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Ni me quedo ni me voy

Como era previsible, el parlamento aprobó la prórroga de la participación uruguaya en la ocupación de Haití. Esta vez, sin embargo, ha habido novedades.

·   La prórroga se lleva a cabo luego de negociaciones del gobierno uruguayo con la ONU y las autoridades de la MINUSTAH, intentos de coordinación con Brasil y Venezuela, y una fuerte presión sobre el gobierno de Martelly para imponerle condiciones

·   Esas condiciones implicarían una especie de “tutela democrática” que el gobierno uruguayo pretendería jugar en Haití, junto con otros gobiernos latinoamericanos

·   Se retirarán un tercio de los efectivos antes de abril, y tal vez otro tercio para diciembre, quedando el tercio restante hasta el 2016. El Poder Ejecutivo podrá retirar todo de una sola vez en cualquier momento, de acuerdo a la evaluación que se haga de la situación haitiana y su gobierno

·   El primer retiro parcial abarca la totalidad de la Marina; la Fuerza Aérea ya se había retirado por completo y sin hacer ruido

·  Esta vez no se pudo evitar la discusión pública del tema, si bien muy limitada y siempre sometida a la “disciplina partidaria”

·  Las negociaciones con Naciones Unidas se centraron en la posibilidad de asignar nuevos destinos a las tropas uruguayas en el plan de las llamadas “misiones de paz”. Hablando en plata (en el sentido figurado y en el literal) Uruguay fue a Nueva York a pedir un traslado. De esto puede inferirse que ya está acordado un nuevo destino para el primer tercio aunque aún no se haya informado, tan solo se sabe de la “invitación” a Uruguay a sumarse a la intervención militar en Malí.

Dos cosas resultan evidentes, el gobierno uruguayo tiene una motivación y un obstáculo para retirarse de Haití. Esos dos elementos de signo contrario vienen del mismo lado

1. Haití ha sido una vidriera demasiado expuesta para la condición degradada de la política mercenaria de Uruguay y para la naturaleza parasitaria y predatoria de las fuerzas armadas. La política mercenaria ha llevado a un acelerado desgaste, tanto de las aspiraciones de presencia internacional del gobierno como también del instrumento armado. Esa condición de "vidriera", a su vez, es el resultado de la lucha creciente del pueblo haitiano

2.  Al mismo tiempo, el retiro de las tropas no es tan sencillo cuando el gobierno se ha prendido de la teta de las “misiones” para poder amamantar así a ese bicho parásito muy engordado y de fuertes intereses corporativos, las fuerzas armadas. El Departamento de “mantenimiento de la paz” de Naciones Unidas, brazo armado y fachada del “imperialismo colectivo” de los nuevos tiempos, condiciona y ata a su vez a Uruguay. Es de esta manera que leemos el mensaje del PE al parlamento cuando dice que “no están dadas las condiciones para el retiro total.

La política mercenaria del Estado uruguayo y las fuerzas armadas son un derivado imperial, un producto de la dependencia también política y militar de estas instituciones. Pero sería una simplificación grosera reducirla a un reflejo automático de ese centro imperial. Como ocurre con todo, este fenómeno tiene sus raíces locales.

Hemos sostenido la idea que la política mercenaria está modelada aquí por dos factores:

1. La debilidad congénita del Estado uruguayo y de la clase dominante, que determina esa actitud típica en nuestra Historia de recostarse al imperio de turno. Y que en el caso específico de la era de la dependencia del imperialismo yanqui, esto empuja a Uruguay a ser un “proveedor de política”. Así llegamos a que Uruguay “exporta democracia” manu militari, un verdadero contrasentido.

2.  La necesidad de solventar de alguna manera el pesado aparato armado parasitario, inútil e injustificable. Eso lleva a configurar una “sociedad” (ONU-Uy) para bancar ese oneroso servicio entre esos dos clientes. Compartir gastos y utilidades. Pero como bien se ha dicho, las medias son para los pies.

En base a esta hipótesis explicativa es que podemos entender lo que ocurre.

Si la política mercenaria es un producto de la debilidad congénita del Estado uruguayo, semi-colonial y dependiente, esa debilidad se arrastra como problema en las contradicciones internas de esa misma política mercenaria y sus instrumentaciones.

El sobredimensionamiento de la participación mercenaria de Uruguay (más de 300 efectivos militares en la MINUSTAH por millón de habitantes, frente a los 10 del promedio regional) trae el sobredimensionamiento de los problemas, y de allí el desgaste, y por ende el agotamiento. Un callejón sin salida.

La fuerza aérea tuvo que irse a partir de un accidente que costó varias vidas de uruguayos y de jordanos. El accidente hizo que tomase mayor evidencia y riesgo la desprolijidad de la fuerza aérea que falsificaba horas de vuelo como política institucional, nada menos, para poder cumplir con estándares de Naciones Unidas con los que no se cumple, y por lo tanto no se podría estar allí, y por lo tanto tampoco se podría cobrar.

¿Qué quiere decir esto, en última instancia? Que una fuerza aérea moderna es un lujo de la miseria para un país pequeño como Uruguay, que ni siquiera espacio aéreo suficiente tiene. PLUNA demostró ser un mal negocio, pero la FAU-SA es peor negocio aun, y digamos de paso que PLUNA no tenía accidentes mortales, no se le caían al mar en forma misteriosa los aviones como Air Class, no destrozaba aeropuertos como LAPA en Argentina, ambas empresas aéreas infeccionadas por el parásito militarista.

