Félix Rodrigo Mora
Presentación
Presentamos a continuación un importante aporte, que recién empieza a circular, sobre la REVOLUCIÓN/CONTRARREVOLUCIÓN rusa. Lo hacemos porque, independientemente de las divergencias o polémicas abiertas que el autor suscita, es parte de la lucha de denuncia contra ese desencadenamiento de apologías del bolchevismo y la contrarrevolución en Rusia, presentada como si fuese la revolución misma o una tentativa de “socialismo”. Lo hacemos porque denuncia esa mentira gigantesca de que los leninistas “querían hacer una revolución socialista” que luego fue traicionada por la burocracia, por el estalinismo. Por encima de todas las cosas, en este aporte, queda claro que la supuesta “revolución” fue en realidad una ANTI REVOLUCIÓN…, una CONTRARREVOLUCIÓN BURGUESA Y ESTATAL. Incluso contra la mitología dominante insiste clara y perfectamente en que no se hizo con las clases trabajadoras, sino contra ellas
Otro aporte importante del artículo, es señalar el carácter contrarrevolucionario del marxismo tal como el mismo se entiende ideológicamente: como teoría economicista, productivista, progresista, desarrolladora del capitalismo. Por supuesto que también lo es, dejando de lado la cuestión terminológica indudablemente secundaria (por ejemplo hablar de “burguesía comunista”, es algo así como decir “ministro anarquista” o “propiedad privada socialista”) si se comprende lo programáticamente central: que la burguesía bolchevique no tuvo ningún problema en abandonar totalmente las referencias socialistas e internacionalistas….para hacer una política abiertamente imperialista como efectivamente hizo con las paces y acuerdos imperialistas (Brest Litovsk, Rapallo, acuerdos imperialistas con las empresas multinacionales, firmas de tratados con Hitler…etc.)
El artículo tiene la fuerza de denunciar las bases ideológicas del leninismo, del marxismo, lo que es fundamental: El marxismo está, así pues, penetrado de una fascinación crédula, beata, religiosa por el capitalismo. Pienso que, fue por todo esto, que Marx vivió aclarando que “yo no soy marxista”, porque efectivamente el marxismo fue constituido sobre esas bases apologéticas del capital, que fue lo que tomaron los epígonos como Kautsky, Lenin, Plejánov, Trotsky, Stalin…. Lo que evidentemente me llevaría a contraponer una lectura de Marx totalmente opuesta a esa apología marxista, aunque también es bueno reconocer que todas las posiciones contrarrevolucionarias que Marx adoptó (a favor del progreso del capital y el Estado), contra por ejemplo los “haraganes mexicanos”, se basaban en esa admiración ideológica del capital, tan generalizada en su época, que Félix Rodrigo señala con razón. Pero no puedo entrar aquí en esta cuestión de Marx, “el militante”, sus contradicciones y concesiones a la ideología dominante, solo menciono que no se puede reducir Marx a esas posiciones ideológicas dominantes, al marxismo, que la mayor parte de su obra denuncia al capital como enemigo de la humanidad y hace la apología de la resistencia proletaria (y esclava) contra el mismo [1]. Que lo que realmente puede interesar hoy, a los revolucionarios, que leen a Marx, que sostengo que todavía tiene mucho que enseñarnos, es la ruptura, con la apología socialdemócrata del capitalismo, es decir con el marxismo.
Hay tanto material apologético y construido para la falsificación de la historia, que estamos necesitando muchísimo la claridad programática. En ese sentido Félix Rodrigo no podía ser más explícito y claro. No, la intención bolchevique no tuvo nunca nada de revolucionaria, sino que el proyecto mismo era la toma del poder para asegurar la continuidad capitalista: “no fue demasiado difícil al partido bolchevique hacerse con el poder, no para realizar una revolución sino para dar continuidad bajo nuevas formas al viejo régimen burgués y terrateniente en crisis, así como al imperialismo y nacionalismo de Rusia” En toda la mierda ideológica que circula hoy haciendo la apología reaccionaria de la “revolución bolchevique” y en la medida en que todas las realizaciones socialistas se han revelado como lo que siempre fueron (¡ TODO MENTIRA!), se refugian en la “intención”, en la supuesta tentativa de “socialismo”. De ahí que sea tan importante ser claro y explícito: NADA, nada de nada, la intención de los intelectuales socialdemócratas bolcheviques era desde el principio el capitalismo. El programa de toda la socialdemocracia rusa nunca fue socialista, nunca expuso una solo línea para destruir la mercancía, el capital y el Estado: siempre fue un programa burgués. Como dice el autor ese fue el mal mayor infringido a la humanidad. Los bolcheviques fueron la fuerza internacional más eficaz en la contra revolución mundial, es por eso que las burguesías y Estados de casi todos los países siguen vendiéndonos esa contrarrevolución como si fuese una tentativa de “revolución socialista”
Por último me corresponde señalar que hubiese sido muy bueno poner todo el artículo de Félix Rodrigo, pero superaba ampliamente las posibilidades de Posta Porteña y por eso para hacerlo más digerible para ese valioso medio de discusión internacional y subrayar su importancia he decidido, dividirlo en capítulos (bastante arbitrariamente), presentarlo y también introducir algunos comentarios personales, que por supuesto no tienen ninguna pretensión de mejorar lo que el autor dijo, dado que lo hace muy bien, sino contribuir a los problemas y discusiones que el autor ABRE. Pienso que solo con las bases que el texto plantea, con la denuncia de la anti revolución como si fuese “revolución”, se puede realmente discutir de un balance y de perspectivas de la revolución social mundial.
