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Burocracia Sindical, ¿qué carácter de clase? (2)

Posición contradictoria

 En la primera parte de la nota hemos planteado que, si bien la burocracia sindical participa de la explotación de la clase obrera, en tanto no es propietaria de los medios de producción, no pertenece a la clase capitalista. Ahora hay que ampliar esta determinación diciendo que los burócratas sindicales tampoco forman parte de la clase capitalista de la manera en que lo hacen los directores de las empresas. Estos últimos, si bien pueden no ser propietarios del medio de producción, son los encargados de dirigir el proceso de explotación; por eso corporizan, frente al trabajo, al capital en funciones, al capital en el acto de explotar. En consecuencia, el director de empresa es acreedor pleno y legal, en tanto organizador y director del proceso de explotación, a una parte de la plusvalía. De ahí que Marx lo considerase parte de la clase capitalista.

No es el caso de la burocracia sindical. Su función no es dirigir el proceso de valorización del capital, sino la de mediar entre el capital y el trabajo; para eso se ocupa de controlar, canalizar conflictos y bloquear corrientes revolucionarias o contestatarias al interior de las filas obreras. En tanto cumple ese rol, el capital y el Estado consienten en que se apropie de una parte de la plusvalía. Sin embargo, esa apropiación no deriva directamente de la relación de producción capitalista. De ahí que los ingresos del burócrata sindical no tengan la estabilidad de la que goza la ganancia empresaria o el dividendo del accionista. Por lo que se concluye que existe una posición contradictoria: el burócrata no encarna la propiedad privada del capital, ni al capital en funciones, frente al trabajo. Sin embargo, participa de la explotación del trabajo

Por eso también, desde el punto de vista de la reproducción de conjunto del capital, la apropiación de plusvalía por parte de la burocracia sindical representa un gasto improductivo de plusvalía (o sea, un gasto que va en desmedro de la compra de trabajo productivo, que genera más plusvalía). Sin embargo, para el capital es un gasto necesario, que tiene su fundamento en el carácter antagónico de la relación de producción. Atañe a la necesidad de reproducción del sistema. Pero esa necesidad existe en la medida en que la clase obrera pueda representar un peligro, aunque sea latente, para la continuidad más o menos normal de la explotación. Es que una fuerza laboral completamente sujeta y controlada, desmoralizada y sin capacidad de lucha, no representaría peligro alguno; y por eso mismo, haría prescindible a la burocracia, a los ojos del capital. De manera que el rol mediador y controlador de la burocracia sindical depende de que el poder de la clase obrera se mantenga dentro de ciertos límites: por “arriba”, no debe poner en peligro la acumulación de capital; por “abajo”, no deben anularse los espacios para la negociación. Por esa razón la burocracia está obligada, hasta cierto punto, a defender demandas y reivindicaciones de la clase obrera. Es que si no hay cierto poder de la parte del trabajo, no hay negociación posible frente al capital, pero entonces tampoco participación en la explotación de la clase obrera.

La cuestión se puede ver también desde el punto de vista de los mecanismos concretos por los cuales la dirigencia burocrática recibe sus ingresos: en su mayor parte los percibe bajo la forma de descuentos de los salarios y, más específicamente, por “desvíos” de lo que debería integrar el salario indirecto (por ejemplo, apropiación de fondos destinados a beneficios sociales). A semejanza de lo que ocurre con los impuestos que pagan los trabajadores, esos fondos que se apropia la burocracia sindical son plusvalía. Pero ese mecanismo de apropiación es una causa inmediata para que la burocracia ponga límites, en determinadas coyunturas, a la acción del capital.

Las cuestiones de legitimación frente a las bases obreras, y las vinculadas a la producción y reproducción de discursos ideológicamente funcionales a la dominación capitalista –típicamente, la conciliación de clases y la exaltación nacionalista- se vinculan estructuralmente con esta situación contradictoria que hemos descrito.

Formas en transición

La circunstancia que hemos analizado, la del dirigente sindical que se apropia de plusvalía sin ser propietario ni director de empresa, parece ser la más general. Sin embargo, como lo muestra el caso de la UOM con que iniciamos la nota, existe un impulso objetivo a que, en la medida en que se mantiene la apropiación de plusvalía, sectores de la burocracia se transforman en capitalistas “hechos y derechos”. La acumulación de dinero, que excede en mucho las necesidades del consumo de lujo –al que se han habituado muchos burócratas- explica el impulso a convertir ese dinero en “valor en proceso de valorización”, esto es, en capital. El dirigente que se apropia de fondos sindicales, por un lado, y por otra parte incrementa su patrimonio en tanto capitalista, es cada vez más frecuente. Su ideología y práctica se identifican con el capitalismo. Lo cual no anula que su participación en la apropiación de los fondos sindicales siga estando condicionada a que pueda exhibir un cierto poder de negociación frente al capital particular al que se vincula su sindicato, o frente al Estado.

