La gigantesca corrupción o más en general, la putrefacción total y asesina del aparato de Estado leninista, es denunciada sin piedad y se subrayan jugosos ejemplos
/// por Félix Rodrigo Mora
También eso fue tabú durante décadas y sin embargo ningún régimen anterior puede haber nacido tan carcomido del interior, desde su cuna ideológica socialdemocrática y tiránica. En el artículo de Félix Rodrigo, no solo describe elementos cruciales de toda esa inmunda podredumbre capitalista del bolchevismo, sino que da pistas y abre discusión sobre su reconocido derrumbe, el fin de la URSS y del verso “socialista” (o Estado “obrero” degenerado)
Me gustaría agregar que mis discusiones con compañeros de los países del “verso” socialista, siempre se rieron de los occidentales que seguían creyendo en que había algo de “socialista” en toda esa podredumbre y me decían: “fueron mitos para la exportación, aquí nadie creyó nunca en todo eso…, en lo interno el socialismo era una burla, un chiste…que contradecía la realidad cotidiana de brutal injusticia y explotación”. Por eso quienes más sufrieron con la caída de toda la estantería, fueron los leninistas de afuera, los que seguían con las pajeras polémicas dentro de la clase dominante sobre si había un Estado degenerado o capitalista de Estado, o más o menos capitalista y más o menos obrerista, como los trotskistas de todo tipo. Para la burguesía bolchevique de adentro de la URSS, la caída fue con amortización, porque fueron esos mismos burgueses del poder los que generaron, el intercambio del verso, para salvar lo principal: el capital y el trabajo.
Ricardo
RUSIA EN 1917: LA ANTI REVOLUCIÓN COMO “REVOLUCIÓN”
El régimen de tiranía y dictadura, total y sin limitaciones, impuesta por los comunistas rusos [1] se ponía de manifiesto en todos los aspectos de la vida social. Por ejemplo, las mujeres que se negaban a los requerimientos libidinales de los caudillos bolcheviques solían ser acusadas de delitos políticos y encarceladas, cuando no raptadas y violadas, en algún caso asesinadas después. No contentos con la enorme tropa de las “bailarinas” los jerarcas acosaban sexualmente a muchas féminas, que a menudo cedían para sacar de la cárcel a sus familiares, o para evitar que fueran acusados y enviados a los campos de trabajo, si no fusilados o muertos en la fase, inevitable casi siempre, de las torturas. Pero no debe extraerse de esto conclusiones sexistas victimistas, pues existió un sector de mujeres bolcheviques que se significó en el ejercicio de la autocracia política y en el dominio privado de los medios de producción, y que se destacó en el uso de la violencia contra la gente común. Una expresión de ello fue Polia Nikolaenko, una fémina de Kiev que en los años 30 fue responsable de la muerte de 8.000 individuos, acusados de ser “enemigos de clase” y “contrarrevolucionarios”, la gran mayoría hombres. Hubo más mujeres asesinas.
Además de la violencia irrestricta, el régimen soviético se valió de la propaganda, omnipresente y desmedida. El partido era la “vanguardia”, que lo sabía todo, y el pueblo “las masas”, que lo desconocían todo, meros niños en cuerpos de adultos sólo buenos para ser “concienciados”, es decir, adoctrinados, para asentir y aplaudir. Según los comunistas no existe la sabiduría popular, el conocimiento experiencial de la gente común, envenenado aserto contenido en los textos de Marx y Engels y reafirmado en los de Lenin. Tampoco existía la verdad, en tanto que coincidencia entre lo expuesto y la cosa, pues era verdadero lo que era útil al poder constituido, falacia que se argumentaba con la sofistería sobre “la verdad de clase”, una chabacana manifestación de utilitarismo burgués y pragmatismo anglosajón. Así pues, todo era propaganda y aleccionamiento, emisión de mentiras, mofa de la verdad, negación de la libertad de conciencia, anulación de la actividad psíquica interior, privada e íntima, del individuo. Esto resulta también de que el leninismo carece de una concepción de la persona que vaya más allá de dividir a los individuos entre quienes pertenecen a “la clase obrera” en todo dirigida y subordinada, y los que forman “el partido de vanguardia de la clase obrera”, ontológicamente sabio e infalible, en todo dirigente y gobernante. Con ello estatuye una segmentación entre mandados y mandantes, dominados y dominantes, como se encuentra en muy pocos sistemas teoréticos, por su crudeza, radicalidad y desparpajo.