Por último, señalo que las notas son de Félix Rodrigo, salvo cuando se indica lo contrario, en cambio, sí me he permitido señalar con negrita algunos pasajes de mayor importancia, por responder precisamente a los festejos generalizados que ya empezaron en base a los 100 años de la contrarrevolución rusa, presentada aún como si fuera “un intento revolucionario” del proletariado. Redoblo entonces los llamados para denunciar con potencia ese gran mito del siglo XX que tanto mal le hizo a la humanidad para que sus revueltas continúen chocando y reventándose contra el imponente muro capitalista y mistificador del LENINISMO.
Ricardo
RUSIA EN 1917: LA ANTI REVOLUCIÓN COMO “REVOLUCIÓN” (1)
Félix Rodrigo Mora
En octubre de 2017 hace un siglo que tuvo lugar la así llamada “revolución socialista” rusa. El tiempo transcurrido; su acabamiento con la patética auto-liquidación de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) en 1991; los decisivos cambios que están teniendo lugar a nivel planetario y la publicación de un buen número de estudios y balances, algunos de calidad en lo fáctico, permiten alcanzar conclusiones fiables sobre lo más determinante en esta materia, a saber, qué es una revolución y cuáles son sus contenidos, metas y procedimientos [2]. Porque los acontecimientos de 1917 no fueron otra cosa, en un último análisis, que una afirmación y refundación del capitalismo con nuevos ropajes, la expresión de una forma más de contrarrevolución burguesa y estatal.
El mal mayor infringido a la humanidad por la descomunal farsa de la “revolución rusa” ha sido desacreditar hasta lo indecible y cubrir de cieno la idea misma de revolución. De ese modo, aquélla ha hecho el mayor servicio posible al capitalismo al garantizarle un amplio periodo de estabilidad, aceptación (o por lo menos resignación) y paz social. Ha conseguido que sus oponentes y críticos actuales no encuentren las ideas necesarias para ir más allá de una actividad disidente de poco calado, aunque a veces de mucha bulla y fanfarria, sin dar el salto a lo más necesario, pensar y efectuar una negación programática y práctica de la totalidad finita del orden constituido, con el fin de avanzar hacia una sociedad sin capitalismo, por tanto, sin artefacto estatal.
Quienes elijan la revolución como tarea actual, de hoy, están obligados a sostener y probar argumentalmente que: 1) los hechos de 1917 no son una revolución sino una contrarrevolución, que no se hizo con las clases trabajadores sino contra ellas, 2) su teoría rectora, el marxismo, es una forma peculiar de ideología burguesa, de progresismo pro-capitalista radical, de apasionamiento productivista y economicista, incluso si en alguna cuestión aislada está acertada, 3) Los resultados en Rusia fueron tan destructivos que, llegado un momento, la nueva burguesía comunista que realizó y consolidó la “revolución” de 1917 tuvo que prescindir de la superestructura “socialista” para instituir la Rusia actual, una potencia imperialista explícitamente capitalista en la que manda y es gran propietaria de manera perfectamente regularizada una élite descendiente de la burguesía bolchevique que llevó a efecto la inmensa parodia de hace un siglo.
