En cumplimiento de la ley votada a finales del año pasado, en abril regresarán a Uruguay los cascos azules. Se termina para el país una misión que dejó buenos ingresos para soldados y oficiales y que también trajo renovación de material militar. Queda atrás Haití, que sigue sumido en la extrema pobreza y en la corrupción política. Desde que la ONU llegó con esta misión hasta ahora, poco ha cambiado. Difícilmente Haití pueda estar peor de lo que está. Pero ya es hora de dejar a los haitianos decidir su futuro, sin ninguna bota arriba, por más pacífica que sea.
http://www.espectador.com/sociedad/349199/tropas-en
-haiti-lo-que-no-quiso-chifflet-y-renuncio
Si me cantabas con gran alborozo que en el ejército conquistador de la China formaban varios orientales, que otros compatriotas peleaban heroicamente... ¿Cómo no llamarte al orden, poniendo las cosas en su lugar para hacerte comprender que la exportación de semejantes productos desacredita una plaza... que es triste, muy triste, que un país quiera imponer a la consideración humana la más inútil, la más despreciable, la más estúpida de las funciones orgánicas de sus habitantes?
Florencio Sánchez.Cartas de un flojo
El 15 de abril se cierra la participación de Uruguay en la MINUSTAH, fuerza de Naciones Unidas que ocupa militarmente Haití desde hace 13 años y todo indica que seguirá haciéndolo. La intervención ha sido un fracaso para sus impulsores, profundamente dañina para Haití y también para Uruguay. Quiero ocuparme de esto último, que es crucial. No me banco el balance “positivo”, y menos el “no tanto para Haití, pero bue...”.
Lo que sostengo en esta nota es que el pro-imperialismo exacerbado es una tendencia estructural del Estado uruguayo, una sobre-compensación por la debilidad relativa de nuestra burguesía frente a sus “hermanas” de la región (no soy nada original en este análisis, ya se sabe), pero la actual variante militar mercenaria de esa política tiene un componente de largo aliento (el peso sobredimensionado del aparato militar inútil y parasitario como contrapeso de la “sociedad amortiguadora”, tampoco soy original en esto) y un componente coyuntural, la carga insostenible que representa ese aparato en la recesión económica actual, junto con la autonomía política que tiene en el período pos-dictadura (tampoco en esto). Esa política mercenaria coyuntural, sin embargo, está apoyada en una base estructural demasiado débil, y esto ha llevado a un “estrés militar” que ha sido UN FACTOR (junto con otros) en el fracaso de la misma en la participación en la MINUSTAH. De esta última afirmación, cierta o falsa, sí soy responsable.
Un verdadero galimatías dicho en telegrama, que habrá que desarrollar. Antes debemos decir algo sobre la dimensión global del problema de la MINUSTAH. Seguiremos el camino analítico mundo-continente-país (dos países en este caso). Como ya hablamos de esto en una nota reciente, lo resumiremos.
Y en lo que tiene que ver con Uruguay, nos centraremos (porque lo demás todo ha sido dicho) en nuestra hipótesis del “estrés militar” como factor que ha empujado al retiro de las tropas de Haití, porque las limitaciones y problemas del otro cuadro también pesan en el resultado del partido. También en cuanto a las perspectivas, porque si la política mercenaria es una droga para el aparato militar, y el Estado es arrastrado en su política internacional, se viene ahora el síndrome de abstinencia con todas sus consecuencias, por causas estructurales que veremos.
MUNDO es aquí la decadencia de la hegemonía yanqui, también la crisis del sistema de imperialismo colectivo superpuesta al mundo unipolar sin alternativas que venía funcionado hasta ahora y que sigue sin alternativas, y el consiguiente caos rampante. Esta es la base estructural del fracaso de la ONU como intento sistémico de “gobernanza global”. No funciona ni puede funcionar, el caso de Haití da cuenta de ello.