La marina tendrá ahora que irse porque quedaron al descubierto sus estafas practicadas como una cínica política institucional delictiva (gastos disparatados en lanchas que es otra de las formas de llevar doble contabilidad y malversar fondos para mantener privilegios, farras, borracheras, y escándalos prostibularios), y además no solo la violación de derechos humanos en forma grosera, sino también la exposición obscena y a todo el mundo de esas violaciones.

Las fuerzas armadas cumplen varios papeles en el sistema de dominación uruguayo. Último garante del orden burgués, disuasorio por mera presencia de posibles rebeliones, y también ser un pequeño paliativo a la penuria de algunos bolsones de pobreza; pequeño paliativo pero gran disciplinador, porque esas migajas las cobra al precio de la servidumbre y el envilecimiento.

Pero se cosecha lo que se siembra, y si se recluta con “deje sus escrúpulos en la entrada” y se forma y desforma en el desprecio hacia la población civil, es esperable que esas características estallen en la ocupación militar de un territorio extranjero.

Esa pesada mochila militar se ha cargado sobre los hombros de la política exterior del Estado, y el que paga la factura es el pueblo. Se buscaba vender un “servicio civilizatorio” que rindiese algún prestigio al país para canjear luego esa moneda por algún otro beneficio, pobre justificación la que se intenta. Pero además las cosas salieron al revés, y la causa de eso es fácil de entender.

Cuando decimos que hay determinantes "nacionales" en la política imperial local, no nos afiliamos a las teorías "nacionalistas" sobre las fuerzas armadas, ¡por favor!

Podemos creerles a Mujica y Almagro cuando dicen que “si por ellos fuese” no estarían en Haití. Pero desde que se ataron al cuello la soga que sostiene el peso muerto del militarismo, ya las cosas no pueden ser como ellos quieren. La política mercenaria crea sus propias dependencias enfermas.

El chantaje grosero a Matelly, aunque fuese otra forma de injerencia, podría resultar una provocación que les abriese la salida. El problema es que “Naciones Unidas” léase el imperialismo ya están ante su propio plan de retiro progresivo de Haití, por cierto que a otro ritmo que el uruguayo porque tienen otras “responsabilidades”, léase dejar montado un Estado colonial que pueda funcionar en vez del “Estado fallido”.

Lo que queda en evidencia aquí también es el fracaso completo de la MINUSTAH en sus objetivos declarados (estabilización, institucionalización, etc.), aunque en sus objetivos implícitos (disuasión de la rebelión popular, contención del “caos” que pudiese provocar emigración masiva de haitianos a otros países) hay en todo caso un fracaso relativo, o un éxito de corto alcance.

Ese fracaso en lo explícito y el riesgo del fracaso total también en lo implícito es lo que alienta una cierta forma de reciclaje de la ocupación, hacia otra forma más “constructiva” (de orden a mediano plazo al menos).

De modo que Mujica “ganó” la pulseada con Martelly que tuvo que desencajonar la ley electoral para llamar a elecciones (eso sin duda no hubiese pasado por el chantaje de Uruguay solito) y por lo tanto perdió... la oportunidad de irse.

Aún no están totalmente definidas las cosas, porque una elección mínimamente decorosa necesita también una autoridad electoral presentable, que por ahora no hay. Y para que la haya no alcanza con Martelly, la oposición haitiana (dividida y entreverada) tiene que participar con una mínima representatividad, al menos.

Si hubiese en Haití una fuerte oposición radical dispuesta a boicotear las elecciones y a forzar una caída definitiva de la farsa “democrática”, las cosas serían distintas. Pero no pinta.

Así las cosas, Uruguay retiraría dos tercios de las fuerzas desplegadas en Haití, las reubicaría en otros escenarios menos expuestos de intervención neo-colonialista, y acompañaría con el tercio restante el reciclaje, aún incierto y para nada fácil, de la intervención de Naciones Unidas en Haití. De tener hasta una participación allí en relación a la población treinta y pico de veces mayor que el resto de los países “hermanos” que aplastan al hermano menor de la familia, Uruguay pasaría a tener una participación que sería ”apenas” diez veces mayor que la de los otros.

De esta forma, y sin solucionar nada ni servir para nada, la política uruguaya mercenaria seguirá. Pero no seguirá igual. Algo al menos ha cambiado: ha quedado crudamente expuesta a la vergüenza.

El fracaso de la MINUSTAH es el fracaso de la intervención imperial “civilizatoria”.

Nuestra política de denuncia y rechazo a la política mercenaria seguirá, y se alimentará de este fracaso

Seguirá en la solidaridad con el pueblo haitiano en su lucha contra cualquier continuación de la intervención imperialista, y seguirá en el rechazo a cualquier otra aventura mercenaria en otros lados. También los argumentos que defienden esa política mercenaria han quedado expuestos en su carácter falaz.

Al unir así su destino al de la institución armada, al comprometerse a darle de comer al parásito engordado, el grupo de Mujica muestra una vez más su psicología del preso, que sobrevive en el tiempo. Se encadena a sí mismo, el apresamiento psicológico lo lleva al apresamiento político.

Siguen siendo rehenes. Y, como en todas las prisiones, también en este grupo de presos mentales hay colaboradores de buen grado con el carcelero, incluso entregando compañeros como también se vio en el pasado. Dispuestos a rescatar a toda costa al carcelero cuando está en la mala, porque favor con  favor se paga