Envíopostaporteñ@ 1872

Notas sobre Catalunya: CONTRA TODAS LAS PATRIAS

Durante todas estas semanas es imposible sustraerse a una polarización nacionalista de masas en Cataluña y España (regiones dominadas por el capital). Banderas, por doquier, cuelgan de los balcones de las viviendas, en las vestimentas de las personas, en las calles durante diferentes marchas de signo aparentemente opuestos y, en realidad, especulares. Al grito de la “furia” española se le contesta desde el seny catalán (nosaltres fem bé les cosas, no fem pachangas), se repiten constantemente lugares comunes racistas y xenófobos con el que encasillar y despersonalizar en razón del origen y el nacimiento, de la lengua y la cultura.

Y nada de esto es casual, las naciones (por mucho que les pesen a los aparatos educativos de un signo u otro) no son naturales ni eternas, no son destinos en lo universal. No existe ninguna historia, remota en el tiempo, de España pero tampoco dels Països Catalans. Y eso a pesar de lo que digan los libros de texto de todos los aparatos estatales y escolares, que en realidad con esto denotan su auténtica función (el adoctrinamiento).

Las naciones son construcciones artificiales (son realidades performativas les gusta decir a los postmodernos de clase media con su vacuidad y pedantería habitual) inseparables de dos realidades previas, que las determinan plenamente: el capital y el Estado. Las naciones son realidades modernas que encuentran sus lejanos orígenes, de un modo mucho más cercano a lo que nos cuentan en las escuelas y en los institutos, en el capital mundial como relación social que lo determina todo desde el siglo XVI (con el genocidio de los pueblos originarios de América, que justo se celebra con gran regocijo patrio por estos lares), un capital que tiende a disolver, con la fuerza impersonal que lo caracteriza, todo lo que antes parecía sólido (las relaciones de servidumbre, la relación con la tierra y la naturaleza, los límites conocidos y las tradiciones seculares) y crea nuevos espacios, abstractos y vacíos, de relaciones concretas.

El Estado moderno (y junto a él se le hermana la nación) empieza a aparecer en la escena histórica, junto al capital. El capital tiende a destruir todas las viejas comunidades y lazos porque solo conoce una comunidad ficticia, el dinero. Vive de seres atomizados y separados unos de otros, como en el estado de naturaleza de hobbesiana memoria, que se encuentran enfrentados en el mercado y se constituyen en función al dinero que encarnan. Esa guerra de todos contra todos que es el mercado capitalista, que supone la reducción de las personas a seres vacíos y aislados, necesita de otras comunidades ficticias que la complementen y la encuadren. El Estado y la nación, como la democracia por otra parte, son expresiones del ser del capital, de sus comunidades ficticias.

A la privacidad del mercado se complementa un ser común en el Estado y en la nación, seres vacíos y abstractos, igualados formalmente, por el mercado, que encuentran una comunidad como iguales en la medida en que son ciudadanos de un Estado y patriotas de la misma nación. La separación entre un mundo privado y un mundo público, entre la guerra de todos contra todos del mercado y la igualdad celestial del mundo político y nacional, de la competencia generalizada y sin misericordia de la economía y el mundo de las emociones y la fraternidad de las patrias ya fue analizada por nuestro partido histórico desde los tiempos de Marx.

El Estado y la nación son sustancias del capital precisamente porque ocultan su relación íntima con el mundo del capital, porque vedan su inescindible relación con él, porque en su territorio y en su terreno solo podemos aparecer como seres vacíos, que dejamos de lado las determinaciones materiales que construyen nuestra vida y nuestra opresión, y concentrarnos en problemas ficticios. De este modo, caminamos al lado, no solo, de nuestros explotadores sino que hablamos y pensamos desde las palabras y los conceptos del mundo del capital.

Ya no hay Estado sin nación. Ni nación sin Estado ni capital.

El comunismo es un movimiento real que niega y supera el orden existente, hecho de naciones y de Estados.

Ayer

Lo dicho anteriormente es, en realidad, un lugar común del comunismo. Siempre que el proletariado, en la historia, se ha afirmado como clase se ha enfrentado, para ello, con el Estado y con la nación como entidades inseparables, con el Estado como el capital organizado en fuerza. Como decimos desde 1847, ¡el proletariado no tiene patria! ¡Es internacionalista! Cuando se expresa como tal, como clase, como partido y no como mero agregado atomizado y ciudadano, elector y patriotero.