La crisis de Naciones Unidas y la decadencia de Estados Unidos son temas muy amplios en los que no entraremos. Pero sobre la decadencia yanqui el debate de tres décadas terminó, alcanza con escuchar a Trump. “Make América Great Again” significa simplemente It is not anymore. Para volver a ser “Great”, recurriendo a socios globales y regionales, se armó el proyecto de “estabilizar” Haití, basado en la teoría del “estado fallido” y la “responsabilidad de proteger”, así llaman proteger sus propios intereses. Cuando fallan los sustentos de un estado neo-colonial en un punto vulnerable de la periferia capitalista representando un riesgo para la extracción de recursos y explotación del trabajo, tenemos un “estado fallido”. Puede ser una situación de penuria o conflicto que traiga una explosión migratoria afectando a algún país imperialista del entorno. Eso fue Haití.
No había guerra civil, ni posibilidad sería que ocurriese como demostraron los hechos. La ley internacional que habilita intervenciones de la ONU, reaccionaria y todo, no contempla casos así. Pero esa ley se reescribe sobre la marcha a punta de fusil y no de lápiz. La ocupación de Haití es un atentado contra la autodeterminación de los pueblos sin justificación siquiera en la ley hecha a medida de las intervenciones imperialistas. Importa entender POR QUÉ se hace, y con eso POR QUÉ FRACASA, una cosa va con la otra.
Debemos explicitar claramente qué queremos decir con FRACASO de la MINUSTAH.
Decimos que fracasa porque tras trece años NO CONSIGUE LOS OBJETIVOS PROPUESTOS, y termina aceptando expresamente que no ha podido hacerlo. Siempre se evalúa el logro o fracaso de cualquier cosa en función del objetivo propuesto, y no del posible Plan B o C cuando no se logra, o de objetivos hipotéticos fuera de contexto. El objetivo propuesto fundamental era reconstruir un estado neo-colonial que pueda gestionar su función asignada dentro del orden mundial, sin tener que ser “ayudado” por la intervención extranjera. No se logró en trece años. Tampoco se lograron los otros objetivos proclamados aunque fuese de boca para afuera, que tienen que ver con el “desarrollo” de Haití o al menos sacarlo del lugar de vulnerabilidad extrema ante, por ejemplo, los desastres naturales. Normalizar Haití aunque sea como colonia; nada de eso tampoco.
Pero también desde el punto de vista de las cuentas imperialistas la MINUSTAH ha resultado un mal negocio, lo mismo que las “misiones de paz” en general. La guerra imperialista va tomando otras formas, y ésta en particular está comenzando a ser obsoleta, para los mismos intereses imperialistas.
El fracaso imperialista en Haití es la incapacidad de mantenimiento del “nuevo orden mundial”, incapacidad general que vemos todos los días. Fracasa porque cuando la crisis del sistema-mundo capitalista se descarga primero sobre la periferia provocando la destrucción y la ruina, el “nuevo orden” no puede aportar solución alguna porque es EL PROBLEMA. Pero da para ampliarlo en otra ocasión.
Sobre PERSPECTIVAS, y estrictamente con lo que tiene que ver con la ocupación militar, hay dos elementos contradictorios, la necesidad imperialista de fondo de continuarla, y la creciente imposibilidad práctica de hacerlo. Algo harán para conjugar una cosa con la otra, y poco más podemos decir por ahora.
CONTINENTE. Nos detendremos un poco en esto porque es algo desatendido en nuestro discurso militante.
Hemos dicho varias veces que Haití marcha junto con el continente, pero con el pie cambiado. Cuando toda Nuestra América vivía gobiernos neoliberales luego de las dictaduras militares, Haití intentó la breve experiencia socialdemócrata temprana de Jean Bertrand Aristide, salió de su espantosa dictadura avanzando dos pasos. Cuando la misma tuvo todos sus problemas, fue torpedeada y hundida, nuestro continente estaba ya en su propia “fase Aristide”, los gobiernos neoliberales habían provocado tal crisis y destrucción que fueron relevados por gobiernos socialdemócratas.
Los llamamos así en un sentido general, y a todos dentro de su gran variedad, porque tienen los límites estructurales de toda socialdemocracia y los han manifestado. No son anticapitalistas, y así, tampoco antiimperialistas pese a alguna verborragia. Esos límites ya los había adelantado el ensayo Aristide.
