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A 40 años de la Masacre de Ezeiza

El fin de una ilusión

del libro La voluntad Eduardo Anguita y Martín Caparrós

PERFIL Domingo 23 de junio de 2013


A la cabeza de la columna Sur, en un jeep con altoparlantes, iba José Luis Nell, el viejo amigo de Cacho El Kadri que había participado del asalto al Policlínico Bancario en 1963, se había escapado a China y vuelto al Uruguay para integrarse a los Tupamaros, había caído preso, huido de la cárcel de Punta Carretas y retornado a la Argentina para incorporarse a los Montoneros.

A sus 35 años, Nell era uno de los más veteranos, y formaba parte de la conducción de la columna. Junto con él en el jeep iban Horacio Simona, el Beto, un militante de 20 años, y dos muchachos más. Desde el palco les gritaron con megáfonos que se detuvieran; no lo hicieron, y empezó el fuego a discreción. Los montoneros que llevaban pistolas y revólveres se tiraron cuerpo a tierra y trataron de responder para cubrir la retirada de sus compañeros. Se desbandaron hacia el bosquecito que tenían detrás; ahí, entre los árboles, los militantes del CdeO que venían del Hogar Escuela los agarraron en un fuego cruzado. El tiroteo duró varios minutos, y hubo heridos. Del otro lado del palco, junto a su árbol, Cacho vio cómo uno de sus compañeros sacaba un revólver y apuntaba hacia el palco.
— ¡No, qué vas a hacer, animal!
Entre dos o tres consiguieron pararlo.
— ¡Pero no ves que si vos tirás, acá los tipos contestan, con toda esta gente alrededor! Tranquilos, che, quedémonos tranquilos.
Tras unos minutos de confusión volvió la calma, tensa, muy mezclada. Millones de personas, inquietas, deseaban que los incidentes no se repitieran: lo único que querían era que todo transcurriera normalmente, que nada les impidiera ver y escuchar a su líder.
A cuatro o cinco kilómetros del palco, en la autopista Riccheri, la columna de zona Norte iba muy atrasada. Mientras caminaba tratando de abrirse paso entre cantidad de gente, Mercedes Depino oyó los primeros tiroteos, y poco después empezaron a pasar, por el otro carril, ambulancias a toda velocidad, gente suelta que se volvía. Alguien consiguió comunicarse por walkie-talkie con el ómnibus de la conducción y le dijeron que no había problema, que había sido un tiroteo aislado pero ya se había terminado, que siguieran adelante. A las cuatro y cuarto estaban a punto de entrar en la zona del palco, cuando oyeron los gritos de Favio por los altoparlantes:
— ¡Por favor, compañeros, quédense todos en sus lugares! ¡Cada peronista debe permanecer en su lugar! ¡Por favor, somos cuatro millones de peronistas contra cinco dementes!
Era muy difícil ver qué estaba pasando. Favio estaba descontrolado:
— ¡Que se bajen todos de los árboles, repito: que se bajen de los árboles!

¡A partir de ahora, los que queden en los árboles son considerados traidores! ¡Los enemigos ya han sido visualizados! –dijo. Y una voz que se coló por los altoparlantes agregó:
—Muy bien, mátenlos, mátenlos.


Y otra voz, marcial: la de Ciro Ahumada:
—Ordeno que el personal se baje inmediatamente de los árboles; les doy cinco minutos para hacerlo. Están en la óptica de nuestros fusiles. Si no bajan, los ejecutamos. Es una orden –dijo, y millones de personas lo abuchearon al unísono. Todo parecía a punto de arruinarse.

Nunca se supo bien quiénes estaban en los árboles. Sí que, en ese momento, la columna de la Unión de Estudiantes Secundarios de Capital, junto con parte de la columna Sur de la JP, intentaba llegar hasta el palco por la izquierda, por el espacio vacío que había dejado el tiroteo anterior. Iban gritando sus consignas:
— ¡La UES/ presente, / Perón, Perón o muerte!