Rusia en año 1917
El Estado ruso, en su forma zarista, se auto-aniquiló en la I Guerra Mundial. Para 1916 poco de él quedaba en pie, de manera que no fue demasiado difícil al partido bolchevique hacerse con el poder, no para realizar una revolución sino para dar continuidad bajo nuevas formas al viejo régimen burgués y terrateniente en crisis, así como al imperialismo y nacionalismo de Rusia. El bolchevismo fue una militante agrupación de intelectuales burgueses con escaso contacto con el proletariado y casi nulo con el campesinado, que era quien constituía entonces la gran mayoría del pueblo. Su (dudoso) mérito consistió en comprender mejor que ninguna otra formación política el vacío de poder que se había creado desde el año citado, al perecer la gran mayoría de la juventud de las clases pudientes y mandantes en las trincheras, luchando contra los Imperios Centrales durante la guerra iniciada en 1914.
Los bolcheviques se atrevieron a lanzarse a la reconstrucción del Estado porque la intelectualidad burguesa que los formaba ansiaba todo el poder de mandar y toda la propiedad para sí, a fin de convertirse en nueva burguesía y nuevo aparato estatal: eso les diferenció del resto de los partidos entonces existentes, y les otorgó la victoria. Para ello se constituyeron en descomunal aparato gobernante de violencia y guerra que se ampliaba cada día, al reclutar a nuevos soldados, nuevos policías, nuevos carceleros y nuevos verdugos, sin por ello descuidar el trabajo de propaganda y aleccionamiento, pues el terror sin límites más el adoctrinamiento, también sin límites, fueron las dos herramientas de que se sirvieron los comunistas rusos para erigir un nuevo Estado ruso hipertrófico y refundar el capitalismo de sus sueños, delirantemente mega-eficaz, perfecto y total. En el caos social mayúsculo constituido en Rusia a partir de 1916 se alzaron como vencedores.
Durante la guerra civil rusa de 1918-1922 todos lucharon contra todos. Los blancos fueron la fuerza armada del viejo régimen, del senil capitalismo zarista, y los comunistas la del nuevo capitalismo, que como se ha expuesto pretendía ser híper-capitalismo. En oposición a unos y otros estaban las clases trabajadoras, en particular las rurales, que eran las que aportaban la mayor parte de los soldados del ejército, en desintegración. Mientras, el proletariado industrial se mantuvo semi- pasivo, atento a alcanzar ventajas y mejoras materiales, consumistas, como ha hecho y hace siempre la clase obrera industrial y de servicios, por su condición de masa neo-esclava mutilada por el régimen salarial y escasamente capaz de elevarse a lo trascendente.
Aunque muy confusa e inconsecuentemente, desde 1916 los sectores avanzados y más conscientes de las clases trabajadoras, en particular las agrarias, deseaban intuitivamente una transformación completa, revolucionaria del orden social. Tales aspiraciones primero fueron manipuladas y luego sangrientamente reprimidas por los bolcheviques. También los contrarrevolucionarios zaristas, los blancos lo hicieron, pero con mucha menos efectividad y logros. Las gentes modestas, violentadas y agredidas por unos y por otros, resultaron ser las verdaderas perdedoras. En 1922 los bolcheviques quedan militarmente vencedores sobre los blancos y sobre el pueblo/pueblos, aunque en estos últimos encontrarán una resistencia enorme que nunca lograrían domeñar del todo.
Los comunistas rusos fueron la anti revolución más eficaz durante esos años en los territorios sometidos al Estado ruso, la que sobre todo aplastó a la revolución popular en dubitativo y confuso desarrollo.
Antes de continuar es necesario exponer la noción marxista de capitalismo perfecto, capitalismo mágico o capitalismo idealizado al que, para simplificar, en el presente texto se conceptúa de híper-capitalismo. Su origen está en la lapidara expresión del “Manifiesto del Partido Comunista”, obra de Marx y Engels, 1848, “la burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario”. Con una comprensión escolar, rudimentaria, de la historia y del presente, pero con muchísimo desparpajo y desenvoltura, esos dos autores asientan el axioma fundacional, la naturaleza “revolucionaria” de la burguesía, así pues, del capitalismo. Arguyen que el desarrollo económico y tecnológico promovido por él implantará necesariamente una nueva sociedad, que será muy superior a las del pasado. Claro que, llegado a un punto, añaden, el capitalismo se enreda en sus contradicciones internas y se hace regresivo, arrastrando al abismo a la sociedad toda. De esta situación sacará a la humanidad la nueva clase revolucionaria, o de recambio, el proletariado, pero no el proletariado realmente existente sino la “vanguardia del proletariado”, es decir, la casta intelectual superlativamente codiciosa y ávida de poder que se organiza en base al marxismo. Ésta sólo podía cumplir con su función “redentora” si continuaba la obra “revolucionaria” del capital, si establecía un renovado capitalismo supuestamente sin capitalistas, un innovador orden burgués pretendidamente sin burguesía. El camino de avance de la humanidad era uno y el mismo, adujeron, un tramo lo recorrería la burguesía y otro la clase obrera, o más precisamente, el partido de la clase obrera que la representa, para lo cual éste ha de hacerse con la totalidad de la soberanía, la autoridad y el mando.
