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RUSIA EN 1917: LA ANTI REVOLUCIÓN COMO "REVOLUCIÓN" (2)

por Félix Rodrigo Mora

La Unión Soviética fue el Estado del siglo XX que más lejos llevó el terrorismo de Estado, más que los nazis y el franquismo… Apoyo totalmente esta sentencia del autor. Pienso que eso es lo que hay que dejar claro en todas partes el bolchevismo fue el punto central de la contrarrevolución mundial iniciada en 1917 y fue por eso que fue ese país que había conocido la fuerte ola revolucionaria desde principios de siglo que llevó más lejos el terrorismo de Estado, con respecto a otros como el nazismo y el franquismo.

Me parece en cambio más discutible que se utilice la palabra fascismo…y fascismo de izquierda, para designar ese terrorismo de Estado, porque es evidente que el fascismo mismo, el original, el italiano, fue un régimen estatista, pero con mucha mayor adhesión de masas que nunca requirió la masificación de los campos de concentración para hacer trabajar a la gente u otras cuestiones esenciales del leninismo, como la tortura sistemática y generalizada de los “enemigos de la revolución”. Pienso que Félix Rodrigo utiliza esa palabra como sinónimo de régimen represivo haciendo así una asociación más bien ideológica (una especie de concesión a la utilización moderna de la palabra “fascismo”), destinada al público (antifascista), como si el “fascismo” hubiese sido lo peor que hubiese existido, lo que evidentemente es históricamente falso como el propio autor lo señala. No, el leninismo no fue fascismo, que si le sacamos el mito histórico que constituyó el estalinismo, resulta algo bastante confuso, ideológico, personalista, contradictorio y sin otro programa que la razón de Estado,sino algo muchísimo más metódico  y unificado en cuanto a destrucción sistemática del ser humano. Pero Félix Rodrigo todo eso lo pone en nota, no dándole mayor importancia a esta denominación y por todo lo que sigue en este mismo artículo, deja muy claro que todo el sistema bolchevique fue un sistema completo de destrucción humana mucho más completo y siniestro y que no es comparable al famoso “fascismo”. Más, la exposición y síntesis que Félix Rodrigo realiza es realmente excelente y bastante excepcional en la época en que vivimos.

En cuanto a la noción de “dictadura del proletariado” es verdad que el leninismo hizo de eso una verdadera y acabada tiranía del capital y en particular de la tasa de ganancia del capital. Es verdad que Marx, por su parte habló poco y mal de la “dictadura del proletariado”, que no hay textos y explicaciones “marxistas” y que la concepción actual, gracias al leninismo, identifica ese concepto a una vulgar tiranía política para el progreso. En eso la contraposición es total, para Lenin es una dictadura política, una dictadura contra las personas como cualquier otra “dictadura”; en cambio todas las formas en que Marx hizo referencia a algo “dictatorial” no hacen referencia a algo contra las personas sino contra las relaciones sociales capitalistas. Es esto lo que no es accesorio, en Marx, ni en Bakunin, la negación despótica de las relaciones de explotación. Pero también es fundamental y no accesoria la afirmación de que la revolución proletaria no es una dictadura en el sentido político, sino una verdadera revolución social, una destrucción por la fuerza del sistema mercantil generalizado. Pero hecha esta salvedad, tema que ni siquiera fue planteado por los bolcheviques, si concordamos con Félix Rodrigo en que la utilización de la “dictadura del proletariado” para el desarrollo burgués, tal como hicieron los bolcheviques es una falsificación grosera y absurda.

De todas formas, lo importante, no son las reaccionarias elucubraciones de Lenin sobre la “dictadura del proletariado” (¡cuando quiso mostrar que no se trataba de una cita aislada que era la tesis del renegado Kautsky”, su politicismo le impedía encontrar citas adecuadas en la obra de Marx porque eran demasiado globales, sociales y no lo suficientemente dictatoriales y políticas como Lenin quería!), cuando desde el primer día, el régimen bolchevique empleo el terrorismo CONTRA toda la vida del proletariado. Insistir en esto es la verdadera clave de la crítica de la contrarrevolución rusa y lo decisivo del aporte de Félix Rodrigo.