La paradoja, que tiene que ver con ese ritmo cambiado, es que los gobiernos socialdemócratas latinoamericanos mal llamados “progresistas” se prestaron al plan imperialista y fueron parte esencial (no todos) de la MINUSTAH. Sin su participación la misma no hubiese sido posible tenido una “cara hermana”. La “hermandad latinoamericana” estuvo basada en el abuso del hermano menor. Lo mismo que su adelantado Aristide, al no enfrentar al imperialismo en su raíz cortando las relaciones de dependencia, tienen que llegar a un modus vivendi para contener la disputa. Haití fue una prenda.
Pero de esta manera la MINUSTAH ató su destino al de este ciclo de gobiernos socialdemócratas, ciclo acotado a la coyuntura. La lógica de ese modus vivendi fue: Yo te ayudo a contener los límites de tu patio trasero para que no haya desbandes y “cosas de negros”, y vos me dejás respirar un poco.
Funcionó por un tiempo. Pero todos los ciclos se cumplen, el espacio coyuntural que permitió esos gobiernos socialdemócratas, se agotó. La causa principal del vuelco de situación no es externa, sino que está en la naturaleza de estos gobiernos que necesariamente los lleva a un callejón sin salida. En lo que nos importa aquí, la decadencia o caída de estos gobiernos hace cada vez más difícil que distraigan recursos y mantengan además la exposición política que significa la MINUSTAH. Por eso, uno a uno, se van retirando. Que lo hagan uno a uno, cada cual dejando a los otros por su cuenta, es otro elemento más que señala el fracaso.
PAÍS, primero HAITÍ. Es evidente que la sociedad haitiana tiene características muy particulares, que la diferencian del resto del continente. Ahí bien podría decirse aquello que se atribuye a Ben Bella, que más o menos es: “para un país que accede a la libertad, la victoria sobre la propia arcaica realidad sociológica es a veces mucho más difícil de obtener que el triunfo sobre la potencia colonizadora”.
Cuando la atroz tiranía duvalierista, dictadura colonial de viejo tipo llevada al extremo, se fue deteriorando y se hizo insostenible, la aguda penuria de la sociedad haitiana hizo MÁS FÁCIL dar en el plano político ese “dos pasos en uno” de que hablamos, ningún otro país latinoamericano (excepto Nicaragua) logró una apertura democrática que fuese también un intento avanzado de transformación social.
Pero luego de eso -evitemos el término “arcaico”- los problemas de la singular estructura social haitiana se fueron poniendo en evidencia e hizo MÁS DIFÍCIL la profundización del proceso. La crisis de régimen de Lavalas (Aristide) fue un modelo en pequeño de lo que pasaría luego con la socialdemocracia latinoamericana en sus distintas variantes, populista, bonapartista, reformista o social-liberal. La invasión extranjera y la ocupación siguiente muestran también la diferencia con los procesos del mismo signo pero distinta forma, hoy en el continente.
La misma fragmentación de la sociedad haitiana ha condicionado, por un lado, el proyecto de reconstrucción del Estado neocolonial, prolongando la tutela extranjera y haciéndola más obscena ante la debilitad de la construcción de un poder burgués que pueda guardar las apariencias de independiente. Y por otro lado, también, ha limitado el alcance de la resistencia popular. Ésta afloró y creció en todo este período y se ha mantenido en la pelea, pero no ha sido capaz de expresarse en un proyecto político maduro. Pero anotemos algo más en el haber: el fracaso final de Lavalas deja, en todo caso, el espacio para NUEVOS proyectos políticos que puedan expresar la resistencia popular.
Nos queda entonces: URUGUAY. En esto hay que una tendencia histórica de LARGA DURACIÓN, un fenómeno propio del PERÍODO POS-DICTADURA, y un fenómeno COYUNTURAL.
Hay una tendencia general a compensar la debilidad con servilismo hacia el poder internacional que impere en la época de que se trate. Es la forma congénita de ser de nuestra clase dominante pero la trasciende, ha modelado la política del Estado, y aparece como reflejo condicionado en cualquier situación emergente.
