[En esta polémica sobre la guerrilla hemos mencionado un material de Raúl Cariboni llamado “El Foco”. Lo hemos llamado como lo llamaba quien se reivindicaba como autor, y en sus últimos años estaba preparando una continuación. Pero fue escrito como un material interno y clandestino de la organización OPR33 en 1972, con el nombre yuto “Copei”, como si se tratase de algo referido a Venezuela. La revista Alfaguara lo dio a luz por primera vez en 1995 en forma parcial. Hugo Cores, poco antes de morir, estaba preparando una edición digital con el nombre “Crítica del foquismo”. Años después fue publicado en su versión original en la página web de la Federación Anarquista Gaucha, y luego en la de la FAU.
http://www.nodo50.org/fau/documentos/docum_historicos/docum_fau.htm
www.nodo50.org/fau/documentos/docum_historicos/docum_fau_2.htm
Lo que sigue es un comentario a ese trabajo que incluí en 2001 en un artículo extenso llamado “La falacia de la liberación nacional en la transición al socialismo”, que arrancaba en la polémica entre Arismendi y Trías. Luego coloco la parte final de las Conclusiones de ese artículo.
Sobre el tema de la guerrilla de ese tiempo en Uruguay, en mi opinión, no se ha escrito todavía nada que supere a ese material de Cariboni]
En 1972, Raúl Cariboni, un dirigente de la “Organización Popular Revolucionaria 33 Orientales” presenta un documento interno de crítica a la guerrilla tupamara y al foquismo (concepción estratégica de gran difusión en aquel período, que privilegiaba el grupo guerrillero como una nueva forma de vanguardia política que sustituiría a los tradicionales partidos políticos de masas de la izquierda). Ese material circuló clandestinamente dentro de aquella organización, y solo salió a luz en una versión póstuma y parcial en Alfaguara Nros. 12 y 14. La OPR-33 es un afluente menor y en parte olvidado -incluso por sus herederos políticos- de nuestra izquierda radical actual, pero tiene un perfil ideológico propio. No entraremos aquí en esa crítica al foquismo hecha desde una organización que repetía los errores que criticaba. Nos referiremos tan solo a su original enfoque de la cuestión nacional.
Cariboni aborda el tema dentro de un análisis más amplio de la lucha de clases en Latinoamérica y la estrategia revolucionaria. Para él, Cuba es un caso excepcional y no repetible, un proceso reformista pequeñoburgués como otros en el continente controlados luego por el imperialismo, como el boliviano que lo precede en unos años, donde Trías ve una revolución nacional frustrada y Cariboni el destino normal de estos procesos. Pero por una coyuntura particular, Cuba desborda esos límites.
A partir de allí el imperialismo reajusta su aparato de dominación para que esto no vuelva a ocurrir. Por lo tanto no puede tomarse por modelo y el intento de copia (en varios de los casos de los focos guerrilleros que surgieron) contribuye al fracaso de las luchas de la década siguiente. No critica entonces la guerrilla tupamara en tanto opción armada, sino por su naturaleza política que determina su naturaleza militar. Sus fundamentos políticos estarían transpolados de la guerrilla anticolonial o antidictatorial, que no implican la destrucción del régimen de dominación burgués sino un recambio dentro de sus límites.
Pero la lucha revolucionaria latinoamericana debe implicar, para Cariboni, la destrucción del aparato represivo, y esto significa una dimensión de trabajo ideológico, propagandística, organizativo, de masas, que es cuantitativamente distinta a la de la lucha anticolonial. Traza así un tajo entre la lucha de liberación nacional anticolonialista (burguesa) y la lucha socialista anticapitalista (obrera). Frentes sociales distintos, bases ideológicas distintas, exigencias políticas, organizativas, y (por ende) militares también distintas. Como conclusión, considera imposible ganar a las masas para la lucha revolucionaria con una propaganda meramente nacionalista o vagamente contestataria. Solo un trabajo político profundo y definitivamente socialista desde el principio quebrará la hegemonía de la ideología burguesa.
Pero Cariboni da aun un paso más e invierte la sucesión temporal de Trías. Si para éste se comienza una revolución nacional y se termina construyendo el socialismo, para Cariboni en cambio se comienza una revolución socialista, esa lucha es inevitablemente internacional, y se debe asumir la defensa nacional de esa revolución. Modificando en orden del planteo corriente, pone primero lo que era la “segunda fase”, y después como y consecuencia lo que estaba “primero”. Esto no es un detalle lateral o semántico porque el ordenamiento cronológico (tanto en Trías como en Arismendi) está fundamentado en la necesidad de que se cumplan ciertas condiciones históricas previas sin las cuales el socialismo no sería posible.
¿Y a quién le da la razón la experiencia histórica? En Cuba, la lucha del “26 de Julio” e incluso la toma del poder fue aceptada por el imperialismo y las burguesías latinoamericanas. Fidel fue recibido en Montevideo como un héroe por los medios burgueses, incluyendo un extensísimo y panegírico reportaje especial en Canal 10. Pero luego Cuba fue bloqueada, asediada y agredida por el imperialismo de mil maneras, no por su nacionalismo sino por haber iniciado reformas sociales más profundas de lo que el imperio toleraba. La revolución social condujo a la necesidad de la defensa nacional. Tiene razón Cariboni y no Trías.