Ricardo

La Unión Soviética

El nuevo Estado bolchevique fue, en puridad, una mega-máquina de violencia y de acumulación privada -clasista- de riqueza, sobre todo a través de un sistema tributario implacable, a menudo sustentado en la extorsión directa armada. Los soviets, en teoría asambleas proletarias y populares gubernativas, actuaron como un apéndice del partido comunista, que a su vez conformaba la estructura estatal. El sistema político era sin libertad, ni real ni siquiera formal, de modo que no había nada de autonomía de la persona ni de participación de la gente común en el gobierno de la sociedad ni de libertad civil. La soberanía política y jurídica residía en el bloque partido-policía-ejército, no en el pueblo. El individuo estaba inerme ante el poder estatal, que podía hacer con él lo que le viniera en gana, confiscarle sus bienes, encarcelarle, deportarle, violarle, torturarle, matarle. El Estado era todo y la persona nada. Ni siquiera era respetada la legalidad promulgada, por lo que se malvivía en un régimen de inseguridad jurídica que atemorizaba y paralizaba.

El elitismo, que se hace clasismo, de los comunistas rusos arranca del ideario dictatorial de la Ilustración, “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, que pronto fue transformado por ellos en “todo para el pueblo, pero contra el pueblo”, pues es exacta la idea de que el bolchevismo declaró la guerra “a su propio pueblo”. Éste se adscribe a la disquisición burguesa sobre la representación política, propia del sistema parlamentarista. Por eso aduce que, en tanto que partido, “representa” a la clase obrera, siendo su vanguardia, del mismo modo que concebía a los otros partidos políticos actuantes como “representantes” de esta o la otra clase social. La politología sobre la representación política es la justificación de la dictadura propia del sistema parlamentarista liberal, pues el pensamiento democrático rechaza toda representación, advirtiendo que el poder se ejerce directamente y los hace la totalidad de la población, sin delegacionismo. El bolchevismo establece el poder de una élite, del partido, que dice obrar “en nombre de la clase obrera” y que es, por tanto, un poder tiránico neo-burgués. Los soviets que emergen como una creación espontánea, popular, de naturaleza asamblearia y revolucionaria en 1916 fueron manipulados y adulterados, además de reprimidos, por los bolcheviques que no podían admitir una concepción de la soberanía y el poder directamente democrática, no representativa, en la que es toda la población (no una vanguardia iluminada y redentorista) gobierna, se autogobierna.

Por consiguiente, también en el ámbito de la política y no sólo de la economía, los bolcheviques fueron una fuerza política que se sirvió del ideario de la burguesía, aunque de modo muy peculiar. Lo hicieron porque eran burguesía de nuevo tipo.

El cercenamiento extremo de la iniciativa y creatividad individual y grupal en todos los aspectos de la vida de la sociedad soviética conformó personas que únicamente se ponían en marcha, si es que lo hacían, cuando recibían órdenes, y si tenían tras de sí un sistema complejo (y caro) de vigilancia, control y constricción, además de un aparato propagandístico descomunal. La vehemente negación de la libertad del individuo en todas sus formas por el poder soviético originó parálisis, torpor y estancamiento, abulia, galbana y desgana universales, que se quiso solventar acudiendo al terror como factor impelente y dinamizador, aunque la combinación de ausencia absoluta de autonomía de la persona más la vivencia cotidiana del pánico a ser detenido, torturado, violado, fusilado, hecho desaparecer, etc., culminó en un empeoramiento colosal del conjunto de la vida colectiva e individual. Eso se hizo todavía más grave cuando la actividad social fue recayendo en las generaciones “educadas” (deformadas y desestructuradas) por el régimen soviético, moldeadas como seres nada superlativamente embotados, indiferentes, letárgicos, resignados, manejables, autistas, carentes de personalidad propia, a partir de principios de los años 60.

La URSS llegó a tener un problema extremadamente grave por el dramático declive de la calidad media de la persona común, que ella misma había ocasionado. Así de graves fueron las contradicciones internas que el comunismo ruso fue induciendo objetivamente en la sociedad que con tanta fiereza dominó.