La hipertrofia del aparato armado como disuasorio pasivo y último recurso represivo ha sido también otra constante histórica como contrapeso de contención de la "sociedad amortiguadora". Pero en el período pos-dictadura esto se complica por dos factores: el costo desproporcionado del aparato militar (inútil además en términos de defensa) en relación a los problemas presupuestales crecientes del país, y la autonomía respecto del poder político que ese aparato cobró (por ejemplo retención bajo su órbita de organismos estatales civiles que no le corresponden, desbordes políticos anticonstitucionales de sus integrantes, aparatos de inteligencia clandestinos, etc.)
Esos elementos son los que determinaron la participación de Uruguay en las “Misiones de Paz” de Naciones Unidas, los de larga duración en cuanto al contenido, los de media duración en cuanto a la forma desproporcionada, porque se trató de hacer de dos problemas una solución: financiar al aparato armado por la participación de un socio que tomase sus servicios y compartiese sus costos, y dar algo que hacer a los militares que los tuviese lejos, en alguna medida. Pero esta solución trajo sus propios problemas.
Sobre la participación desproporcionada, alcanza con ver que Uruguay llegó a tener en la MINUSTAH, en relación a la población, 30 veces más efectivos que el promedio de la región. Sobre los costos, en realidad ha sido antes que nada una pantalla para cubrirlos, porque si bien Naciones Unidas ha contribuido a cubrir parte de los costos de las “misiones” (costos del servicio que toma) es solo una pequeña parte. Uruguay cubre el 70%, la ONU el 30%, si tomamos todos los costos de principio a fin: reclutamiento, entrenamiento, armamento, relevos, logística, administración, recuperación, costos sociales generados por la actividad, etc. No estamos incluyendo las jubilaciones militares
Esto es un procedimiento estándar, y en cualquier país NORMAL, que contribuya a misiones internacionales con una parte sensata del aparato que destina a su defensa territorial y que sostiene con su presupuesto en límites racionales, no daría ni para hablar. Pero Uruguay no es normal en esto. Por lo tanto, no puede extrañar que esa desproporción termine siendo una distorsión, y la distorsión un estrés. Y el estrés, cuando hablamos de cuestiones militares, una derrota
Porque la participación mercenaria de Uruguay en las “misiones” ha llevado a la derrota política. Ya no vivimos en los tiempos de los “guapos” que criticaba Florencio, la garra charrúa ha perdido su filo hace tiempo. Los militares uruguayos rechazan misiones que puedan significar riesgos bélicos reales y están sólo para “proteger civiles” (y pasemos por alto algunas de las cosas de esa “protección”). Y con tanta parte, Uruguay se retira de Haití pidiendo por favor un nuevo curro en otro lado para los pobres muchachos, pero hasta ahora nada.
Si no estamos dispuestos a seguir más en la aventura colonialista de la MINUSTAH, y justo estamos sentados en el CS de la ONU y en la presidencia, podríamos aprovechar la oportunidad, aunque sea en forma oportunista, de retirarnos mandando el tal discurso de principios anticolonialistas y Artiguistas y pacifistas y lo que venga, y hasta citar las cartas de Florencio. Pero... Mirá si se enojan, y misiones nunca más.
Vamos a repasar un poco el problema. La política mercenaria, en el grado en que se encaró, implica algunas cosas:
Reclutamiento. Como bien se sabe, las fuerzas armadas uruguayas tienen ya problemas para conseguir gente, sea tropa u oficialidad, no son atractivas. La promesa de misiones en el extranjero es un cebo compensatorio. Y allí empieza a rodar la bola de nieve.
Estructura, formación, entrenamiento especializado, y todos los costos subsidiarios en salud, vivienda y mantenimiento del personal en funciones.
Armamento y equipo. Sabemos que la cosa es un desastre, los aviones y helicópteros se caen, los barcos ya ni andan, las armas livianas y municiones van a parar a la delincuencia. Pero para justificar dinero en compras que al país no le sirven de nada, alguna cosa hay que encontrar.
Y así sucesivamente. Todo esto, puesto en marcha, forma una MASA INERCIAL que después resulta difícil frenar. Y si no se puede seguir y no se puede frenar...
¿Qué hay después de haber vuelto de la MINUSTAH? ¿Y qué hay de un balance político de esta participación? Habrá que seguir con el tema.