Los jefes bolcheviques urdieron un buen número de artimañas y embelecos propagandísticos. Por ejemplo, Lenin, en el momento culminante de la crisis del Estado ruso, el verano de 1917, escribe un libro singular, “El Estado y la revolución”, que promete un sistema de autogobierno por asambleas obreras, campesinas, de soldados y populares, los soviets, con otras varias medidas de atractiva y saludable naturaleza, destinadas a realizar la participación de todos en la vida política y a garantizar las libertades a las clases trabajadoras. No podemos saber cuál era su intención al escribirlo, pues no hay fuentes sobre ello, pero sí estamos en condiciones de afirmar que Lenin, en él,dijo lo que jamás hizo. Es más, hizo lo contrario de lo que dijo. Pero es cierto que dijo lo que las gentes en rebelión y revolución querían escuchar, lo que impulsó a millones de personas a dar respaldo al partido comunista en un momento crítico para éste, cuando peleaba con otros partidos por el poder. Nos encontramos, por tanto, ante la bien conocida treta de los políticos profesionales, que prometen lo que luego no cumplen, de donde resulta el engaño de las gentes por un lado y el medro de ellos por otro.
Lo mismo se encuentra en el texto de la Constitución bolchevique de 1936, cuyo título es “Constitución (Ley Fundamental) de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de 5 de Diciembre de 1936”, uno de los más asombrosos ejemplos de desenfreno verbal, acumulación de embustes, promesas delirantes y política-ficción. Para empezar, cuando las diferencias clasistas, en la actividad productiva y en el consumo, se estaban haciendo escandalosamente visibles, dicho documento afirma que en la URSS ya no existen las clases sociales, ni hay división entre explotadores y explotados. Y en el tiempo en que el aparato policial afilaba sus cuchillas de matarife para hacer picadillo con una eficacia todavía mayor a cualquiera que no obedeciera al orden constituido, asevera que el país se había adentrado ya en un orden político y social comunista, lo que significa sin ente estatal, por tanto sin policía profesional... Y así en la gran diversidad de materias de que se ocupa ese desvergonzado panfleto.
En efecto, si su ejercicio de la violencia fue aterrador, no menos escalofriante fue la capacidad y maña de los comunistas rusos en urdir lucubraciones manipulativas y patrañas útiles para sí y su causa. En ellos la verdad era un desvalor y la mentira un valor... lo que provenía asimismo de su jactanciosa recusación de toda norma moral.
La aniquilación radical de la actividad anímica autónoma de la persona que llevó a efecto el régimen soviético fue aterradora, debido a su intensidad, duración y profundidad. Llegó tan lejos y tan a lo profundo que afectó concluyentemente a la economía, al dificultar o incluso impedir la existencia de suficiente mano de obra eficiente, debido a los desmedidos desarreglos anímicos y mutilaciones psíquicas que originaba en el individuo. La denominada “etapa del estancamiento” de la economía soviética, desde los años 60 hasta la liquidación del régimen en 1991, tiene en ello una de sus causas principales, quizá la que más. La combinación de terror policiaco, ausencia integral de libertad/libertades, trabajo productivo asalariado incesante, apartamiento total de la vida política decisoria, alcoholización promovida desde el poder y aleccionamiento doctrinario constituyó un tipo de ser humano que, en efecto, no era apto para resistir a la dictadura bolchevique, pero al mismo tiempo no era apto para nada, tampoco para la producción. Los comunistas rusos se propusieron construir el ser nada perfecto y completo, una criatura aberrante, aunque no tan aberrante, sin duda, como lo eran sus feroces demiurgos.
Una prueba añadida de que el régimen soviético era capitalista desde antes, o incluso mucho antes, de su suicidio en 1991 reside en su transición, fácil y rápida, a un tipo de capitalismo perfectamente reconocible con Gorbachov, el hoy existente, lo que llevó al desmantelamiento de las formas “socialistas”, que eran meramente locuacidad y maquillaje, o sea, simple teatralización. A la pregunta sobre desde cuándo la Unión Soviética practicaba el capitalismo se puede contestar que, desde el principio, desde su constitución, por causa de sus fines últimos, ideología guía, procedimientos y enardecida estatolatría.