Entonces empezaron, otra vez, los tiros. Millones de personas se tiraron al suelo; la gritería era estremecedora. Un rato antes, Miguel Bonasso se había sentado en el pasto, entre la autopista y el bosquecito, y su mujer, Silvia, dormía en su regazo. Cuando escuchó los tiros, su mujer se despertó sobresaltada:
— ¿Qué pasa, llegó el Viejo?
— ¡No, nos están cagando a tiros! –le dijo, y los dos corrieron, junto con otros muchos, a refugiarse detrás de los árboles más cercanos. Los tiros no paraban.

Un militante de la UES, Hugo Lanvers, cayó muerto de un balazo en la cara. Una docena de tipos rodaban por unas gradas que había junto al palco, escaleras abajo, y a cada giro disparaban sus ametralladoras gritando en francés: eran los mercenarios de Ahumada, soldados muy expertos.

En su jeep, en medio del bosquecito, Nell, Simona y otros dos militantes trataban de recuperar el contacto con su columna cuando se cruzaron con un grupo de ocho hombres del coronel Osinde armados con ametralladoras y dirigidos por el capitán Chavarri:
—¿Ustedes quiénes son, qué quieren?
—Peronistas somos. ¿Y ustedes?
—Peronistas no. Ustedes son unos zurdos hijos de puta.
El capitán del Ejército Roberto Chavarri apuntó su pistola 11,25 contra Nell y lo miró fijo, como gozándolo; estaba a punto de disparar, pero Simona tiró primero y lo mató. Sus acompañantes corrieron hacia el palco; Nell y Simona se escaparon hacia los árboles. Pero allí se toparon con otro grupo de Ahumada, que los acribilló.

Más tarde, cuando pudieron volver a buscarlos, sus compañeros se encontraron a Simona rematado a cadenazos; Nell también parecía muerto, pero todavía respiraba. Mientras, en los alrededores del palco, la confusión era total. Millones de personas seguían gritando, cuerpo a tierra, puteando, tratando de entender o simplemente de evitar los balazos. Cientos de palomas de la paz revoloteaban espantadas.

Los dueños del palco tiraban desde arriba, y algunos empezaron a bajar para tomar prisioneros o disparar mejor. Uno de ellos, un morocho grandote con un brazalete del CdeO, corría entre la gente que estaba junto al palco disparando una pistola 11,25. Cuando se le acabaron las balas se metió la mano en el bolsillo para sacar otro cargador; en ese momento, dos docenas de personas que estaban cerca, gente suelta, sin organización, peronistas coléricos porque les estaban arruinando la gran fiesta, se le echaron encima. Lo tiraron al suelo, le sacaron el arma, le pegaron; alguien agarró un tronco y, con un grito muy fuerte, le partió la cabeza.
En el palco, los prisioneros eran izados por los pelos, golpeados, tajeados. Por todas partes, gente huía como podía, en bruto desorden.

Los responsables de las columnas organizadas trataban de recuperar a los suyos: cualquier militante suelto corría el peligro de que lo interceptaran las bandas armadas que recorrían la zona buscando nuevas víctimas. El caos era completo. El tiroteo fue decreciendo de a poco, dejando lugar al estupor, a la bronca, al espanto. Había cientos de heridos: los sindicalistas y militantes del Ministerio de Bienestar Social que controlaban las ambulancias elegían a quién atender y a quién no. Algunos heridos de la JP se desangraban por falta de cuidados médicos; otros fueron apresados al ir a curarse.
A esa misma hora, desde Ezeiza, el vicepresidente en ejercicio de la presidencia, Vicente Solano Lima, llamó al presidente Cámpora al avión de Aerolíneas Argentinas que ya atravesaba el espacio aéreo uruguayo. Solano le dijo que había incidentes graves en la concentración y que no se podía garantizar la seguridad de Perón en Ezeiza, así que tendrían que desviarse a la base aeronáutica de Morón. Todo parecía consecuencia de los enfrentamientos. Pero la base ya había sido preparada dos horas antes, y algunos periodistas fueron invitados a desplazarse allí cuando los incidentes todavía no eran importantes.