Pero lamentablemente Cariboni queda a mitad de camino y no se desprende de algunos conceptos confusos como “nacionalismo obrero”. Una confusión más general en la tradición del marxismo y de la izquierda.
Conclusiones
La polémica que vimos en los 50/60 sobre aliarse o no con un ala de la burguesía arranca mucho más atrás en la historia de nuestro movimiento obrero, y se prolonga aún hasta nuestros días. Es determinante de la estrategia general de la izquierda. Sin embargo no fue la más importante políticamente en aquella coyuntura. Cedió ese lugar a la polémica sobre “las vías” (armada, pacífica). Y aunque las polémicas se superponen y los alineamientos se polarizan en paralelo, no coinciden entre sí.
Este desplazamiento de importancia de importancia ocurre por varias causas. Una es el mencionado ascendente de la Revolución Cubana y la opción política de su dirección. Otros parten de nuestra propia situación. La organización más importante de ese tiempo es el Partido Comunista.
El recién nacido Movimiento de Liberación Nacional fue rápidamente una segunda fuerza, pero menor. La frontera “vía pacífica/vía armada” pasaba entre ambas.
En cambio, la polémica sobre las alianzas con sectores burgueses dividía también al sector combativo, ya que un ala de él compartía la visión estratégica etapista del P. Comunista. Esto no ocurre por casualidad.
El núcleo fundador principal del movimiento tupamaro arranca del Partido Socialista y de su Juventud, influida ideológicamente por Trías. Pero la metodología y táctica del foquismo se basa en la acumulación rápida por la acción quedando en segundo plano el problema de los fundamentos estratégicos. Esto también es explicable.
Al cernirse la dictadura terrorista y ser conciente la izquierda más lúcida de que el movimiento popular estaba inerme ante ella por la hegemonía reformista en filas, la polémica sobre las vías actuó naturalmente como un gran parteaguas y dejó a la sombra otros temas. Además, el gran desarrollo del MLN ocurre después y no antes de la coyuntura 68-69 en que se pierde la oportunidad de revertir la hegemonía reformista en el movimiento popular, sellándose la suerte de los años venideros, incluida la huelga general del 73.
Vengamos a los años recientes. El problema teórico y general de los caminos posibles para la conquista del poder es algo muy distinto al tema de las formas de lucha en la agenda del día. En otras palabras, una cosa es discutir sobre el futuro posible de la lucha revolucionaria, y otra cosa son las opciones políticas que se levantan para la lucha presente. La profunda derrota que significó la dictadura instaló una nueva correlación de fuerzas que eliminó temporalmente de la agenda el tema de la lucha armada. Con la reinstalación formal de las instituciones democrático-burguesas, los sectores políticos con un pasado armado reciclaron su actividad política hacia formas de lucha legal. Lo mismo ocurre en otras partes de América Latina con variados destinos para muchos ex-guerrilleros y conocidas “autocríticas” e incluso pedidos de perdón. Poco tiempo después se produce el colapso del llamado “socialismo real” que provoca consecuencias parecidas en los partidos comunistas (también “autocríticas”, pedidos de perdón...).
Entonces, sin lucha armada ni campo socialista, las diferencias políticas prácticas entre el PC y el MLN se redefinen, al perder ambas organizaciones los elementos convocantes que les eran tradicionales y los diferenciaban entre sí.
Deberían pasar al primer plano los fundamentos clasistas de sus estrategias, pero allí estaban sus puntos débiles. Esto profundiza la crisis que la nueva coyuntura trae en ambas organizaciones, y resultan desplazadas por otras que eran más reformistas en el período anterior al golpe. Una de ellas es el actual Partido Socialista, que ha desandado aquel distanciamiento de la socialdemocracia que recorrió Trías.
Ambos partidos, el Socialista y el Comunista, revisan sus planteos clásicos introduciendo nuevos “escalones previos” (democracia sobre nuevas bases, democracia avanzada, avanzar en democracia) para expresar su adaptación a una política claramente circunscrita al marco de la actual dominación burguesa.
Pero la modificación política no queda exclusivamente en ese costado de la izquierda. Nuestras filas también contenían un ala que compartió siempre la estrategia arismendiana de aliarse con un sector de la burguesía y subordinar a ello las luchas populares.
Eso es una consecuencia de como se dio el proceso de formación de nuestra izquierda radical. Y aunque en el momento de su formulación aquella estrategia de “reformismo armado” tuviese un eco parcialmente combativo que hoy ya no puede tener por imperio de las nuevas circunstancias, su revisión exigía saldar cuentas profundas.
La oportunidad de la izquierda radical en este último período hubiese estado en comenzar un profundo proceso de redefinición ideológica, aprovechando la crisis inevitable de los oportunistas tanto fuera como dentro de nuestras propias filas. Pero la debilidad ideológica y la fragmentación extrema que padecen fueron obstáculos para ello. A nosotros también se nos cayó un muro: el que separaba a alguna gente de dentro de nuestras filas de los reformistas, con los cuales tenían una diferencia metodológica en lo inmediato pero mantenían una coincidencia programática y estratégica.