¿Logró, dicho régimen, resultados remarcables, a pesar de todo, en la industrialización y el desarrollo económico? La respuesta es que, muy posiblemente, no. Rusia, en su parte europea, había alcanzado, para 1914, un elevado desarrollo técnico, industrial y productivo bajo el zarismo, lo que luego fue ocultado o tergiversado por el régimen soviético. Sus cantilenas sobre el precedente “atraso” ruso en lo esencial no son creíbles y hoy han sido refutadas. Es muy probable que un sistema capitalista corriente, como el ruso anterior a 1917, hubiera logrado resultados bastante más sólidos, equilibrados, estables y duraderos que el bolchevismo en la actividad económica, y sin duda con unos costes humanos incomparablemente menores. Eso habría sido aún más cierto si el zarismo hubiera evolucionado hacía un régimen parlamentarista, republicano e incluso monárquico. Y podemos estar seguros que la agricultura, en ese caso, habría operado con mayor eficiencia, librando a la mayoría de la población de la escasez crónica de medios de subsistencia.
Una causa, entre otras, de ello es que el capitalismo de Estado, si supera un determinado porcentaje de dominio sobre la actividad económica, convierte al conjunto en más ineficiente. En cada país y cada coyuntura hay una mezcla determinada de capitalismo estatal y privado que proporciona los mejores resultados, y si no se implementa dicha combinación con sagacidad se llega a una situación peor, lo que sucedió en la URSS en el último cuarto de siglo de su existencia, cuando la economía se fue progresivamente desactivando, en lo que manifestó ser una crisis crónica progresiva por motivos al mismo tiempo estructurales y superestructurales. Indudablemente, a los jefes de la URSS en su etapa final, no les quedaba otra posibilidad que desmontar y liquidar el régimen “socialista”, si no querían llegar a una situación tan absurda como insostenible, en la que los costes de producción fueran, cada vez en más empresas y ramas económicas, superiores a lo producido. El repunte de la escasez de alimentos en los años 80, a finales del experimento “socialista”, fue un severo aldabonazo, más aún por cuanto el país llegó a depender para alimentarse de las importaciones de trigo y otros cereales desde EEUU.
La escasez de productos básicos se hizo, en efecto, tan aguda en los años 80 que el gobierno comunista tuvo que reintroducir la cartilla de racionamiento. Así las cosas, en el XXVII congreso del Partido (convertido para esas fechas en una entidad marginal e inoperante), en 1986, se otorgó respaldo a la marcha institucional hacia el desmantelamiento del orden soviético, quedando oficialmente disuelta la URSS el 25 de diciembre de 1991.
El balance de conjunto es, así pues, ampliamente negativo para los marxistas rusos. La causa es que su lunático requerimiento de acelerar el proceso histórico saltando etapas generó contradicciones internas enormes y numerosas, que acarrearon costes ocultos tremendos, materiales, pero sobre todo humanos, los cuales acabaron colapsando al sistema. El capitalismo tiene sus ritmos y sus tiempos, y no puede ser apresurado más allá de un punto, de manera que el proyecto de híper-capitalismo exprés, súper-rápido, propio del marxismo, en la experiencia soviética terminó en un fiasco, de la misma manera que una criatura que nace a los dos meses de ser concebida no es un bebé sino un feto proveniente de un aborto.
Un régimen socialista sin comillas no se propone como meta dominante elevar la producción y el consumo (menos en la forma de mega-consumo, suscitada por la literatura marxista) sino la emancipación integral del ser humano, de manera que no escoge la economía como actividad primordial, ni lo subordina todo -o lo más principal- a ella, aunque quiere organizar un sistema económico eficaz y estable. Esto último requiere de una suma de factores sociales y personales como la libertad personal y social razonables, la eliminación del régimen salarial con participación del trabajador en la dirección y gestión del quehacer productivo, el desenvolvimiento de una ética del trabajo, la instauración desde abajo de sistemas de apoyo mutuo y trabajo libre asociado, el uso eficiente de tecnologías no opresivas, el final de la hegemonía de las urbes sobre el agro, la liquidación de las actividades parasitarias e improductivas (comenzando por la extinción de la casta gobernante), la universalización del deber de trabajar, la reducción del consumo y la autoconstrucción de la persona.