Pero vayamos acercándonos más en el tiempo y geográficamente a estos territorios en disputa. ¿Cómo se dio este enfrentamiento entre el proletariado y el nacionalismo? Parece que en el caso español no hay mucho en que insistir, es un lugar común del izquierdismo ibérico erizarse de horror cuando ve una bandera rojigualda. Aunque las emociones cambien si al rojo se le traviste de morado y sale a la luz la bandera republicana. Sí, la República española, de aquella República que masacró a los proletarios en lucha desde Casas Viejas al Alt Llobregat, desde Arnedo a Barcelona… La bandera republicana se convierte en rojigualda nuevamente a través de la sangre de miles de proletarios que fueron asesinados por la “hermosa” II República española. Asesinados por “los buenos”, no “por los malos” (no hablamos solo de la represión militar de los gobiernos de la derecha burguesa durante la revolución de octubre en Asturias o la del régimen posterior de Franco). Sí, hablamos también de la represión llevada a cabo por la Izquierda Republicana de Azaña, por el PSOE de Prieto y Largo Caballero, por el PCE de Dolores Ibárruri, José Díaz… y Palmiro Togliatti.

Y qué decir del nacionalismo catalán de izquierdas, no del de derechas de Françesc Cambó y compañía que festejaron la llegada de Franco por la Diagonal y que fueron a refugiarse previamente en la Génova fascista de Mussolini. No hablemos mejor del de ERC de Macià y Companys que proclamaron el Estado catalán y la República catalana en sendas ocasiones. La ERC que tenía cuerpos paramilitares, como los Escamots, dirigidos por Miquel Badia, que fue nombrado en diciembre de 1933 secretario de Orden Público de la Generalitat (no solo Franco tuvo Orden Público, parece ser, dicen las mañas lenguas, que es algo característico de todo Estado, incluso aunque sea catalán) y que era un especialista en ejecutar y asesinar a proletarios y militantes anarquistas. Miquel Badia fundador de las JEREC (Joventuts d´Esquerra Catalana-Estat Català), el precedente de las actuales JERC de Esquerra Republicana de Catalunya, fue homenajeado hace poco tiempo por Oriol Junqueras (y es que ellos si saben quiénes son los suyos y cuál es su historia)

Y es que cansa decir lo obvio, la burguesía catalana es una de las burguesías más sangrientas del siglo XX y que sigue conservando su instinto sangriento y antiproletario, racista y xenófobo

Sí, esa burguesía catalana que, como Chris Ealham recuerda en su libro La lucha por Barcelona, consideraba que el anarquismo en la Rosa de Foc solo podía ser un producto de la invasión de pueblos atrasados, murcianos y andaluces, que habían contaminado a los buenos y cristianos obreros catalanes, que aunque obreros eran catalanes. Esa burguesía que expulsaba a los niños acogidos por el proletariado catalán en solidaridad con la huelga de la construcción en Zaragoza (y la Generalitat catalana gobernada por la ERC devolvía a los niños a la “frontera” española), esa burguesía catalana que financió a los pistoleros de la patronal para exterminar en anarquismo en Barcelona, o la ERC que contribuyó con tanto denuedo a la contrarrevolución desde julio de 1936 hasta llegar a mayo de 1937.

No hay ninguna patria buena para el proletariado.No hay mal menor que defender

Ubicarse en el terreno de la nación es ubicarse bajo el mando del capital

Hoy

La polarización en curso no se puede separar de estas determinaciones materiales e históricas. Todo nacionalismo divide y separa a la clase y en este sentido es funcional a la reproducción del dominio del capital. Divide a la clase entre patriotas y charnegos, entre maulets y botiflers, catalanes y traidores, constitucionalistas y separatistas, demócratas e ilegales. Las categorías de unos y otros son, no casualmente, especulares. Pues ambos nacionalismos (como todos los nacionalismos) se mueven con las categorías del capital, todos se reivindican demócratas, defensores del voto y de la ley, de la soberanía popular y nacional. Todos reducen la decisión humana a la ciudadanía y al voto, desde la superioridad que da el considerarse civilizados. Es algo realmente místico considerar que en un mundo donde mueren millones de personas de hambre o por agua contaminada, donde las guerras campan por doquier y el ecocidio se acelera… la decisión pase por votar como buenos ciudadanos, por ser patriotas, por construir nuevos Estados (tras el de Sudán del Sur cuál será el próximo ¿Kurdistán? ¿Catalunya?...)

