco, Daniel y Mauricio como tres galaxias amenazantes. Pero lo que no contaban para colmarse de desdichas es con la presencia en el firmamento de una inesperada lucecita.

5- La gobernadora

María Eugenia Vidal no tendrá su monumento como Juana Azurduy, aunque se lo merezca. Nadie hubiera pensado que la mujer que podía llegar a mirar a la Casa Rosada para espiar al futuro presidente, no sería una heroína de la emancipación americana, sino una doncella con rostro de Cenicienta que lo contempla a Mauricio como si fuera San Francisco de Asís. Lo que digo no es una broma, las apariencias engañan – ya lo dijo Platón – esta mujer tiene coraje, ovarios bien puestos, no grita pero se manda.

Qué suerte que no grite! Son tan desagradables las personas que gritan y dan portazos, es una pésima costumbre. Vivir rodeado de gente enojada es una peste. Crea un clima de irritación generalizado que acompaña las pedradas desde las trincheras.

Por eso de nada sirven los nuevos excitados que nos acusan de estúpidos si no culpamos al peronismo de todos los males de nuestra historia, como lo hacen intelectuales que apoyan a “Cambiemos”,  y todos aquellos que se suman a una nueva e irrisoria batalla cultural. El mal no tiene un solo nombre, si es que hay que darle uno. Puede ser militares, peronistas, radicales personalistas y antipersonalistas, gorilas racistas, conservadores fraudulentos, golpistas, secuestradores de izquierda, paramilitares de derecha, burocracias sindicales, barras bravas armadas, financistas desestabilizadores, grondonistas, puteadores de redes sociales, y afines.

Nos va a beneficiar a todos si bajamos un poco el tono. Hay muchos que se sienten aliviados por el mero hecho de que pueden hablar libremente del modelo y de su Dueña sin que los insulten. No tenemos el hábito de convivir con pacificadores, nos dan miedo porque no quieren dar miedo. Una paradoja. Los argentinos parecíamos querer vivir dominados por un macho, o por una mina macha; lo llamamos `gobernabilidad´. Para nuestra cultura, un presidente amable resulta un oxímoron y nos hace temer lo peor

Existe una tradición que nos hace suponer que la gobernabilidad se garantiza a las patadas, con chicaneos o vociferaciones. Pero Aníbal perdió. La gente se hartó. Sus bigotazos no dieron en la tecla. Ganó la sonrisita beata de una visitadora inagotable que golpea las puertas de quienes llama “vecinos”.  Parece una peli de Walt Disney, ésa de la Bella y el Etcétera.