¿Fueron los méritos y logros del régimen comunista lo que consiguió vencer a los nazis, en 1941-1945? El asunto es complejo, y quizá no admita una respuesta completa y unívoca, pero se pueden señalar algunos elementos analíticos a considerar. Hitler, en Rusia, sobre todo se derrotó a sí mismo. Al no fijar una estrategia fundamentada, más allá del voluntarismo y el aventurerismo. Al aplicar en los territorios ocupados su mentecata política racial y colonialista, se privó del apoyo de ciertos sectores de la población en el Este, además de aferrarse a un modelo colonial para esa fecha ya periclitado a escala planetaria. Al no cambiar de estrategia, o al no formular analíticamente una por primera vez, cuando la embestida militar del año 1941 resultó fallida en sus objetivos cardinales. Al sostener una guerra en varios frentes al mismo tiempo, en el oeste, el este, África, el aire y el Atlántico, que Alemania no podía mantener. Al enfrentarse a una suma de potencias rivales que le superaban ampliamente en los parámetros económicos y demográficos básicos, sobre todo tras la incorporación de EEUU al bloque anti alemán. Al desear conseguir todos sus objetivos de golpe, en un lapso de tiempo breve, en vez de hacerlo durante un periodo histórico, al menos un siglo. Si el nazismo hubiera actuado conforme a criterios estratégicos objetivos la URSS habría sido derrotada, o cuando menos habría conocido la pérdida estable de su parte europea. Así pues, los acontecimientos resultaron más del demérito del nazismo que del mérito del bolchevismo.
El partido comunista hizo de la población soviética la carne de cañón con que las potencias occidentales derrotaron al imperialismo alemán, en ese tiempo su principal rival en la lucha por la hegemonía mundial. Aquéllas entregaron enormes cantidades de suministros y armamento al gobierno de Moscú, y éste puso sobre el terreno montañas de cadáveres, unos 24 millones... Fue la Unión Soviética la que, más que nadie, realizó la hegemonía del imperialismo USA tras la II Guerra Mundial, todavía existente, de modo que Rusia fue el vencedor vencido. Y, ¿qué tiene todo eso de meritorio o admirable?
Otro quehacer desatinado de la URSS fue su política imperialista, una continuación de la implementada por el colonialismo zarista. En 1919-1920 lanzó la guerra de agresión del Estado soviético contra Polonia, para recuperar los territorios que el zarismo había ido arrebatando a aquel país, pero que con el desplome del régimen ruso desde 1915 pudieron retornar a ser polacos. En ella los nuevos zares soviéticos se propusieron tomar Varsovia, para humillar al pueblo polaco y arrebatarle una buena parte de su territorio nacional. Finalmente quedaron derrotados y tuvieron que retirarse, pero en este episodio, tan tempranero, mostraron su naturaleza. La formación en 1922 de la Unión de Repúblicas etiquetadas de socialistas y soviéticas, que en su momento máximo llegó a incorporar a 15 repúblicas, se configuró como la nueva expresión del viejo sistema zarista de dominio de los pueblos vecinos por las autoridades de Moscú.
La URSS fue formalmente un Estado federal, y realmente el modo como Rusia sometía a las otras naciones y pueblos, rusificándolos. También en este asunto existió continuidad, antirevolución y no revolución, por cuanto con las crisis bélicas del Estado ruso y el desplome del zarismo en febrero de 1917, tales pueblos habían alcanzado cierto nivel de libertad nacional y autodeterminación de hecho, lo que quedó eliminado por los comunistas a lo largo de la guerra civil y posteriormente. Lo hicieron con su doblez y maquiavelismo habituales, invocando el derecho de Autodeterminación al mismo tiempo que imponían el poder ruso, plasmado principalmente en el ejército rojo, a los pueblos no rusos.
