En la actualidad unos 23,8 millones de hectáreas están ocupadas con soja, maíz y algodón modificado genéticamente. Argentina es el estado con mayor consumo de herbicida glifosato en el planeta, siempre en términos de promedio de litros por cantidad de población. Tanto el glifosato como el 2,4-D están vinculados al cáncer, según la OMS.
Patricio Eleisegui - adelanto 24 -19/5/17
Su evolución en la Argentina está atada, principalmente, a la aplicación de productos vinculados al cáncer como es el caso de los herbicidas glifosato y 2,4-D. Esta categorización nociva fue establecida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para ambos productos en el transcurso de 2015.
Ni siquiera tamaña característica letal parece hacerle mella a una variedad de cultivos que, desde 1996 a la fecha, no ha hecho más que consolidarse en el agro nacional.
Hijos de una manipulación en el ADN de consecuencias imprevisibles a largo plazo -aunque las empresas que obtienen regalías por su venta publiciten su inocuidad-, los transgénicos -OGM, en la jerga- encontraron en la Argentina a uno de los bastiones desde los cuales expandirse principalmente a nivel regional.
Los resultados de la estrategia implementada por compañías como Monsanto, Bayer o Dow, por nombrar a algunas de las “peso pesado” de la modificación genética, han sido por demás exitosos: de acuerdo a un monitoreo de la International Service For The Acquisition Of Agri-biotech Applications (ISAAA) al que accedió Adelanto 24, Argentina aparece hoy como el tercer país del planeta con mayor cantidad de hectáreas cubiertas con transgénicos
De acuerdo a la entidad -reconocida en el ámbito agrícola por su lobby pro OGM-, nuestro país ostenta en la actualidad unos 23,8 millones de hectáreas ocupadas con soja, maíz y algodón transgénico.
Su evolución en la Argentina está atada, principalmente, a la aplicación de productos vinculados al cáncer como es el caso de los herbicidas glifosato y 2,4-D. Esta categorización nociva fue establecida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para ambos productos en el transcurso de 2015.
Ni siquiera tamaña característica letal parece hacerle mella a una variedad de cultivos que, desde 1996 a la fecha, no ha hecho más que consolidarse en el agro nacional.
Hijos de una manipulación en el ADN de consecuencias imprevisibles a largo plazo -aunque las empresas que obtienen regalías por su venta publiciten su inocuidad-, los transgénicos -OGM, en la jerga- encontraron en la Argentina a uno de los bastiones desde los cuales expandirse principalmente a nivel regional.
Los resultados de la estrategia implementada por compañías como Monsanto, Bayer o Dow, por nombrar a algunas de las “peso pesado” de la modificación genética, han sido por demás exitosos: de acuerdo a un monitoreo de la International Service For The Acquisition Of Agri-biotech Applications (ISAAA) al que accedió Adelanto 24, Argentina aparece hoy como el tercer país del planeta con mayor cantidad de hectáreas cubiertas con transgénicos.
De acuerdo a la entidad -reconocida en el ámbito agrícola por su lobby pro OGM-, nuestro país ostenta en la actualidad unos 23,8 millones de hectáreas ocupadas con soja, maíz y algodón transgénico.
Junto con Estados Unidos y Brasil, la Argentina integra un tridente que concentra el 91 por ciento de la superficie mundial sembrada hoy con organismos genéticamente modificados.
ISAAA asegura que, si se tiene en cuenta la superficie global de cada cultivo, el 78 por ciento de la soja, el 64 por ciento del algodón, el 26 por ciento del maíz y el 24 por ciento de la canola son transgénicos.
“Los países con porcentajes de adopción de más del 90 por ciento de soja biotecnológica son Estados Unidos, Brasil, Argentina, Canadá, Sudáfrica y Uruguay; los países con porcentajes de adopción cercanos al 90 por ciento o más de maíz biotecnológico son Estados Unidos, Brasil, Argentina, Canadá, Sudáfrica y Uruguay; los países con porcentajes de adopción de más del 90 por ciento de algodón biotecnológico son Estados Unidos, Argentina, India, China, Pakistán, Sudáfrica, México, Australia y Myanmar; y los países con porcentajes de adopción del 90 por ciento o más de canola biotecnológica son Estados Unidos y Canadá”, detalla la organización.
“Diez países en América latina, entre los que se encontraron Paraguay y Uruguay -además de Argentina y Brasil-, plantaron un total combinado de 80 millones de hectáreas de cultivos biotecnológicos en 2016”, añade.
A nivel local, la mayor área ocupada con OGM corresponde a soja, que en 2016 totalizó 18,7 millones de hectáreas. En tanto, el maíz bordeó los 5 millones, mientras que el algodón acumuló alrededor de 400.000 hectáreas.
“En cuanto a las aprobaciones regulatorias (de transgénicos), en 2016 Argentina sumó seis nuevas autorizaciones comerciales, completando la lista hasta el momento de 42 aprobaciones: 11 en soja, 26 en maíz, 4 en algodón y 1 en papa”, completa ISAAA.
Precisamente este predominio de la oleaginosa ha generado que, en la última década, el promedio de litros de pesticidas aplicados sobre los campos promedie los 300 millones anuales. Puesto de otra forma, a razón de 7 litros por habitante.
En concreto, y producto siempre de la expansión de la soja modificada genéticamente, nuestro país aparece hoy como el estado con mayor consumo de herbicida glifosato en el planeta, siempre en términos de cantidad de población.
Mientras que naciones como Estados Unidos -uso anual de 136 millones de litros- promedian 0,42 litros del herbicida por habitante, Argentina -187 millones- ostenta una pauta de 4,3 litros por cada persona que puebla nuestra geografía. Siempre en términos anuales, claro.
A la par de la depreciación en la calidad sanitaria de las poblaciones que esto genera, las compañías que concentran la producción de agroquímicos festejan por el gran momento que evidencia un negocio atado desde su origen a la masificación de este tipo de semillas. En el plano doméstico, estos cultivos le garantizaron a dicha industria una facturación del orden de los 3.500 millones de dólares sólo en el último año.
Tamaño nivel de regalías deja como certeza que, más allá del drama en términos de salud que genera esta forma de ejercer la agricultura, estos actores tan vinculados a las políticas productivas vigentes en el país no harán más que acentuar esta predilección por los transgénicos