El avión de Perón aterrizó a las 16.49 en la base militar de Morón, donde lo esperaban los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas.
—Fue un viaje muy lindo, y por fin lo trajimos –dijo, al bajarse del avión, José Ignacio Rucci.

 

La masacre de Ezeiza

capitulo 50 del libro :

La política armada (1959-1976), de Julio Carreras 

Una historia de los movimientos revolucionarios...editó- Quipu

El 20 de junio de 1973 el general Juan D. Perón regresó por segunda vez la Argentina. Esta segunda vuelta tendría un contenido político diferente.

En 1972 Perón todavía representaba una actitud combativa, con reivindicaciones del Ché Guevara y estímulos públicos a la guerrilla de Montoneros. En ese contexto había consagrado la fórmula presidencial Héctor Cámpora - Vicente Solano Lima. Hasta la victoria en las elecciones la plataforma electoral giraba sobre el concepto "Liberación o Dependencia", reivindicaba la libertad de los presos políticos de la guerrilla y prometía “socialismo".

 En este periodo, eran frecuentes las veleidades tercermundistas y las lisonjas para los "muchachos de las formaciones especiales"(FAR-FAP-Montoneros). El líder había llegado a escribirle una carta a Fidel Castro, con motivo de un aniversario de la muerte del Ché, donde le decía que ambos perseguían los mismos objetivos.

A partir de Ezeiza todo sería diferente

 Este retorno apuntaba a desplazar a Cámpora y a la izquierda, expresada dentro de su movimiento por la Juventud Peronista, los Montoneros y varios gobernadores de izquierda: Obregón Cano en Córdoba, Martínez Baca en Mendoza, Oscar Bidegain en Buenos Aires, Ragone en Salta. Menem era también "revolucionario"... pero no tanto. Mostrando precoz mente sus habilidades travestis, pronto se volvería un "peronista ortodoxo".

Perón aceptó la sugerencia de López Rega en el sentido de ser recibido en Ezeiza por una "Comisión" formada exclusivamente por la derecha peronista. La integraban el general retirado Miguel Ángel Iñiguez, el teniente coronel Jorge Osinde, el capitán Ciro Ahumada(ex jefe de los Guerrilleros Andinos), Norma Kennedy, Alberto Brito Lima (del siniestro Comando de Organización-CdO). Y los burócratas sindicales del SMATA, la UOM, la UOCRA y la Carne.

Este puñado de fascistas había organizado ya la masacre en las dependencias de Bienestar Social, los campings sindicales y hasta el hotel Internacional de Ezeiza, en cuyas habitaciones torturaron posteriormente a detenidos.

El aparato de "seguridad" estuvo nutrido por "la pesada" sindical, policías y militares retirados. Hasta un grupo de mercenarios franceses,torturadores en Argelia, intervino en los tiroteos.

El palco y los puestos de sanidad estaban repletos de armas largas, algunas de las cuales eran escopetas con cartuchos breneke para cazar elefantes.

El sentido de la matanza que había preparado el peronismo fascistoide era demostrarle a Perón que el Justicialismo estaba controlado por la derecha. Los millones de jóvenes que en todo el país se pronunciaban junto a JP por la Patria Socialista eran pura espuma... como tal, serían aniquilados.

Por su parte, el general retornaba con la idea de un gobierno moderado. Quería extender una mano hacia la oligarquía, mostrando su vocación renegociadora de una dependencia "mitigada". Con tal propósito había permitido que se "filtrara" un supuesto acuerdo con varios países europeos, para sustituir al capitalismo yanqui por otro que otorgaría mayores concesiones a la Argentina.

Perón quería poner punto final al proceso revolucionario inaugurado por el Cordobazo y la guerrilla. En vez de "Liberación o Dependencia" venía a decir que "para un argentino no había nada mejor que otro argentino". En otras palabras: "basta ya de luchas".