A través de la Internacional Comunista (IC o Comintern), o agrupación de los partidos comunistas de todo el planeta, que celebró su I Congreso en 1919, la URSS se dotó de una briosa red de influencia en todo el planeta. Tras un periodo inicial en el cual todavía pudo ofrecer alguna cuestión de interés, como “Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado”, aprobada en dicho Congreso (y rápidamente olvidada por todos), se pasó a otro en que fue un apéndice, la IC y los partidos comunistas de cada país, de la política exterior de la nueva potencia imperial en ascenso, la Unión Soviética. Para eso prohibió la revolución en los países en los cuales aquélla había forjado alianzas con las clases mandantes y propietarias, lo que constituyó el meollo de su política “anticolonialista”. De ese modo, los pueblos eran ignorados, y se les conminaba a que se unieran a sus propios opresores, presentados como “antiimperialistas”
Hasta hoy la izquierda heredera de la Internacional Comunista mantiene esa política, que hace de Estados criminales, oligarcas multimillonarios, clérigos islámicos fascistas, monarquías petroleras, políticos "indigenistas” verdugos de los pueblos indígenas, estadistas de manos tintas en sangre y similares unas gentes excelentes, y a sus países unas curiosas sociedades en las que no existen las clases ni la lucha de clases ni la opresión ni la explotación, por tanto, tampoco la necesidad de revolución...
El mejor balance histórico, con utilidad para el presente, de la Unión Soviética es la descripción de las causas que llevaron a los herederos de la nueva burguesía/nuevo Estado, constituido en 1917, a desmantelar el régimen “socialista” en 1991, pues en ellas se contiene lo más significativo de los verdaderos motivos de su ruina y bancarrota.
La economía había entrado desde finales de los años 70, como se ha dicho, en una fase de caída libre, con retorno a las cartillas de racionamiento y riesgo de hambruna, al depender de las importaciones de cereal desde su principal oponente, EEUU. Se daba, paralelamente, aunque entrelazada con la anterior, una crisis sanitaria con descenso continuado de la esperanza de vida, causada por la pésima alimentación, el alcoholismo, la escalofriante contaminación medioambiental y la ausencia de inversiones en el sistema estatal de salud. La Unión Soviética estaba siendo derrotada, a veces políticamente, pero otras en el campo de batalla, en las aventuras social- imperialistas en que se había embarcado, Etiopía, Angola, Indonesia, Chile, Irán, Afganistán, Egipto, Polonia, etc., lo que además impedía que los cuantiosos gastos realizados en las neo-colonias fueran recuperados, de modo que estaba exhausta financieramente. El conflicto con China, además de ser una escabrosa querella con otro país comunista que desacreditaba al bloque “proletario” y a su ideología, obligaba al Kremlin a mantener una alerta constante en la extensa frontera sureste, con costoso acantonamiento de tropas. El estancamiento de la productividad del trabajo, que en realidad era retroceso, y la agravación de los defectos y achaques inherentes a la economía soviética: mala calidad de lo producido, despilfarro de energía y materias primas, apatía del trabajador, escasez de innovaciones, gastos improductivos colosales, etc., estaban alcanzando grados insostenibles. La resistencia popular ascendía, no sólo con una cada vez más remarcable circulación de panfletos clandestinos sino también en la forma de huelgas obreras y luchas en la calle, lo que engendraba inquietud en las alturas del poder. La evidencia de que la Unión Soviética era una sociedad de clases, en que una minoría llevaba una existencia principesca mientras la gran mayoría vegetaba en la pobreza, la mostraba como un orden sustentado en la explotación del hombre por el hombre, lo cual se había convertido en tan innegable desde hacía décadas que la propaganda política no conseguía ya ningún efecto en la población y ocasionaba que el Estado y el gobierno carecieran de credibilidad.
La explosión de la central nuclear de Chernóbil en 1986 mostró a la opinión mundial la obsolescencia y atraso de la tecnología soviética, con efectos perceptibles en las ventas de equipo industrial y técnico al exterior. El desmerecimiento de la ideología marxista era tan completo que su mantenimiento en el sistema educativo y en el poder mediático suscitaba la indignación de la población, que llegó a despreciarla y odiarla con furor, haciéndola no sólo inútil sino contraproducente para el adoctrinamiento cotidiano. El partido comunista existía sólo formalmente pues se había fragmentado en numerosos facciones y corrientes enfrentadas entre sí, cada una de ellas integrada en un grupo o grupos de poder económico, situación que le hacía prácticamente inútil para la acción política habitual, a lo que se sumaba su enorme desprestigio. Los partidos comunistas de los diversos países eran en esas fechas entes burocratizados, escasamente respetados y bastante anticuados, poco útiles para la política exterior de Moscú. Los pueblos no rusos de la Federación resistían cada vez con mayor fuerza y éxito la rusificación. Hacia 1980 ya era innegable que la URSS había sido derrotada en la guerra fría, por EEUU, y que debía realizar una retirada estratégica antes de que su situación se hiciera aún más calamitosa y comprometida. El ejército rojo emitía señales inquietantes de indisciplina, desorden y descomposición, lo que demandaba ganar unos años para proceder a su reorganización.