No comprendieron que los caminos de la burguesía y de las clases populares no pueden ser los mismo sino diferentes, antagónicos y otros cualitativamente. El capitalismo sin burguesía de la teoría bolchevique crea su propia burguesía de inmediato, que es el partido comunista. En cuanto éste, con la toma del poder de 1917, se hace propietario de los medios de producción y cambio se transmuta en la nueva clase burguesa. La propiedad de los factores productivos tendría que haber sido de la clase obrera y del campesinado, no del partido: sólo así podría haberse constituido un orden socialista.
Un texto de Marx encomiástico del economicismo, productivismo y desarrollismo más vehementes es “Crítica del Programa de Gotha”, 1875, donde la abundancia material es equiparada al supremo bien, lo que equivale a sostener y a convertir en piedra angular de la estrategia comunista el principio número uno del ideario burgués, que la riqueza es el todo. A partir de ahí resultan las sociedades capitalistas construidas por los comunistas, aunque en una versión extrema. Y precisamente por ello se hacen disfuncionales e inviables, pues generan muchísimos daños colaterales, costes ocultos y catástrofes por desmesura, de manera que alcanzado un punto han de retornar a ser burguesas de una manera habitual, prosaica, sin idealización: de ahí el desarticular la pantomima de socialismo en 1991 en Rusia.
El marxismo está, así pues, penetrado de una fascinación crédula, beata, religiosa por el capitalismo, por su supuesta eficacia económica, organizativa y técnica aplicada a todas las esferas de la vida, con la productividad del trabajo elevándose día a día... Ciertamente, todo esto es una ficción, una idealización, pues ningún capitalismo ni el habitual o vulgar ni el maravilloso y fantaseado que el marxismo propone (al que denomina “socialismo” y “comunismo”) puede conseguir tales metas. En verdad, no lo puede (ni debe) hacer ningún régimen político ni ningún modo de producción, pero tal es la concepción mesiánica de Marx, el logro de una abundancia material... imposible. E indeseable.
Ese embeleso irracional con el régimen burgués se manifiesta asimismo en uno de los escritos tempranos de V.I. Lenin, “El desarrollo del capitalismo en Rusia”, 1899. El primer teórico del marxismo ruso celebra los progresos del capitalismo como modo de producción en Rusia, con la convicción de que ello constituiría un orden social celestial, milagrero. Su argumento es que el capital en desenvolvimiento ha de sentar las bases económicas del socialismo y el comunismo, de manera que la vanguardia proletaria (él y su grupo) crearía una sociedad perfecta y eterna a partir del capitalismo y con el capitalismo, siempre que éste adoptara una forma nueva. En el texto de Lenin hay además una ingente carga de nacionalismo ruso, un dolor emocional extraordinario por el “atraso” de Rusia, que se hace vehemente esperanza en que un gran salto delante de la economía y la tecnología permitirán a su país, a su patria, elevarse a primera potencia mundial. Este frenesí chovinista, patriotero y nacionalista fue ocultado, cómo no, con la retórica embustera acerca del “internacionalismo”, con la aserción sobre que “los obreros no tienen patria”, negada por los comunistas rusos con su actuar en cada momento, como fervientes nacionalistas rusos que eran.