Ratificaba ahora que el programa del peronismo eran "Las 20 verdades justicialistas" -sin socialismo de ningún tipo. Y desautorizaba la ola de  ocupaciones obreras de empresas y dependencias estatales, ocurrida luego del 25 de mayo de 1973. Perón desconfiaba profundamente de Montoneros. Estimulado por López Rega -o no-, había tomado ya una fatídica decisión. La de "meterlos" en caja... o, de no ser aceptados por ellos... aniquilarlos.

La masacre comenzó a las 14 de aquel 20 de junio, cuando la Columna Sur de la Juventud Peronista y Montoneros-FAR, compuesta por unas 50.000 personas, quiso acercarse al palco. Allí mismo fue tiroteada por los fascistas, comandados en el terreno por el ex militar y guerrillero Ciro Ahumada, quien por ese tiempo anudaba sus contactos iniciales para la formación de las AAA.

Montoneros y jóvenes de las FAR, ingenuamente, habían atendido las recomendaciones de los líderes históricos del peronismo: sólo tenían palos y armas cortas. Ya que concurrían con ánimo conciliador y otra idea sobre lo que podría ser la disputa por acercarse al palco, para que los viera "el General". Suponían que, a lo sumo, sería una cinchada de palos y empujones. Por eso llevaron la peor parte. Desde el palco los fascistas tiraban con poderosas escopetas y fusiles, no sólo a los montoneros sino también a todos los que se cruzaban en sus miras. Especialmente a quienes se habían subido a los árboles, para ver mejor el acto. Uno de los primeros en caer fue quien marchaba delante de la Columna Sur, Horacio Simona, herido de bala y rematado a cadenazos por los fascistas.

Una vez provocado el choque, varios detenidos fueron arrastrados brutalmente, para ser torturados en la habitación 108 del Hotel Internacional,  según declaró Leonardo Favio, locutor oficial del frustrado acto.

Favio sufrió un ataque de desesperación, pero aun así, llorando, poniéndose de rodillas ante los fachos e implorando el apaciguamiento por micrófono, logró salvar a varios jóvenes de ambos sexos que estaban siendo torturados.

Como una ironía sangrienta, la consigna que los jóvenes habían venido voceando hasta el momento había sido: "Atención, atención, ha llegado un montonero que se llama Juan Perón".

Montoneros denunció a los integrantes ya citados de la Comisión Organizadora, en "El Descamisado" Nº 6, del 26 de junio de 1973. Pero en dicha nota no cuestionaban a Perón que, según escribían, habría sido totalmente ajeno a los hechos. Toda la responsabilidad recaía sobre el dúo fascista Osinde-Norma Kennedy, según el editorial firmado por su director, Dardo Cabo (quien durante la posterior dictadura militar sería asesinado durante un "traslado" de presos).

La tragedia de Ezeiza tuvo, además de su ominoso resultado en sangre derramada, un simbolismo político. El poder, ya en manos de Perón, estaba enviando un lúgubre mensaje sobre el diverso camino político que a partir de entonces iba a seguir.

Se había terminado la Primavera "socialista" de Cámpora. El presidente constitucional fue obligado, por Perón, a renunciar el 13 de julio de ese mismo año. Al día siguiente iba a asumir la presidencia un inepto, ignorante y grosero político fascistoide: Raúl Lastiri, diputado, yerno del ultrafascista ministro de Bienestar Social, José López Rega.

En septiembre se votó por la fórmula Perón-Perón (Isabel Martínez). Lo cual consolidó el curso derechista y antipopular que había adoptado, definitivamente, el gobierno peronista.

En este periodo nació la Triple A (AAA, Alianza Anticomunista Argentina). Que comenzó a matar militantes populares. Pero no de cualquier modo: se los asesinaba luego de torturarlos salvajemente, sus cadáveres comenzaron a aparecer por doquier, con treinta o cuarenta balazos en los cuerpos.

El 12 de octubre de 1973, Perón asume la presidencia, con su mujer como vicepresidente. Otro símbolo ominoso: lo hace protegido por un cristal antibalas, colocado en el balcón de la Casa Rosada. Su figura apenas se ve, tras el vidrio blindado