En esa situación el cambio en la forma de dominación, el paso del régimen totalitario soviético, fascista de izquierdas, a una versión más o menos verídica de parlamentarismo era imprescindible para recobrar, aunque sólo fuera parcialmente, la credibilidad del poder constituido y relanzar la acción política gubernamental. Gorbachov fue el encargado de efectuar esa transición. Eso incluía recortar el capitalismo de Estado heredado, instaurando un sistema capitalista homologable, estatal/privado, con la proporción óptima de cada uno de sus componentes.
Que la Unión Soviética era un régimen capitalista/estatal desde 1917 y que los comunistas rusos fueron meramente un partido burgués de singular naturaleza se pone de manifiesto igualmente en su política expansionista e imperialista. La suya y la del resto de los países gobernados por partidos comunistas, en los cuales existía también una dictadura burguesa de nuevo tipo. Eso explica que en el año 1969 la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la República Popular China se enzarzasen en una fea guerra fronteriza, resuelta con numerosas bajas por ambos lados, durante la cual se cernió incluso la amenaza de un choque nuclear entre esas dos superpotencias. En 1979 la China Popular y la República Socialista de Vietnam llegaron igualmente a las manos, cuando el gobierno de Pekín atacó Vietnam por tres puntos fronterizos, lanzando 290.000 soldados a invadir este país. Hasta 1984 se mantuvieron las hostilidades, que al parecer fueron bastante sangrientas. Todo fue porque Vietnam “socialista” había atacado a Camboya, asimismo con un régimen marxista, unos meses antes, país subordinado a China por lazos de dependencia neo-colonial, cuyo partido comunista efectuó una de las peores matanzas del siglo XX, contra su propio pueblo, entre 1974 y 1979.
Si todos los países que realizaron “revoluciones” bajo la inspiración del marxismo y la dirección de partidos comunistas han construido regímenes neo-burgueses, tiránicos, corruptos, extremadamente clasistas, policiacos, militaristas, eso es la mejor prueba de que el marxismo y sus desarrollos posteriores son una variante de teoría, política e ideología burguesa, hoy obsoleta. Así pues, también lo es la revolución bolchevique de 1917, que inaugura la saga del híper-capitalismo disfuncional, hoy obsoleto y fracasado. Ello es ya poco más que historia y pasado, incluso en lo que todavía sobrevive (Cuba, Venezuela, Corea del Norte, etc.), al no tener futuro.
Ese fracaso o es la antesala o puede serlo de un nuevo resurgir de la idea y la práctica revolucionaria.
Félix Rodrigo Mora
[1] Como ya esbocé antes, la diferencia más grande que tengo con este artículo es esa cuestión terminológica de llamar “comunista”, “comunistas rusos” a quienes, como se explica en el fondo del artículo, son los seres más capitalistas, terroristas de Estado y opuestos al comunismo real de la especie humana, como fueron Lenin, Trotsky, Stalin, Zinoviev, Dimitrov… ¡Es sin duda una concesión que no debiéramos hacer nunca! Otra cuestión derivada de esto, y que ya señalé, es la asimilación del marxismo de Lenin/Trotsky y en general de la socialdemocracia a la obra de Marx. Si bien Marx fue “marxista” a pesar suyo, en importantes cuestiones, Lenin y los socialdemócratas no se basaron en Marx y Engels, sino en la socialdemocracia alemana, en Lasalle y Kautsky, que tuvieron un programa burgués totalmente opuesto a la crítica del Capital que Marx y Engels habían realizado. Lenin es un admirador del capital y su progreso y nunca jamás criticó el trabajo o proclamó su abolición, Marx y Engels en contraposición reivindicaron siempre la abolición del trabajo, de la mercancía del capital y de su progreso… (nota de Ricardo)