Mi abuelo en 1904 tenía 15 años.
Se llamaba Elías Ottado Bordón.
Vivía con su madre y sus hermanos menores, en una chacra muy chica, de los alrededores de la ciudad de Minas.
Cuando estalló la guerra civil de 1904, tanto mi bisabuela, mi abuelo y sus hermanos, estaban en su propio universo, sin diarios, ni radios, resumiendo: sin ningún medio de información y en la pobreza.
Los problemas políticos del país y la guerra eran algo que desconocían en absoluto. Tampoco estaban en su lista de intereses. Eran ajenos a todo, imagino que por una razón de higiene espiritual.
Una mañana llegó un piquete policial gubernamental del partido colorado, (que estaba en el poder), “reclutando” gente para pelear contra los sublevados blancos de Saravia.
Se llevaron a mi abuelo de 15 años y a sus dos hermanos menores de 13 y 12.
No fue un reclutamiento consensuado, voluntario, pacifico o amigable. Los reclutaron bajo amenaza de fusilamiento por traición, prepotencia y golpes.
Se llevaron a la guerra a 3 niños de 15,13 y 12 años.
Estos HDP tenían y tienen la hipocresía de hacer gárgaras con la patria.
Contrariamente al pensamiento de Artigas, con estos malditos, los más infelices eran lo más perjudicados.
Pasaron uno meses durísimos.
Transcurrido el tiempo, devolvieron a mi bisabuela, los dos hermanos menores que eran niños de 12 y 13 años y lloraban todo el tiempo y se hacían encima.
La pobre mujer había quedado sola sin sus hijos y ahora por lo menos podía reencontrarse con los más chicos.
Me contaba mi madre que mi abuelo por las noches lloraba de frio, hambre y miedo.
Estaba de compañero de frente con toda clase de asesinos y malandras, que esperaban el momento de la guerra para saquear y matar.
De todos modos, pudo hacerse de algunos camaradas, lo cuales eran más que nada, compañeros de desgracia y no de ideales.
Elías siempre fue un hombre por demás pacifico y bonachón.
Ni siquiera era capaz de tener una discusión. Estaba en las antípodas de ser un milico.
Y a pesar de su casi nula formación (no terminó la escuela) la tenía clarita.
Era muy consciente de que lo habían reclutado para defender los intereses de la oligarquía citadina, que estaban en contraposición a los intereses de la burguesía rural. No se comía la pastilla ni el discurso de dar la vida por la patria.
Durante esa guerra, sin comerla ni beberla, en un enfrentamiento con los blancos, recibió un tiro en las costillas, con orificio de salida que por suerte, no lesionaron ningún órgano vital. Pero casi muere de la infección. Estuvo tiempo tirado en un catre, sin atención, sin medicinas, atendido apenas por algunos compañeros de desgracia, que en las peores condiciones de asepsia y dentro de la más oscura ignorancia, trataron de ayudarlo.
Se salvó de pedo, como se dice vulgarmente. Y a veces recordaba, que el arroyo MASOLLER era como un río de tinta roja, la sangre de los heridos y los muertos
Apenas se recuperó y aunque no podía ni con las patas, lo mandaron de nuevo al frente, de carne de cañón.
De nuevo lo hirieron, pero esta vez de un machetazo en el lomo cerca de la naciente del cuello.A eso le llamaban la incisión de Oribe, ya que esa manera de matar, la habíapopularizado el siglo anterior, Oribe y consistía en un machetazo de refilón en la nuca, que le cortaba un pedazo de cabeza. A mi abuelo le erraron y le rebanaron la espalda. Po eso se salvó
Tenía una cicatriz de unos 30 cm que le abarcaba toda la espalda. Estaba tan mal hecha, que su espalda parecía un matambre casero.
Pobre viejo, yo recuerdo que nunca quedó bien y caminaba encorvado, costándole mucho adaptarse, cada vez que se sentaba o se paraba.
Mi abuelo nunca tuvo partido político. Odiaba la política y los políticos. Después de ese machetazo, sus compañeros y el, se ocultaron en un rancho.
La curandera de la zona le cosió la herida.
Al poco tiempo resolvieron completar su deserción huyendo para la Argentina.
Desde esa decisión hasta la concreción de esa idea, pasaron muchas cosas y mucho tiempo.
Entre otras, tuvieron que esconderse entre pajonales asomando solo la cabeza para respirar porque pasaban las patrullas de la policía. Viajaban de noche y se ocultaban de día. Robaron y carnearon clandestino para poder comer.
Una noche estaban tan mojados, tan muertos de frio que le sacaron la ropa a unos cadáveres que encontraron. El olor era insoportable y las ropas estaban llenas de piojillos.
Luego de pasar varias peripecias, a la altura de Salto o Artigas (no recuerdo bien) cruzaron el rio en unos troncos y fueron a dar a la Argentina.
Mi abuelo, después de muchas cosas vividas, de muchas cosas buenas y malas, logró llegar a Buenos Aires. Allí se instaló, un joyero/relojero, lo tomo como empleado y aprendiz. Así aprendió el oficio de joyero con el que se hizo muy conocido.
20 años después de aquel reclutamiento horrendo, volvió a Minas y se rencontró con su madre; y uno de sus hermanos, vivian en San Carlos y era un próspero comerciante. El otro había muerto de fiebre tifus.
El se instaló en Mercedes, donde puso joyería con Rossi, en un local de calle Artigas casi Ferreira Aldunate, la cual duró muchos años, hasta que por desavenencias con su socio se instaló en Montevideo, donde le fue muy mal. Estuvo allí muchos años y a la edad de jubilarse se fue a una chacra de Pando, donde terminó sus días.
Así como mi abuelo fue una inocente victima de algo que ni siquiera entendió, montones de infelices padecieron las peripecias de estas guerras de mierda, para defender el interés de las clases dominantes que creen que la vida se traduce a estúpidos eslogans como “Dignidad arriba, regocijo abajo”
Mi abuelo tenía un carné de retirado militar que, se que está en mi poder, guardado en alguna parte.
Le pagaban una pensión de mierda, que no le alcanzaba ni para caramelos, lo cual no le permitía…. NI DIGNIDAD NI REGOCIJO…