Existen, por otra parte, varias formas híbridas y disimuladas de capitalismo sindical. Por ejemplo, cuando un sindicato es propietario de una empresa capitalista. Desde el punto de vista formal, se diría que una parte de la clase obrera (la organizada en el sindicato) explota a otra parte de la clase obrera (la que trabaja en la empresa propiedad del sindicato). Sin embargo, el contenido real no es ese, ya que el sindicato, en los hechos, está manejado por una casta que se apropia de los frutos del trabajo que explota. Esta situación tiene cierta similitud con lo que ocurre en las empresas estatales, que formalmente “son de todos”, pero en realidad están al servicio del enriquecimiento de la burocracia estatal capitalista. Otro caso de formas de capitalismo es cuando la burocracia sindical se enriquece manejando obras sociales que incluyen la explotación directa de trabajadores, por ejemplo, de la salud.

Algunas conclusiones políticas

Desde el punto de vista de la política, entender el rol contradictorio de la burocracia sindical puede ayudar a superar caracterizaciones demasiado lineales en que incurren algunos sectores de la izquierda. En particular, la idea de que en toda ocasión que se le presente la burocracia traiciona a los trabajadores y se alinea con la patronal. Este tipo de enfoque está sintetizado en la película “Los traidores” –un clásico del cine de denuncia y de izquierda- de Raimundo Gleyzer, de 1973. Es la historia de un sindicalista (al que es fácil identificar con José Rucci) que pasa de ser un delegado que se preocupaba por sus trabajadores, a un burócrata defensor, en todo momento, de la patronal.

Si bien se puede acordar en que la evolución de muchos dirigentes gremiales es la que describe Gleyzer, el accionar del burócrata, sin embargo, es más complejo que lo que pinta la película. Es que el dirigente sindical necesita defender posiciones frente a la patronal, al menos hasta cierto punto, porque de lo contrario no podría cumplir con su función. Por eso no puede ser un mero títere de la patronal. Para explicarlo con un ejemplo actual: si fuera una correa de transmisión directa y mecánica de los intereses de la patronal, no se podría entender por qué un dirigente como Hugo Moyano, de Camioneros, recibe, en las elecciones del gremio, el apoyo del 75% de los afiliados. Esto no se puede explicar por simple “engaño” de las bases, o por la falta de democracia sindical (que efectivamente, no existe); tampoco se puede entender si partimos del supuesto de que la burocracia de Camioneros está siempre linealmente alineada con la patronal. La burocracia es fundamental para el sostenimiento del modo de producción capitalista, pero puede cumplir ese rol porque también sostiene posiciones elementales del trabajo frente al capital, o el Estado. De ahí que la actuación de Moyano oscila entre enfrentamientos parciales con la patronal y el Gobierno, componendas de todo tipo, apoyo al sistema capitalista, y control de las bases (y represión de la izquierda, si es necesario).

La situación contradictoria de la burocracia también ayuda a entender por qué es posible que las organizaciones de izquierda coincidan con la dirigencia gremial en unidades de acción en defensa de reivindicaciones puntuales, tales como aumentos salariales, mejoras en condiciones laborales, y similares. Pero tales acciones no deberían considerarse expresiones de la “unidad de clase”. Se trata de una unidad puntual con un estrato social que tiene una relación de explotación con la misma clase a la que dice defender. En este sentido, los términos definen el punto de vista más general desde el cual se implementa una táctica política. La unidad de acción no es con dirigentes obreros que tienen “privilegios y prebendas”, sino con un estrato social definidamente antagónico con la clase a la que dice pertenecer. La táctica unitaria puede ser útil y hasta necesaria en determinadas circunstancias de la lucha de clases, pero nunca debería perderse de vista con quién se la está implementando.

La caracterización de la burocracia sindical como un estrato social antagónico a la clase obrera también adquiere relevancia cuando apoya a gobiernos burgueses, o defiende programas favorables al capitalismo de Estado. O cuando reprime a la izquierda, en conjunto con el Estado y las patronales. Son los casos de dirigentes sindicales combinados con empresas para despedir trabajadores opositores; de burócratas actuando de común acuerdo con bandas fascistas, como sucedió con la Triple A, en los 1970; o con grupos de tareas de la dictadura argentina, como hizo Gerardo Martínez, actual secretario general de la Unión Obrera de la Construcción. No son “excesos”, sino actos que enraízan en las fuentes de acumulación de la burocracia.

Por último, tampoco debería abrigarse esperanza alguna en que esta dirigencia de burócratas evolucione hacia posiciones anticapitalistas o socialistas, por más presión que pueda haber de las bases. Ni que pueda surgir alguna forma de “partido obrero”, independiente de la clase capitalista, a partir de las actuales estructuras sindicales manejadas por la burocracia. Por ejemplo, el Partido por la Cultura, la Educación y el Trabajo, lanzado por Moyano, por su orientación programática, estratégica y táctica, es un partido burgués. La independencia de clase pasa, irremediablemente, por la crítica y ruptura de raíz con la dirigencia sindical burocrática