Lenin, en su libro antes citado, rechaza el punto de vista de Carlos Marx sobre Rusia, enunciada en el “Proyecto de respuesta a la carta de V.I. Zasulich”, de 1881, escrito dos años antes de su fallecimiento. En él, dando un giro substancial a las formulaciones que había ido plasmando desde su juventud, encuentra en el orden campesino ruso tradicional, pre-capitalista, no productivista y ajeno a la técnica moderna, la matriz y el fundamento de una sociedad socialista auténtica en aquel país. Lenin y los comunistas rusos en el poder no sólo ignoraron esas recomendaciones del que tenían por su “maestro” sino que hicieron lo contrario a lo que proponía en aquel sugestivo escrito, destruir a sangre y fuego dicho organización campesina con la “colectivización” de 1929-1933[3]
Marx, con ese tardío cambio de posición, se refuta a sí mismo, impugna el marxismo. No hace falta subrayar que, en ese conflicto antagónico al final de su vida con la teoría marxista, la razón y la verdad estaban de su lado, aunque la comprensión que tenía de la sociedad rural rusa fuese superficial y en cierta medida equivocada, pues una vez más se lanzó a argumentar y a definirse sobre lo que conocía imperfectamente, porque lo había estudiado con escaso esfuerzo. Sea como fuere, los comunistas rusos se posicionaron a favor del marxismo y en contra del último Marx, cuando éste, al parecer, recuperó la conciencia y comprendió, o quizá sólo intuyó, que sus tan ridículas como monstruosas entelequias modernizadoras y tecno entusiastas no eran aptas para derrotar y superar a la sociedad burguesa. Esto requería de otras herramientas, la axiología, la moralidad, la convivencia, la libertad, la voluntad de bien... Ello no podía ser admitido por el partido bolchevique, que deseaba una Rusia industrial, tecnologizada, opulenta en lo económico e invencible en lo militar, es decir, imperial, lo que la Unión Soviética fue hasta quedar vencida en la guerra fría por su rival imperialista, EEUU.
Félix Rodrigo Mora
[1]Ver al respecto Karl Marx: “Páginas Malditas: sobre la cuestión judía y otros textos” Libros de Anarres, Buenos Aires/Argentina. (nota de Ricardo)
[2] Este asunto está tratado de forma extensa en mi libro “La democracia y el triunfo del Estado. Por una revolución democrática, axiológica y civilizadora”. El presente artículo es una profundización de dicho análisis, con nuevos datos, y es sobre todo un avance en la comprensión creadora de los diversos aspectos implicados, enfatizando la cuestión de la revolución por hacer en tanto que cosmovisión, proyecto y tarea. El pensamiento y el conocimiento no han de detenerse nunca, estando siempre en desarrollo y perfeccionamiento.
[3] El “padre” del marxismo ruso fue Gueorgui Plejánov (1865-1918), hoy olvidado, pero en los decenios anteriores a 1917 muy leído. Lenin le admiró por un tiempo y luego se enfrentó a él, en una de esas tormentosas peleas tan propias del doctrinarismo militante. Plejánov, bajo la apariencia de ortodoxia marxista, revisó alguno de los elementos sustanciales de esa doctrina, a la vez que afirmaba sus partes más negativas. En “Ensayo sobre el desarrollo de la concepción monista de la historia” se opone solapadamente a la dialéctica hegeliana, supuestamente cardinal en Marx, retornando a la lógica formal aristotélica, lo que se manifestaría como rigidez, abstracción y atemporalidad, como incapacidad para considerar a los contrarios en su unidad y lucha en la cosa. Y en efecto, el bolchevismo estuvo impregnado de tosca y caduca gnoseología aristotélica. En “El papel del individuo en la historia” refuerza el determinismo y fatalismo mecanicistas del marxismo, así como su incomprensión de la función de la persona en el cambio social, con negación sofística de las diversas manifestaciones de la libertad individual. Para comprender el sistema de ideas de Plejánov hay que acudir a la historia y al presente de Rusia, moldeado por el credo de la iglesia ortodoxa, en tanto que herencia de Bizancio, y por unas estructuras sociales inamovibles, autoritarias, en las cuales el individuo es una nada sacrificada a los intereses y necesidades del Estado. Es de ahí, mucho más que de los escritos de Marx, de donde Plejánov extrae su ideario, luego admitido por el bolchevismo. Esto muestra que la herencia cultural y la trama institucional poseen una fuerza colosal y tienen un elevado nivel de continuidad. Del mismo modo, los bolcheviques, nacionalistas rusos agobiados por el supuesto “atraso” económico, tecnológico y administrativo de Rusia, ni siquiera podían comprender las loas del último Marx al campesinado ruso, para ellos una despreciada masa retrógrada que tenía que desaparecer (hecha desaparecer) cuanto antes. Por eso ni siquiera criticaron dicha formulación: la ignoraron. Es paradójico que los comunistas rusos, que se tenían por la vanguardia de la modernidad más rompedora, a fin de cuentas fueran poco más que rusos ortodoxos y patrioteros teñidos de ateísmo, lo que otorga la razón a la dialéctica, uno de cuyos postulados es la unidad (y la lucha) de los opuestos.