En efecto, la violencia se hizo el elemento dinamizador número uno de la nueva estructura social, practicada por un aparato policial asombrosamente numeroso y omnipotente, que disfrutaba de exorbitantes privilegios materiales, pues un policía de base gozaba de unos emolumentos diez veces superiores al salario de un trabajador, lo que hacía de él, en una sociedad marcada por la pobreza y la escasez crónicas, un adinerado bribón dispuesto a cometer cualquier iniquidad y no importaba qué crímenes. Todos los asuntos y problemas se trataban y “resolvían” con el recurso a la fuerza física, por la aplicación ilimitada del terror estatal. Así se constituyó un estado universal de miedo cerval, de pánico generalizado, que hacía que las gentes cumplieran, mal que bien y peor que mejor, con las obligaciones que el Estado “socialista” les iba imponiendo[1]

Causa horror comprobar que la tortura, a menudo tan feroz que ocasionaba la muerte de quienes la padecían, fuese admitida por todos. Los que quedaban vencedores en las feroces pendencias internas del partido comunista se la hacían padecer a sus adversarios, y quienes resultaban perdedores aceptaban como algo de sentido común que iban a ser torturados, en bastantes ocasiones hasta su fallecimiento [2]

Un orden social donde eso acontece es un infierno realizado sobre la tierra. La cosa fue tan tremenda que bajo el mandato del jefe del NKVD (la policía política soviética) durante un tiempo, G. Yagoda, se redactó un manual sobre la manera más efectiva de torturar...

Los comunistas rusos malinterpretaron y sacaron de quicio el significado de la violencia en la historia y en las sociedades del presente, tanto como la noción de dictadura del proletariado, que Marx utilizó unas cuantas veces, si bien con un significado ajeno al militarismo y saña sanguinaria con que la comprendieron los bolcheviques. Sobre lo primero conviene enfatizar que la violencia tiene su lugar en la historia y la vida social, por tanto, su sentido y pertinencia, pero que debe ser concebida como mínima, la menor necesaria, parte de un todo ordenado y coherente, ejercida por el pueblo, o pueblos, en defensa de la libertad, destinada a abrir caminos removiendo obstáculos mucho más que como procedimiento para la construcción de lo nuevo y sometida a severas restricciones de naturaleza moral y jurídica. Eso diferencia la violencia justa de la injusta. Los bolcheviques no entendieron de ese modo el asunto, haciendo de la violencia un máximo, el todo, ejercida por ellos y no por el pueblo, con virtualidades principalmente constructivas en la intención y sin limitaciones de naturaleza moral y legal. En conclusión, fueron unos belicistas extremados contra su propio pueblo, unos fanáticos del Estado policial-militar, tanto que el régimen que fundaron llegó a ser víctima de su militarismo. En esto también se equivocaron.

La noción de dictadura del proletariado, según aparece en los escritos de Marx, es más una metáfora que la enunciación de una idea bien asentada, y desarrollada con algún rigor. Se reduce a señalar que del mismo modo que el capitalismo es la dictadura, también política y jurídica, de la burguesía (lo que es parcialmente exacto, pues existe el Estado, que es por sí, anterior a la burguesía y causa eficiente de la existencia de ésta), la conversión de la clase obrera en fuerza gobernante ha de adoptar la forma de poder político, de dictadura por tanto. Marx nunca dijo que aquélla debería manifestarse como negación de la libertad al proletariado, también porque la dictadura de la burguesa es, efectivamente, la mejor expresión de su libertad como clase. Pero los comunistas rusos interpretaron la cuestión torticeramente, para justificar su tiranía como partido político, llegado al poder por la conjunción casual de diversos acontecimientos favorables y mantenidos en él por el ejercicio de una violencia estatal que se dirigía, principalmente, contra la clase trabajadora, sobre todo la rural. En suma, el poder del proletariado tendría que existir en la forma de, ante todo, libertad para el proletariado, y eso jamás lo hubo en la URSS.

La actividad productiva dependía también de la violencia institucionalizada, es decir, el capitalismo intencionalmente perfecto o híper-capitalismo que los comunistas rusos deseaban construir, tuvo como elemento motor la coerción ilimitada y la fuerza física extrema. De ese modo esperaban obtener resultados económicos espectaculares en la centésima parte del tiempo, o menos, que el capitalismo aparentemente imperfecto, o común, había necesitado, logrando una industrialización plena y arrasadora, como se dice vulgarmente, a uña de caballo. Con ello, supuestamente, Rusia alcanzaría y sobrepasaría a las potencias imperialistas occidentales en unos pocos años, constituyéndose como poder imperial número uno.

