SEGUNDA PARTE: LOS ACONTECIMIENTOS
XVIII - TAMBORES DE GUERRA
La candidatura de Batlle avanzó, imparable. Saravia armaba a su gente, la entrenaba militarmente, impulsaba la alfabetización rural. Su estancia era un inmenso campamento donde la alfabetización era un deber y donde la ingesta de alcohol estaba prohibida para todos.
Después de la elección, Botana vuelve a escribir a Saravia:
“Batlle no cumplirá el programa que hizo leer como suyo al país entero sino el de su padre y los Ordóñez, apellidos ambos de intransigencia absoluta. En todo caso es en Ud. Gral. Aparicio en quien confía el Partido y quien sabrá hacer respetar con el Pacto de septiembre nuestros derechos…”
Berro también le escribe, temiendo que Aparicio aún pueda confiar en la gente del Directorio:
“La opinión entre la generalidad de los compañeros de aquí es que Batlle una vez afirmado y consolidado, no dejará de proceder contra las posiciones nacionalistas y contra Ud., General, a quien profesa la peor voluntad del mundo.
“…el alma del Ministerio será Campisteguy que nos hará todo el mal que pueda…De Martínez tengo poco que decir sino que es tan candombero y egoísta como talentoso. Nada tiene que esperara el Partid de este Ministro ex nacionalista y que como todo renegado ha hecho bastante mal a sus antiguos amigos…”
“Candombero” se llamaba desde la Guerra Grande (1836-1852) a los “colorados” que habían forzado a los afrodescendientes a servir en el Ejército gubernamental en un régimen de semi-esclavitud.
Aparicio toma sus medidas. Su silencio, que sus más fieles seguidores en Montevideo atribuyen a mala información sobre los peligros, tiene en realidad otro motivo: el enorme esfuerzo que está haciendo para conseguir armamento en Brasil sin llamar la atención, sin despertar sospechas. Para ello pone en estado máximo de alerta a los responsables de las jefaturas políticas fronterizas que responden a su línea.
Ya en 1903 Batlle se siente fuerte y proclama que los acuerdos del Presidente anterior no lo involucran. Por lo pronto, concede, por buena voluntad dejará seis jefaturas políticas nacionalistas, pero algunas serán entregadas a la gente de Acevedo Díaz, y no a los hombres de Saravia. Era la declaración de guerra.
Aparicio escribe su última proclama:
“Al país, a los nacionalistas:
Cuando en septiembre de 1987 el Ejército Nacional Revolucionario depuso las armas, lo hizo en virtud de un pacto que como es notorio constaba de dos partes, escrita la una y verbal pero no menos solemne la otra. En la primera se acordó fundamentalmente que la libertad de sufragio sería respetada en lo adelante
En la segunda y como garantía de ese respeto se estableció que los Departamentos de Cerro largo, Treinta y Tres, Rivera, Maldonado, Flores y San José serían confiados a los nacionalistas y a las legítimas autoridades del Partido que deponía sus armas. Los acuerdos electorales efectuados sucesivamente entre el parido del Poder y el de la llanura han postergado la dilucidación en los comicios del viejo pleito existente entre ambos.
Esta postergación de la contienda electoral prorrogó la vigencia del Pacto de la Cruz hasta tanto ella se efectúe. Las seis jefaturas deben seguir, pues, desempeñadas por ciudadanos que profesen nuestro credo político y merezcan la confianza del Directorio…”
Aclaremos que a esa altura el caos partidista era muy grande. A la deserción de Muniz, anterior a 1896, se le habían sumado las traiciones de Duvimioso Terra y Núñez, y desde 1902 claramente el sector “blanco” de Acevedo Días estaba apoyando a Batlle. Por ello Saravia se había hecho designar “Presidente honorario” de un Directorio que esperaba la primera oportunidad para derrocarlo. Continúa la proclama:
“¿Se ha ajustado a esto el nuevo Gobierno? Es notorio que no. Si el Partido tolerase el procedimiento seguido se expondría a la pérdida de sus posiciones de fuerza, y quedaría entregado una vez más a merced de la buena fe al adversario en la lucha comicial del año próximo
Amamos la Patria con toda nuestra alma. Por ella y para ella han sido todos nuestros sacrificios. Por ella nos lanzamos a la lucha del 97, cuyos proficuos resultados ha palpado el país entero; para impedir que sus frutos se malogren es que hoy nuevamente levantamos la bandera de la revolución en la convicción que interpretamos fielmente la voluntad de nuestros correligionarios y sostenemos los verdaderos intereses del país impidiendo la reversión a los tiempos de oprobio en el que se hacía befa de todos los derechos, se conculcaban todas las libertades y se robaban a mansalva los dineros públicos. A esa época volveríamos si antes de ir a la lucha comicial diéramos margen con nuestra pasividad a que poco a poco se nos quitaran los elementos de fuerza…
Habitantes de todo el país, conciudadanos y extranjeros: por vosotros todos, por conservar incólume lo que en los últimos años ha constituido la más eficaz de vuestras garantías, el Ejército del Partido Nacional abraza hoy nuevamente las armas de combate, que hubiera deseado ver enmohecerse…”
Los pobres del campo se movilizan. Ahora, en la proclama, el Directorio se llama Saravia y los que lo siguen; los demás no cuentan. Como hongos brotan los voluntarios rodeando a Aparicio.
Batlle comprende que fue muy rápido y se repliega. La pulseada le enseñó al menos que las fuerzas de Saravia han crecido y que pese a las intrigas y aún a los atentados, Saravia ha consolidado la adhesión de todo el pueblo “blanco”.
La comisión negociadora propone a Saravia cinco jefaturas “saravistas” y una sexta “a cargo de un ciudadano blanco que haya participado en la revolución de 1897”.
Es una fórmula elegante para que Batlle no aparezca totalmente desairado, por eso el presidente hace poner también que este acuerdo “sólo tendrá valor y subsistencia durante el período presidencial del actual presidente de la República”.
Para Saravia es suficiente: El ex presidente Lindolfo Cuestas había saneado el padrón electoral y los saravistas confiaban en vencer en los próximos comicios que ya se harían según este nuevo registro de ciudadanos.
Ante la emergencia, Aparicio Saravia había reunido 14 000 hombres en una semana.
Si se lo hubiera propuesto, hubiera avanzado sobre Montevideo e incorporado más voluntarios, superando en número, en una semana, a los efectivos gubernistas; pero le bastó esa inicial demostración de fuerza para su triunfo político más importante: su transparente demostración de que no ambicionaba nada para sí.
En Nico Pérez fue el desfile a caballo de la victoria política “blanca” más importante: la paz en camino hacia la democracia. En Nico Perez la multitud gritó “¡viva los gauchos!”
Batlle, humillado, reforzó sus gestiones ante Estados Unidos, para lo cual envió como plenipotenciario al “blanco” Acevedo Díaz, mientras triplicaba la inversión presupuestal en armamento.