Y es en el medio de esta polarización, de este falso dualismo, de la creación de males menores como se encuadra al proletariado, como se le divide y se le fragmenta, como se evita que se pueda constituir en clase. Con la reivindicación del derecho a decidir (como si realmente la decisión humana tuviese algo que ver con una urna o con un voto) para constituir un Estado (es decir una máquina de clase con que el capital se constituye en fuerza para reprimir y aplastar las necesidades humanas), con la reivindicación de derechos democráticos y nacionales (como si fuesen algo diferente de lo que siempre han sido, expresiones de este mundo burgués de mierda que tenemos que destruir para que no nos destruya a nosotras y nosotros)

La izquierda en sus diferentes versiones, desde las CUP a Podemos, desde el trotskismo al anarcosindicalismo, está demostrando su rostro, ya conocido, son la izquierda del capital, la socialdemocracia como el partido histórico de la burguesía para el encuadre del proletariado en sus categorías.

Las CUP de Anna Gabriel que en su discurso en el Parlament del martes 10 de octubre, cuando compungida subió al estrado porque Puigdemont no había proclamado unilateralmente el Estado catalán, se dirigió a los “Estados que respetan los derechos humanos” (obviamente el concepto de derecho humano es burgués, y de hecho todos los Estados los respetan, lo que no respetan son a los seres humanos de carne y hueso, ninguno, ¡Todo Estado es criminal!), frente a la excepción “española” (¡!) que tiene una Constitución que deriva del fascismo (otro de los lugares comunes de la estulticia izquierdista, el antifascismo) para acabar parafraseando a Durruti en su frase de cierre: “tenemos un mundo nuevo en nuestros corazones” (en realidad vuestro corazón y vuestras entrañas están llenas de este podrido mundo, del mundo del capital y del Estado, de las naciones y la política).

O que decir de Podemos y Ada Colau, flamante alcaldesa de Barcelona. Están muy contentos de haberse conocido y de que les tengan en cuenta. De poder hablar desde la respetabilidad institucional y de ser hombres y mujeres de Estado. O del trotskismo, una de las expresiones más típicas de la izquierda del capital, lanzados en masa y con pasión a defender los derechos democráticos y nacionales, bajo la creencia mística que de la democracia y la nación puede germinar algo diferente al Estado y a la reproducción del capital. Tozudamente siguen presos de sus presupuestos socialdemócratas, de sus consignas para ir a las masas y de sus programas de transición que les encadenan siempre al mundo del capital y, en este sentido, son izquierda del capital (como decía un compañero nuestro hace ya un tiempo, a las personas, y a las corrientes añadimos nosotros, hay que juzgarlas por lo que hacen no por lo que piensan de sí mismas)

Y, por último, el activismo anarquista que de un modo cuasi absoluto ha corrido detrás y de modo agitado tras la maraña nacionalista, con los argumentos de siempre y ya muy manidos. Hay que ser concretos, hay que intervenir, es una dinámica que se puede desbordar, vamos a ir con nuestras banderas, podemos influir… Da igual que mil veces la historia de nuestra clase ha demostrado lo contrario, como hemos dicho ampliamente en este texto. Han llegado incluso a convocar una huelga general el 3 de octubre que fue la cobertura perfecta para uno de los momentos claves que utilizó el nacionalismo catalán para fortificarse en su lucha contra la burguesía y el Estado español. Hicieron el triste papel de tontos útiles. Y es que no se pueden mantener posiciones comunistas y anarquistas como si fuesen una especie de principios suspendidos en el vacío. Todo a través de declaraciones altisonantes, pero que no son una expresión del movimiento real de nuestra clase, de las lecciones que podemos extraer de los procesos de revolución (y contrarrevolución) en que nuestra clase ha tratado de destruir el capital y de afirmarse como fuerza histórica (para negarse ulteriormente). Nuestra clase es mundial y tiene una historia, un hilo histórico y un futuro. Desconocer ese hilo de pasado y futuro, quedarse en la fotografía del presente y en el reducido espacio local es sinónimo de ideología, de condenarse a cometer siempre los mismos errores que nuestros ancestros cometieron, de limitarse, independientemente de las voluntades, a ser apéndices del capital.

Por eso es tan importante, para entender qué está pasando ahora, ampliar nuestra mirada con la pasión que despierta el mundo que queremos negar y las necesidades humanas que queremos afirmar, y para eso tenemos que sentir y vivir que nuestro mundo es mucho más grande y amplio del que nos quieren mostrar y enseñar.

¡Abajo todas las patrias y los Estados!

¡Por el comunismo y la anarquía!