Félix Rodrigo Mora

[1]La verdadera naturaleza, su función y finalidad, del extremado terrorismo de Estado instaurado por el partido comunista ruso en el poder no suele ser comprendida por los estudiosos e historiadores. Una muestra de eso es el libro de J. Arch Getty y Oleg V, Naumov “La lógica del terror. Stalin y la autodestrucción de los bolcheviques, 1932-1939”. Achacar a ese dirigente comunista toda la responsabilidad es negar la evidencia, pues fue él, en efecto, pero también docenas de miles más quienes demandaron y practicaron el terror. Los que “condenaron” a Stalin en el XX congreso del partido, en 1956, habían estado tan implicados como él en las matanzas. Durante un tiempo la violencia institucional masiva fue imprescindible para asegurar el asentamiento en el poder del nuevo Estado y la nueva burguesía. Luego, llegado un momento, se hizo contraproducente en una versión tan extrema y extendida pues, literalmente, trituraba al cuerpo social, reduciendo a las personas a un estado tal de temor, estupor, indiferencia, depresión, abulia, parálisis y nihilismo que le ponía el peligro incluso el funcionamiento mínimo. Debido a ello, desde la segunda mitad de los años 50 disminuyó su intensidad y cambió de procedimientos, sin dejar de existir y estar omnipresente. La Unión Soviética fue el Estado del siglo XX que más lejos llevó el terrorismo de Estado, más que los nazis y el franquismo, lo que se demuestra acudiendo a datos como el de policías por 100.000 habitantes, número de asesinados y represaliados como porcentaje de la población, uso universal y rutinario de la tortura, etc. Por eso (y, sobre todo, por la naturaleza del poder soviético) la URSS fue el peor y más terrorífico régimen fascista (fascista de izquierdas, se entiende) de esa centuria.

[2] En el libro “El siglo soviético ¿Qué sucedió realmente en la Unión Soviética”? Moshe Lewin se esfuerza en salvar lo salvable del experimento marxista en Rusia, con el argumento de que llevar las críticas demasiado lejos favorece al capitalismo actual... Ofrece sus datos de la represión entre 1921 y 1953, concluyendo que resultaron condenadas a muerte 800.000 personas, en números redondos, a la vez que 2,6 millones fueron enviadas a campos de prisioneros por motivos políticos. Lewin ignora un hecho bien documentado, la omnipresencia de la tortura. Así pues, los condenados a muerte y ejecutados son sólo una fracción de los que realmente perecieron, una fracción afortunada pues morían por fusilamiento y no por causa de tormentos, tras un sufrimiento indecible. Es imposible calcular su número (al ser presentados oficialmente como fallecidos por “causas naturales” mientras estaban detenidos) pero se conocen tantos casos concretos que no hay duda de que fueron muchísimos. Ciertamente, lo que más favorece hoy al capitalismo es seguir presentado a la Unión Soviética como “socialista”, y los hechos de octubre de 1917 como una revolución. En el libro de S. S. Montefiore, citado más adelante, se lee que “muchos prisioneros eran golpeados con tanta violencia que literalmente les sacaban los ojos. Por regla general eran golpeados hasta la muerte, eventualidad que era registrada como ataque al corazón”. Las torturas, además, en ocasiones volvían locas a quienes las padecían. Se solía asesinar asimismo a familiares de los detenidos, ajenos a toda actividad política, generalmente por medio de atrocidades espeluznantes llevada hasta el final. También eran numerosas las desapariciones, personas capturadas por la policía política a las que nunca más se volvía a ver. La conclusión es que los datos que ofrece Lewin sobre el número de víctimas mortales del terror practicado por el neo-capitalismo comunista ruso resulta ser notablemente inferior a la realidad. Es probable que hubiera tantos ejecutados extrajudicialmente como los que lo fueron por mandato judicial, lo que dobla el número de los muertos. Eso sin tener en cuenta las carnicerías efectuadas por el poder comunista ruso en Polonia (22.000 polacos fueron matados en Katyn, el año 1940, siendo ésa un holocausto entre otros muchos, dirigidas a exterminar al pueblo polaco), Ucrania, los países bálticos, etc. Si tenemos en cuenta las hecatombes realizadas contra otros pueblos y en otros países los datos que ofrece Lewin son una fracción pequeña del total.